Hace unas semanas comentaba con un profesor japonés que estaba de visita en Sevilla algunos aspectos relativos a la diferencia entre el concepto de espacio que existe en Europa y Japón. Cuando se leen distintos estudios comparativos entre Japón y Occidente que no buscan más que definir lo que tiene de japonés la cultura nipona, uno encuentra muchos puntos en común. La cultura del espacio en Japón es la cultura del suelo, o bien, como otros autores la han llamado: “la cultura que se descalza”, “la vida en plataformas”, “la cultura del genkan” (espacio donde uno se descalza antes de pasar a casa).
Esto, que leído por primera vez puede parecer una soberana estupidez (y a lo mejor lo es para muchos), alcanza todo su sentido si analizamos distintos hechos de la vida y la cultura popular japonesa. Por ejemplo, el arquitecto Ashihara Yoshinobu, al que ya he mencionado en otros post, empezaba a definir así la vida en una casa japonesa: “Nos quitamos los zapatos y entramos en casa”. El hecho de descalzarse en el genkan tiene una raíz histórica muy importante. La explicación que a menudo se da a esto es meramente pragmática: no estropear el tatami. Sin embargo, hoy día muchas viviendas no tienen tatami, sino madera, por lo que descalzarse es un acto de higiene fundamental en la casa japonesa.
Conviene recordar también que los orígenes del genkan están relacionados con la doctrina del budismo Zen, y asimismo con la psicología del espacio. Hay autores que defienden, de manera acertada, que el genkan es un umbral psicológico que separa la vida y la etiqueta en el exterior, del refugio y el comportamiento relajado en el hogar. En pocas palabras, la casa de un japonés de clase media no está pensada para recibir visitas, porque forma una parte fundamental de su intimidad. No os sorprendáis si alguna vez un japonés amigo vuestro que se haya alojado en vuestra casa no corresponda ofreciéndoos una habitación. Esto ha cambiado con el correr de los tiempos y la influencia de un interiorismo de estilo más global, por supuesto, aunque se siguen conservando elementos y materiales netamente japoneses.
Pero pongámonos en el caso de un occidental que entra en una casa japonesa por primera vez (por ejemplo, un caso personal). Lo primero que sorprenderá, si uno entra en un piso pequeño de un típico bloque de hormigón, es que el recibidor está lleno de dos cosas: zapatos y paraguas. Esta suele ser una constante, con excepciones, claro. Lo de los zapatos es evidente, porque uno se descalza en el piso inferior, y sube a la tarima. Lo de los paraguas es lógico si conocemos el clima japonés. Pasemos ahora a la estancia principal: ¿Dónde está el sofá? ¿Por qué la televisión está tan baja? ¿Por qué únicamente hay sillas en la mesa de la cocina?
Todas estas preguntas asaltan y sorprenden a una persona que desconozca la cultura japonesa. Cuestión de perspectiva. En una casa típica japonesa, aunque haya moqueta, se vive en el suelo. En realidad, los japoneses viven en en plataformas desde tiempos inmemoriales, cuando se estableció la vida elevada para protegerse de la humedad del suelo. Esto no es nada irrelevante, pues afecta físicamente a los japoneses, cuya espalda y cadera debe soportar el acto de agacharse y levantarse del suelo continuamente, algo que personas mayores de occidente hacen con dificultades. La espalda también se curva, el cuerpo cae hacia adelante en la postura relajada que adoptan muchos japoneses. No obstante muchas personas mantienen hasta la vejez la flexibilidad suficiente para poder doblar las rodillas y caderas hasta alcanzar el suelo.
Afecta igualmente al arte. En Europa, que a menudo es definida como la cultura de la muralla, por el urbanismo de la antigua ciudad amurallada, y por la importancia del muro en la arquitectura tradicional, la pintura al óleo o con materiales que permitieran colocar el lienzo verticalmente fue la que predominó y triunfó en el arte y la cultura. En cambio en Japón fue la tinta, ya sea en caligrafía o a la aguada en el sumi-e, la que triunfó en la cultura tradicional. Ni que decir tiene que la técnica que se utiliza para este tipo de pintura y escritura obliga al autor a poner el papel horizontalmente, sobre una tablilla o directamente en el suelo.
En una casa japonesa la televisión debe estar también a la altura adecuada para la vida en el suelo, al igual que la mesa camilla con estufa que se conoce como kotatsu. El gran maestro del cine “costumbrista” japonés, Yasujiro Ozu, quiso ofrecer a su público la perspectiva real de una casa japonesa, y como buen perfeccionista ideó un trípode que ponía la cámara a la altura de una persona que se sienta en torno a un kotatsu a charlar. Con esto, el espectador podía sentir que estaba presente en la escena, sentado junto a sus artistas favoritos. La vida en el suelo cambia la perspectiva del mundo, y me atrevería a decir que pese a los cambios que están sufriendo las nuevas viviendas en Japón, este tipo de perspectiva desde el “tatami” no se abandonará del todo en mucho tiempo.
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Ohisashiburi.
Escribo estas líneas para pediros disculpas por el abandono al que he tenido sometido el blog. Distintas cuestiones personales y profesionales han hecho que me aleje de este espacio durante mucho tiempo. Aunque no tenía intención de abandonar Vida en Marte, ni mucho menos. Eso os lo puedo asegurar.
