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Como he comentado en post anteriores, mi tesis doctoral está centrada en la megalópolis japonesa, la red de metrópolis y su relación con la sociedad de la información. Entre los distintos conceptos que manejo, están los de entropía (el cual está cargado de importancia en mi investigación) y los de caos y orden. En relación con Tokyo, o mejor, con el área de la capital, o más aún con lo que se denomina Itto Sanken 一都三県(Una ciudad, tres prefecturas) donde viven más de 35 millones de personas, hay muy diversas opiniones. Generalmente, me he enfrentado a la opinión de que Tokyo es un “caos”, habitualmente a causa de una mirada occidental y monolítica propia del estándar europeo que adora el esquema heredado de la antigua ciudad amurallada o de una ciudad rígida, o el orden artificial de la ciudad lineal.
Haré un inciso sobre este último punto. ¿Puede el esquema de la ciudad lineal, con ejemplos visibles en Barcelona, luchar contra la entropía? Y con entropía me refiero, hablando mal y pronto, del desorden. Mi opinión personal es que un esquema lineal, de cuadrícula, es poco intuitivo y que su crecimiento tiene límites. Aunque no por ello es menos práctico en algunos aspectos. Hagamos un paralelismo con un enorme supermercado, con sus lineales ordenados, y donde, aunque resulta difícil perderse, cualquier cambio puede ser fatal para nuestra orientación o sentido del espacio. Por otra parte, siempre he opinado que una ciudad donde la geometría juega arbitrariamente con el transeúnte ofrece una experiencia más plena.
Respecto al aparente caos de Tokyo, hubo una voz que se alzó en la década de los noventa. Se trata del arquitecto Yoshinobu Ashihara. Tanto en Kakureta Chitsujô 隠れた秩序(El orden oculto) como en su revisión posterior, Tokyo no bigaku – konton to chitsujô - 東京の美学、混沌と秩序(La estética de Tokyo – caos y orden)*, defiende que bajo el aparente caos de la metrópolis (o megalópolis en proceso, o de facto como llega a afirmar ambiguamente), subyace el orden propio de la geometría fractal del matemático Benoît Mandelbrot. Aunque deja muy en el aire esta cuestión, y no profundiza apenas, aclara su posición de manera más directa con una sencilla pregunta: ¿Cómo es posible que una ciudad en la que conviven 35 millones de personas funcione tan bien?
En este punto hay que dar la razón casi sin matices a Yoshinobu Ashihara. En Tokyo los trenes llegan a tiempo, el tráfico fluye mejor que en ciudades con cinco veces menos su población, las calles están aceptablemente limpias, y hay seguridad sin necesidad de establecer un régimen tan estricto de vigilancia y penalización como el de Singapur (the fine country).
De todo esto, observaría que el carácter y la cultura propia de un país tiene una estrecha relación con el orden o el desorden que se vive en sus ciudades, ya que éstas, como organismo vivo (y Tokyo más que ninguna) no son sólo una gran estructura, sino que se hacen y funcionan con la conducta de sus ciudadanos.
En ese caso, considero absolutamente erróneo el concepto de Tokyo como una ciudad caótica. Una ciudad debe ser observada de lejos y de cerca. Por ello, os propongo una imagen de aspecto caótico. Una vez hagáis click sobre ella, os daréis cuenta de que se trata de una estructura perfectamente ordenada. Y con esto quiero decir que el caos y el orden, en algunos casos, es también un problema de perspectiva.
* Los libros mencionados en este post están también publicados en inglés como The hidden order y The aesthetics of Tokyo, en una versión bilingüe.
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He regresado a Tokyo. Pasaré aquí mis últimas dos semanas de vida nipona. Como hice en diciembre de 2008, me alojo en una guest house acogedora y barata, Aizuya Inn, en Minami-Senju.
Sin duda, el barrio en el que estoy es un sitio singular. Podríamos decir que se trata de una zona bastante deprimida, de esas en las que cuando la crisis aprieta, uno lo nota más. En este barrio, al que se llega en metro o en la línea Joban de tren, se pueden encontrar algunos de los Bussiness hotel y las guest house más baratas de Tokyo. Sin embargo, no un sitio agradable para pasear a ninguna hora.
Los edificios envejecidos, feos, grises, de balcones y rejas oxidadas, donde sólo quedan las sombras de los letreros de antiguos locales, son el escenario de la depresión humana. Cuando estuve en Minami-Senju por primera vez, en diciembre, un grupo de personas que habían perdido su empleo se manifestaban frente a los antidisturbios. Al día siguiente, los voluntarios de una Organización No Gubernamental, posiblemente con un trasfondo religioso, repartían comida entre los sin techo. Hoy, cada día, ves a mayores y no tan mayores pasear y reunirse sin nada que hacer, algún que otro tipo tirado en el umbral de una casa abierta, y algún que otro anciano de cabellera amarillenta y uñas largas, que te hace gestos para que le des una moneda de 500 yen. También algún que otro vecino se alivia sin ningún pudor en cualquier alcantarilla abierta en un rincón de una pequeña calle. Aparte de lo dicho, nadie más te molesta.
