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Esta mañana de 20 de Marzo de 2013 los sakura habían florecido. También llegan las lluvias. Y simbólicamente, al tiempo que el Japón gris y antipático del invierno se va quedando atrás, también llegan las nuevas oportunidades con el florecimiento del nuevo año fiscal que está al caer.
Se acerca la ofensiva de primavera, en la que en escasas dos semana sindicatos y patronal negocian las nuevas condiciones laborales, empresa a empresa, que tendrán los esforzados trabajadores nipones. Se inaugura el nuevo año escolar. Nace una nueva legión de salaryman y OL, muchos de ellos jóvenes comienzan su primer trabajo.
Y para que veáis que no todo está perdido, en los próximos 7 días tengo dos entrevistas de trabajo a las que voy motivado y con esperanza. Tal vez sea mi última oportunidad, y ya es mucho.
Cumpliendo con el espíritu del equinoccio, os dejo unas fotos del sakura que he capturado hoy en un paseo matinal, en los alrededores del Ōmiya Hachimangū 大宮八幡宮 antes de ir a trabajar. Sí, amigos, porque un servidor también trabaja en días festivos, como el de hoy en Japón.
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Seguramente se me esté escapando algo muy importante al ver este invento, pero de verdad que no comprendo cómo el ser humano ha llegado a este extremo: la máquina portátil de Panasonic para limpiarse el ojete wherever you want.
Es producto del mes en el Bic Camera de Shinjuku, y la sorpresa al verlo ha sido mayúscula. Así nos venden la máquina:
“¿Has probado alguna vez la última tecnología japonesa en asientos de inodoro que limpia y refresca tu trasero con un chorro de bidé? “Handy Toilette” es un dispositivo portátil con batería que te permite limpiarte el ojete en el momento que quieras”.
Y cuesta nada más y nada menos que 90 euros, el condenado. ¿Os imagináis llevar eso a todas partes?
- Cariño, ¿llevas las llaves?
- Sí.
- ¿La cartera?
- En mi bolsillo.
- ¿No te dejas el móvil?
- En el maletín… Ah, espera, se me olvida la máquina para limpiarme el ojete en el trabajo.
Tengo muchas, muchísimas preguntas sobre este producto. Pero la primera que quiero hacer a Panasonic-san es “¿Por qué?“.
Señores, este es el primer paso hacia las famosas tres conchas.
Japón es un país extremadamente supersticioso (¿Qué país no lo es?). Creo que ha llegado el momento de contaros algunas de las supersticiones que existen en este país, algunas de ellas verdaderas creencias, otras diversiones que a veces son tomadas muy en serio. Aquí tenéis una pequeña lista de 10 supersticiones a tener en cuenta en Japón:
1) Algo que jamás se debe regalar en una boda en Japón son instrumentos cortantes: cuchillos y tijeras. Para los japoneses, esto simboliza la posibilidad de que la pareja “corte”. Del mismo modo, no se deben regalar cosas que se puedan separar en partes o en conjuntos iguales (aunque a la hora de la separación es lo más útil).
2) Cuando alguien acaba de estrenar o de construir su casa, es costumbre hacer una visita de rigor y llevar un regalo. Jamás, jamás, jamás regaléis vajilla. Los japoneses ven en la vajilla que se puede romper unos pilares débiles para la nueva casa, un mal augurio para el futuro de la casa.
3) En el apartado de regalos, mucho cuidado también a la hora de visitar a un enfermo en un hospital. Lo normal en Europa es llevar unas flores (o al menos lo era). En Japón se debe evitar llevar al enfermo plantas en macetas, porque las raíces que se hunden en la tierra simbolizan para ellos que la enfermedad se agarrará al enfermo con fuerza, o que el enfermo “echará raíces” en la cama del hospital. También por el juego de palabras neduku 根付く (enraizarse) con netsuku 寝付く (quedarse dormido).
4) En las bodas debemos tener también mucho cuidado con las palabras que utilizamos. Los verbos hodoku 解く (desatar), kiru/katto 切る/カット (cortar), hanareru/wakeru 離れる/分ける (separar), y todo tipo de palabras que impliquen eso, dan mal agüero.