Os puedo comentar brevemente que al fin tengo un empleo que está suficientemente remunerado, lo que me permitirá, no sin esfuerzo, volver a Japón en el plazo de un año, aunque sea para un mes. Eso me debe servir para cargar las pilas de nuevo, ya que estando en Huelva la depresión y el asco han ido mermando mi ánimo poco a poco, hasta llegar a un momento de hastío absoluto que sólo puede ser combatido o aliviado con monotonía.
No descarto, por supuesto, seguir buscando como siempre una salida a Asia. Quiero trabajar en Japón y vivir allí durante una larga temporada, pero hasta ahora, ya sabéis, no he tenido mucha suerte en mi búsqueda. Sigo intentándolo de todas maneras, aunque ahora de forma un poco distinta puesto que tengo responsabilidades para con el puesto que desempeño (que por cierto es de comunicación, al fin).
Quiero escribir muchas cosas en esta bitácora, pero ahora tengo una responsabilidad mayor que debe estar lista cuanto antes: la tesis. Este es uno de esos elementos que se han quedado paralizados durante una larga temporada también, y que a duras penas voy haciendo progresar. Por ello, aunque a partir de ahora quiero seguir escribiendo Vida en Marte, tal vez haya grandes temporadas en blanco. El hecho de no estar en Japón también influye.
Eso es todo. La próxima entrada espero poder compartirla con vosotros cuanto antes. Quiero ofreceros también entrevistas, nuevos vídeos (originales) y traducciones, que nunca vienen mal. Espero que volváis a pasar por aquí pronto y encontréis cosas que satisfagan vuestra curiosidad.
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Vía Pink Tentacle podemos ver un vídeo en el que se muestra la construcción de la torre Tokyo Sky Tree, en proceso desde 2009, y que medirá 634 metros, convirtiéndose en la estructura más alta de Japón. Esta enorme torre responde al crecimiento de la ciudad en los últimos 30 años, siendo no sólo un futuro referente importante que probablemente sustituya a la Torre de Tokyo, sino además una antena de comunicación cuya señal digital cubre el espectro al que la antigua torre de 333 metros de altura no podía llegar. Se calcula que con sus 634 metros, el área al que la señal de esta nueva torre llegará abarcará todo Tokyo-to, Chiba-ken y Saitama-ken; y que llegará asimismo a Ibaraki-ken, Tochigi-ken, Gunma-ken y Yamanashi-Ken.
La Tokyo Sky Tree estará terminada en diciembre de 2011, y será abierta al público en la primavera de 2012. Obviamente será un punto turístico insalvable. La torre tendrá dos miradores, uno a 350 metros de altura, y otro a 450 metros, convirtiéndose ambos en los más elevados de Japón. El nombre fue sometido a votación desde octubre de 2007, y finalmente en 2008 se eligieron seis finalistas: Tokyo Edo Tower, Tokyo Sky Tree, Mirai Tree, Yume Miyagura, Rising East Tower, y Rising Tower, siendo Tokyo Sky Tree el elegido.

Fuente: japantrends.com
Podemos hacer una pequeña comparativa entre otras torres remarcables del mundo, para ver la magnitud de este proyecto que pronto podremos disfrutar:
- Tokyo Sky Tree (Tokyo, 2011)___ 634 metros.
- Torre CN (Toronto, 1976)___ 553 metros.
- Torre Ostankino (Moscú, 1967)___ 540 metros.
- Torre de la perla oriental (Shanghái, 1995)___ 468 metros.
- Torre de Tokyo (Tokyo, 1958)___ 333 metros.
- Torre Eiffel (París, 1889)___ 324 metros.
De esta manera, podemos observar claramente cómo en apenas un par de años tendremos un nuevo referente en el paisaje de la ciudad de Tokyo, así como en lo que a arquitectura y comunicación se refiere. Podemos seguir el proceso de construcción de la torre, así como acceder a otra información adicional en la página oficial: http://www.tokyo-skytree.jp/index.html
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Los que hemos tenido la suerte de dedicarnos, con mayor o menor éxito, al estudio de Japón, o lo que algunos rechazan llamar “Japonología”, hemos conocido la obra de uno de los pioneros de este campo: Antonio Cabezas García. Hace dos años que el profesor Cabezas nos dejó, pero por suerte para nosotros y para los que vienen detrás de nosotros, su obra, eterna y llena de conocimiento y experiencia, siempre estará presente.
Recientemente su esposa, Cristina Lagura Cabezas, también una gran conocedora de Japón, ha publicado en Internet su último artículo, que resume brillantemente su visión y conocimiento profundo del Japón actual, y las importantes correspondencias que éste tiene con occidente. En él aporta su opinión, generosa y vitalista, optimista y humilde, sobre nuestra posición, la de los españoles, en el intercambio de conocimientos con Japón. De su texto, destacaría lo siguiente:
Quienes conocen a fondo Japón y alguno de los países occidentales – vamos a ceñirnos, para simplificar, a España – , saben que ni Japón ha aprendido todo lo bueno que tenemos, ni nosotros todo lo que ellos tienen de valioso. En España padecemos una serie de problemas que Japón tiene resueltos y viceversa, Japón se enfrenta a ciertas deficiencias, que nosotros tenemos resueltas. Cuando alguien en Japón propone ahora que aprendan de España para solucionar este o aquel problema, los patrioteros responden que Japón no es España. Y lo mismo responden nuestros patrioteros cuando proponemos que España aprenda de Japón esto o lo otro. Admirables perogrulladas.
