Vida en Marte 火星の生活 


Terrorismo en Japón: el caso de los ataques con gas sarín de 1995
Diciembre 21, 2009, 12:21 PM
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Cuando cualquier visitante acude a Japón, una de las cosas que  más le sorprende es la ausencia de papeleras en la calle. Si preguntamos sobre la razón de esto, probablemente la respuesta que obtengamos es que se han suprimido muchas papeleras para evitar ataques terroristas. Pero, siguiendo la historia reciente de Japón, podemos comprobar cómo no han existido casos de terrorismo internacional que puedan enlazar con los atentados de Londres, Madrid o Nueva York. Realmente, la amenaza terrorista en Japón ha surgido normalmente desde dentro, con casos como el del Rengôsekigun 連合赤軍, la Unión del Ejército Rojo de ideales comunistas; el grupo de ultraderecha Seikijuku 正氣塾, que desde 1981 ha protagonizado numerosos actos violentos; y el más importante de todos, del cual vamos a hablar en esta ocasión: el de la secta anteriormente conocida como Ôm Shinrikyo オウム真理教.

El lunes 20 de marzo de 1995 la secta de la Verdad Suprema (Ôm Shinrikyo オウム真理教), atentó en varias estaciones del metro de Tôkyô, en los recorridos de las líneas Chiyoda, Marunouchi y Hibiya. Estas líneas atraviesan todo el centro de la capital y conectan con el barrio en el que se concentra el poder estatal, Kasumigaseki.

Por aquel entonces era corresponsal del diario El País Ramón Mantecón, quien describió cómo sucedieron los hechos. A las 7.59 de la mañana, entonces hora de grandes desplazamientos y aglomeraciones, Ikuo Hayashi, Ken’ichi Hirose, Tôru Toyoda, Masato Yokoyama y Yasuo Hayashi  se deslizaron en los vagones del metro de Tôkyô ataviados con mascarilla. Algo habitual en Japón, y que no provocó las sospechas de los pasajeros. Sí parecía extraño, no obstante, los guantes de plástico que cubrían los brazos de estas personas, la bolsa de plástico envuelta en papel de periódico y el paraguas, algo nada habitual en la mañana víspera del solsticio de primavera.

En pocos minutos esos hombres agujerearon las bolsas, y un líquido comenzó a deslizarse por el suelo del vagón de metro. A los 15 minutos el líquido, que se evapora y se mezcla con el aire,  comienza a afectar a los pasajeros. Vómitos, asfixia, ceguera… Es el efecto del gas sarín con el que los miembros de la Verdad Suprema cometen el atentado. Un gas 20 veces más mortal que el cianuro de potasio. El jefe de la estación de Kasumigaseki recoge uno de los paquetes de un vagón de metro con sus manos desnudas, y cae desplomado casi al instante. El gas sarín penetra en el cuerpo a través de la piel y los pulmones, rompiendo las defensas del organismo y provocando una crisis nerviosa.

En total, seis personas murieron en menos de 20 minutos en el metro de Tôkyô, y otras tantas en los hospitales. Más de 5.400 personas fueron intoxicadas.

Aunque todo apuntaba a la secta religiosa de Shôkô Asahara, en un principio negaron los atentados. No obstante, varios meses antes se había oído a este líder laurear al gas sarín en varios de sus sermones. Además, se habían encontrado varios compuestos necesarios para la elaboración de este gas en las instalaciones que la secta poseía en Kamikuishiki. Aunque oficialmente no se había reconocido que Asahara estaba siendo investigado y que se sospechaba de él, la prensa sensacionalista sí había dado cuenta de ello, debido a la presunta implicación que éste había tenido en otros incidentes. Este atentado no fue el primero, el 1994 la policía japonesa dejó sin resolver la muerte de siete personas en la ciudad de Matsumoto, en la provincia de Nagano, tras un ataque con el mismo gas.

