Cuando cualquier visitante acude a Japón, una de las cosas que más le sorprende es la ausencia de papeleras en la calle. Si preguntamos sobre la razón de esto, probablemente la respuesta que obtengamos es que se han suprimido muchas papeleras para evitar ataques terroristas. Pero, siguiendo la historia reciente de Japón, podemos comprobar cómo no han existido casos de terrorismo internacional que puedan enlazar con los atentados de Londres, Madrid o Nueva York. Realmente, la amenaza terrorista en Japón ha surgido normalmente desde dentro, con casos como el del Rengôsekigun 連合赤軍, la Unión del Ejército Rojo de ideales comunistas; el grupo de ultraderecha Seikijuku 正氣塾, que desde 1981 ha protagonizado numerosos actos violentos; y el más importante de todos, del cual vamos a hablar en esta ocasión: el de la secta anteriormente conocida como Ôm Shinrikyo オウム真理教.
El lunes 20 de marzo de 1995 la secta de la Verdad Suprema (Ôm Shinrikyo オウム真理教), atentó en varias estaciones del metro de Tôkyô, en los recorridos de las líneas Chiyoda, Marunouchi y Hibiya. Estas líneas atraviesan todo el centro de la capital y conectan con el barrio en el que se concentra el poder estatal, Kasumigaseki.
Por aquel entonces era corresponsal del diario El País Ramón Mantecón, quien describió cómo sucedieron los hechos. A las 7.59 de la mañana, entonces hora de grandes desplazamientos y aglomeraciones, Ikuo Hayashi, Ken’ichi Hirose, Tôru Toyoda, Masato Yokoyama y Yasuo Hayashi se deslizaron en los vagones del metro de Tôkyô ataviados con mascarilla. Algo habitual en Japón, y que no provocó las sospechas de los pasajeros. Sí parecía extraño, no obstante, los guantes de plástico que cubrían los brazos de estas personas, la bolsa de plástico envuelta en papel de periódico y el paraguas, algo nada habitual en la mañana víspera del solsticio de primavera.
En pocos minutos esos hombres agujerearon las bolsas, y un líquido comenzó a deslizarse por el suelo del vagón de metro. A los 15 minutos el líquido, que se evapora y se mezcla con el aire, comienza a afectar a los pasajeros. Vómitos, asfixia, ceguera… Es el efecto del gas sarín con el que los miembros de la Verdad Suprema cometen el atentado. Un gas 20 veces más mortal que el cianuro de potasio. El jefe de la estación de Kasumigaseki recoge uno de los paquetes de un vagón de metro con sus manos desnudas, y cae desplomado casi al instante. El gas sarín penetra en el cuerpo a través de la piel y los pulmones, rompiendo las defensas del organismo y provocando una crisis nerviosa.
En total, seis personas murieron en menos de 20 minutos en el metro de Tôkyô, y otras tantas en los hospitales. Más de 5.400 personas fueron intoxicadas.
Aunque todo apuntaba a la secta religiosa de Shôkô Asahara, en un principio negaron los atentados. No obstante, varios meses antes se había oído a este líder laurear al gas sarín en varios de sus sermones. Además, se habían encontrado varios compuestos necesarios para la elaboración de este gas en las instalaciones que la secta poseía en Kamikuishiki. Aunque oficialmente no se había reconocido que Asahara estaba siendo investigado y que se sospechaba de él, la prensa sensacionalista sí había dado cuenta de ello, debido a la presunta implicación que éste había tenido en otros incidentes. Este atentado no fue el primero, el 1994 la policía japonesa dejó sin resolver la muerte de siete personas en la ciudad de Matsumoto, en la provincia de Nagano, tras un ataque con el mismo gas.
Este hecho puso de manifiesto la debilidad de la sociedad democrática y de las grandes ciudades ante el ataque de sectas religiosas fundamentalistas o de grupos terroristas. Los atentados tuvieron una repercusión mundial. También Nueva York y Washington aumentaron la vigilancia en sus subterráneos.
La CIA ya había experimentado la debilidad del metro de Nueva York en los años cincuenta, introduciendo un colorante no tóxico que fácilmente se propagó por los sistemas de ventilación. Este experimento fue la inspiración de una novela de Gordon Thomas escrita en 1990, Perfume Mortal. El desarrollo de esta novela tenía similitudes con los atentados de Tokio. Igualmente, estos ataques inspiraron la novela Salto Mortal (Chûgaeri), del premio Nobel japonés Kenzaburo Oé; y el libro Underground de Haruki Murakami, en el que se discute la repercusión de estos ataques en la psique japonesa.
La secta de Asahara reunía a 10.000 fieles en Japón, 20.000 en Rusia y otros tantos en Nueva York, Bonn, y en Sri Lanka. Su nombre, Ôm Shinri Kyo, deriva del término hindú Om, que representa el universo, y sigue con los Kanji (ideogramas) Shin (verdad), Ri (razón, justicia), y Kyo (fe, doctrina). Esta secta toma influencias del hinduismo y del budismo por la rama Theravada, Mahayana y Vajrayana. Nació a partir de la celebración de varios seminarios sobre Yoga que eran el pretexto para hablar sobre la espiritualidad. En 1987 el grupo de Asahara obtuvo el estatus oficial de religión de manos del gobierno japonés. A partir de entonces fue creciendo el número de fieles, en su mayoría estudiantes, que eran captados a la salida de las estaciones de metro mediante preguntas sobre la existencia.