Los españoles conocemos muy bien nuestras lacras actuales: la lucha armada contra ETA, la crispación política, el paro y los contratos basura, el deterioro de la educación, las listas de espera en los hospitales, la droga, la inseguridad ciudadana, el tráfico, la politización de la iglesia y la vivienda.
Y los japoneses conocen también sus deficiencias: el infierno de los exámenes de acceso a la universidad, una educación excesivamente memorística, las facciones dentro de los partidos políticos, el exceso de trabajo, demasiadas normas sociales, el indiferentismo religioso, un excesivo consumo de fármacos, el conformismo ante el estado y las grandes empresas, el mito de su unicidad cultural impenetrable.
Basta leer estas dos listas para llegar a la conclusión de que algunas de nuestras miserias no existen allí y algunas de sus miserias no las padecemos aquí. Lo lógico sería estudiar por qué, y cómo han conseguido los unos solventar problemas que los otros no consiguieron resolver y viceversa.
Antonio Cabezas, que vivió en Japón durante tres décadas, y conoció en profundidad sus virtudes y miserias, es la voz irrebatible de la que se pueden obtener grandes lecciones. Este párrafo que arriba reseño lo demuestra. Se me antoja como el argumento perfecto frente a todos aquellos que, o bien se empeñan en idealizar a Japón y no aceptan crítica alguna, o al contrario, se deleitan en la crítica destructiva hacia un país que ni conocen, ni llegarán a conocer tan a fondo como alguien que se dedicó a estudiarlo, lo respiró y vivió durante largos años.
Os recomiendo encarecidamente que leáis el excelente artículo del profesor Cabezas en la siguiente dirección.
http://elsigloibericodejapn.wordpress.com/2010/02/18/un-homenaje-personal/
Todos tenemos aún mucho que aprender.
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Este post forma parte de un artículo más extenso que el autor está preparando en la actualidad.
Hoy es evidente que el tren ha cambiado el modo de vida de la sociedad japonesa, la forma de sus ciudades, su identidad y, cómo no, la movilidad por el archipiélago. El tren es, con toda seguridad, el medio mejor desarrollado dentro de Japón, y sin duda un elemento indispensable y un símbolo del desarrollo del país. Al igual que en otras naciones, la introducción de este medio de transporte, hace apenas 150 años, cambió por completo el concepto de movilidad. No obstante, el tren ha tenido un impacto especial en la vida de los japoneses, y ha transformado radicalmente el paisaje de las ciudades, llegando a hundirse en las raíces de la identidad japonesa, o incluso en la imagen exterior del país.
La llegada del comodoro norteamericano Matthew Calbraith Perry en 1853 introdujo el primer “germen” del desarrollo ferroviario en Japón, por así decirlo, con una pequeña muestra de la técnica y el desarrollo que los “bárbaros” habían alcanzado. Al regreso a la bahía de Tōkyō del comodoro Perry, en 1854, se permitió a un grupo de oficiales del bakufu visitar las naves norteamericanas. Los japoneses quedaron maravillados por la maquinaria a vapor de los occidentales, y se vieron aún más sorprendidos con la diversidad de regalos que el gobierno norteamericano ofreció a Japón. Entre ellos, uno de los más llamativos era una pequeña locomotora a vapor con un ténder, y un pequeño vagón que, según la descripción del cronista de la expedición Francis Hawks, “apenas podría albergar a un niño de 6 años”.
Pese al tamaño de la locomotora, que había sido llevada en calidad de muestra del progreso occidental, algunos de los oficiales que la vieron por primera vez en funcionamiento se empeñarían en montar, y posteriormente la máquina se convertiría en un divertimento para algunos afortunados japoneses. Tal como cuenta el cronista de la misión americana, para montar en la máquina los japoneses terminaban subiendo al tejado del vagón, y gritaban con sorpresa cada vez que el vapor de la locomotora silbaba en su pequeño recorrido circular de apenas 110 metros.
Este regalo tendrá para Japón más importancia de la que se pensó en un primer momento, pues se convertiría en uno de los detonadores del descontento general de un importante sector de la población, que sentía haber sido anclado en el pasado lejos de las puertas del progreso. El Sakoku (el ostracismo nacional dictado por los Tokugawa desde 1635), para muchos intelectuales de la época, había desviado a Japón de las naturales vías del progreso tecnológico que otras naciones habían alcanzado con el libre intercambio de conocimiento.

Representación del primer tren, según un dibujo japonés. Fuente: http://ocw.mit.edu/ans7870/21f/21f.027/black_ships_and_samurai/bss_essay07.html
Apenas 15 años después de que el regalo del comodoro M.C. Perry causara furor entre los japoneses y contribuyera a la caída de los Tokugawa y a la restauración del emperador en el poder, las primeras líneas de ferrocarril estaban ya siendo trazadas en el archipiélago. Las negociaciones para conseguir la inversión necesaria para trazar la primera línea de ferrocarril real de Japón habían comenzado tan pronto como Mutsuhito inauguró su cargo como máximo poder político del país. Esta primera vía, sin duda, debía conectar las ciudades que estaban desarrollando todo su potencial en la época: Tōkyō, que se había convertido rápidamente en el eje donde se centralizaba todo el poder; y Yokohama, el primer puerto abierto a las naciones extranjeras tras el largo periodo de enclaustramiento, y una ciudad en la que ya residían alrededor de 900 extranjeros entre cuerpos diplomáticos y expertos que habían sido llamados por el mismo gobierno japonés como instructores para los futuros gobernantes, legisladores e ingenieros del nuevo Japón.