Una de las tiendas cercanas a la guest house vende paraguas recogidos en las estaciones o en la calle, por 100 yen la unidad, y ropa por poco más de 1000 yen cada pieza. Un bar de yakitori expone la oferta al aire. Los policías de los dos Koban que hay a lo largo de la calle principal, hacen guardia y paran a algún que otro conductor o transeúnte borracho. Un bar llamado “amor” enciende su cartel luminoso frente a su pared y puerta color violeta, cerrado a cal y canto. Un poco más allá, Unas estrechas escaleras y las fotos de unas chicas te invitan a subir a un Pub de hostes por 3000 yenes la hora. Frente a él, cruzando la calle ancha, el Seven Eleven, abierto las 24 horas, lleno de personas que leen revistas de pie, para aligerar la noche.

Minami-Senju, a dos estaciones de la línea Yamanote, no tan lejos del embriagador corazón de la metrópolis, es lo que la mayoría de guías no quieren mostrar de Tokyo. Es el órgano degradado de un organismo mayor, que es la metrópolis.
Pero hay dos caras. La parte de Minami-Senju donde me alojo, es la parte mala. El muro que separa la parte mala de la parte no tan mala son las vías del tren. Hay que sortearlas por un enorme puente peatonal.
Curiosamente, una enorme torre de viviendas se está construyendo justo frente a la estación. Me imagino que pocos de los que hoy viven en esos bajos fondos de Minami-Senju se podrían permitir un apartamento ahí. Tal vez (y digo tal vez), esta sea una de las estrategias que los constructores tienen de revitalizar la ciudad. Tal vez, con la llegada de un centenar de familias a la zona, el paisaje de Minami-Senju, su estructura y su desencanto cambien para siempre. Sangre nueva, que desintoxique una vieja zona deprimida por el propio sistema que la sustenta, tal vez.
Sin embargo, si algo he de apuntar, es que la cantidad de extranjeros de todas las nacionalidades que se han alojado en Aizuya Inn atestiguan que Minami-Senju, contrariamente a lo que se podría pensar, no es un lugar peligroso. Al menos, esta es la impresión que yo tengo.
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Hace ya más de un año hablé del Gate Tower Building de Umeda, en Ôsaka. Recientemente he descubierto en el blog Bouncing Red Ball una entrada que aporta nuevos e interesantes datos sobre este edificio y, entre otras cosas, aclara la razón por la que una autopista lo cruza a la mitad (Por cierto que el post usa una foto mía nombrando la fuente, lo cual, en estos tiempos que corren, agradezco mucho).
Según explica el autor del blog antes mencionado, el terreno donde se levanta el edificio estaba siendo utilizado por una industria procesadora de madera y carbón desde la era Meiji (1867 – 1912). Después de una larga historia, en 1983 la empresa decidió renovar sus oficinas y planeó un nuevo edificio. Sin embargo, los urbanistas que estaban planeando el desarrollo y transformación de la ciudad en aquella década ya habían decidido que el terreno se destinaría al desarrollo de la Autopista de Hanshin. Cinco años de negociaciones culminaron en la solución que hoy puede contemplarse.
En Bouncing Red Ball también se destaca que el edificio fue diseñado para que ambas estructuras (las oficinas y la autopista), no se tocasen ni se viesen perjudicadas en su coexistencia. De hecho, el Gate Tower Building fue diseñado de tal manera que su posible demolición no afectase a la autopista (yo, al igual que el autor del blog mencionado, no puedo imaginarme cómo).
Lo interesante del caso es que se ha convertido en un buen ejemplo de cómo el desarrollo de una ciudad, los problemas de espacio (no sólo físicos, sino también desde el punto de vista económico), y el encuentro de iniciativas públicas con intereses privados y viceversa, pueden dar lugar a soluciones poco comunes en las que el talento de los arquitectos e ingenieros tiene que exprimirse al máximo.

Algunos datos más sobre el edificio:
Dirección: 5-4-21 Fukujima, Fukujima-ku, Ôsaka-Shi, Ôsaka, Japón.
Obra concluida en 1992.
Superfície del solar: 2,353 m2
Superficie construída: 760 m2
Superficie total: 7,956 m2
Altura: 71.9 m
Distribución: 16 plantas, más 2 plantas subterráneas.
Diseñado por Catalpa Design y Yamamoto Nishihara architectural design office.
Constructora: Satô Kôgyô
Y por último, un vídeo en el que un motorista sale disparado desde el Gate Tower Building. La publicidad en cuestión nos invita a hacer el gilipoyas y poner en peligro nuestra propia vida y la de los demás, así que no os entusiasméis mucho, que lo más probable es que de hacer estas chulerias en moto por Ôsaka, o bien acabéis en la cárcel, o con la cabeza incrustada en un muro de hormigón.
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Después de un duro primer semestre, con una semana y media por delante de vacaciones de invierno, decidí marcharme a Tokyo a explorar el ambiente navideño. Sí amigos, la navidad, esa época en la que cualquier derroche energético parece estar justificado con tal de llenarnos del “espíritu” de estas fiestas que todos sabemos a qué se resumen: comer, beber, gastar. Hay belleza en todo eso, sin embargo.
