Vida en Marte 火星の生活 


Luces de fin de año en Tokyo
Enero 3, 2009, 12:53 PM
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Después de un duro primer semestre, con una semana y media por delante de vacaciones de invierno, decidí marcharme a Tokyo a explorar el ambiente navideño. Sí amigos, la navidad, esa época en la que cualquier derroche energético parece estar justificado con tal de llenarnos del “espíritu” de estas fiestas que todos sabemos a qué se resumen: comer, beber, gastar. Hay belleza en todo eso, sin embargo.

En Japón la navidad se prepara con esmero, como cualquier fiesta marcada. No en vano desde primero de noviembre ya se podían ver por las calles a trabajadores afanados en la disposición de luces y adornos, aún con el calor encima. El resultado, por estas fechas, por supuesto, es excepcional. Hay quien dirá que es un poco cutre, pero yo le contesto: ¿y qué no es un poco cutre, o “coconut”, durante esta época? A pesar de ser la celebración del cumpleaños, por así decirlo, de ese personaje llamado Jesucristo, que según cuenta la biblia nació para redimir a la humanidad mediante un sacrificio de sangre. Y luego está el personaje ese llamado Santa Claus que casualmente entrega regalos el mismo día. Muchos japoneses no se enteran de esta historia, ni les importa, como es natural. Por eso nos quedamos con las luces y los adornos. En Shinjuku tenían preparado un buen espectáculo de luces azules para recibir al año nuevo.

También tuve la oportunidad de subir al Helipuerto (ahora Sky Deck) de la Mori Tower del complejo Roppongi Hills el día 25 por la noche. El espectáculo de la gran metrópolis era excepcional. Ver extenderse hasta donde alcanza la vista las luces de la ciudad sin cristal mediante y con el frío viento que corre a 238 metros de altura es una sensación estremecedora. Las fotos, lamentablemente, no hacen honor a la realidad, ya que el modo nocturno capta la luminosidad aumentada, y sin modo nocturno que valga, la ciudad parece un panel lleno de leds.

Espero que os hayan gustado las fotos. He hecho otras cosas en este merecido descanso: probar la Pepsi White, ir al Meiji Jingu el día 1 a ver cómo la gente regala millones de yenes, echar un vistazo a las peculiares rebajas, visitar el Yokohama Chûkagai. De todos esos otros momentos hablaré en próximos post.



Taijiri-cho, Rinku Town, Rigi
Octubre 4, 2008, 5:12 AM
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Tengo que admitirlo. Desde que he llegado al centro de la Japan Foundation no he salido mucho. Es un problema de Espacio-Tiempo (como todo en esta vida), porque no tengo demasiado tiempo para salir, y además hay demasiado espacio entre el lugar en el que resido y los sitios que quiero visitar. Así que me conformo con dar algunos paseos por Tajiri-Cho y Rinku Town.
Según nos han explicado, Tajiri-cho es el distrito más pequeño de toda Osaka, pero cuenta con el aeropuerto internacional de Kansai, algo que no es nada despreciable. Entre descampado y descampado, hay grupos de casas antiguas y otras no tan antiguas que forman calles irregulares y con encanto, aquellas por las que discurre aún el alcantarillado al aire libre, o bajo unas lastimosas losas de cemento. Rodeando estas células comunitarias, hay avenidas con comercios de distinta naturaleza, desde librerías hasta talleres de reparación de automóviles. Como tengo ocho meses por delante para describir el paisaje de este minúsculo barrio, hoy os dejo sólo una muestra. Se trata de Rigi, uno de los establecimientos que más me ha llamado la atención. Es una pastelería de estilo europeoccidental, diminuta, encantadora.  “Kawaii” por definición. Todavía no he entrado, pero pienso hacerlo en cuanto tenga ocasión, y ya os cuento cómo es por dentro.