Pese al entusiasmo por la empresa de crear el primer tramo ferroviario en el nuevo Japón, las primeras pruebas fueron un auténtico fracaso y el desarrollo de la primera línea tardaba en concluir. Entre las razones de dicho fracaso, en primer lugar, al parecer el contratista británico no habría conseguido el suficiente capital para desarrollar todo el proyecto adecuadamente. Por otra parte, muchos de los extranjeros que habían llegado a Japón en calidad de ingenieros o empleados de esa industria terminaron por dedicarse a explorar el país en una suerte de “vacaciones orientales” más que desarrollar el trabajo por el que habían sido llamados, frente a los nativos empleados, para los que todo lo referente al ferrocarril era nuevo y desconocido.
Al fin, el 14 de octubre de 1872 la primera línea entre Tōkyō y Yokohama era inaugurada con la audiencia del emperador y todos los representantes políticos y consulares, así como “los embajadores de Kiu Kiu” y los jefes Ainu, según la descripción entusiasta de William Griffis, un profesor americano presente en la ceremonia de apertura.
Partícipes del mismo entusiasmo que Griffis, los japoneses no tardaron en unirse a la causa ferroviaria, y en apenas un año 25 locomotoras, kilómetros de vía y 158 vagones fueron importados por Japón para enlazar cada una de las provincias del país.
Era el comienzo de la gran red ferroviaria de Japón, que, como hemos podido aprender, comenzó con un regalo estadounidense.
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El siguiente artículo tiene más de ejercicio literario que de apunte científico. De hecho, cualquier parecido con la ciencia es una mera plataforma para pensar sobre la ciudad japonesa.
El lenguaje es uno de los más grandes y misteriosos avances de la cultura humana. No sabemos a ciencia cierta cuándo ni en qué condiciones surgió para continuar desarrollándose hasta llegar a su forma contemporánea, la cual tampoco dudamos que continúa evolucionando. Desde un punto de vista cultural, existe la problemática de determinar en qué momento los antecesores del homo sapiens sapiens pudieron vocalizar la primera palabra, o construir la primera oración. Desde el punto de vista científico, o más concretamente, genético, sí se ha teorizado sobre el gen responsable del desarrollo de nuestro lenguaje, y por lo tanto de un modo “gramatical” de pensar.
La ciencia nos dice, a día de hoy, que el gen FOXP2 humano es el responsable del desarrollo de la coherencia gramatical, es decir, que entre muchas otras posibles funciones, nos ayuda a distinguir tiempo, modo, número y persona. En definitiva, nos ayuda a comprender una realidad encajándola en un sistema. A sistematizar (ordenar en un sistema) la realidad que se percibe a través de los sentidos, y, cómo no, a comprender y a comunicar. Es el gen que nos permite controlar y manipular (en el buen sentido y en el malo) la información.
Es inevitable recordar, desde el punto de vista del estudio urbanístico de Tôkyô, el libro que Roland Barthes, el semiólogo francés, dedica a esta ciudad. En El imperio de los signos, Barthes se asoma a la ciudad japonesa desde su escritura, fascinado por los trazos que componen los caracteres de un lenguaje que desconoce. Su manifiesto desconocimiento de la lengua, explica, no supone para él un obstáculo, muy al contrario le conduce a un oasis de protección frente a los dictados de su lengua materna. De este modo, el semiólogo parece advertir que la ciudad japonesa, como su lengua, escapa al modelo racional occidental, que reconoce como un sistema más y no por ello mayor ni mejor, y que condiciona la estructura concéntrica de la ciudad americana y europea.
Tôkyô, destaca Barthes, es una gran metrópolis cuyo centro está vacío y desvía las aglomeraciones. La ciudad, se sorprende, no sigue un orden nominativo, y contrariamente a lo que se podría pensar como lógico, los japoneses construyen la imagen de su ciudad en base a sensaciones y señales, siendo necesario dibujar secciones de la misma para explicar una dirección. En el imperio del trazo esta es la lógica. La ciudad es un texto, o un conjunto de textos.

Esta visión semiótica de Tôkyô choca, no obstante, con la idea de una metrópolis (o megalópolis en proceso) con un centro que es plural y no geométrico. Así pues tenemos un centro político, Kasumigaseki; un centro económico, Marunouchi (que por cierto, pertenece en casi su totalidad al imperio de Mitsubishi); y un centro comercial, Ginza. Tôkyô es un gran sistema que, como el idioma japonés, se nos puede antojar lógico si lo desconocemos, caótico si no llegamos a comprender sus fundamentos, y complejo si aceptamos la imponente dificultad de llegar a dominarlo.
