Una de las escapadas que más gratamente recuerdo de 2009 fue la que hicimos Paolo, Yunhee y yo a Kôya san, en Wakayama, a una hora de Ôsaka aproximadamente. Estábamos dejando atrás el invierno, y aún en lo alto de la montaña quedaba algo de nieve. El frío calaba los huesos, pero aún así, la práctica ausencia de viento hacía el paseo muy agradable. Después de mucho tiempo en tren, llegamos a lo alto de la montaña y comenzamos a pasear por el cementerio, deteniéndonos de vez en cuando frente a los enormes árboles que apenas dejan pasar la luz dentro de la naturaleza del lugar. Entre las tumbas y las linternas de piedra, algunos grupos de turistas y jubilados haciendo el papel de peregrinos.
Por el camino natural, entre mucha maleza, varios tocones de árboles que debieron tener un tamaño considerable nos sorprendieron por estar decorados con una multitud de monedas de un yen. Un sólo yen. La mínima expresión monetaria convertida en instrumento de superstición, y decorando aquí y allá árboles, piedras y el fondo de algunas charcas. ¿Cuál será el motivo real? Hagan apuestas. Seguramente algo tendrá que ver con la buena fortuna en los negocios.
Pasando el templo, donde los monjes nos prohíben enérgicamente hacer fotos al vernos pasar con nuestras cámaras, encontramos una caseta cerrada, hecha para el descanso del viajero. Abrimos la puerta y pasamos a resguardarnos un rato. Frente a la misma, un elemento curioso. Un gong de perfecto sonido, fabricado con una pesada roca que cuelga de un gancho metálico.
Después de mucho caminar, de pisar la nieve y mojarnos los zapatos, llegamos a uno de los puntos más importantes del lugar: la gigantesca pagoda del Danjogaran, de tonos vivos. Llegamos justo a tiempo para ver cómo nos cierran las puertas. A lo largo del camino, muchas otras pagodas, hermanas pequeñas del coloso de madera que es la corona de Kôya.
En realidad, no existe el monte o la montaña Kôya como tal, pero sí el pueblo. Se llama montaña Kôya a toda la zona montañosa que se extiende al sur de Ôsaka, en la prefectura de Wakayama. La fama del lugar, además de por sus paisajes, viene derivada de ser el emplazamiento elegido por la secta budista Shingon (“la palabra verdadera”) como lugar central de culto. Hoy es considerado como uno de los lugares sagrados de Japón, gracias además a la importancia de su fundador, el monje Kûkai (Kôbo Daishi), que llegó allí en el año 819. La UNESCO denominó a Kôya san como Patrimonio de la Humanidad en 2004, lo que, pese al turismo, está ayudando a preservar la naturaleza del lugar. Como se puede imaginar, es uno de los lugares más importantes donde estudiar la espiritualidad y el budismo en Japón.
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Volviendo de nuevo a la calma (después de dos polémicos y absurdos post que nunca debieron existir), ahora prefiero regresar a los temas de los que nunca debí salir, los arquitectónicos, sociales e históricos.
Una cuestión que atañe especialmente al desarrollo de las urbes y a su modernización tiene que ver con la conservación del patrimonio. Si visitamos una gran metrópolis como Tôkyô, Nagoya u Ôsaka, podemos pensar que el patrimonio se resume en varios templos y edificios anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, lo que se llama el Kindai Nihon, o Japón moderno, tiene como escenarios bellos edificios de estilo europeo u oriental, que introducen por primera vez elementos cerámicos y son una evidencia histórica de la influencia que los pueblos europeos tuvieron sobre esta cultura.
Hoy día, los principales edificios emblemáticos que han desaparecido de la ciudad pertenecían a la era Meiji, Taishô y Shôwa. Muchos de los antiguos templos y casas importantes de estilo netamente japonés se conservan. ¿Qué es lo que ha ocurrido con los de estilo europeo? Cualquier investigador podría afirmar que los japoneses han destruido este patrimonio si no conoce Meiji Mura.