En Japón la navidad se prepara con esmero, como cualquier fiesta marcada. No en vano desde primero de noviembre ya se podían ver por las calles a trabajadores afanados en la disposición de luces y adornos, aún con el calor encima. El resultado, por estas fechas, por supuesto, es excepcional. Hay quien dirá que es un poco cutre, pero yo le contesto: ¿y qué no es un poco cutre, o “coconut”, durante esta época? A pesar de ser la celebración del cumpleaños, por así decirlo, de ese personaje llamado Jesucristo, que según cuenta la biblia nació para redimir a la humanidad mediante un sacrificio de sangre. Y luego está el personaje ese llamado Santa Claus que casualmente entrega regalos el mismo día. Muchos japoneses no se enteran de esta historia, ni les importa, como es natural. Por eso nos quedamos con las luces y los adornos. En Shinjuku tenían preparado un buen espectáculo de luces azules para recibir al año nuevo.
También tuve la oportunidad de subir al Helipuerto (ahora Sky Deck) de la Mori Tower del complejo Roppongi Hills el día 25 por la noche. El espectáculo de la gran metrópolis era excepcional. Ver extenderse hasta donde alcanza la vista las luces de la ciudad sin cristal mediante y con el frío viento que corre a 238 metros de altura es una sensación estremecedora. Las fotos, lamentablemente, no hacen honor a la realidad, ya que el modo nocturno capta la luminosidad aumentada, y sin modo nocturno que valga, la ciudad parece un panel lleno de leds.
Espero que os hayan gustado las fotos. He hecho otras cosas en este merecido descanso: probar la Pepsi White, ir al Meiji Jingu el día 1 a ver cómo la gente regala millones de yenes, echar un vistazo a las peculiares rebajas, visitar el Yokohama Chûkagai. De todos esos otros momentos hablaré en próximos post.
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Como ya sabéis algunos que me leéis, estoy en Japón escribiendo mi tesis sobre la Megalópolis de Tôkaidô. Sin embargo, creo que aún no he explicado bien de qué se trata esto de la megalópolis. Para empezar, debéis saber que el primero que utilizó el término megalópolis para definir el área que acoge a una trama de grandes zonas urbanas que se conurban fue el geógrafo francés Jean Gottman, allá por el año 1961. Podemos decir, en general, que una megalópolis es el área donde conviven varias grandes ciudades, metrópolis, y ciudades intermedias; o bien, el área que acoge una red de ciudades interconectadas. De hecho, se habla de megalópolis cuando la población de una urbe supera los 10 millones, aunque teniendo en cuenta el incremento de la población mundial y el desarrollo de las ciudades, esto podría ser discutido.
En el caso de Japón, concretamente, después del desarrollo extraordinario y caótico que sucede a partir de 1945, los urbanistas tienen la necesidad de definir el crecimiento de las ciudades de otra forma. Eso les lleva a acoger con entusiasmo en la segunda mitad de los años ‘60 y comienzos de los ‘70 el término megalópolis, y a describir toda una serie de áreas del archipiélago donde la trama urbana había crecido notablemente. Uno de esos estudiosos es Eiichi Isomura, un geógrafo social que en 1968 escribe un libro titulado La megalópolis japonesa (日本のメガロポリス), en el que, por primera vez, se hace una descripción detallada del área de Tôkaidô. Por suerte he podido conseguir ese libro, gracias a mi tutor, y ahora estoy leyéndolo (no sin esfuerzo).
Isomura distingue cuatro megalópolis en Japón: la megalópolis de Tôkaidô, que es la más importante, y en la que se reunen las ciudades de Tokyo, Yokohama, Shizuoka, Nagoya, Osaka y Kobe; la megalópolis de Setouchi, que llega hasta Fukuoka; la megalópolis de Hokuriku, dentro del distrito de Ishikawa; y la megalópolis de Doou, en Hokkaido.
Con el paso del tiempo, por supuesto, estas áreas han sido redefinidas e incluso olvidadas. Por ejemplo, muchos estudiosos se refieren posteriormente a la megalópolis de Setouchi como la Extensión de Setouchi-Kitakyushû, englobándola dentro de lo que sería el área de la gran megalópolis de Tôkaidô.
Mi investigación, sin embargo, es algo peculiar. No soy urbanista ni arquitecto, aunque he estudiado y estudio estos temas. Por ello el punto de vista desde el que estoy estudiando el fenómeno (o realidad) de la megalópolis es desde las ciencias sociales y la teoría de la información. De hecho, la megalópolis y la Sociedad de la Información tienen una estrecha e imprescindible relación.
Así que, por el momento, ya sabéis un poco más qué es lo que estoy haciendo en Japón. Espero que los resultados de mi investigación, volcados en una tesis, sirvan para aclarar, redefinir y reconquistar la definición de megalópolis. Un concepto que resulta bastante difuso en la actualidad.













