Hace poco mi director de tesis me ha regalado la popular obra del escritor de novela fantástica Kôji Suzuki titulada Drop, publicada en formato papel higiénico. El escritor (autor del éxito Ring) pensó en la costumbre de muchos japoneses de llevarse lectura al baño, y negoció con sus editores el curioso formato que podéis ver en las fotos. Gracias a la ayuda de la empresa Hayashi Paper, el escritor ha podido ver realizado su proyecto, y lo que es más, con un éxito apabullante, habiéndose convertido en todo un Best Seller en menos de un año. De hecho, la obra de Suzuki es vendida en algunas webs y librerías como “el papel higiénico más terrofíco de Japón”.
Ya tenemos Drop 1 y Drop 2 en un pack de dos rollos de papel higiénico. Si el éxito se traduce en una estrategia editorial real, los más “regulares” no se van a librar de sus 10 minutos (por un poner) de lectura diaria. Todo un visionario, Kôji Suzuki.
En los albores de la industrialización del Japón, el viajero francés y cronista André Bellesort admiraba al “peligro amarillo” que suponía este ambicioso país como “un peligro muy amable”. Hablamos de finales del siglo XIX, y de la primera mitad del siglo XX, cuando el país nipón, siguiendo los dictámenes de un Occidente en ebullición, se industrializaba y comenzaba su andadura económica con la aspiración de convertirse en una gran potencia como Inglaterra, en un primero momento, y Alemania hasta la década de los cuarenta del siglo XX. Los éxitos de la producción industrial japonesa, especialmente textil, lograron que una ciudad como Ôsaka se convirtiese en la “Manchester de Oriente”. Fueron las aspiraciones militares, hondamente motivadas por el pulso económico y las restricciones a las que el mercado occidental sometía al imperio, además de por las ambiciones expansionistas, las que llevaron al desastre al país.
Otros países habían tardado en recuperarse de la guerra. Japón, casi en ruinas, supo ponerse manos a la obra con la ayuda del gobierno de ocupación del general Douglas McArthur para celebrar en pocos años lo que se conocería como el “milagro japonés”. No en vano, ya en la década de los cincuenta la locomotora del desarrollo en Japón parecía ir a toda marcha. Los políticos japoneses, con la ayuda del gobierno norteamericano, había diseñado un plan de desarrollo cuya visión de futuro colocaba a Japón en el número uno de las economías mundiales.
Terminada la década de los sesenta, Japón ya ha superado prácticamente a la Alemania Occidental en producción industrial, ganándose un puesto entre las principales economías del mundo. EEUU y la URRS miran con recelo este “milagro japonés”, y vuelve a despertar el fantasma del “peligro amarillo”.
En este contexto, el economista Hakan Hedberg escribe en 1970 un libro titulado El reto japonés, donde, a pesar de no esconder su pasión por el país oriental, destaca una serie de claves en las que, opina, se desarrollará la economía japonesa hasta 1990, llegando a acertar, en ocasiones, el futuro que la economía del país mostraría posteriormente. No obstante, Hedberg se mueve entre el análisis agorero y la actitud aleccionadora. Su libro, que hoy casi podríamos denominar una curiosidad histórica, contiene un capítulo donde desglosa “los 25 factores del desarrollo del Japón”, de los que destacaremos sólo algunos, los más importantes para este artículo.
Hedberg es, en 1970, posiblemente el único economista de Suecia con la autoridad suficiente para realizar un estudio sobre los patrones de la economía japonesa. Así lo advierte al comienzo de su obra, apuntando la importancia capital que un estudio sobre este país puede tener para el futuro de Europa.
[El reto japonés] es una combinación de amenaza y promesa. El desarrollo económico es el mayor problema de nuestro tiempo, y en el modo como Japón hace frente a una serie de problemas hay que hallar lecciones no sólo para los países subdesarrollados, sino también para los países altamente desarrollados[...]
De entre los factores que destaca Hedberg, el numero uno es sin duda uno de los más importantes, y de los que más han marcado a la economía japonesa desde sus inicios: la cooperación entre el estado y el sector privado. Sobre este punto, Hedberg aseguraba que:
[...] en la intensa cooperación japonesa entre el estado y el sector privado hay que encontrar algunos métodos prácticos de cooperación que deberían poderse copiar en los países europeos.
Esta ha sido una de las claves del desarrollo japonés, que no obstante se ha visto empañada por la corrupción política y los tratos de favor, con la adjudicación de ayudas al desarrollo en regiones donde gobernaba el PLD. De hecho, es famoso asimismo el sistema de amakudari (“Caído del cielo”) por el que los exburócratas de alto rango pasaban a ocupar puestos de responsabilidad en empresas privadas, generando de este modo un sistema relativamente oligárquico, y lo que ha resultado ser más dañino, una fuerte interdependencia del estado y el sector privado. Con esta práctica también se mantenía un fuerte monopolio de ciertas empresas sobre las ayudas estatales al desarrollo.