La razón de ser de este museo dedicado a la arquitectura del Kindai Nihon viene, precisamente, de la necesidad de llevar a cabo una acción para la preservación del patrimonio. Esta acción, que paso a describir, puede ser muy discutible según los estándares occidentales, de conservar la ciudad e incluso reutilizar antiguos espacios. El paulatino aumento de la población en las principales ciudades japonesas después de la guerra fuerza, en muchas ocasiones, a recuperar solares que están ocupados por antiguas estructuras dañadas y ya peligrosas, pues cuando fueron concebidas, en algunos casos, se encontraron con las dificultades propias de la orografía, climatología y, cómo no, convulsión política de Japón.
Fue a raíz de la demolición del Rokumeikan de Josiah Conder que los arquitectos Yoshiro Taniguchi y Moto Tsuchikawa reconocieron la necesidad de conservar los símbolos de la arquitectura de la era Meiji, que paulatinamente estaban siendo sacrificados por su deterioro y en favor del desarrollo. El 16 de julio de 1962 ambos arquitectos crearon una fundación con el objeto de trasladar y conservar estos edificios. Tres años más tarde, en 1965, se inauguraba Meiji Mura a orillas del lago Iruka, conteniendo entonces 15 edificios. Hoy el museo contiene 67 edificios, entre los que se encuentran el vestíbulo y la recepción del Hotel Imperial de Frank Lloyd Wright y Antonyn Raymond, una reconstrucción de la catedral de San Francisco Javier que se construyó en Kyoto en 1890, o la casa de Ogai Mori y Soseki Natsume.
A estas construcciones, algunas de ellas meramente reproducidas y no trasladadas, se les suma la recuperación de objetos, documentos y transportes de época, que cualquier visitante puede disfrutar. Una de las buenas cosas que tiene este museo, en el caso particular del Hotel Imperial, es que el vestíbulo sigue teniendo uno de sus antiguos usos como cafetería y restaurante, y que incluso se ha reproducido el mobiliario que diseñó Wright para el hotel.
El museo es muy extenso (un pueblo entero), y recomiendo que sea visitado durante un par de días. Nagoya también es una gran ciudad que tiene mucho para ver. Una gran desventaja es que, precisamente por el enclave natural donde se sitúa, está un poco lejos y se tarda alrededor de una hora entre tren y autobús en llegar. Lo bueno es que una vez dentro, uno tiene libertad absoluta. Más fotos en el álbum de flickr sobre Meiji Mura.
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En Ômiya, Tôkyô, se encuentra el museo del ferrocarril, Tetsudô Hakubutsukan 鉄道博物館, que para los amantes de los trenes es un auténtico santuario (faltaría más). Hay muchos otakus de los trenes en Japón, y la razón es obvia: es el medio de transporte por excelencia del país. Los trenes atraviesan todo el archipiélago, vertebran las ciudades y conectan todos y cada uno de los puntos de Japón. Además, no es sólo por su utilidad por lo que son admirados. El tren, a día de hoy y en un país como Japón, sigue siendo uno de los símbolos más notables de lo que se ha llamado progreso.
Aunque no pretendo extenderme mucho, sí quiero ofreceros algunas fotos del álbum sobre este museo. Dentro del recinto uno puede disfrutar de los trenes más antiguos hasta explicaciones sobre los últimos modelos que saldrán para la alta velocidad japonesa. Es un lugar para la nostalgia. Se permite a los visitantes subir a vagones de los años 20, 30, 40, 50… Todos con su peculiar encanto y bien conservados. Además, para los fanáticos del tren, hasta la entrada al museo es especial. Uno no se baja en Ômiya y llega directamente. Desde la estación, debemos tomar un tren especial que nos dejará en la puerta del museo. El pavimento de la entrada también está decorado con los distintos paneles de información que hubo en diferentes épocas.
Dentro del museo comenzaremos viendo algunos de los ferrocarriles que por primera vez circularon por Japón. Cuenta Pat Barr en The Deer Cry Pavilion que la primera vez que en Japón se hizo el trazado de la línea de tren, probablemente con tal de preservar de alguna manera antiguos caminos y sendas, aquel estaba lleno de subidas, bajadas y curvas, de tal manera que incluso en algunos tramos la vía se había hundido. Este despropósito tuvo que ir a repararlo E.G. Holtham, un exquisito englishman con gran habilidad para construir líneas de ferrocarril. Él mismo escribiría en su libro Things Japanese cómo el archipiélago nipón no era precisamente el lugar idóneo para que se desarrollase el tren, por ser montañoso y estar llena su geografía de pronunciados accidentes.