5) Los japoneses también están muy obsesionados con el éxito en los exámenes, y tienen toda una serie de supersticiones. Antes de un examen muchos japoneses toman katsu-don カツ丼. ¿Por qué? Pues sencillamente por el juego de palabras con el verbo katsu 勝つ, que significa vencer, llevarse la victoria. En las konbini, antes de los exámenes de ingreso en las universidades, algunas marcas venden snacks que hacen honor a este juego de palabras. También hay estudiantes que toman caramelos con forma pentagonal, por la similitud de la palabra gokaku 五角 (pentágono) con goukaku 合格 (aprobar). Por la misma razón, compran lápices con forma pentagonal para los exámenes.
6) Otro juego de palabras se hace con el más moderno Kit Kat, que muchos nipones toman antes de exámenes o entrevistas de trabajo. En Japón lo relacionan con el juego de palabras kitto katsu きっと勝つ (ganar con toda certeza). Por la misma razón, hay que evitar los Kit Kat en las bodas, ya que también se podría leer kitto katto きっとカット (cortar con toda certeza).
7) Por otra parte, algunas de los verbos que nunca se deben decir cerca de un estudiante son suberu 滑る (resbalar, patinar), korobu 転ぶ (caer), ochiru 落ちる (precipitarse, desplomarse), Sakurachiru サクラ散る (el marchitarse del sakura, ya que lo relacionan con el suspenso).
8) Al igual que en España algunas personas se santiguan al paso de una ambulancia, algunos jóvenes japoneses ocultan los pulgares en el puño al paso de un coche fúnebre. ¿Por qué los pulgares? Pues sencillamente porque los pulgares son llamados en japonés oya yubi 親指 (Padres+Dedo), y con ello “ocultan” a sus padres ante el paso de la muerte.
9) También hay un par de cosas que nunca se deben hacer por la noche. Primero, silbar por la noche atrae a los fantasmas. Así de claro para ellos. Si el vecino se pone a silbar por la noche, está buscando una visita de la chica del pozo, del niño blanquísimo que vive en el desván, o de cualquier espíritu que ande por los alrededores. En segundo lugar, uno nunca se debe cortar las uñas antes de dormir o meterse en la cama o futón con los calcetines puestos. Los japoneses piensan que si uno hace una de estas dos cosas, no podrá ver a sus padres en el lecho de muerte, estará ausente en un momento tan importante.
10) Finalmente, una que ya conoceréis es la superstición sobre los números 4 y 9. En los hospitales y en algunos edificios no existen estos números. La razón está en las lecturas que tienen y sus asociaciones. El cuatro se puede leer shi, que también es como se lee la letra para “muerte” 死. Por otra parte, el 9 se lee ku, y se relaciona con el Kanji de kurushii 苦しい (doloroso) o kurou 苦労 (sufrimientos, penalidades).
Y vosotros, ¿qué supersticiones conocéis?
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En la estación de Ochanomizu me he encontrado hoy con este simpático cartel. Avisa de que el “tsuba kake”, el tradicional escupitajo, es un delito. Lo más curioso de la gamberrada es que la hacen, según veo, cuando el tren está partiendo de la estación y el pobre conductor nada puede hacer. Es una gamberrada delito un tanto retorcido, y digo yo que el cartel podría incitar a algunos copycats por su originalidad.
¡Ah! el maravilloso mundo de la cartelería de las estaciones de Japón.
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Reconozco que llevo mucho tiempo sin escribir. Contrariamente a lo que pensaba cuando emprendí este proyecto, las cosas no han ido demasiado bien, y mi situación en Japón y en la vida ahora mismo es como un mesón, indiscutiblemente inestable.
Así y todo, sigo trabajando, estudiando y disfrutando de pequeñas cosas. La navidad me pilló trabajando, dedicado a una búsqueda muy infructuosa para un programa de televisión que por suerte no tendré que ver. El fracaso de esta tarea me ha animado a redoblar mis esfuerzos para encontrar un nuevo empleo, y lo que es más, para intentar por todos los medios trasladarme a Osaka, Kioto o Kobe. Una de estas tres ciudades, de la región de Japón que más me gusta a falta de conocer el norte y el sur más al sur.
