En Japón hay muchos budas gigantes, daibutsu 大仏, como el de Kamakura o el de Nara, en el Tôdaiji. De viaje por Chiba nos encontramos con uno más en el Nihondera, durante un día de incesante lluvia y espesa niebla. Esto hizo, si cabe, la experiencia en la montaña mucho más emocionante. Indianajonesca diría yo. Nos llevaron a este lugar maravilloso Keita, Tomo y Mitsu, tres grandes amigos que tenemos allí en Japón. Prácticamente conducimos recorriendo toda la costa de Chiba, parando a comer algo de pescado, e incluso visitando alguna fábrica de madera. Algunas instantáneas de ese día en el Nihondera:
En la imagen de arriba podéis calcular el tamaño del buda comparándolo con la estatura de Fidel (al fondo), que ronda el metro ochenta y cinco. El buda mide en total 31 metros de alto (y eso estando sentado…).
La gente que visita el Nihondera compra estatuillas pequeñas en las que escriben mensajes o su nombre, para después lanzarlas a un montón protegido por Kwannon. Poco después de ver al gran buda, se sube la montaña por unas escaleras de piedra. En el camino, encontramos un pasadizo perfectamente tallado en la roca. Era una antigua cantera de dónde se extraían las piedras que pavimentarían el templo. Pasando entre la roca tallada se llega a una explanada, desde la que se ve el “Pico del Infierno”, el punto más alto al que se puede subir. En esa misma explanada hay un gran hueco rectangular en la pared en el que se ha tallado una enorme figura de Kwannon.
En el “Pico del Infierno” el viento y la niebla eran muy salvajes. Hay otro punto de vista, el de aquel que sube allí en un día soleado. A nosotros no nos tocó en esta ocasión, pero estoy seguro de que desde allí se puede ver el océano, porque se encuentra realmente cerca.
La montaña está repleta de imágenes de bosatsu y otros monjes. La cantidad y diverso aspecto de estas estatuas provoca la sensación de estar siendo observado. Hay figuras con el rostro desfigurado, de mirada severa, y también de aspecto pacífico y meditativo.
Vengo hoy de recoger mi diploma en lengua japonesa por el Instituto de Idiomas de la Universidad de Sevilla. No es que sirva de mucho, pero es algo que reconforta. No obstante, en cuestiones laborales, sirve tanto como presentarte a un puesto de repostero disfrazado de payaso. Al menos he podido encontrarme con una antigua profesora, y cruzar algunas palabras mal dichas de un pobre japonés que se pierde en la memoria de vez en cuando. Pero he de volver a Japón cuanto antes. Tal vez este país sea mi única salida. Aunque me encantaría volver para dedicarme a la docencia de Asia Oriental en España. Preferiblemente en la soleada Sevilla.
Quiero ofreceros un vídeo que tomé con mi pobre Pentax A30 desde la Torre de Tokyo. Estas son algunas imágenes de una gran metrópolis cuya primera impresión es de caos, pero que una vez se asimila resulta increíblemente útil. Tokyo es el fruto de una cultura profundamente pragmática. No se puede luchar contra la entropía, pero sí se puede impulsar al máximo la Sociedad de la Información, preparando herramientas que ayuden a la reducción de incertidumbre. Eso es Tokyo, con sus carteles luminosos, con sus autopistas perfectas, con sus mensajes hablados, con sus mapas virtuales, con sus medios de transporte que llegan a cualquier lugar, y con sus torres que son elementos orientadores.