Este hecho puso de manifiesto la debilidad de la sociedad democrática y de las grandes ciudades ante el ataque de sectas religiosas fundamentalistas o de grupos terroristas. Los atentados tuvieron una repercusión mundial. También Nueva York y Washington aumentaron la vigilancia en sus subterráneos.

La CIA ya había experimentado la debilidad del metro de Nueva York en los años cincuenta, introduciendo un colorante no tóxico que fácilmente se propagó por los sistemas de ventilación. Este experimento fue la inspiración de una novela de Gordon Thomas escrita en 1990, Perfume Mortal. El desarrollo de esta novela tenía similitudes con los atentados de Tokio. Igualmente, estos ataques inspiraron la novela Salto Mortal (Chûgaeri), del premio Nobel japonés Kenzaburo Oé; y el libro Underground de Haruki Murakami, en el que se discute la repercusión de estos ataques en la psique japonesa.

La secta de Asahara reunía a 10.000 fieles en Japón, 20.000 en Rusia y otros tantos en Nueva York, Bonn, y en Sri Lanka. Su nombre, Ôm Shinri Kyo, deriva del término hindú Om, que representa el universo, y sigue con los Kanji (ideogramas) Shin (verdad), Ri (razón, justicia), y Kyo (fe, doctrina).  Esta secta toma influencias del hinduismo y del budismo por la rama Theravada, Mahayana y Vajrayana. Nació a partir de la celebración de varios seminarios sobre Yoga que eran el pretexto para hablar sobre la espiritualidad. En 1987 el grupo de Asahara obtuvo el estatus oficial de religión de manos del gobierno japonés. A partir de entonces fue creciendo el número de fieles, en su mayoría estudiantes, que eran captados a la salida de las estaciones de metro mediante preguntas sobre la existencia.

Shôkô Asahara, cuyo verdadero nombre era Chizuo Matsumoto, se convirtió en lider de esta religión en 1986, tras unos ejercicios espirituales en el Himalaya. Asahara predicaba que el fin del mundo acaecería en 1997, tras una última guerra mundial. En la personalidad y la historia de Asahara hay muchos puntos aún por discutir. Antes de cometer los actos por los que finalmente fue condenado, mantuvo incluso contacto directo con el Dalai Lama, hecho que ayudó a su secta a ser reconocida como religión en Japón. En el juicio contra él fue acusado de 27 asesinatos, y encontrado culpable de 13 de los 17 cargos a los que se enfrentaba, entre ellos de otros casos como el ‘incidente Matsumoto’ y el asesinato de la familia Sakamoto.

No obstante, su juicio no estuvo falto de puntos oscuros. El proceso, que fue titulado por los medios sensacionalistas japoneses como “El juicio del siglo”, fue criticado por la Human Rights Watch porque el abogado más preparado para la defensa de Asahara, Yoshihiro Yasuda, fue arrestado y acusado de obstruir y retrasar el juicio para así evitar que el líder de la secta fuese condenado a la máxima pena posible, por lo que se le impidió participar en la defensa.

Finalmente, el 27 de febrero de 2004 Asahara fue condenado a morir en la horca. Hoy, a sus 54 años, el anterior gurú del la Verdad Suprema aún no ha sido ejecutado. Aunque en 2006 se ha tratado de recurrir la sentencia apelando a una supuesta enfermedad mental, la corte japonesa se ha mostrado inamovible en su decisión. En cuanto a la secta, después de los atentados abandonó Japón para instalarse en Rusia, cambiando su nombre por el de Aleph, la primera letra el alfabeto hebreo. Hoy tratan de desligarse de los actos ocurridos en 1995, por los que toda la política de seguridad del país se transformó.