Año Nuevo fue otra historia. Armado de ganas y de mi compañera de viaje, la pobre Nikon D3100 sobreexplotada, me dediqué a visitar algunos lugares de Tokio para captar el ambiente del último día del año. Es mi segundo Año Nuevo en Japón, ya que el primero lo viví en 2008, en Asakusa, con buena compañía, tomando café en un Starbucks al que también volví este año, y viendo a la gente esperar en el Kentucky Fried Chicken.
El primer paseo del último día del año lo dí, cómo no, en mi barrio, Okubo y Shinjuku. Traspasando los pasajes de tiendas coreanas y clubs de dudoso gusto en la bastante concurrida Kabukicho, llegué al Hanazono Jinja. Eran alrededor de las 16:00, y apenas unas pocas personas de paso, cargadas de bolsas, paraban a rezar su plegaria en el templo. Lo que sí fue interesante ver fueron los preparativos. Cuidadosamente, un operario colocaba los faroles y enrollaba unos papeles alrededor de los remates de cada balaustre, en la escalera que conduce al altar. ¿Más plegarias? ¿Oraciones? Lo desconozco.
El siguiente destino fue Ueno, y concretamente el mercado de Ameyoko, recomendado por mi amiga Yuriko. Ameyoko es un lugar bastante visitado, pero en Año Nuevo es otra historia. Casi era imposible caminar, y literalmente me tuve que dejar arrastrar por la corriente humana, aprovechando algún hueco para sacar un par de fotos y menos de un minuto de vídeo. Desde sus puestos, los comerciantes ponen especial ímpetu en vender sus mercancías, especialmente el pescado, para los que buscan allí el menú de la noche y el día siguiente.
El último lugar de la noche iba a ser Asakusa. Cuando llegué al Sensô-ji, el frío me animaba a volver al peligroso confort de mi cuarto, a pasar la noche viendo la televisión, en Internet y leyendo. Cerca de la Kaminari-mon decidí tomarme un respiro y probar por 100 yenes un vaso de sake dulce caliente (mi sello de aprobación al mismo). Alrededor del templo, los puestos de comida ya estaban preparándose para el negocio del día, y una gran pila de barriles de sake sugería que esa noche la embriaguez sabría distinta a la nomikai (reunión para beber) con los compañeros de trabajo.
En la Kaminari-mon y en los alrededores del distrito del Kabuki, muchas parejas pasaban las horas. Mi cámara y yo estábamos al límite, así que después del peor okonomiyaki que he comido en mi vida, en el cual pienso que confundieron los fideos con gomillas, quise revivir el año nuevo de 2008 en el mismo Starbucks y el mismo asiento en el que estuve ese día, prácticamente a la misma hora.
Mientras pasaba el tiempo frente a un Caramel Macchiato y una galleta de chocolate blanco y nueces de macadamia, decidí revisar en mi móvil, cosa que no hago frecuentemente, mi Twitter. En un mensaje, el recién llegado a Tokio @danikaze me sugería ir al Meiji Jingu de madrugada. Pese a hacerle esperar más de lo debido, porque la batería de mi cámara estaba hambrienta de carga, a las 22:30 nos reunimos en Shibuya, donde descubrimos un sucedáneo de Times Square de lo más absurdo. Podría decir que en Shibuya había extranjeros como yo y japoneses al 50/50. ¿Qué esperaban? Lo lógico sería suponer que en una de las muchas pantallas de los edificios aparecería algo parecido a una cuenta atrás para el año nuevo. Nada de ello sucedió. Una chica a la que pregunté me informó de que la gente hacía su propia cuenta atrás, y luego “empezaban a correr”. ¿A correr? ¿Una maratón? He oído que hay varias maratones de año nuevo en Nueva York, pero no sabía nada de Tokio.
Esperamos por lo tanto al año nuevo allí, pero nada extraño sucedió. Llegaron las 00:00, y la gente se volvió un poco más loca de lo que estaba, agolpándose en el centro de la carretera donde la policía trataba en vano de poner un poco de orden. Lo siguiente fue ir a lo seguro, seguir el plan y visitar el Meiji Jingu.
En el Meiji Jingu los Scouts japoneses guardaban el fuego que conducía a la gran masa que pacientemente esperaba llegar al pabellón del templo. Los Scouts ayudan en las labores de control de masas en los festivales con más público, como es el caso también de los típicos espectáculos de fuegos artificiales de verano en Asakusa.