Shôkô Asahara, cuyo verdadero nombre era Chizuo Matsumoto, se convirtió en lider de esta religión en 1986, tras unos ejercicios espirituales en el Himalaya. Asahara predicaba que el fin del mundo acaecería en 1997, tras una última guerra mundial. En la personalidad y la historia de Asahara hay muchos puntos aún por discutir. Antes de cometer los actos por los que finalmente fue condenado, mantuvo incluso contacto directo con el Dalai Lama, hecho que ayudó a su secta a ser reconocida como religión en Japón. En el juicio contra él fue acusado de 27 asesinatos, y encontrado culpable de 13 de los 17 cargos a los que se enfrentaba, entre ellos de otros casos como el ‘incidente Matsumoto’ y el asesinato de la familia Sakamoto.
No obstante, su juicio no estuvo falto de puntos oscuros. El proceso, que fue titulado por los medios sensacionalistas japoneses como “El juicio del siglo”, fue criticado por la Human Rights Watch porque el abogado más preparado para la defensa de Asahara, Yoshihiro Yasuda, fue arrestado y acusado de obstruir y retrasar el juicio para así evitar que el líder de la secta fuese condenado a la máxima pena posible, por lo que se le impidió participar en la defensa.
Finalmente, el 27 de febrero de 2004 Asahara fue condenado a morir en la horca. Hoy, a sus 54 años, el anterior gurú del la Verdad Suprema aún no ha sido ejecutado. Aunque en 2006 se ha tratado de recurrir la sentencia apelando a una supuesta enfermedad mental, la corte japonesa se ha mostrado inamovible en su decisión. En cuanto a la secta, después de los atentados abandonó Japón para instalarse en Rusia, cambiando su nombre por el de Aleph, la primera letra el alfabeto hebreo. Hoy tratan de desligarse de los actos ocurridos en 1995, por los que toda la política de seguridad del país se transformó.
Encontramos en Youtube un interesante reportaje sobre esta secta (inglés):
Igualmente, un anime que, aunque ha sido montado de modo humorístico con distintas canciones, en origen perteneció al material de propaganda de la secta:
Descubrí en Japón la obra de Tôru Takemitsu 武満徹llamada Song book. Este gran compositor japonés, al que el premio nobel de literatura Kenzaburo Oe reverencia en sus libros, sin duda, y al que dedica su obra Salto mortal, es también autor de numerosas canciones populares como esta, que hoy día podemos oír en cualquier coral. Como este fin de semana quiero dejar con buen sabor de boca a todos los que amablemente me leéis, os ofrezco esta canción con su letra, transcripción y traducción. Podéis oír la versión del video de Mutsumi Hatano y Takashi Tsunoda. Para mi gusto, es una canción muy bella. Con vosotros, Chiisana Sora 小さな空, el pequeño cielo.
青空見たら Aosora mitara
綿のような雲が watano youna kumo ga
悲しみをのせて kanashimi wo nosete
飛んでいった tondeitta
いたずらが過ぎて Itazura ga sugite
叱られて泣いた shikararete naita
子供の頃を kodomo no koro wo
思い出した omoidashita
夕空見たら Yuuzora mitara
教会の窓の kyoukai no mado no
ステンドグラスが sutendogurasu ga
真っ赤に燃えてた makka ni moeteta
いたずらが過ぎて Itazura ga sugite
叱られて泣いた shikararete naita
子供の頃を kodomo no koro wo
思い出した omoidashita
夜空を見たら Yosora wo mitara
小さな星が chiisana hoshi ga
涙のように namida no you ni
光っていた hikatteita
いたずらが過ぎて Itasura ga sugite
叱られて泣いた shikararete naita
子供の頃を kodomo no koro wo
思い出した omoidashita
Al ver un cielo azul,
una nube como de algodón
se llevaba volando la tristeza.
Hacía demasiadas travesuras
era reprendido y lloraba.
Recuerdo cuando era un niño.
Al ver el cielo del atardecer,
la vidriera en la ventana de la iglesia
ardía en un rojo intenso.
Hacía demasiadas travesuras
era reprendido y lloraba.
Recuerdo cuando era un niño.
Al ver el cielo nocturno,
una pequeña estrella
brillaba como una lágrima.
Hacía demasiadas travesuras
era reprendido y lloraba.
Recuerdo cuando era un niño.
Hace poco mi director de tesis me ha regalado la popular obra del escritor de novela fantástica Kôji Suzuki titulada Drop, publicada en formato papel higiénico. El escritor (autor del éxito Ring) pensó en la costumbre de muchos japoneses de llevarse lectura al baño, y negoció con sus editores el curioso formato que podéis ver en las fotos. Gracias a la ayuda de la empresa Hayashi Paper, el escritor ha podido ver realizado su proyecto, y lo que es más, con un éxito apabullante, habiéndose convertido en todo un Best Seller en menos de un año. De hecho, la obra de Suzuki es vendida en algunas webs y librerías como “el papel higiénico más terrofíco de Japón”.
Ya tenemos Drop 1 y Drop 2 en un pack de dos rollos de papel higiénico. Si el éxito se traduce en una estrategia editorial real, los más “regulares” no se van a librar de sus 10 minutos (por un poner) de lectura diaria. Todo un visionario, Kôji Suzuki.
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El 1 de octubre de este año, en el artículo inaugural del Hatoyama Cabinet E-mail Magazine, el actual líder nipón remarcaba el concepto de Yuai 友愛, cuya traducción es fraternidad, como palabra clave y declaración de intenciones en cuanto a la futura política exterior del nuevo gobierno del Minshutô (PDJ). Este concepto, según afirma el mismo Yukio Hatoyama en un artículo titulado El espíritu de la fraternidad en The Japan Journal, era uno de los motores de la política de su padre, Ichirô Hatoyama, que gobernó Japón sucediendo a Shigeru Yoshida entre 1954 y 1956.