Uno de los primeros billetes de tren entre Yokohama y Kawasaki. Traducido a Inglés, Francés y Alemán en el reverso.
Sin embargo el proyecto para crear una moderna red de ferrocarril en Japón se convertiría en una de las prioridades del país, impulsada con especial fervor por Masaru Inoue, figura pública de la era Meiji que hoy es recordado como “el padre del ferrocarril en Japón”. Desde los primeros trenes manufacturados en la industrial Inglaterra, Japón pasaría, a lo largo del siglo XX, a construir sus propias máquinas, al tiempo que surgían numerosas compañías privadas de ferrocarril.
Hibari, Hayabusa, Akebono, Kodama… Todos estos trenes, repartidos en distintos puntos de la geografía de Japón, serían tanto máquinas como personajes entrañables que hoy muchos ancianos recuerdan con nostalgia. Estos trenes, con sus colores característicos, sus sonidos y su cadencia, son hoy una parte importante del patrimonio cultural del país.
Arthur Koestler contaba en El loto y el robot que aún en los años 50, algunos ancianos japoneses seguían viendo al tren como un invento nuevo. No es de extrañar que, como en muchas otras cosas, los japoneses considerasen aquellas máquinas como algo extranjero, que no había surgido en su propia cultura. Aunque, como casi todo en este país, sin duda pronto supieron imprimir su carácter en este invento, y convirtieron el ferrocarril en un elemento propio de la cultura japonesa, un producto transformado y adaptado a los esquemas de su imaginación.
En 2007 volví de Japón con más de 4.000 fotografías en el disco duro. En el período de nueve meses de 2008-2009, tomé aproximadamente el mismo número de instantáneas. Sin embargo, después de haber ocupado el primer viaje en registrar minuciosamente cada uno de los lugares, o cada una de las escenas que consideraba de utilidad, me sorprendía a mi mismo durante la segunda estancia obviando algunos paisajes y algunos edificios que ya se me antojaban familiares. Esto es, me imagino, uno de los síntomas que siente cualquier ser humano asimilado por una cultura ajena.
Por ello, empecé a experimentar con mi malograda cámara, ya lista para su jubilación. Así que, a pesar de tener sólo una cámara digital compacta, para nada profesional, decidí lanzarme al extraño mundo de la interpretación estética. Más que nada, porque me gusta tomar imágenes que hagan pensar, o que desconcierten. Sólo por diversión. De esta manera creé el álbum ‘Exit, Light & Circumstances‘ (sigue el enlace para ver el álbum completo), donde voy añadiendo algunas imágenes con las que me encontraba, y que podía registrar con mi cámara.
Poco a poco fui siguiendo un método. Por ejemplo, siempre me ha gustado jugar con los reflejos de los cristales. También me gusta fotografiar edificios reflejados en otros edificios, así como la luz que éstos se arrojan entre sí. Algunos ejemplos podéis verlos en mi álbum de ‘Arquitecturas‘. Y por supuesto, una regla fundamental: nada de Photoshop. Nada de retoque. Si acaso, aprovechar únicamente el modo blanco y negro de mi cámara, o tomar la instantánea con más o menos ganancia.
El shock cultural de Tokyo a Huelva ha sido bastante duro. Peor de lo que esperaba. Aún tengo la sensación de estar en España sólo de paso. Sé que de una manera u otra volveré a Japón. Sólo espero no tardar demasiado. Por si acaso, no paso un solo día sin pensar en Tokyo, ni sin mirar mis fotos. Mi próximo plan ya no es sólo conseguir una beca, sino ir allí para quedarme. Es más fácil para mi echar raíces donde aprieta el Monzón.
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Tal como otros célebres blogueros han hecho ya, yo también he ido hoy, mi último día en Japón, a ver el monstruoso Gundam que han montado en Odaiba. También he tomado un vídeo, que os pondré a modo de despedida en el próximo post. ¡Disfrutad las fotos! (Y perdonad las manchas de la cámara).