La masa de japoneses que esperaba en el Meiji Jingu era sin duda abrumadora, y daba algo de miedo adentrarse en ella sin saber el tiempo de espera ni lo que uno se iba a encontrar en el destino. Utilizando la reducción al absurdo, digamos que son casi 3 horas de espera para lanzar una moneda a una gran manta blanca durante unos dos minutos en los que la policía te insistirá para que abandones el puesto y dejes a otras personas pasar. Pero es algo más. La avenida que lleva al templo, además de los faroles con las empresas y personas que han hecho alguna aportación económica, está gobernada por una gran pantalla en la que además de la información de la noche, los anuncios de pizza, empresas constructoras y juegos de cartas se repiten una y otra vez. Al girar la esquina, la puerta sur del templo aparece decorada con los motivos típicos del Año Nuevo japonés: la diana y la flecha, y la tablilla con el animal del nuevo año, la serpiente blanca de 2013.
Pasada la puerta del sur, la multitud corre a lanzar la moneda y alzar el rezo shintoísta, para que el nuevo año traiga algo mejor que el anterior. Después de eso, sólo queda volver a casa, a descansar y recuperarse del intenso frío que me dejaba los pies y las piernas insensibles durante cada rato de espera en la interminable cola de entrada.
Algo que me perdí, que no hice y probablemente por ello sea castigado, es tomar el típico Toshikoshi soba 年越しそば, que los japoneses comen a las 00:00, y es el equivalente a nuestras 12 uvas de la suerte. Tal vez lo haga, con mucha suerte, en un hipotético Año Nuevo que me conduzca a 2014 en Japón, si me dejan continuar aquí.
Lo último que me queda por decir es que durante todo aquel día grabé más vídeo de lo habitual, porque tenía planeada una felicitación de Año Nuevo un poco más especial. En el vídeo, a partir del minuto 2:37, podréis ver todos estos lugares y algunos detalles más. Feliz 2013 a todos.
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Siempre que llueve en Tokio, tenga trabajo o no, intento llevarme la cámara. La fotografía es una de mis pasiones, a pesar de no tener aún el equipo necesario para hacer las cosas que yo querría. Pero la realidad está ahí, y hay que capturarla.
La lluvia en Tokio le da a la ciudad una atmósfera especial, y por muy molesta que sea al calarnos los huesos, mojar nuestros zapatos y obligarnos a cargar con el paraguas, en realidad es el complemento perfecto para una ciudad llena de carteles, LED’s y pantallas que emiten incesantemente toda una gama de colores. Hoy quiero compartir con vosotros algunas fotografías de la lluvia en Shinjuku.
Y es que la lluvia, cuando no es ácida, tiene más ventajas que inconvenientes. El aire de Shinjuku está cargado de olores, y por lo tanto de partículas, que no son precisamente medicina para nuestros pulmones. Pero la lluvia se encarga en parte de renovar esa atmósfera.
Junto a mi televisor tengo un marco digital, regalo de Softbank, que me cuenta en porcentajes la probabilidad de lluvia para el día. Si no es el marco, son las noticias en la NHK cada mañana las que me recomiendan llevar o no el paraguas.
Y carreras, muchas carreras. Alguna que otra vez, cuando he olvidado el paraguas por la mañana, o he pensado que no llovería al salir del trabajo, tengo que esperar pacientemente a que amaine la lluvia ligeramente para volver a casa. En la salida de la estación, a veces he podido hablar con alguien, tomar fotos, leer un rato. He aprendido a esperar, aunque aún tengo que mejorar mis aptitudes sociales.
Pero no pongamos la lluvia tampoco por las… ¿nubes? (expresión inadecuada) . No le demos tantas ventajas a la lluvia. Es molesta, sin duda. Al menos una vez a la semana hay que soportarla, cuando en mi tierra se me hacía hasta extraño llevar un paraguas. Algo que echo de menos: una sucesión de días de sol implacables.
Hoy llueve en Tokio, y por supuesto llevaré mi cámara. Es el “Día del Trabajador”, y por desgracia yo lo celebraré trabajando. Por suerte me pagarán el día. Tal vez tenga más fotos que compartir con vosotros esta noche.