Es extraño llegar a conocer a un japonés que haya alcanzado el dominio completo de su lengua. Entiéndase esto como el conocimiento de todos los signos que la componen, de todos los Kanji. Conocerlos no es una meta imposible, aunque sí bastante improbable. Asimismo el conocimiento de la ciudad japonesa requiere la experiencia diaria, y aún así llegar a conocer su forma se nos antoja una quimera.

El arquitecto japonés Toyo Ito destacaba, a su llegada al aeropuerto de Narita, que a medida que se introducía en la ciudad por una de sus arterias era incapaz de distinguir o imaginar forma alguna.
En medio de la sucesión de paisajes anodinos, uno se encuentra dentro de la ciudad de Tokyo, sin haber experimentado ninguna impresión o estímulo. Es decir, uno se encuentra envuelto por el macrocuerpo, la metrópoli, sin haber percibido claramente su fisonomía ni tampoco haber tenido una impresión intuitiva. […] Creo que los extranjeros que visitan Tokyo por primera vez comparten esta sensación incierta de estar inmersos en un pantano sin fondo. Una ciudad sin contornos, en donde penetra uno sin darse cuenta, como en un laberinto.
No es el único que reconoce Tôkyô como un elemento vivo e infinitamente complejo, como la lengua japonesa. Yoshinobu Ashihara habló del orden oculto de la metrópolis, una ciudad que era “como una ameba”, o que reflejaba un “orden fractal”.
Las ciudades que, como Tôkyô, parecen desordenadas, tienen relación con la convergencia de elementos heterogéneos y generados espontáneamente. No están ideadas desde un comienzo para ser tal como son, sino que, más bien se desarrollan por el azar. Esta aleatoriedad es la raíz de la identidad de Tôkyô [...] aquí está la “belleza del caos”, una corriente estética de relevancia para el siglo XXI.
Asimismo, Hirô Ichikawa observó que Tôkyô es una ciudad “flexible”. También recientemente la NHK ofrecía a los japoneses una serie documental donde se estudiaba la capital nipona dentro de un conjunto de “ciudades en ebullición”, y hablaba de “Tôkyô Monster”. Un monstruo que, por cierto, desde hace décadas se enfrenta a constantes proyectos de revitalización y amenazas a su poderosa hegemonía.
¿Es posible conocer algo que siempre cambia? Posiblemente esta tarea sea difícil, pero sí podemos hacer un esfuerzo por comprender el sistema, o si queremos la gramática, que fundamenta ese algo.
El gen FOXP2 puede no sólo ser el responsable del lenguaje en sí, sino del mecanismo que ha favorecido el sistema que subyace al mismo. Del mismo modo, la ciudad, como sistema, como conjunto de signos y manifestación coherente de un conjunto de formas de habitar, es el producto del modo de pensar que este gen ha otorgado al ser humano. Parece razonable pensar que así como el lenguaje no ha podido existir sin comunidad, y que la comunidad ha debido ser el cobijo del lenguaje, los asentamientos humanos han sido producto del pensamiento gramatical de esta misma comunidad. O si lo preferimos, un sistema de habitar precedido por un sistema de comunicar.
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La unión entre farándula y política no es algo nuevo ni exclusivo de Japón. No obstante, con este artículo quiero mostrar cómo los japoneses tienen también sus Reagan y Schwarzenegger en el ejecutivo. Recientemente hemos vivido un momento histórico en la política nipona con la elección de Yukio Hatoyama como primer ministro, expulsando del gobierno al partido que había dominado casi ininterrumpidamente durante más de medio siglo. Los análisis sobre la figura del nuevo gobernante no han tardado en salir a la palestra, sorprendiéndonos con apuntes tan curiosos como el libro que su mujer Miyuki publicó en 2008, titulado Cosas muy extrañas que me he encontrado, y donde afirma que en otra vida viajó a Venus en una nave triangular, y cómo conoció a Tom Cruise encarnado en un japonés durante ese mismo viaje. Esta extravagante historia ha sido la comidilla de la prensa sensacionalista nipona, y ha sacado a relucir, una vez más, el carácter mediático de la clase política.
Pero estas historias no son patrimonio del PDJ ni fruto del nuevo siglo. Miremos, por ejemplo, la figura de uno de los políticos japoneses más carismáticos de la historia reciente: Jun’ichirô Koizumi. En 1982 Koizumi se divorció, dejando a su esposa sola en espera del tercer hijo. Este hecho es poco común en la clase política y en otros países podría ir en detrimento de un partido de cara a unas elecciones. Pudimos vivir su reelección, y aún hoy muchos japoneses siguen considerando al ex-primer ministro del PLD un gran político. Se dice de Koizumi asimismo que es amante del Heavy, y le vimos imitar a Elvis en una visita a Estados Unidos invitado por George Bush.

Jun'ichirô Koizumi en EE.UU. Fuente: http://www.tonisant.com/blog/pix/koizumi-elvis.jpg
Koizumi, a pesar de haber salido discretamente de la escena política, sigue haciendo sus pinitos en el mundo de la farándula. En octubre de 2009 conocimos que prestará su voz para el personaje de Ultraman King en la película Daikaijū Battle: Ultra Ginga Densetsu The Movie, hecho que nos demuestra, claramente, que lejos de retirarse de la vida pública, la conquista de su tiempo le ha permitido cultivar sus aficiones mediáticas por otras vías.