Encontramos en Youtube un interesante reportaje sobre esta secta (inglés):

Igualmente, un anime que, aunque ha sido montado de modo humorístico con distintas canciones, en origen perteneció al material de propaganda de la secta:



Kôya san y el tronco de monedas de un yen
Diciembre 18, 2009, 10:15 PM
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Una de las escapadas que más gratamente recuerdo de 2009 fue la que hicimos Paolo, Yunhee y yo a Kôya san, en Wakayama, a una hora de Ôsaka aproximadamente. Estábamos dejando atrás el invierno, y aún en lo alto de la montaña quedaba algo de nieve. El frío calaba los huesos, pero aún así, la práctica ausencia de viento hacía el paseo muy agradable. Después de mucho tiempo en tren, llegamos a lo alto de la montaña y comenzamos a pasear por el cementerio, deteniéndonos de vez en cuando frente a los enormes árboles que apenas dejan pasar la luz dentro de la naturaleza del lugar. Entre las tumbas y las linternas de piedra, algunos grupos de turistas y jubilados haciendo el papel de peregrinos.

Un anciano camina por la avenida que cruza el camposanto y llega al templo

Por el camino natural, entre mucha maleza, varios tocones de árboles que debieron tener un tamaño considerable nos sorprendieron por estar decorados con una multitud de monedas de un yen. Un sólo yen. La mínima expresión monetaria convertida en instrumento de superstición, y decorando aquí y allá árboles, piedras y el fondo de algunas charcas. ¿Cuál será el motivo real? Hagan apuestas. Seguramente algo tendrá que ver con la buena fortuna en los negocios.

Un yen clavado en la madera húmeda por la nieve derretida.

Los yenes, clavados y esparcidos por la madera.

Pasando el templo, donde los monjes nos prohíben enérgicamente hacer fotos al vernos pasar con nuestras cámaras, encontramos una caseta cerrada, hecha para el descanso del viajero. Abrimos la puerta y pasamos a resguardarnos un rato. Frente a la misma, un elemento curioso. Un gong de perfecto sonido, fabricado con una pesada roca que cuelga de un gancho metálico.

Un sonoro gong de piedra.

Después de mucho caminar, de pisar la nieve y mojarnos los zapatos, llegamos a uno de los puntos más importantes del lugar: la gigantesca pagoda del Danjogaran, de tonos vivos. Llegamos justo a tiempo para ver cómo nos cierran las puertas. A lo largo del camino, muchas otras pagodas, hermanas pequeñas del coloso de madera que es la corona de Kôya.

Una gigantesca pagoda.

En realidad, no existe el monte o la montaña Kôya como tal, pero sí el pueblo. Se llama montaña Kôya a toda la zona montañosa que se extiende al sur de Ôsaka, en la prefectura de Wakayama. La fama del lugar, además de por sus paisajes, viene derivada de ser el emplazamiento elegido por la secta budista Shingon (“la palabra verdadera”) como lugar central de culto. Hoy es considerado como uno de los lugares sagrados de Japón, gracias además a la importancia de su fundador, el monje Kûkai (Kôbo Daishi), que llegó allí en el año 819. La UNESCO denominó a Kôya san como Patrimonio de la Humanidad en 2004, lo que, pese al turismo, está ayudando a preservar la naturaleza del lugar. Como se puede imaginar, es uno de los lugares más importantes donde estudiar la espiritualidad y el budismo en Japón.



El museo Meiji Mura, o el descanso de una época
Octubre 29, 2009, 6:23 PM
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Volviendo de nuevo a la calma (después de dos polémicos y absurdos post que nunca debieron existir), ahora prefiero regresar a los temas de los que nunca debí salir, los arquitectónicos, sociales e históricos.

Una cuestión que atañe especialmente al desarrollo de las urbes y a su modernización tiene que ver con la conservación del patrimonio. Si visitamos una gran metrópolis como Tôkyô, Nagoya u Ôsaka, podemos pensar que el patrimonio se resume en varios templos y edificios anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, lo que se llama el Kindai Nihon, o Japón moderno, tiene como escenarios bellos edificios de estilo europeo u oriental, que introducen por primera vez elementos cerámicos y son una evidencia histórica de la influencia que los pueblos europeos tuvieron sobre esta cultura.