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He regresado a Tokyo. Pasaré aquí mis últimas dos semanas de vida nipona. Como hice en diciembre de 2008, me alojo en una guest house acogedora y barata, Aizuya Inn, en Minami-Senju.
Sin duda, el barrio en el que estoy es un sitio singular. Podríamos decir que se trata de una zona bastante deprimida, de esas en las que cuando la crisis aprieta, uno lo nota más. En este barrio, al que se llega en metro o en la línea Joban de tren, se pueden encontrar algunos de los Bussiness hotel y las guest house más baratas de Tokyo. Sin embargo, no un sitio agradable para pasear a ninguna hora.
Los edificios envejecidos, feos, grises, de balcones y rejas oxidadas, donde sólo quedan las sombras de los letreros de antiguos locales, son el escenario de la depresión humana. Cuando estuve en Minami-Senju por primera vez, en diciembre, un grupo de personas que habían perdido su empleo se manifestaban frente a los antidisturbios. Al día siguiente, los voluntarios de una Organización No Gubernamental, posiblemente con un trasfondo religioso, repartían comida entre los sin techo. Hoy, cada día, ves a mayores y no tan mayores pasear y reunirse sin nada que hacer, algún que otro tipo tirado en el umbral de una casa abierta, y algún que otro anciano de cabellera amarillenta y uñas largas, que te hace gestos para que le des una moneda de 500 yen. También algún que otro vecino se alivia sin ningún pudor en cualquier alcantarilla abierta en un rincón de una pequeña calle. Aparte de lo dicho, nadie más te molesta.
Una de las tiendas cercanas a la guest house vende paraguas recogidos en las estaciones o en la calle, por 100 yen la unidad, y ropa por poco más de 1000 yen cada pieza. Un bar de yakitori expone la oferta al aire. Los policías de los dos Koban que hay a lo largo de la calle principal, hacen guardia y paran a algún que otro conductor o transeúnte borracho. Un bar llamado “amor” enciende su cartel luminoso frente a su pared y puerta color violeta, cerrado a cal y canto. Un poco más allá, Unas estrechas escaleras y las fotos de unas chicas te invitan a subir a un Pub de hostes por 3000 yenes la hora. Frente a él, cruzando la calle ancha, el Seven Eleven, abierto las 24 horas, lleno de personas que leen revistas de pie, para aligerar la noche.

Minami-Senju, a dos estaciones de la línea Yamanote, no tan lejos del embriagador corazón de la metrópolis, es lo que la mayoría de guías no quieren mostrar de Tokyo. Es el órgano degradado de un organismo mayor, que es la metrópolis.
Pero hay dos caras. La parte de Minami-Senju donde me alojo, es la parte mala. El muro que separa la parte mala de la parte no tan mala son las vías del tren. Hay que sortearlas por un enorme puente peatonal.
Curiosamente, una enorme torre de viviendas se está construyendo justo frente a la estación. Me imagino que pocos de los que hoy viven en esos bajos fondos de Minami-Senju se podrían permitir un apartamento ahí. Tal vez (y digo tal vez), esta sea una de las estrategias que los constructores tienen de revitalizar la ciudad. Tal vez, con la llegada de un centenar de familias a la zona, el paisaje de Minami-Senju, su estructura y su desencanto cambien para siempre. Sangre nueva, que desintoxique una vieja zona deprimida por el propio sistema que la sustenta, tal vez.
Sin embargo, si algo he de apuntar, es que la cantidad de extranjeros de todas las nacionalidades que se han alojado en Aizuya Inn atestiguan que Minami-Senju, contrariamente a lo que se podría pensar, no es un lugar peligroso. Al menos, esta es la impresión que yo tengo.
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Pues sí, ya está aquí el sakura. Bueno, algunas especies de Sakura que ya han comenzado a florecer.
En estos días estoy preparando el Outline del informe final, una especie de resumen que explica las claves en las que se desarrollará el artículo que entregaré al final de este periodo de investigación de ocho meses en Ôsaka. Como ya he comentado antes, después de esto no sé qué es lo que voy a hacer. Estoy tanteando varias posiblidades: buscar un trabajo, pedir otra beca, volver a España y pelearme por un empleo o morirme de asco. Y así un largo etcétera. El tiempo que estoy ocupado aumenta de manera exponencial. Os dejo un vídeo de una canción preciosa que ha tenido éxito este año en Japón. Muy apropiada para los tiempos que corren, y para este momento primaveral.