Curiosamente, estando en el gobierno el padre del actual primer ministro, el 18 de diciembre de 1956 Japón pasó a formar parte de las Naciones Unidas. En su artículo, el líder nipón recuerda parte del primer discurso en la ONU del entonces ministro de asuntos exteriores, Mamoru Shigemitsu, que señaló lo siguiente:
“La esencia de la política, economía y vida cultural de Japón es el producto de la fusión de las civilizaciones occidental y oriental durante el último siglo.”
De este modo, Hatoyama señala que Japón puede ser considerado, históricamente, como un puente o un enlace entre la civilización occidental y la oriental.
En realidad, detrás de esta maniquea visión de lo oriental y lo occidental, se esconde una visión de la política regional que propone superar una serie de retos históricos que siguen latentes. Hay quien afirma que en la región de Asia-Pacífico sigue viva una suerte de guerra fría que ocupa, de manera abierta en algunos casos como Corea del Norte, o de manera “sumergida” en las relaciones con la China popular, buena parte del libro blanco de defensa de estos países desde que terminase la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea.
La gira del presidente norteamericano Barack Obama no ha hecho sino abrir el debate, una vez más, sobre la delicada posición de Japón como actor en la región, tanto a nivel geoestratégico como político. Tal como afirmara el ministro Shigemitsu en su discurso frente a las Naciones Unidas, Japón ha sido el peso equilibrador en una zona de política desequilibrada, si bien también una de las naciones más criticadas por su historial de agresiones a las naciones vecinas hasta la ocupación norteamericana. No en vano, anunciar una nueva política de relaciones exteriores bajo el concepto de fraternidad recuerda a muchos países aún recelosos la Daitôa Kyôeiken 大東亜共栄圏, o Gran esfera de coprosperidad del este de Asia, que sirvió finalmente como carta de entrada a la invasión japonesa de numerosos países asiáticos.
Culturalmente, Japón ha seguido las vías de occidente, asimilando y transformando lo que no le ha sido impuesto, desde que se iniciara la restauración Meiji, en el siglo XIX. La saga de los Hatoyama, siempre relacionada con la política del país desde esta misma época, ha estado sin duda influenciada por el pensamiento occidental y la política desde aquellos primeros estadios de la renovación política del país. El propio abuelo del actual primer ministro, Kazuo Hatoyama, se graduó en la universidad norteamericana de Yale; Ichirô Hatoyama, antes mencionado, era cristiano protestante. Es obvio que en el carácter de Yukio Hatoyama, o al menos en su educación familiar, hay un importante componente de relación con occidente, tanto a nivel de valores como a nivel nostálgico.
El palpitante crecimiento económico de la China de Hu Jintao hace sospechar que la balanza de poder en la región puede inclinarse a favor de la República Popular. El hecho de abogar por el Yuai, por la fraternidad, en calidad de enlace o nodo de “acceso” a la región para las potencias occidentales, puede tener varias lecturas. Una de ellas es el reforzamiento de las relaciones con Estados Unidos, que Japón parece desear con renovadas fuerzas tras la entrada de Obama en la Casa Blanca. Otra lectura es la pretensión de Japón de establecerse como figura conciliadora entre EE.UU. y China, cuyos regímenes aún mantienen manifiestas diferencias.
Finalmente, tal vez la lectura más deseada del uso del concepto de Yuai en la futura estrategia exterior de Japón, es la voluntad del país de reconciliarse de manera definitiva con los países de la región solventando los conflictos latentes del pasado. Para ello el gabinete de Hatoyama debe enfrentarse al pasado de Japón de manera descarnada, para reconocer y aceptar todos aquellos puntos oscuros que aún provocan en los países de la región protestas anuales de las cuales, al menos mediáticamente, ya nadie puede hacer oídos sordos. Tal vez la esperanzadora renovación de Japón no sólo esté en una revisión económica, política y social del país, sino también en una concienzuda renovación moral en cuanto a todo lo que queda por pacificar desde que el país pusiera fin a su aventura expansionista.
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En los anteriores meses he posteado tres artículos que resumen de manera peculiar algunos aspectos del llamado “desarrollo japonés” desde los primeros años de las postguerra hasta nuestros días. He pensado que pueden ser artículos de interés para todas aquellas personas que desean estudiar la historia contemporánea de Japón, y especialmente todo lo que se refiere al crecimiento y la crisis de este país, cuya peculiaridad se discute hoy día debido a la crisis global que vivimos. Sin más, quiero recapitular aquí los tres artículos, para todas aquellas personas que decidan leerlos y, cómo no, discutirlos:
El desarrollo japonés ante el mundo. (I) La resurrección del peligro amarillo
Terminada la década de los sesenta, Japón ya ha superado prácticamente a la Alemania Occidental en producción industrial, ganándose un puesto entre las principales economías del mundo. EEUU y la URRS miran con recelo este “milagro japonés”, y vuelve a despertar el fantasma del “peligro amarillo”.
El desarrollo japonés ante el mundo. (II) El sueño traicionado
Tras la retirada de MacArthur, ya con la economía japonesa bien encarrilada, la legislación del país se vuelve más laxa en cuestiones de monopolio. Es entonces cuando vuelven a tomar importancia antiguos conglomerados como Sony, Matsushita, Mitsubishi, Honda o Mitsui, entre otros.