Hoy día, los principales edificios emblemáticos que han desaparecido de la ciudad pertenecían a la era Meiji, Taishô y Shôwa. Muchos de los antiguos templos y casas importantes de estilo netamente japonés se conservan. ¿Qué es lo que ha ocurrido con los de estilo europeo? Cualquier investigador podría afirmar que los japoneses han destruido este patrimonio si no conoce Meiji Mura.

Escuela secundaria de Mie y escuela primaria Kuramochi, 1888

La razón de ser de este museo dedicado a la arquitectura del Kindai Nihon viene, precisamente, de la necesidad de llevar a cabo una acción para la preservación del patrimonio. Esta acción, que paso a describir, puede ser muy discutible según los estándares occidentales, de conservar la ciudad e incluso reutilizar antiguos espacios. El paulatino aumento de la población en las principales ciudades japonesas después de la guerra fuerza, en muchas ocasiones, a recuperar solares que están ocupados por antiguas estructuras dañadas y ya peligrosas, pues cuando fueron concebidas, en algunos casos, se encontraron con las dificultades propias de la orografía, climatología y, cómo no, convulsión política de Japón.

Vista general de una de las calles de Meiji Mura

Fue a raíz de la demolición del Rokumeikan de Josiah Conder que los arquitectos Yoshiro Taniguchi y Moto Tsuchikawa reconocieron la necesidad de conservar los símbolos de la arquitectura de la era Meiji, que paulatinamente estaban siendo sacrificados por su deterioro y en favor del desarrollo. El 16 de julio de 1962 ambos arquitectos crearon una fundación con el objeto de trasladar y conservar estos edificios. Tres años más tarde, en 1965, se inauguraba Meiji Mura a orillas del lago Iruka, conteniendo entonces 15 edificios. Hoy el museo contiene 67 edificios, entre los que se encuentran el vestíbulo y la recepción del Hotel Imperial de Frank Lloyd Wright y Antonyn Raymond, una reconstrucción de la catedral de San Francisco Javier que se construyó en Kyoto en 1890, o la casa de Ogai Mori y Soseki Natsume.

Interior del Hotel Imperial, 1923

A estas construcciones, algunas de ellas meramente reproducidas y no trasladadas, se les suma la recuperación de objetos, documentos y transportes de época, que cualquier visitante puede disfrutar. Una de las buenas cosas que tiene este museo, en el caso particular del Hotel Imperial, es que el vestíbulo sigue teniendo uno de sus antiguos usos como cafetería y restaurante, y que incluso se ha reproducido el mobiliario que diseñó Wright para el hotel.

El museo es muy extenso (un pueblo entero), y recomiendo que sea visitado durante un par de días. Nagoya también es una gran ciudad que tiene mucho para ver. Una gran desventaja es que, precisamente por el enclave natural donde se sitúa, está un poco lejos y se tarda alrededor de una hora entre tren y autobús en llegar. Lo bueno es que una vez dentro, uno tiene libertad absoluta. Más fotos en el álbum de flickr sobre Meiji Mura.

Central telefónica de Sapporo, 1898



Recuerdos como estampas
Octubre 5, 2009, 4:01 PM
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Uno de mis más alegres descubrimientos desde que en 2007 fuera por primera vez a Japón, fue la posibilidad de conseguir una marca de cada lugar que he pisado. Muchos de los que tenéis algún contacto con la cultura japonesa, sabéis lo amante que, culturalmente, es este pueblo de los sellos de tinta. Por ejemplo, cada persona tiene normalmente su propio hanko 判子 con el que sella o valida envíos u otras cosas. Este sello, por lo general, no sustituye en absoluto a la firma personal.

El sello tiene, en la cultura japonesa, una fuerza importante. Por ello, me entusiasmó ver que en la mayoría de las estaciones de tren de la JR de Tokyo, en museos y en lugares remarcables, existen sellos conmemorativos, que están al alcance de todos para marcar en un cuaderno un recuerdo del lugar. Yo, para participar de esta interesante iniciativa, me compré una pequeña libreta que voy rellenando cada vez que voy a Japón, y que así me sirve como prueba definitiva de la mayoría de los lugares en los que he estado. Sé que es algo que pocos adultos hagan en Japón, pero como turista o simple extranjero, os puedo asegurar que es gratificante.