En el libro se destacan también como factores a “una burocracia competente“, y al proteccionismo, que en realidad, junto con el sistema de intervención estado-sector privado, fue promovido por el gobierno norteamericano con el propósito de usarlo como fuerza para levantar la economía del país, pero no como sistema para impulsarlo hacia el éxito. Estas ideas fueron acogidas por los estadistas japoneses junto a otro factor que destaca Hedberg, el nacionalismo, por el que el país se volcaba en crear una industria propia sólida, por la que sacrificarse. Este afán por resurgir como potencia creadora es descrito por el economista sueco como “un perpetuo pentatlon industrial”.
Pero sin duda, son los trabajadores asalariados los que hacen resurgir a Japón. Hedberg observa sabiamente dos características en el papel que éstos tienen en el desarrollo. Por un lado, “el índice de sudor”:
Si el índice internacional es cien, entonces la intensidad física de los obreros americanos es setenta, y la de sus colegas japoneses ciento treinta – escribe.
Luego está “la productividad”, de la que señala que:
El aumento de la producción es casi siempre mayor que el aumento de los salarios, e incluso en el caso de que las inversiones de capital contribuyan a ello en alto grado, el trabajo no se opone al proceso de la automatización.
Respecto a éste último punto, añade otro factor que llama “la destrucción creadora“, por el que explica que los medios de producción siempre se están renovando, aún cuando el ritmo de aparición de nuevas tecnologías abrume al propio empresario.
Finalmente, uno de los factores por los que Hedberg (y también el autor de este artículo) sienten más admiración es el pacifismo. De hecho, el economista advierte de
[...] los enormes recursos que pueden aprovecharse cuando el presupuesto militar es reducido a un nivel razonable.
Y con este razonamiento, deja volar su imaginación sobre una utopía en la que los países (especialmente los bloques enfrentados durante la guerra fría) reducen su gasto de defensa en favor de la investigación de las tecnologías para el bien del ser humano. Este espíritu, que sin duda alguna ha sido y es una de las noblezas del Japón actual, pese a su oscuro pasado y los ecos vivos del mismo, se recoge en un editorial del Mainichi Shinbun de diciembre de 1969, también destacado por Hedberg, en el que un periodista afirma:
Nos parecería más eficaz convertir al Japón en una nación a la que el mundo no pueda permitirse el lujo de perder en una guerra destructiva[...] Si estalla una guerra, el Japón puede evadir verse envuelto en ella si construímos una nación a la que el mundo considere digna de que se le conserve la existencia [...]
Estas ideas, como veremos en la continuación de este artículo (II), son puestas en práctica durante la década de los setenta en el programa del gobierno japonés para la creación de toda una red de tecnópolis consagradas al progreso científico y económico.
La visión de Hakan Hedberg, aunque fundamentalmente optimista, acierta en muchos aspectos. De hecho, como bien afirma, el supuesto “milagro” no es más que “una buena dosis de sentido común sin ningún ingrediente mágico”.
Desafortunadamente, las crisis del petróleo y la bubble economy estaban a la vuelta de la esquina, alimentadas con las inevitables ambiciones de una clase política corrupta, cuya desastrosa influencia sobre la economía ha cristalizado en una larga crisis que analizaremos en el próximo artículo.
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Como ya sabéis algunos que me leéis, estoy en Japón escribiendo mi tesis sobre la Megalópolis de Tôkaidô. Sin embargo, creo que aún no he explicado bien de qué se trata esto de la megalópolis. Para empezar, debéis saber que el primero que utilizó el término megalópolis para definir el área que acoge a una trama de grandes zonas urbanas que se conurban fue el geógrafo francés Jean Gottman, allá por el año 1961. Podemos decir, en general, que una megalópolis es el área donde conviven varias grandes ciudades, metrópolis, y ciudades intermedias; o bien, el área que acoge una red de ciudades interconectadas. De hecho, se habla de megalópolis cuando la población de una urbe supera los 10 millones, aunque teniendo en cuenta el incremento de la población mundial y el desarrollo de las ciudades, esto podría ser discutido.
En el caso de Japón, concretamente, después del desarrollo extraordinario y caótico que sucede a partir de 1945, los urbanistas tienen la necesidad de definir el crecimiento de las ciudades de otra forma. Eso les lleva a acoger con entusiasmo en la segunda mitad de los años ‘60 y comienzos de los ‘70 el término megalópolis, y a describir toda una serie de áreas del archipiélago donde la trama urbana había crecido notablemente. Uno de esos estudiosos es Eiichi Isomura, un geógrafo social que en 1968 escribe un libro titulado La megalópolis japonesa (日本のメガロポリス), en el que, por primera vez, se hace una descripción detallada del área de Tôkaidô. Por suerte he podido conseguir ese libro, gracias a mi tutor, y ahora estoy leyéndolo (no sin esfuerzo).