El desarrollo japonés ante el mundo. (III) El coste humano del desarrollo
[El] creciente índice de envejecimiento de la población (se espera que la población mayor de 65 años alcance el 28% en 2020), fue uno de los factores que trajeron consigo durante la década perdida de los ‘90 una dura recesión de la que aún Japón cree a duras penas salir. Esta misma crisis es considerada, en algunos casos, como una traición al pacto social de postguerra, cuyo resultado no es, ni de lejos, el esperado.
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En los anteriores capítulos habíamos visto de manera muy resumida cómo Japón entró primero en una fase de desarrollo que se conoció como “el milagro japonés”, y en la que el trabajo, la ciudad y por consiguiente la sociedad sufrió un proceso de cambio importante. Posteriormente los fundamentos de ese mismo desarrollo serían el caldo de cultivo para la corrupción y para el surgimiento de la burbuja inmobiliaria y financiera que trajo la crisis de la década perdida, cuyo coste humano vamos a analizar en este último artículo.
El primer factor que afecta al nuevo periodo económico-social de Japón en los ‘90 y hasta nuestros días es el envejecimiento de su población. Se denominan sociedades envejecidas aquellas cuyo porcentaje de población mayor de 65 años supera el 14% del total. La peculiaridad japonesa es que el país pasó de ser una sociedad en crecimiento a una sociedad envejecida en unos 24 años, una transición que normalmente suele suceder en un periodo de 40 años. A este hecho se le suma que la esperanza de vida en Japón pasó de ser 50 años para los hombres y 54 para las mujeres en 1947, a 69 para los hombres y 74 para las mujeres en 1970. Ya en 2001, la esperanza de vida se estimó en 78 años para los hombres, y 84 para las mujeres. Un incremento de más de 30 años, propiciado, obviamente por el rápido desarrollo económico de la nación. En 1998, Japón ya se había convertido en la población más envejecida del mundo.
¿Pero qué es lo que hace que la sociedad de Japón envejezca en un periodo de tan sólo 24 años? La respuesta a esto la encontramos en que el Baby Boom más importante que ocurre en el país tiene también una duración especial. El Baby Boom japonés más importante sucede desde el final de la guerra, pero termina en apenas cuatro años, al contrario que en otras naciones en las que este fenómeno continúa durante al menos 10 años. Una de las razones de esa “frenada en seco” fue la Yûseihogohô 優生保護法, o acta de protección eugénica, aprobada en 1948 y revisada en 1949, que básicamente aprobaba los abortos a petición, y cuya aplicación se tradujo en un descenso del 40% en el índice de nacimientos.
Este creciente índice de envejecimiento de la población (se espera que la población mayor de 65 años alcance el 28% en 2020), fue uno de los factores que trajeron consigo durante la década perdida de los ‘90 una dura recesión de la que aún Japón cree a duras penas salir. Esta misma crisis es considerada, en algunos casos, como una traición al pacto social de postguerra, cuyo resultado no es, ni de lejos, el esperado. Una de las primeras consecuencias que debemos ver en este punto es el comienzo del fin de la hegemonía del Partido Liberal Democrático (PLD, Jimintô), en el gobierno desde su fundación en 1955. Aunque gobernará hasta 2009, el partido comienza a sufrir serias escisiones. La primera gran crisis gubernamental sucede los años 1993 y 1994, en los que es expulsado del gobierno durante 11 meses. Cuatro años después las tensiones cristalizarán en el nacimiento del principal competidor del PLD con la unión de cuatro partidos distintos en el Partido Democrático de Japón (PDJ, Minshutô), que finalmente, favorecido por los escándalos del PLD durante los últimos años y la crisis económica global, se alza en el poder con Yukio Hatoyama a la cabeza en 2009.
En cualquier caso, los últimos 20 años en Japón son el reflejo de una catarsis cultural. Las nuevas generaciones y los que comienzan su vida laboral en los ‘90 empiezan, tímidamente al principio, y marcadamente en la actualidad, a cambiar el modelo de vida estándar. En la segunda mitad de los ‘90 los japoneses ya reconocen abiertamente haber perdido la confianza en su modelo económico. Encontramos a partir de entonces un auge en el modelo de vida individualista, y una separación de la idea de grupo, o incluso de la empresa como familia.
Antes de la gran recesión, la empresa japonesa forma parte casi inseparable de la familia, ya que se reconoce en muchos casos como soporte y sustento. En los ‘90 la traición a la empresa comienza a hacerse patente, y los jóvenes, ante la lentitud del proceso que les permite escalar puestos en una misma empresa, comienzan a imitar el modelo norteamericano al cambiar de trabajo con el objetivo de “vender” sus aptitudes y así escalar puestos con mayor rapidez. Es el principio del fin de los sistemas de lealtad a la empresa.
Otro fenómeno de mayor actualidad, y de gran interés, es el de los Furitâ y Niito. El nombre del primer grupo proviene de la palabra free-arbeiter, y se trata de un estilo de vida alejado de la lealtad a la empresa, o de la dependencia de la misma. Es algo parecido a un trabajador autónomo, normalmente cualificado, que realiza labores por su cuenta sin contar con horarios o calendarios fijos, ni depender de la jerarquía de una gran empresa. Este primer grupo pertenece a esa generación de entre 25 y 35 años que se aleja del modelo del pacto social, y se vuelca en un estilo de vida más individualista, en el que el disfrute del tiempo libre tiene mayor valor que la seguridad económica. Se ha calculado que el número de furitâ alcanza en la actualidad los cuatro millones dentro de Japón.