Hasta que puedo compartir con vosotros entradas más interesantes.
El pasado martes 23 de Octubre, sobre las 22:00, los espectadores del programa Kayoukyoku (火曜曲!) de la TBS vivieron una experiencia terrorífica. El programa que estaban disfrutando se interrumpió de repente, y en su lugar apareció una imagen extraña, una nebulosa de formas grises y negras difuminadas, que no pudo hacer más que despertar el pavor entre algunos nipones demasiado traumatizados con las películas de terror más populares de la última década en el país, y más concretamente con The Ring (リング).
Durante los minutos que aquella imagen deforme e irreconocible duró en pantalla, muchos telespectadores (y twitteros/twitteras) se quedaron agarrotados al cojín a la espera de que una terrible Sadako saliese del televisor.
Afortunadamente eso no sucedió. Aunque durante lo que duró el Housou Jiko (放送事故) de la TBS los comentarios en Twitter y Facebook se sucedieron y el término en cuestión llegó a ser Trending Topic. Todo quedó afortunadamente en un simple susto (¡¿Cómo no?!) y la cadena se disculpó posteriormente con el siguiente mensaje:
「先程の番組の中でお見苦しい所がありました お詫びいたします」
Hace un momento hemos mostrado algo impresentable en medio del programa, rogamos nos disculpen.
La cadena también publicó sus disculpas al día siguiente en la web.
¿Y qué pasó con esas inquietantes formas grises? Pues que alguien encontró en Twitter la fuente de las mismas, y resultó que aquel mosaico espeluznante no era más que una ampliación de una foto del grupo Idol AKB48.
Esto tiene mucha sustancia para escribir una nueva y aún más estúpida película de terror nipón. Atentos a vuestras pantallas.
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En la tranquilidad del Meiji Jingu oímos una solitaria rabieta. Una madre seca las lágrimas a un niño que está asistiendo a una inexplicable ceremonia de despedida. Adiós y gracias a aquel peluche, muñeco o muñeca que le ha acompañado durante unos cuantos años de su infancia. Pero también hay mayores, ancianos y ancianas, que dicen adiós a aquella muñeca que abrazaban camino de la escuela, en el Japón de la posguerra. O adultos que no pueden tirar a la basura, sin más, aquel simpático trozo de trapo, o ese peluche cuyo color ya está castigado por el tiempo y el sol, y que esperaba su llegada cada día en los absurdos años 80.
Es el día de agradecimiento a los muñecos, el Ningyou Kanshasai (人形感謝祭 ), que se ha celebrado el 14 de Octubre de 2012 bajo una fina y melancólica lluvia. Miles de juguetes antropomorfos y zoomorfos, decenas de miles podríamos decir sin temor a equivocarnos, han llegado al Meiji Jingu desde cada rincón de Japón.
Los que han querido acercarse al templo han entregado allí a sus viejos compañeros. Compañeros que no podemos decir que sean inanimados, ya que en el día en el que se le agradecen sus servicios es cuando más salta a la vista que el animismo es algo que aún sigue dentro de cada japonés, lo que insufla vida a cada objeto que ellos consideren o sientan como vivo. La vida más allá de la biología.
Los visitantes, los que entregan sus antiguos juguetes, hacen una ofrenda en un rincón del muestrario interminable, escriben en láminas de papel con forma humana su plegaria, y luego se detienen a observar esta maravillosa colección de recuerdos individuales.
Por cada uno, una historia. Por cada juguete una infancia. Los encargados de colocar, siempre mirando hacia el pabellón principal del Meiji Jingu, a estos antiguos compañeros de batalla, lo hacen con sumo cuidado, incluso deteniéndose a comentar y a observar alguna muñeca extraordinaria, o extraña.
Y entre los que sólo han venido a mirar, cómo no, restalla como un látigo el sentimiento de nostalgia cuando encuentran entre la multitud alguna cara conocida de la infancia.
Todos estos muñecos luego serán retirados. Es el último adiós a aquellos viejos trozos de trapo, algodón, plástico, madera, tela… que dejaron de ser producto para convertirse en seres vivos, en confidentes, y en compañeros.