Isomura distingue cuatro megalópolis en Japón: la megalópolis de Tôkaidô, que es la más importante, y en la que se reunen las ciudades de Tokyo, Yokohama, Shizuoka, Nagoya, Osaka y Kobe; la megalópolis de Setouchi, que llega hasta Fukuoka; la megalópolis de Hokuriku, dentro del distrito de Ishikawa; y la megalópolis de Doou, en Hokkaido.
Con el paso del tiempo, por supuesto, estas áreas han sido redefinidas e incluso olvidadas. Por ejemplo, muchos estudiosos se refieren posteriormente a la megalópolis de Setouchi como la Extensión de Setouchi-Kitakyushû, englobándola dentro de lo que sería el área de la gran megalópolis de Tôkaidô.
Mi investigación, sin embargo, es algo peculiar. No soy urbanista ni arquitecto, aunque he estudiado y estudio estos temas. Por ello el punto de vista desde el que estoy estudiando el fenómeno (o realidad) de la megalópolis es desde las ciencias sociales y la teoría de la información. De hecho, la megalópolis y la Sociedad de la Información tienen una estrecha e imprescindible relación.
Así que, por el momento, ya sabéis un poco más qué es lo que estoy haciendo en Japón. Espero que los resultados de mi investigación, volcados en una tesis, sirvan para aclarar, redefinir y reconquistar la definición de megalópolis. Un concepto que resulta bastante difuso en la actualidad.
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Estimados lectores. Me complace editar esta nota, y anunciar que todo ha quedado solucionado de manera muy satisfactoria. Desde aquí agradezco a los integrantes del Foro Español de Investigación sobre Asia Pacífico (FEIAP) su esfuerzo y atención. Como dije, esperaba que esto se arreglase, y se arregló.
En septiembre estará disponible el artículo en la web del FEIAP. Mientras tanto, podéis seguir accediendo al artículo a través del blog, hasta el día que sea publicado en el foro, momento en el que pasaré a ofreceros un enlace a dicha página.
Un saludo a todos, y que disfrutéis, debatáis y critiquéis mi artículo.
ROKUMEIKAN 鹿鳴館. JAPÓN Y LAS SOMBRAS DE UNA REPRESENTACIÓN ANTE EL MUNDO.

ROKUMEIKAN 鹿鳴館. JAPÓN Y LAS SOMBRAS DE UNA REPRESENTACIÓN ANTE EL MUNDO. by Daniel Rubio Pérez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 España License.

Hoy he terminado de leer un libro realmente extraordinario. La fórmula preferida del profesor (Título japonés, Hakase no aishita sûshiki 博士の愛した数式), traducido al castellano por Yoshiko Sugiyama y Héctor Jiménez Ferrer, es un inteligente y fresco relato sobre el tiempo, la memoria, el afecto, y la intemporalidad de las matemáticas.
El libro de Ogawa narra la historia común de una asistenta, su hijo “root” (por raíz cuadrada), y un viejo profesor cuya memoria sólo tiene una autonomía de 80 minutos. Tres personajes que están unidos por la verdad de los números, que fluyen en la belleza de las matemáticas y en la liviandad de un presente que está erosionado por un vacío de recuerdos contra el que sólo luchan pequeñas y fugaces notas que cuelgan de una americana.
Esta obra ha tenido mucho éxito en Japón, con más de un millón de ejemplares vendidos, siendo adaptada al cómic, a la radio y al cine. En castellano ha sido editada por Editorial Funambulista, en la colección LiteraDura.
Las leyes que protegen la obra me prohíben reproducir cualquier parte de la misma. Pero no puedo dejar de remitiros al que, para mi gusto, es el pasaje más hermoso e interesante de toda la obra. Si la leéis, espero que os entusiasme tanto como a mí lo que hay escrito entre las páginas 225 y 228. Habla del descubrimiento de la nada, que en el plano físico podría parecer contradictorio o simplemente una locura de aspirante a filósofo o charlatán, pero que en la verdad de las matemáticas es algo trascendente, rico, lleno de potencial. Y es que el vacío está en la misma raíz de las culturas de extremo oriente.
Os dejo con la secuencia final de la película (libre de spoilers), y con la recomendación de que leáis este libro.
Ogawa, Yoko: La fórmula preferida del profesor. Editorial Funambulista. 2008.