Los niito, del inglés Neet (abreviatura de “Not in Employment, Education or Training”), son un grupo más joven, y bien distinto al anterior. Para este grupo de jóvenes el esfuerzo laboral tiene un marcado sentido negativo, y se muestran contrarios a cualquier tipo de sacrificio.
Un fenómeno ligado a la obtención rápida de dinero, y que afecta tanto a hombres como a mujeres jóvenes o incluso menores de edad, es el Enjo Kôsai 援助交際, en el que la compañía o prostitución voluntaria y sin intermediarios de jóvenes con adultos a cambio de dinero se convierte en un modo de subsistencia del que posteriormente resulta difícil salir, y que trae consigo acusados problemas psico-sociales. Este fenómeno es tratado abiertamente en la actualidad en series y cómics, o incluso en el fenómeno de las novelas para móviles, con el ejemplo imprescindible de la obra Deep Love.
Finalmente cabe mencionar brevemente a los adultos conocidos como Makeinu (perro perdedor), en el caso de las mujeres; y Parasite Single en el caso de los hombres. Obviamente con un marcado carácter peyorativo en las mujeres, este grupo está formado por adultos que tienen éxito en su vida laboral, pero que para ello han sacrificado parte de su vida social, terminando por superar solteros la barrera de los 26 años comprendidad en Japón como la edad ideal para contraer matrimonio. En el caso de los Parasite Single, también existe el problema de la emancipación, puesto que muchos de los integrantes de este grupo se niegan o no pueden abandonar la casa de sus padres.
En cualquier caso, el hecho de encontrar grupos aparentemente bien definidos y clasificados de nuevos adultos con distintos modos de entender su modo de vida es en parte ficticio. Esta clasificación deriva, en gran medida, de la necesidad cultural de Japón por ordenar para comprender. Es evidente que la realidad japonesa, como hemos visto desde el primer artículo, es cambiante y difusa, y no sólo eso, sino que se transforma a gran velocidad desde que terminase la Segunda Guerra Mundial.
El nuevo siglo político, económico y social para Japón, inaugurado con el ascenso al poder del PDJ, traerá sin duda un cambio en el sistema de valores que afectan a Japón, y el surgimiento de nuevos sistemas productivos, un nuevo panorama del mundo laboral, y una sociedad visiblemente renovada (no sabemos si para bien, o para mal). Al fin y al cabo, Japón, lejos de ser un fenómeno aislado y único, pertenece a la red global de naciones, y es emisor y receptor de nuevas tendencias que están transformando el mundo, en la actualidad, a pasos agigantados.
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En Ômiya, Tôkyô, se encuentra el museo del ferrocarril, Tetsudô Hakubutsukan 鉄道博物館, que para los amantes de los trenes es un auténtico santuario (faltaría más). Hay muchos otakus de los trenes en Japón, y la razón es obvia: es el medio de transporte por excelencia del país. Los trenes atraviesan todo el archipiélago, vertebran las ciudades y conectan todos y cada uno de los puntos de Japón. Además, no es sólo por su utilidad por lo que son admirados. El tren, a día de hoy y en un país como Japón, sigue siendo uno de los símbolos más notables de lo que se ha llamado progreso.
Aunque no pretendo extenderme mucho, sí quiero ofreceros algunas fotos del álbum sobre este museo. Dentro del recinto uno puede disfrutar de los trenes más antiguos hasta explicaciones sobre los últimos modelos que saldrán para la alta velocidad japonesa. Es un lugar para la nostalgia. Se permite a los visitantes subir a vagones de los años 20, 30, 40, 50… Todos con su peculiar encanto y bien conservados. Además, para los fanáticos del tren, hasta la entrada al museo es especial. Uno no se baja en Ômiya y llega directamente. Desde la estación, debemos tomar un tren especial que nos dejará en la puerta del museo. El pavimento de la entrada también está decorado con los distintos paneles de información que hubo en diferentes épocas.
Dentro del museo comenzaremos viendo algunos de los ferrocarriles que por primera vez circularon por Japón. Cuenta Pat Barr en The Deer Cry Pavilion que la primera vez que en Japón se hizo el trazado de la línea de tren, probablemente con tal de preservar de alguna manera antiguos caminos y sendas, aquel estaba lleno de subidas, bajadas y curvas, de tal manera que incluso en algunos tramos la vía se había hundido. Este despropósito tuvo que ir a repararlo E.G. Holtham, un exquisito englishman con gran habilidad para construir líneas de ferrocarril. Él mismo escribiría en su libro Things Japanese cómo el archipiélago nipón no era precisamente el lugar idóneo para que se desarrollase el tren, por ser montañoso y estar llena su geografía de pronunciados accidentes.

Uno de los primeros billetes de tren entre Yokohama y Kawasaki. Traducido a Inglés, Francés y Alemán en el reverso.
Sin embargo el proyecto para crear una moderna red de ferrocarril en Japón se convertiría en una de las prioridades del país, impulsada con especial fervor por Masaru Inoue, figura pública de la era Meiji que hoy es recordado como “el padre del ferrocarril en Japón”. Desde los primeros trenes manufacturados en la industrial Inglaterra, Japón pasaría, a lo largo del siglo XX, a construir sus propias máquinas, al tiempo que surgían numerosas compañías privadas de ferrocarril.