Uguisudani

Uguisudani

Comencé esta colección (o caza de sellos) en Uguisudani, en la estación del barrio en el que viví cuando estuve en Japón por primera vez. En 2008 continué aumentando mi colección en las regiones de Kansai y en Nagoya, donde pude estampar enormes y arquitectónicos sellos dentro de Meiji Mura. Pronto espero poder completar mi libreta con los sellos del norte de Japón. Pero para eso necesito un poco de dinero, suerte o una beca.

Kanda

Kanda

A todos los que vayáis a Japón por primera vez, os recomiendo participar en la “caza de sellos”. Pero ojo, que la mayoría están dentro de las estaciones, antes de salir del picabilletes, por lo que tendréis que tener vista y memoria. Otros los podréis encontrar en las Midori no madoguchi. Y los de templos y museos creo que los encontraréis sin problema. De todas formas, si alguna vez se os pasa el sello de alguna estación, explicándoselo con modales al agente que está junto al picabilletes, por norma general no pondrá ninguna pega para dejaros pasar un momento y rematar la faena.

Mi libreta

Mi libreta

Posiblemente dentro de unos años mire mi libreta y recuerde con felicidad todos los momentos vividos en Japón, incluso si entonces estoy en Japón viviendo. Este tipo de cosas se convierten automaticamente en instrumentos de la nostalgia.

Desde Meiji Mura

Desde Meiji Mura



Cantando las estaciones de la Yamanote 山手線の歌
Agosto 26, 2009, 10:39 PM
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La línea de tren tokiota Yamanote, circular, con sus 29 estaciones, es el auténtico corazón (o arteria mayor) de la metrópolis. Esta línea es tan famosa, y forma una parte tan importante de la historia y la vida de Tokyo, que hasta se le ha compuesto una famosa canción que ayuda a recordar sus estaciones. Si alguna vez vas a Tokyo, y quieres conocer mejor esta línea, apréndete la canción y disfruta de los 4 minutos que hay entre estación y estación. Aquí, un video para que la escuches.

Tôkyô, Kanda, Akihabara,
Okachimachi, Ueno, Uguisudani,
Nippori, Nishinippori, Tabata,
Komagome, Sugamo, Ôtsuka,
Ikebukuro, Mejiro, Takadanobaba,
Shin-Ôkubo, Shinjuku, Yoyogi,
Harajuku, Shibuya, Ebisu,
Meguro, Gotanda, Ôsaki,
Shinagawa, Tamachi, Hamamatsuchô,
Shinbashi, Yûrakuchô, Tôkyô…
(xN)



Tôkyô. Caos y Orden.
Agosto 17, 2009, 10:34 PM
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Como he comentado en post anteriores, mi tesis doctoral está centrada en la megalópolis japonesa, la red de metrópolis y su relación con la sociedad de la información. Entre los distintos conceptos que manejo, están los de entropía (el cual está cargado de importancia en mi investigación) y los de caos y orden. En relación con Tokyo, o mejor, con el área de la capital, o más aún con lo que se denomina Itto Sanken 一都三県(Una ciudad, tres prefecturas) donde viven más de 35 millones de personas, hay muy diversas opiniones. Generalmente, me he enfrentado a la opinión de que Tokyo es un “caos”, habitualmente a causa de una mirada occidental y monolítica propia del estándar europeo que adora el esquema heredado de la antigua ciudad amurallada o de una ciudad rígida, o el orden artificial de la ciudad lineal.