No obstante, vayamos más allá de Koizumi, hasta la apertura de Japón a la política moderna. Si queremos saber dónde empieza esta simbiosis entre la farándula y la política en Japón tenemos que remontarnos a comienzos del siglo XX, entre 1904 y 1905. El francés André Bellesort, en un viaje a Japón en el que sigue al candidato M. Kumé (de una familia relacionada históricamente con la diplomacia), apunta en un momento dado:
“El actor estudiante Kawakami, fundador revolucionario de una especie de Teatro Libre, se presentaba a los sufragios del duodécimo distrito de Tokio. Era la primera vez que un cómico de profesión subía al estrado político, y vi que, a pesar de todo, el público japonés no tenía aún el sentido muy embotado, porque gruñó. Kawakami perdió el tiempo, pues nadie quiso oírle y se prohibió a los propietarios de yose alquilarle sus salas, esos humildes locales de conferencias a los que van por las noches hábiles oradores a contar cuentos a los tenderos y a la clase media del barrio. Solamente las mujeres trabajaron por su elección; pero si la impertinencia de aquel cómico es una señal alarmante, los cuarenta y cinco votos que obtuvo deben tranquilizar al gobierno sobre el peligro de las influencias femeninas”.
Este pasaje, recogido en La Sociedad Japonesa, obra premiada por la Academia Francesa y traducida al español por F. Sarmiento, contiene también la imagen del actor, que, vestido de uniforme, espada al cinto y pelo alborotado, deja los hombros caídos y se mantiene cabizbajo, con aspecto desolado.
Más adelante en la historia, regresando a los ’90, encontramos otros ejemplos característicos. El 17 de Abril de 1995, se anunciaba en los medios que la elección de los gobernadores de Ôsaka y Tôkyô era un símbolo del cambio de actitud de los japoneses ante la política. Y es que Yukio Aoshima, escritor, compositor, comediante y gobernador de Tôkyô, y Knock Yokoyama, ex-cómico y gobernador Ôsaka hasta 1999, ganaron fundamentalmente por su popularidad. Su pasado artístico les valió para llegar a la población sin necesidad de tener el respaldo de ningún partido, es decir, totalmente en solitario. De hecho, sorprenderá saber que Yokoyama dirigió su campaña desde una tienda de fideos y con el único apoyo de su familia.
Ninguno de los dos candidatos invirtió mucho dinero en ingeniosas campañas publicitarias para ganar electores, y se limitaron a utilizar los espacios gratuitos de la televisión pública. Parece ser que ya tenían asumido que su participación en programas de televisión, ya sea de comediantes (Aoshima fue famoso por su personaje Ijiwaru-baasan o abuela malévola) como de tertulianos, les había acercado al pueblo. Su imagen ya estaba construida en las masas, y lo único que hacía falta era enviar un programa político.

Aoshima en el papel de Ijiwaru Baasan. Fuente: http://image.blog.livedoor.jp/rs_naka_second/
Estos son algunos de los ejemplos más significativos, pero no los únicos. La fórmula de una fuerte personalidad mediática con un sugerente programa político ha funcionado en Japón y en otros muchos países, y parece que lo seguirá haciendo cambie o no el paradigma de los medios de masas.
Cuando cualquier visitante acude a Japón, una de las cosas que más le sorprende es la ausencia de papeleras en la calle. Si preguntamos sobre la razón de esto, probablemente la respuesta que obtengamos es que se han suprimido muchas papeleras para evitar ataques terroristas. Pero, siguiendo la historia reciente de Japón, podemos comprobar cómo no han existido casos de terrorismo internacional que puedan enlazar con los atentados de Londres, Madrid o Nueva York. Realmente, la amenaza terrorista en Japón ha surgido normalmente desde dentro, con casos como el del Rengôsekigun 連合赤軍, la Unión del Ejército Rojo de ideales comunistas; el grupo de ultraderecha Seikijuku 正氣塾, que desde 1981 ha protagonizado numerosos actos violentos; y el más importante de todos, del cual vamos a hablar en esta ocasión: el de la secta anteriormente conocida como Ôm Shinrikyo オウム真理教.
El lunes 20 de marzo de 1995 la secta de la Verdad Suprema (Ôm Shinrikyo オウム真理教), atentó en varias estaciones del metro de Tôkyô, en los recorridos de las líneas Chiyoda, Marunouchi y Hibiya. Estas líneas atraviesan todo el centro de la capital y conectan con el barrio en el que se concentra el poder estatal, Kasumigaseki.
Por aquel entonces era corresponsal del diario El País Ramón Mantecón, quien describió cómo sucedieron los hechos. A las 7.59 de la mañana, entonces hora de grandes desplazamientos y aglomeraciones, Ikuo Hayashi, Ken’ichi Hirose, Tôru Toyoda, Masato Yokoyama y Yasuo Hayashi se deslizaron en los vagones del metro de Tôkyô ataviados con mascarilla. Algo habitual en Japón, y que no provocó las sospechas de los pasajeros. Sí parecía extraño, no obstante, los guantes de plástico que cubrían los brazos de estas personas, la bolsa de plástico envuelta en papel de periódico y el paraguas, algo nada habitual en la mañana víspera del solsticio de primavera.