Hibari, Hayabusa, Akebono, Kodama… Todos estos trenes, repartidos en distintos puntos de la geografía de Japón, serían tanto máquinas como personajes entrañables que hoy muchos ancianos recuerdan con nostalgia. Estos trenes, con sus colores característicos, sus sonidos y su cadencia, son hoy una parte importante del patrimonio cultural del país.
Arthur Koestler contaba en El loto y el robot que aún en los años 50, algunos ancianos japoneses seguían viendo al tren como un invento nuevo. No es de extrañar que, como en muchas otras cosas, los japoneses considerasen aquellas máquinas como algo extranjero, que no había surgido en su propia cultura. Aunque, como casi todo en este país, sin duda pronto supieron imprimir su carácter en este invento, y convirtieron el ferrocarril en un elemento propio de la cultura japonesa, un producto transformado y adaptado a los esquemas de su imaginación.
Suelo hablar poco de los Owarai (programas de humor) japoneses. Hoy quiero hablaros de Downtown, un manzai liderado por Matsumoto Hitoshi y Hamada Masatoshi, dos humoristas de gran prestigio en Japón. Concretamente, quiero ofreceros algo de información sobre uno de sus personajes más llamativos, Aho Aho Man アホアホマン.
Aho Aho Man es el “hombre tonto tonto” o “tonto tonto man”. Los sketches de este personaje suelen seguir una línea muy simple (como cualquier sketch en un espacio de humor): dos extraterrestres planean sus maldades contra la tierra, pero un chico (interpretado por Hamada) les sigue la pista. Cada vez que éste está en apuros, llama a Aho Aho Man, y entonces comienzan los despropósitos.
Como podéis imaginar por el nombre, Aho Aho Man no sabe más que ser idiota, y la gracia está en las idioteces que hace. Mención especial merece su traje, que describiremos enlazando la siguiente caricatura que aparece en la galería Nigao de Sugaikotsu Danchô (http://gutsweb.kt.fc2.com/chi01nigao.html).

Autor: Sugaikotsu Danchô
Aho Aho man lleva una armadura musculosa con un trozo de pastel como emblema. Slips no demasiado presentables, calcetines altos de escolar, y una especie de mocasines. El estilo de su pelo, modo casco, resalta su estupidez. Una gran interpretación de Matsumoto Hitoshi.
De esta guisa, provoca las situaciones más estúpidas posibles. Podemos ver algunos vídeos que hay en Youtube, aunque advierto que algunas imágenes pueden herir sensibilidades.
Lo más característico, sin duda, después de su aspecto, es el baile de entrada. Encontramos una recopilación de estos bailes en Youtube.
Y ya, para terminar, observamos con vergüenza ajena la aparición del hermano de Aho Aho Man: Aho Aho Brother. Sí, y digo con vergüenza ajena porque el caballero de la armadura rosa con un helado como escudo no es otro que ¡el gran compositor Ryuichi Sakamoto!
De ahí que interprete el tema de Merry Xmas Mr. Lawrence.
Esperando que os hayan entretenido los videos, me despido hasta que tenga cosas mejores que escribir.
En el anterior post hablamos de algunos de los factores que lanzaron la economía japonesa desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Presentamos, por así decirlo, algunos de los pilares fundamentales del estado desarrollista nipón. En este artículo dejamos las antiguas previsiones de Hakan Hedberg para centrarnos en lo que de verdad ocurrió durante los años de expansión económica, hasta la explosión de la burbuja financiera e inmobiliaria, intentando resumirlo y simplificarlo en la medida de lo posible.
Durante el periodo de ocupación, el gobierno norteamericano promulgó toda una serie de medidas para evitar los monopolios de los antiguos zaibatsu 財閥, posteriormente denominados keiretsu 系列. No obstante, no hay que confundir a los zaibatsu con los keiretsu, puesto que poseen importantes diferencias. El keiretsu se sostiene sobre una estructura más horizontal, y una jerarquía de menor “profundidad”, es decir, una cadena de mando más reducida. Por otra parte, como conglomerado aúna a muchas otras empresas en su cadena (o espectro) de producción, pero no por ello todas tienen que pertenecer a la misma firma.
Estos keiretsu tendrán su particular expansión tras la ocupación. Tras la retirada de MacArthur, ya con la economía japonesa bien encarrilada, la legislación del país se vuelve más laxa en cuestiones de monopolio. Es entonces cuando vuelven a tomar importancia antiguos conglomerados como Sony, Matsushita, Mitsubishi, Honda o Mitsui, entre otros. Alrededor de estos gigantes surgen también toda una serie de pequeñas empresas satélite que absorven buena parte de los costes de producción como subcontratas, hecho que ayuda a las grandes firmas a mantener el tipo mientras que los pequeños empresarios se van a la quiebra.
Comienza una época en la que el estado tiene un control más férreo de la economía. El crecimiento económico se acelera gracias a los beneficios obtenidos por la Guerra de Corea, en la que Japón participa tímidamente tras la insistencia de los EE.UU.; y con el aumento del comercio exterior.
El capital acumulado comienza a invertirse, especialmente, en obras públicas, bajo el mandato del primer ministro Hayato Ikeda, entre 1960 y 1964. Ikeda es recordado precisamente por ser el político que favoreció el crecimiento económico a través de la reconciliación y la paciencia, buscando el consenso social, o bien tratando de mediar entre la patronal y la mano de obra. Bajo el gobierno de Ikeda, Japón logra superar incluso las expectativas gubernamentales de crecimiento económico. Son los primeros años del “milagro”, y también los del desarrollo urbanístico y las grandes esperanzas y proyectos para la ciudad y la megalópolis de Japón. La exposición de Osaka de 1970 sirve como plataforma para transmitir la modernidad y el poder tecnológico de Japón al mundo. Es el año también en el que el arquitecto Kenzo Tange diseña los planes para convertir el corredor del Tôkaidô en una enorme y futurista megalópolis hasta el año 2000.