Haré un inciso sobre este último punto. ¿Puede el esquema de la ciudad lineal, con ejemplos visibles en Barcelona, luchar contra la entropía? Y con entropía me refiero, hablando mal y pronto, del desorden. Mi opinión personal es que un esquema lineal, de cuadrícula, es poco intuitivo y que su crecimiento tiene límites. Aunque no por ello es menos práctico en algunos aspectos. Hagamos un paralelismo con un enorme supermercado, con sus lineales ordenados, y donde, aunque resulta difícil perderse, cualquier cambio puede ser fatal para nuestra orientación o sentido del espacio. Por otra parte, siempre he opinado que una ciudad donde la geometría juega arbitrariamente con el transeúnte ofrece una experiencia más plena.

Respecto al aparente caos de Tokyo, hubo una voz que se alzó en la década de los noventa. Se trata del arquitecto Yoshinobu Ashihara. Tanto en Kakureta Chitsujô 隠れた秩序(El orden oculto) como en su revisión posterior, Tokyo no bigaku – konton to chitsujô - 東京の美学、混沌と秩序(La estética de Tokyo – caos y orden)*, defiende que bajo el aparente caos de la metrópolis (o megalópolis en proceso, o de facto como llega a afirmar ambiguamente), subyace el orden propio de la geometría fractal del matemático Benoît Mandelbrot. Aunque deja muy en el aire esta cuestión, y no profundiza apenas, aclara su posición de manera más directa con una sencilla pregunta: ¿Cómo es posible que una ciudad en la que conviven 35 millones de personas funcione tan bien?

En este punto hay que dar la razón casi sin matices a Yoshinobu Ashihara. En Tokyo los trenes llegan a tiempo, el tráfico fluye mejor que en ciudades con cinco veces menos su población, las calles están aceptablemente limpias, y hay seguridad sin necesidad de establecer un régimen tan estricto de vigilancia y penalización como el de Singapur (the fine country).

De todo esto, observaría que el carácter y la cultura propia de un país tiene una estrecha relación con el orden o el desorden que se vive en sus ciudades, ya que éstas, como organismo vivo (y Tokyo más que ninguna) no son sólo una gran estructura, sino que se hacen y funcionan con la conducta de sus ciudadanos.

En ese caso, considero absolutamente erróneo el concepto de Tokyo como una ciudad caótica. Una ciudad debe ser observada de lejos y de cerca. Por ello, os propongo una imagen de aspecto caótico. Una vez hagáis click sobre ella, os daréis cuenta de que se trata de una estructura perfectamente ordenada. Y con esto quiero decir que el caos y el orden, en algunos casos, es también un problema de perspectiva.

* Los libros mencionados en este post están también publicados en inglés como The hidden order y The aesthetics of Tokyo, en una versión bilingüe.



Gundam en Odaiba – Video -
Junio 12, 2009, 3:41 PM
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Os dejo aquí, como prometí, el vídeo del Robot-arma-destructora-del-espacio Mobile Suit Gundam. La calidad del vídeo y del sonido es horrible. La cámara que he usado es la Pentax A30 de fotos que compré en 2007. Tiene ya su trote, por lo que espero que me disculpéis. Perdonad los comentarios innecesarios.

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Visitando el Gundam de Odaiba
Junio 12, 2009, 2:37 PM
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Tal como otros célebres blogueros han hecho ya, yo también he ido hoy, mi último día en Japón, a ver el monstruoso Gundam que han montado en Odaiba. También he tomado un vídeo, que os pondré a modo de despedida en el próximo post. ¡Disfrutad las fotos! (Y perdonad las manchas de la cámara).










Nombres desafortunados: ‘Kagaya’
Junio 4, 2009, 2:25 PM
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Hoy, paseando por Shinbashi, en Tokyo, me he encontrado con un nombre desafortunado que sin duda invita al chiste fácil. Se trata de un bar llamado Kagaya.

Kagaya, en Shinbashi.

Kagaya, en Shinbashi.

Como este post ha sido corto, os dejo de postre al hombre guisante del Pachinko ‘Green Peas’. Por cierto, estaba tocando las maracas, y tiene más pinta de ser un “edamame”. Un día más ha pasado.

El hombre guisante, disfrutando de la vida.