*Más fotos en mi cuenta de Flickr.
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Y en estas que un fin de semana decidí ir a Enoshima. Mi objetivo principal era Kamakura, pero pasé de camino por la isla, y me quedé más tiempo de lo planeado. Muchas personas acuden a Enoshima con el buen tiempo, bien para hacer una barbacoa debajo del puente que lleva a la isla junto a la playa, para pescar, disfrutar de las aguas en la playa rocosa, o simplemente pasear por los templos, admirar el paisaje y sorprenderse ante la abundancia de este lugar.
La historia de Enoshima está directamente relacionada con la de dos deidades: Benzaiten y el dragón de cinco cabezas (Gozoryu). Pero también con el nacimiento de la biología marina en Japón, e igualmente se cuenta una leyenda sobre el nacimiento de la acupuntura tras un tropezón del maestro ciego Sugiyama Waichi.
El puente que lleva a la isla es el Enoshima Benten, o Bentenbashi. Es un paseo agradable, en el que se puede observar toda la bahía. Hasta 1891 a Enoshima sólo se podía ir en canoa. Fue en ese año (Meiji 24) cuando se construyó el primer puente de madera que conectaba la costa con la isla. Antes de la existencia de ese puente, el biólogo marino y humanista estadounidense Edward Sylvester Morse descubrió el montículo de Oomori en un viaje a Tokio desde la que era la residencia habitual de los oyatoi gaikokujin (extranjeros contratados) en Yokohama. Poco después instalaría un laboratorio en la isla, y comenzaría sus estudios sobre las especies autóctonas. La historia de Edward S. Morse estuvo muy ligada a Japón, y particularmente a la de la Universidad de Tokio, junto a otros grandes maestros de la época como el estadounidense con ascendencia malagueña Ernest Francisco Fenollosa, o el padre de la arquitectura moderna japonesa, Josiah Conder.
Al pisar la isla, nos da la bienvenida el antiguo torii de bronce, el Seidono Torii, que es Patrimonio Cultural de la Ciudad. Data de 1821, antes de la apertura de fronteras del país (el fin del sakoku o “país encadenado”). Tras el arco de bronce, tenemos una empinada calle abarrotada de tiendas que nos lleva hacia el Enoshima Jinja.
Esto no es nada. Aún quedan muchos peldaños por subir. Hay tarjetas de un día que permiten subir al faro de Enoshima, y también utilizar las escaleras mecánicas que hay en algunos tramos. Demasiadas escaleras, aunque por el paisaje (y los gatos) bien merece la pena el esfuerzo.
Ejercitando las piernas mientras nos vamos adentrando en la naturaleza, llegamos por fin al Enoshima Jinja, con tres pabellones en los que se venera a tres diosas: Tagitsuhime no mikoto, Ichikishimahime no mikoto y Tagirihime no mikoto. Además, de vez en cuando sitúan esta suerte de umbral que las parejas pasan, para luego hacer una plegaria, previo pago del impuesto revolucionario deífico.
Aquí una muchachas colgando su mala fortuna. Los templos hacen su agosto vendiendo todo tipo de amuletos y con el tradicional Omikuji en el que un papel escogido al azar nos dice nuestra suerte para el presente año.
Muchos de los obsesos de The Legendo of Zelda ya habréis puesto los ojos como platos si no conocéis la historia del Triforce. En realidad, el hecho de que haya tantos Triforce en Enoshima es porque se trata del Mon o emblema de la familia Hojo, una casa que cobró mucha importancia en el país y llegó a gobernarlo en el siglo XIII. La leyenda de su origen cuenta que Tokimasa Hojo (1138-1215) fue a rezar a una de las cuevas de la isla para pedir prosperidad para su familia. El propio Dios Dragón, protector de los pescadores, apareció ante él y accedió a sus plegarias, cediéndole tres escamas de su cuerpo, que luego pasarían a ser el emblema de esta casa: tres triángulos formando una pirámide. De ahí que la isla esté llena de Triforces y dragones, lo que le da a todo un aspecto más épico y fantástico.
Pero no todo iban a ser escaleras y plegarias. Rodeando la isla, encontramos la playa rocosa y el acantilado de Chigo ga fuchi, donde la gente viene a pescar, pasear y disfrutar de las piscinas naturales. También es donde accedemos a las grutas, en las que nos ofrecerán una vela para hacer uno de los tramos. Desde esta zona, en días muy despejados, se puede observar el Fuji.