La crisis del petróleo de 1973 saca de las ensoñaciones a muchos entusiastas del desarrollo. El ritmo de crecimiento del que Japón disfrutaba hasta entonces se estanca, lo que pone en alerta a la industria. No obstante, como toda crisis significa también cambio, en 1974 la industria sufre una transformación, y la alta tecnología y la electrónica comienzan a tener más importancia, en detrimento de la industria pesada, cuyo consumo de combustible era mayor. Es la época también en la que el poder electrónico de Japón obliga a las hasta entonces dominantes empresas de Silicon Valley a cambiar su política productiva.
Japón supera la crisis en poco tiempo y vuelve a encarrilar su desarrollo. Sin embargo, comienzan a sucederse los casos de corrupción. El sueño, poco a poco, comenzará a derrumbarse.
El primer ministro Kakuei Tanaka, uno de los más populares en la historia contemporánea de Japón, puede servirnos para ofrecer el ejemplo más significativo en relación a esto último. Tanaka es un político de grandes ambiciones, que realmente desea transformar Japón en la primera economía del mundo. En su libro editado en inglés y en japonés Construyendo un nuevo Japón, diseña para el país una suerte de hoja de ruta con la que se propone transformar desde las relaciones laborales e internacionales del país, hasta las comunicaciones y las ciudades del archipiélago.
Tanaka establece buenas relaciones con la China popular, y con el gobierno de Richard Nixon. Sin embargo, comenzará a verse envuelto en diversos escándalos desde que la revista Bungei Shunju publica un reportaje que pone en duda sus prácticas empresariales. Con el escándalo Lockheed, se acusa a Tanaka de haber aceptado sobornos millonarios a cambio de favorecer la compra de los aviones L-1011 para las líneas aéreas paraestatales de Japón All Nippon Airways (ANA), en lugar de los modelos McDonnell Douglas DC-10. El escándalo salpica a muchos otros políticos del PLD, y acelera la caída de Tanaka del poder. Aunque continúa en la Dieta, Tanaka es condenado en 1983 a cuatro años de cárcel. Hasta 1983, el escándalo Lockheed remueve la política japonesa, y saca a la luz los agujeros negros del desarrollo.
Durante los años 80 sucede toda una renovación de la economía japonesa, que se resume en la deslocalización para reducir costes de producción, la apuesta por nuevas tecnologías menos dependientes del petróleo, y una revalorización de los activos financieros e inmobiliarios que conducirán a la economía de burbuja. Comienzan los años locos del crecimiento urbano y de los nuevos millonarios. Es también la época de los precios desorbitados de la tierra, que conduce a un pequeño estado de desconcierto y crisis en 1985.
No obstante, desde ese mismo año y hasta el estallido de la burbuja en 1990, Japón experimentará un crecimiento milagroso que recuerda al sueño de los años del primer ministro Ikeda. Sin embargo, la catástrofe comenzaba a vislumbrarse en determinados círculos. El precio del desarrollo, del sueño japonés, se conocería tarde o temprano. Una mañana del año 1990, los rotativos japoneses admitían la debacle. Era el comienzo de lo que se conoce como “la década perdida”, cuyo ambiente es un largo periodo de recesión. El pacto social para el desarrollo del país se reveló entonces, para muchos japoneses, como una gran tomadura de pelo.
Analizaremos en el próximo artículo el coste humano del desarrollo y el espíritu de la década perdida, con algunas notas de actualidad.
En los albores de la industrialización del Japón, el viajero francés y cronista André Bellesort admiraba al “peligro amarillo” que suponía este ambicioso país como “un peligro muy amable”. Hablamos de finales del siglo XIX, y de la primera mitad del siglo XX, cuando el país nipón, siguiendo los dictámenes de un Occidente en ebullición, se industrializaba y comenzaba su andadura económica con la aspiración de convertirse en una gran potencia como Inglaterra, en un primero momento, y Alemania hasta la década de los cuarenta del siglo XX. Los éxitos de la producción industrial japonesa, especialmente textil, lograron que una ciudad como Ôsaka se convirtiese en la “Manchester de Oriente”. Fueron las aspiraciones militares, hondamente motivadas por el pulso económico y las restricciones a las que el mercado occidental sometía al imperio, además de por las ambiciones expansionistas, las que llevaron al desastre al país.
Otros países habían tardado en recuperarse de la guerra. Japón, casi en ruinas, supo ponerse manos a la obra con la ayuda del gobierno de ocupación del general Douglas McArthur para celebrar en pocos años lo que se conocería como el “milagro japonés”. No en vano, ya en la década de los cincuenta la locomotora del desarrollo en Japón parecía ir a toda marcha. Los políticos japoneses, con la ayuda del gobierno norteamericano, había diseñado un plan de desarrollo cuya visión de futuro colocaba a Japón en el número uno de las economías mundiales.
Terminada la década de los sesenta, Japón ya ha superado prácticamente a la Alemania Occidental en producción industrial, ganándose un puesto entre las principales economías del mundo. EEUU y la URRS miran con recelo este “milagro japonés”, y vuelve a despertar el fantasma del “peligro amarillo”.