Naotaro Moriyama – Ikiteru Koto-ga Tsurai Nara.
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Entre libro y libro, diccionario electrónico en mano e informe por completar, he llegado a la recta final de mi estancia en el centro de la Japan Foundation, muy a mi pesar. Y me doy cuenta de que he estado tan soberanamente ocupado, que el tiempo ha pasado volando. Así que ahora comienza la época en la que debo preparar cajas de libros y de ropa para enviarlas a España por barco cuanto antes. Con todo, no quiero volver, así que estoy buscando algún trabajo por aquí.
Mientras todo esto sucede, se acerca uno de los hitos más importantes de Japón: la floración del cerezo. Así que os dejo una foto con un cerezo por florecer. Lo próximo que veréis será el cerezo florecido.
Cuando uno visita un Jinja, templo shintoísta japonés (shintoísta y japonés en una misma frase es casi una redundancia), una de las cosas que debe notar es el color que envuelve a todo el edificio. En el Itsukushima Jinja de Hiroshima tomé esta foto para captar el peculiar color de esta creencia. El color rojo ha sido utilizado en la cultura japonesa con gran aprecio desde la era Heian (794 – 1185), especialmente el pigmento que se obtiene del cártamo o azafrancillo (Carthamus tinctorius), en japonés Benibana 紅花. De hecho, muchas ropas y accesorios que se fabricaron a partir de la era Heian aún se conservan con gran cuidado en numerosos templos. Se podría decir, en definitiva, que este color es sagrado para la cultura japonesa, el color de la diosa sol Amaterasu 天照, tal vez. Según tengo entendido, aunque no estoy muy seguro, cuando un hijo del emperador contrae matrimonio una de las ceremonias que debe realizar es un baile vistiendo una serie de pesados kimonos, siendo el último que viste uno de este color.
El pasado fin de semana hice una escapada a un pequeño pueblo de ceramistas llamado Tokoname 常滑, en Nagoya 名古屋. Tokoname es sin duda un lugar precioso para visitar, con una extraña relación con ese personaje tan peculiar de la cultura de Asia Oriental que es el Maneki Neko 招き猫, el gato de la fortuna. De hecho, este gato tiene una avenida dedicada a él en Tokoname, la Maneki Neko doori. No es demasiado extensa, pero sí curiosa. En ella se pueden ver distintas interpretaciones de esta figura popular por distintos artesanos, y, como no podía ser de otra manera, una cabeza gigante de Maneki Neko que se puede encontrar callejeando un poco cuesta arriba.

Aparte de estas curiosidades, el pueblo en sí es bonito, con casas antiguas de madera castigada por la lluvia, con las torres de los hornos de los ceramistas asomando en el paisaje. La especialidad culinaria parece ser el Yôkan, aunque tampoco he tenido mucho tiempo de pararme a comprobarlo. Aparte de eso, la verdad es que en el pueblo no hay mucho más. Si uno espera pasarlo bien por la noche, se puede ir olvidando de ello, puesto que en Tokoname no hay más que algunas pequeñas y ruidosas Izakaya, y, cómo no, un club de Hostes y un Karaoke-Izakaya. También se puede visitar el museo de la cerámica de Inax, gran empresa que parece poseer hasta los botones de la camisa de cada uno de los habitantes del lugar (realmente la marca Inax está allí en todos los sitios).
Si alguna vez os apetece visitarlo, os recomiendo que os alojéis fuera de Tokoname. El pueblo está realmente cerca del Aeropuerto Internacional de Nagoya, y a unos 40 minutos en tren tomando la línea Meitetsu 名鉄desde la estación central de la ciudad.
Finalmente, os dejo el enlace al álbum de los Maneki Neko, para que veáis todos los que hay en la avenida dedicada a ellos. Así podéis elegir el que más os guste, o el que más detestéis, según os venga en gana.
Nos vemos, hasta que el deber me lo permita.











