Simplemente sentarse allí y ver cómo rompen las olas contra las rocas es suficiente para olvidar el estrés y disfrutar de un día magnífico. Aunque para llegar hasta allí se requiere de unas buenas piernas. No hay atajos por tierra.
En las rocas encontraréis sobreabundancia de tiñuelas (ligia oceanica), también llamadas “cucarachas de mar”, aunque a mi me parecen más un híbrido entre gamba y lepisma. Hay millones de ellas, y huyen despavoridas a gran velocidad ante cualquier amenaza. Su abundancia no es nada especial. En esta isla abunda la vida: libélulas, águilas, gatos, arañas…
Obviamente, la cocina local es rica en productos del mar. Podemos encontrar amontonadas las conchas de los moluscos a la entrada de muchas tiendas del lugar. Las tiendas de Enoshima son muy pintorescas, no sólo por su aspecto antiguo, sino por la venta de bebidas ya olvidadas en otros lugares, en botellas que harían las delicias de muchos coleccionistas.
Llegados a uno de los puntos más altos de la isla, encontramos la Ryuren no kane, o Campana del Dragón Enamorado. Aquí vienen las parejas a hacerla sonar y prometerse amor eterno ante los dioses y el horizonte. También han colocado una reja que hoy está cargada de candados (maldita costumbre) para simbolizar la unión indestructible. Es muy simbólico e irónico que casi todos esos candados se oxiden y caigan rápidamente debido al aire cargado de sal oceánica. Todo se oxida, amigos. Hasta las relaciones humanas.
Y por supuesto los gatos. Son otro atractivo turístico en Enoshima. En el camino encontramos fotos e información sobre estas criaturas, que están ya tan acostumbradas a la presencia humana, que se acercan y se dejan tocar. Este dormía plácidamente en la roca y te lamía la mano si le tocabas la pata o la cabeza.
Los gatos, las olas, los dragones y las vistas. Enoshima sin duda se ha convertido en uno de mis lugares favoritos para vivir. Tal vez, con suerte, en un futuro pueda pasar más tiempo cerca de Enoshima. Hay mucho que contar sobre esta isla. Tal vez en futuros artículos, y en próximas visitas, pueda ofreceros una nueva perspectiva.
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El otro día en Shinagawa, justo después de recoger mi tarjeta de residencia, y con la garganta seca como una mojama, entré en una Konbini para buscar algo que llevarme al gañote. Suelo beber café en lata, té o algún zumo, pero ese día, ya con la tarjeta y con ganas de celebrar este pequeño paso, me dio por probar algo nuevo. Así que me fijé en el lineal y no pude evitar clavar la mirada en una roja y aparentemente deliciosa bebida. Se trata de la Pepsi de sandía con sal, una bebida de venta limitada a este verano (palabra clave “gentei shouhin” 限定商品).
Hace años probé y escribí también sobre la Pepsi de yogurt, o Pepsi blanca, que creo que ha caído en el olvido. En esta ocasión han intentado llevar al buche de millones de japoneses un sabor típico de verano, como es el de la sandía. ¿Por qué con sal? Muchos de vosotros ya lo sabréis. En todo el mundo se toma la sandía con una pizca de sal, dicen, para hacerla más refrescante al gusto.
Personalmente no soy un fan de esa fruta, entre otras cosas porque al natural me causa unos dolores de estómago importantes. La bebida no me hace daño (creo), pero tampoco puedo decir que esté buena. Sigo prefiriendo bebidas sin gas y por otra parte, me pareció un tanto empalagosa. Aunque también hay gente que llama cada día con ahínco a las puertas del palacio de la diabetes. A esa gente le gustará esta bebida, como le puede gustar una tortilla de nutella con lacasitos.
Para compensar este post tan pobre, os dejo un mítico vídeo de Petey Greene sobre cómo se come una sandía (le fastidia que le echen sal).































































