Vida en Marte 火星の生活 


La España del escupitajo
Mayo 6, 2008, 12:05 pm
Guardado en: otros pensamientos

Este artículo no tiene tanto que ver con Japón como con mi vivencia personal - o concretamente la de mi novia japonesa - en este país en el que tuve el mal gusto de nacer. Reconozco antes que nada que mis palabras surgen enojadas desde mi cerebro a las manos que las teclean en el ordenador. No puedo evitar estar contrariado por todo cuanto sucede a mi alrededor sin explicación lógica posible. Ya hablé de ello en otra ocasión, mentando a la física. Ahora lo hago desde una experiencia más sangrante, y - kami sama no okage de - con la esperanza de que el proceso que me lleva a Osaka se culmine sin imprevistos.
El fin de semana pasado me encontraba yo en Huelva, mi ciudad natal, disfrutando en la comodidad de mi hogar originario. En Huelva, dicho sea de paso, no puedo encontrarme cómodo en otro sitio. El trato que esta ciudad me ha dado sólo me genera estrés cada vez que piso sus sucias calles. Volviendo a la cuestión principal, terminada la visita y de regreso ya en Sevilla, llegó mi japonesa a mi encuentro y me contó, sin demasiado nerviosismo, algo que le había ocurrido el día anterior en mi ausencia. Volviendo de su taller -donde practica el arte cerámico- cargada con un jarrón que al menos pesa seis kilos, un par de niños gitanos de esos del Este -la Mordor de Europa-, viendo su dificultad de maniobra, intentaron robarle el bolso. Da la casualidad de que éste tiene una apertura difícil, y que siendo todavía plena la tarde no había oscurecido, por lo que los sucios cabrones no pusieron mucho empeño y, no pudiendo obtener lo que querían, se despidieron de mi novia soltándole un repugnante escupitajo en plena cara.
Este suceso, aunque me revienta por dentro, no me sorprende. Lo que sí me resulta interesante es que mi novia no quisiera ya denunciar lo sucedido a la policía. Tal es la mala fama que han adquirido a pulso los supuestos defensores de la ley de nuestras ciudades que hasta una japonesa, repugnante y sonoramente agredida, no ha querido perder el tiempo denunciando algo que no va a ser perseguido, al no haber hurto, delito ni falta.
Y ahora soy yo, que tampoco ando sobrado, el que tiene que acompañar a la japonesa cada día para evitar que esto vuelva a suceder. ¿Pero cómo? Realmente yo tampoco puedo hacer nada. Si me los encuentro y les doy una leche a cada uno estaré agrediendo a la infancia -una infancia que nada tiene de infancia, dicho sea de paso-. El resultado para mí no puede ser más lamentable, teniendo en cuenta además que sería perseguido por asociaciones del inmigrante por xenófobo -Sí, lo han leído bien, ¡siendo mi novia una inmigrante incluso!-, por la sociedad romaní, y por otros gitanos del Este sedientos de sangre. Ese es el argumento de la historia. Nadie me defiende, nadie pone justicia, nadie se fía del Estado de Derecho -¿Derecho a qué, a soportar escupitajos?-.

Siendo esto así, cabe un lugar para la esperanza: Japón. Ahí me entierren. Un país en el que, culturalmente, hay un respeto indiscutible por la ley, por el bien común -ese que parte del sentido común-, por lo justo y por lo noble, por la supervivencia de nuestra propia especie, cultura, comunidad. Algo indiscutible, que no ocurre, mal que nos pese, en España, donde “el que no corre, vuela”. En el que el esfuerzo personal no es sinónimo de éxito si uno no se deja seducir por el mundo del “enchufismo”. España es el país del “esto es lo que hay”, que ahora ha aprendido también mi japonesa, y gran coraje que me da. Yo recomiendo a todo el mundo que esté tan harto del mal funcionamiento de las cosas y de la cara dura de la administración que reúna lo que pueda y se vaya el tiempo que le sea posible a Japón. Que viva en un lugar donde las calles están limpias y el vecino no te molesta. Donde la policía hace su trabajo. Donde no tienes que vigilar tu equipaje en las estaciones de autobús. Donde puedes comprar sin necesidad de vigilar que no te estafen. Donde casi nunca nadie te pide dinero por la calle, ni un músico sin talento viene a joderte la velada en el restaurante de turno. Donde el autobús y el tren llegan a su hora, y “por favor” y “gracias” son palabras de uso diario.
Me digan lo que me digan, el que no haya estado en Japón y haya vivido esto, que no me venga con gaitas sobre las bondades de nuestro país. Porque bondades pocas, más bien usufructos y paridas contenidas en sonrisas pícaras y cejas levantadas. Honor, poco. Justicia, mínima. Dignidad, ninguna. La única imagen que tengo de España en estos momentos es un escupitajo en la cara de una persona noble y amada.