El hombre guisante, disfrutando de la vida.



Crónica de los últimos días en Tokyo – Impresiones de Minami-Senju -
Mayo 31, 2009, 3:55 AM
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Homenajeando a Daido Moriyama.

Homenajeando a Daido Moriyama.

He regresado a Tokyo. Pasaré aquí mis últimas dos semanas de vida nipona. Como hice en diciembre de 2008, me alojo en una guest house acogedora y barata, Aizuya Inn, en Minami-Senju.

Sin duda, el barrio en el que estoy es un sitio singular. Podríamos decir que se trata de una zona bastante deprimida, de esas en las que cuando la crisis aprieta, uno lo nota más. En este barrio, al que se llega en metro o en la línea Joban de tren, se pueden encontrar algunos de los Bussiness hotel y las guest house más baratas de Tokyo. Sin embargo, no un sitio agradable para pasear a ninguna hora.

Los edificios envejecidos, feos, grises, de balcones y rejas oxidadas, donde sólo quedan las sombras de los letreros de antiguos locales, son el escenario de la depresión humana. Cuando estuve en Minami-Senju por primera vez, en diciembre, un grupo de personas que habían perdido su empleo se manifestaban frente a los antidisturbios. Al día siguiente, los voluntarios de una Organización No Gubernamental, posiblemente con un trasfondo religioso, repartían comida entre los sin techo. Hoy, cada día, ves a mayores y no tan mayores pasear y reunirse sin nada que hacer, algún que otro tipo tirado en el umbral de una casa abierta, y algún que otro anciano de cabellera amarillenta y uñas largas, que te hace gestos para que le des una moneda de 500 yen. También algún que otro vecino se alivia sin ningún pudor en cualquier alcantarilla abierta en un rincón de una pequeña calle. Aparte de lo dicho, nadie más te molesta.

Una de las tiendas cercanas a la guest house vende paraguas recogidos en las estaciones o en la calle, por 100 yen la unidad, y ropa por poco más de 1000 yen cada pieza. Un bar de yakitori expone la oferta al aire. Los policías de los dos Koban que hay a lo largo de la calle principal, hacen guardia y paran a algún que otro conductor o transeúnte borracho. Un bar llamado “amor” enciende su cartel luminoso frente a su pared y puerta color violeta, cerrado a cal y canto. Un poco más allá, Unas estrechas escaleras y las fotos de unas chicas te invitan a subir a un Pub de hostes por 3000 yenes la hora. Frente a él, cruzando la calle ancha, el Seven Eleven, abierto las 24 horas, lleno de personas que leen revistas de pie, para aligerar la noche.

Minami-Senju, a dos estaciones de la línea Yamanote, no tan lejos del embriagador corazón de la metrópolis, es lo que la mayoría de guías no quieren mostrar de Tokyo. Es el órgano degradado de un organismo mayor, que es la metrópolis.

Pero hay dos caras. La parte de Minami-Senju donde me alojo, es la parte mala. El muro que separa la parte mala de la parte no tan mala son las vías del tren. Hay que sortearlas por un enorme puente peatonal.

Curiosamente, una enorme torre de viviendas se está construyendo justo frente a la estación. Me imagino que pocos de los que hoy viven en esos bajos fondos de Minami-Senju se podrían permitir un apartamento ahí. Tal vez (y digo tal vez), esta sea una de las estrategias que los constructores tienen de revitalizar la ciudad. Tal vez, con la llegada de un centenar de familias a la zona, el paisaje de Minami-Senju, su estructura y su desencanto cambien para siempre. Sangre nueva, que desintoxique una vieja zona deprimida por el propio sistema que la sustenta, tal vez.

Sin embargo, si algo he de apuntar, es que la cantidad de extranjeros de todas las nacionalidades que se han alojado en Aizuya Inn atestiguan que Minami-Senju, contrariamente a lo que se podría pensar, no es un lugar peligroso. Al menos, esta es la impresión que yo tengo.