En este contexto, el economista Hakan Hedberg escribe en 1970 un libro titulado El reto japonés, donde, a pesar de no esconder su pasión por el país oriental, destaca una serie de claves en las que, opina, se desarrollará la economía japonesa hasta 1990, llegando a acertar, en ocasiones, el futuro que la economía del país mostraría posteriormente. No obstante, Hedberg se mueve entre el análisis agorero y la actitud aleccionadora. Su libro, que hoy casi podríamos denominar una curiosidad histórica, contiene un capítulo donde desglosa “los 25 factores del desarrollo del Japón”, de los que destacaremos sólo algunos, los más importantes para este artículo.
Hedberg es, en 1970, posiblemente el único economista de Suecia con la autoridad suficiente para realizar un estudio sobre los patrones de la economía japonesa. Así lo advierte al comienzo de su obra, apuntando la importancia capital que un estudio sobre este país puede tener para el futuro de Europa.
[El reto japonés] es una combinación de amenaza y promesa. El desarrollo económico es el mayor problema de nuestro tiempo, y en el modo como Japón hace frente a una serie de problemas hay que hallar lecciones no sólo para los países subdesarrollados, sino también para los países altamente desarrollados[...]
De entre los factores que destaca Hedberg, el numero uno es sin duda uno de los más importantes, y de los que más han marcado a la economía japonesa desde sus inicios: la cooperación entre el estado y el sector privado. Sobre este punto, Hedberg aseguraba que:
[...] en la intensa cooperación japonesa entre el estado y el sector privado hay que encontrar algunos métodos prácticos de cooperación que deberían poderse copiar en los países europeos.
Esta ha sido una de las claves del desarrollo japonés, que no obstante se ha visto empañada por la corrupción política y los tratos de favor, con la adjudicación de ayudas al desarrollo en regiones donde gobernaba el PLD. De hecho, es famoso asimismo el sistema de amakudari (“Caído del cielo”) por el que los exburócratas de alto rango pasaban a ocupar puestos de responsabilidad en empresas privadas, generando de este modo un sistema relativamente oligárquico, y lo que ha resultado ser más dañino, una fuerte interdependencia del estado y el sector privado. Con esta práctica también se mantenía un fuerte monopolio de ciertas empresas sobre las ayudas estatales al desarrollo.
En el libro se destacan también como factores a “una burocracia competente“, y al proteccionismo, que en realidad, junto con el sistema de intervención estado-sector privado, fue promovido por el gobierno norteamericano con el propósito de usarlo como fuerza para levantar la economía del país, pero no como sistema para impulsarlo hacia el éxito. Estas ideas fueron acogidas por los estadistas japoneses junto a otro factor que destaca Hedberg, el nacionalismo, por el que el país se volcaba en crear una industria propia sólida, por la que sacrificarse. Este afán por resurgir como potencia creadora es descrito por el economista sueco como “un perpetuo pentatlon industrial”.
Pero sin duda, son los trabajadores asalariados los que hacen resurgir a Japón. Hedberg observa sabiamente dos características en el papel que éstos tienen en el desarrollo. Por un lado, “el índice de sudor”:
Si el índice internacional es cien, entonces la intensidad física de los obreros americanos es setenta, y la de sus colegas japoneses ciento treinta – escribe.
Luego está “la productividad”, de la que señala que:
El aumento de la producción es casi siempre mayor que el aumento de los salarios, e incluso en el caso de que las inversiones de capital contribuyan a ello en alto grado, el trabajo no se opone al proceso de la automatización.
Respecto a éste último punto, añade otro factor que llama “la destrucción creadora“, por el que explica que los medios de producción siempre se están renovando, aún cuando el ritmo de aparición de nuevas tecnologías abrume al propio empresario.
Finalmente, uno de los factores por los que Hedberg (y también el autor de este artículo) sienten más admiración es el pacifismo. De hecho, el economista advierte de
[...] los enormes recursos que pueden aprovecharse cuando el presupuesto militar es reducido a un nivel razonable.
Y con este razonamiento, deja volar su imaginación sobre una utopía en la que los países (especialmente los bloques enfrentados durante la guerra fría) reducen su gasto de defensa en favor de la investigación de las tecnologías para el bien del ser humano. Este espíritu, que sin duda alguna ha sido y es una de las noblezas del Japón actual, pese a su oscuro pasado y los ecos vivos del mismo, se recoge en un editorial del Mainichi Shinbun de diciembre de 1969, también destacado por Hedberg, en el que un periodista afirma:
Nos parecería más eficaz convertir al Japón en una nación a la que el mundo no pueda permitirse el lujo de perder en una guerra destructiva[...] Si estalla una guerra, el Japón puede evadir verse envuelto en ella si construímos una nación a la que el mundo considere digna de que se le conserve la existencia [...]
Estas ideas, como veremos en la continuación de este artículo (II), son puestas en práctica durante la década de los setenta en el programa del gobierno japonés para la creación de toda una red de tecnópolis consagradas al progreso científico y económico.
La visión de Hakan Hedberg, aunque fundamentalmente optimista, acierta en muchos aspectos. De hecho, como bien afirma, el supuesto “milagro” no es más que “una buena dosis de sentido común sin ningún ingrediente mágico”.
Desafortunadamente, las crisis del petróleo y la bubble economy estaban a la vuelta de la esquina, alimentadas con las inevitables ambiciones de una clase política corrupta, cuya desastrosa influencia sobre la economía ha cristalizado en una larga crisis que analizaremos en el próximo artículo.