En pocos minutos esos hombres agujerearon las bolsas, y un líquido comenzó a deslizarse por el suelo del vagón de metro. A los 15 minutos el líquido, que se evapora y se mezcla con el aire, comienza a afectar a los pasajeros. Vómitos, asfixia, ceguera… Es el efecto del gas sarín con el que los miembros de la Verdad Suprema cometen el atentado. Un gas 20 veces más mortal que el cianuro de potasio. El jefe de la estación de Kasumigaseki recoge uno de los paquetes de un vagón de metro con sus manos desnudas, y cae desplomado casi al instante. El gas sarín penetra en el cuerpo a través de la piel y los pulmones, rompiendo las defensas del organismo y provocando una crisis nerviosa.
En total, seis personas murieron en menos de 20 minutos en el metro de Tôkyô, y otras tantas en los hospitales. Más de 5.400 personas fueron intoxicadas.
Aunque todo apuntaba a la secta religiosa de Shôkô Asahara, en un principio negaron los atentados. No obstante, varios meses antes se había oído a este líder laurear al gas sarín en varios de sus sermones. Además, se habían encontrado varios compuestos necesarios para la elaboración de este gas en las instalaciones que la secta poseía en Kamikuishiki. Aunque oficialmente no se había reconocido que Asahara estaba siendo investigado y que se sospechaba de él, la prensa sensacionalista sí había dado cuenta de ello, debido a la presunta implicación que éste había tenido en otros incidentes. Este atentado no fue el primero, el 1994 la policía japonesa dejó sin resolver la muerte de siete personas en la ciudad de Matsumoto, en la provincia de Nagano, tras un ataque con el mismo gas.
Este hecho puso de manifiesto la debilidad de la sociedad democrática y de las grandes ciudades ante el ataque de sectas religiosas fundamentalistas o de grupos terroristas. Los atentados tuvieron una repercusión mundial. También Nueva York y Washington aumentaron la vigilancia en sus subterráneos.
La CIA ya había experimentado la debilidad del metro de Nueva York en los años cincuenta, introduciendo un colorante no tóxico que fácilmente se propagó por los sistemas de ventilación. Este experimento fue la inspiración de una novela de Gordon Thomas escrita en 1990, Perfume Mortal. El desarrollo de esta novela tenía similitudes con los atentados de Tokio. Igualmente, estos ataques inspiraron la novela Salto Mortal (Chûgaeri), del premio Nobel japonés Kenzaburo Oé; y el libro Underground de Haruki Murakami, en el que se discute la repercusión de estos ataques en la psique japonesa.
La secta de Asahara reunía a 10.000 fieles en Japón, 20.000 en Rusia y otros tantos en Nueva York, Bonn, y en Sri Lanka. Su nombre, Ôm Shinri Kyo, deriva del término hindú Om, que representa el universo, y sigue con los Kanji (ideogramas) Shin (verdad), Ri (razón, justicia), y Kyo (fe, doctrina). Esta secta toma influencias del hinduismo y del budismo por la rama Theravada, Mahayana y Vajrayana. Nació a partir de la celebración de varios seminarios sobre Yoga que eran el pretexto para hablar sobre la espiritualidad. En 1987 el grupo de Asahara obtuvo el estatus oficial de religión de manos del gobierno japonés. A partir de entonces fue creciendo el número de fieles, en su mayoría estudiantes, que eran captados a la salida de las estaciones de metro mediante preguntas sobre la existencia.
Shôkô Asahara, cuyo verdadero nombre era Chizuo Matsumoto, se convirtió en lider de esta religión en 1986, tras unos ejercicios espirituales en el Himalaya. Asahara predicaba que el fin del mundo acaecería en 1997, tras una última guerra mundial. En la personalidad y la historia de Asahara hay muchos puntos aún por discutir. Antes de cometer los actos por los que finalmente fue condenado, mantuvo incluso contacto directo con el Dalai Lama, hecho que ayudó a su secta a ser reconocida como religión en Japón. En el juicio contra él fue acusado de 27 asesinatos, y encontrado culpable de 13 de los 17 cargos a los que se enfrentaba, entre ellos de otros casos como el ‘incidente Matsumoto’ y el asesinato de la familia Sakamoto.
No obstante, su juicio no estuvo falto de puntos oscuros. El proceso, que fue titulado por los medios sensacionalistas japoneses como “El juicio del siglo”, fue criticado por la Human Rights Watch porque el abogado más preparado para la defensa de Asahara, Yoshihiro Yasuda, fue arrestado y acusado de obstruir y retrasar el juicio para así evitar que el líder de la secta fuese condenado a la máxima pena posible, por lo que se le impidió participar en la defensa.
Finalmente, el 27 de febrero de 2004 Asahara fue condenado a morir en la horca. Hoy, a sus 54 años, el anterior gurú del la Verdad Suprema aún no ha sido ejecutado. Aunque en 2006 se ha tratado de recurrir la sentencia apelando a una supuesta enfermedad mental, la corte japonesa se ha mostrado inamovible en su decisión. En cuanto a la secta, después de los atentados abandonó Japón para instalarse en Rusia, cambiando su nombre por el de Aleph, la primera letra el alfabeto hebreo. Hoy tratan de desligarse de los actos ocurridos en 1995, por los que toda la política de seguridad del país se transformó.
Encontramos en Youtube un interesante reportaje sobre esta secta (inglés):
Igualmente, un anime que, aunque ha sido montado de modo humorístico con distintas canciones, en origen perteneció al material de propaganda de la secta:
Una de las escapadas que más gratamente recuerdo de 2009 fue la que hicimos Paolo, Yunhee y yo a Kôya san, en Wakayama, a una hora de Ôsaka aproximadamente. Estábamos dejando atrás el invierno, y aún en lo alto de la montaña quedaba algo de nieve. El frío calaba los huesos, pero aún así, la práctica ausencia de viento hacía el paseo muy agradable. Después de mucho tiempo en tren, llegamos a lo alto de la montaña y comenzamos a pasear por el cementerio, deteniéndonos de vez en cuando frente a los enormes árboles que apenas dejan pasar la luz dentro de la naturaleza del lugar. Entre las tumbas y las linternas de piedra, algunos grupos de turistas y jubilados haciendo el papel de peregrinos.
Por el camino natural, entre mucha maleza, varios tocones de árboles que debieron tener un tamaño considerable nos sorprendieron por estar decorados con una multitud de monedas de un yen. Un sólo yen. La mínima expresión monetaria convertida en instrumento de superstición, y decorando aquí y allá árboles, piedras y el fondo de algunas charcas. ¿Cuál será el motivo real? Hagan apuestas. Seguramente algo tendrá que ver con la buena fortuna en los negocios.
Pasando el templo, donde los monjes nos prohíben enérgicamente hacer fotos al vernos pasar con nuestras cámaras, encontramos una caseta cerrada, hecha para el descanso del viajero. Abrimos la puerta y pasamos a resguardarnos un rato. Frente a la misma, un elemento curioso. Un gong de perfecto sonido, fabricado con una pesada roca que cuelga de un gancho metálico.
Después de mucho caminar, de pisar la nieve y mojarnos los zapatos, llegamos a uno de los puntos más importantes del lugar: la gigantesca pagoda del Danjogaran, de tonos vivos. Llegamos justo a tiempo para ver cómo nos cierran las puertas. A lo largo del camino, muchas otras pagodas, hermanas pequeñas del coloso de madera que es la corona de Kôya.
En realidad, no existe el monte o la montaña Kôya como tal, pero sí el pueblo. Se llama montaña Kôya a toda la zona montañosa que se extiende al sur de Ôsaka, en la prefectura de Wakayama. La fama del lugar, además de por sus paisajes, viene derivada de ser el emplazamiento elegido por la secta budista Shingon (“la palabra verdadera”) como lugar central de culto. Hoy es considerado como uno de los lugares sagrados de Japón, gracias además a la importancia de su fundador, el monje Kûkai (Kôbo Daishi), que llegó allí en el año 819. La UNESCO denominó a Kôya san como Patrimonio de la Humanidad en 2004, lo que, pese al turismo, está ayudando a preservar la naturaleza del lugar. Como se puede imaginar, es uno de los lugares más importantes donde estudiar la espiritualidad y el budismo en Japón.
Descubrí en Japón la obra de Tôru Takemitsu 武満徹llamada Song book. Este gran compositor japonés, al que el premio nobel de literatura Kenzaburo Oe reverencia en sus libros, sin duda, y al que dedica su obra Salto mortal, es también autor de numerosas canciones populares como esta, que hoy día podemos oír en cualquier coral. Como este fin de semana quiero dejar con buen sabor de boca a todos los que amablemente me leéis, os ofrezco esta canción con su letra, transcripción y traducción. Podéis oír la versión del video de Mutsumi Hatano y Takashi Tsunoda. Para mi gusto, es una canción muy bella. Con vosotros, Chiisana Sora 小さな空, el pequeño cielo.
青空見たら Aosora mitara
綿のような雲が watano youna kumo ga
悲しみをのせて kanashimi wo nosete
飛んでいった tondeitta
いたずらが過ぎて Itazura ga sugite
叱られて泣いた shikararete naita
子供の頃を kodomo no koro wo
思い出した omoidashita
夕空見たら Yuuzora mitara
教会の窓の kyoukai no mado no
ステンドグラスが sutendogurasu ga
真っ赤に燃えてた makka ni moeteta
いたずらが過ぎて Itazura ga sugite
叱られて泣いた shikararete naita
子供の頃を kodomo no koro wo
思い出した omoidashita
夜空を見たら Yosora wo mitara
小さな星が chiisana hoshi ga
涙のように namida no you ni
光っていた hikatteita
いたずらが過ぎて Itasura ga sugite
叱られて泣いた shikararete naita
子供の頃を kodomo no koro wo
思い出した omoidashita
Al ver un cielo azul,
una nube como de algodón
se llevaba volando la tristeza.
Hacía demasiadas travesuras
era reprendido y lloraba.
Recuerdo cuando era un niño.
Al ver el cielo del atardecer,
la vidriera en la ventana de la iglesia
ardía en un rojo intenso.
Hacía demasiadas travesuras
era reprendido y lloraba.
Recuerdo cuando era un niño.
Al ver el cielo nocturno,
una pequeña estrella
brillaba como una lágrima.
Hacía demasiadas travesuras
era reprendido y lloraba.
Recuerdo cuando era un niño.