Rigi, por la mañana

Rigi, por la mañana

Rigi, de noche

Rigi, de noche



Historia de una maleta rota
Octubre 1, 2008, 1:05 PM
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Salía el pasado domingo desde Madrid para Japón, a cumplir mis obligaciones como becario de la Japan Foundation. Mi destino era Tokyo y después Osaka, ciudad en la que ahora me encuentro. Pero mi llegada no ha sido algo sencillo, en absoluto. He vivido el mejor ejemplo de cómo lo que se supone que será un gran año puede tener un pésimo comienzo.
De hecho, justo al llegar al aeropuerto de Barajas, y antes de pasar el control, me cachearon. Algo normal, pero que te hace pensar que, efectivamente, ya están de viaje. ¿Por qué? Pues sencillamente porque después de pagar un precio elevadísimo por un vuelo, eres tratado como un terrorista en potencia, y durante el tiempo que vas a pasar en los aeropuertos tus derechos humanos son un poquito más vulnerados de lo habitual. Pero es lo que hay, al parecer, en el mundo actual con los gobernantes que tenemos.
Además de eso, como era de esperar, me jodieron la maleta. Sí, porque nadie se libra de las manazas de los ineptos cargabultos de los aeropuertos. Podrían haber jodido un poco el forro de la maleta, una cremallera innecesaria, o incluso una de las asas, pero no, tuvieron que ir a por la agarradera para arrastrar cómodamente una maleta que pesaba 20 kilos, nada menos. Un bulto considerable de dos ruedas, que sin la ayuda de esa palanca, se vuelve un verdadero suplicio mover.
Así que mosqueo al canto, y reclamación. Por suerte, me dan un papel, y me dicen que llame a un número para que un tipo se pase a recoger la maleta para arreglarla (¿Y si no tiene arreglo?). Así que, con la maleta jodida, el cabreo encima además del cansancio de quince horas de vuelo, y el tifón número quince aproximándose, tomé el autobús a Yokohama, dirección a la casa de mis suegros.
Pasé un día recuperándome en Aoba-ku, charlando con los padres de mi novia, y durmiendo como una marmota, ajeno a lo que me esperaba al día siguiente. La mañana del 30 debía tomar el Shinkanzen (Hikari 371) hacia Shin-Osaka, y de ahí hasta Rinku Town, en la periferia del extrarradio de los límites de Osaka.
El padre de mi novia hizo el favor de acercarme hasta la estación de tren más cercana, para desde allí llegar hasta Shin-Yokohama, donde debía tomar el Shinkanzen. Todo bien, salvo por la jodida maleta, que se caía cada dos por tres, y me destrozaba el hombro derecho poco a poco. A todo esto, súmenle ustedes una mochila de unos cuatro o cinco quilos de peso, y una bolsa de mano no menos pesada – sinceramente, ocho meses son muchos meses-. No puedo recordar cuantas veces maldije ni de cuantas formas, pero creo que le dí un par de repasos al diccionario de palabras malsonantes del castellano, y que apliqué el conocido “saludo madrileño” unas veinte veces, así que, si realmente existe un dios, me temo que ahora lo tengo difícil para entrar en el cielo. Demasiada blasfemia.
Retomando el relato. Llegué sin problemas a Shin-Osaka, y desde allí pregunté cómo llegar a Rinku Town. Voy a ahorrarme el tema de la maleta, para no ser cansino, pero puedo afirmar que sudé hasta el primer puchero que me comí con cuatro años. Una vez en Rinku Town, feliz y contento, salí de la estación previo pago, y me dirigí a la salida número 3 para apreciar lo que se supone que era el cercano Centro de la Japan Foundation en Kansai.

Japan Foundation Kansai Kokusai Centre

Japan Foundation Kansai Kokusai Institute

¿Cercano? Según el mapa, a un par de edificios de distancia. Bien. Calma. Hay varias explicaciones. Primera, el espacio-tiempo ha sufrido una distorsión momentánea. Segunda, el edificio no está lejos, sino que es más pequeño de lo que pensaba. Tercera, estos tipos han inventado un nuevo modelo de mapa simplificado, donde las escalas no tienen cabida. Cuarta, he muerto, este es el infierno, cargar con la maleta bajo la lluvia durante interminables kilómetros es mi redención.
Así las cosas, bajé de la estación, miré si había algún taxi o bus cercano, y comprobé que, efectivamente, me tocaba caminar un buen trecho hasta mi destino. Y yo, que me había vestido bien para la ocasión, con chaleco y chaqueta de pana ad hoc, llegué al centro de la Japan Foundation empapado, por la puerta trasera, e implorando una ducha caliente y una sopa de pollo. Menuda entrada triunfal.
Por suerte, con la ducha, la cena, y la televisión por cable se me pasó el mosqueo. Hoy aproveché además para comprar algunas cosas que me faltaban, y pasear por el barrio. No ha sido un día exento de accidentes, de hecho, no quiero hablaros de qué clase de porquería me he encontrado debajo de la silla -sólo os diré que dudo mucho de que el anterior ocupante de la habitación sepa lo que es un pañuelo-. Pero bueno, aunque con mucho asco, lo he logrado limpiar, si bien no pienso mirar lo que puede haber debajo de la mesilla de noche.
Ahora todo va bien, el paisaje es precioso, no hay más “hanakuso” debajo de la silla, y el barrio, aunque alejado, no está demasiado mal. Mañana empieza el jaleo, y amo la biblioteca de este centro, así que soy feliz aunque me encuentre en una especie de “Dejima osakeño”. Sólo me falta quitarme de encima el Jet Lag.

Paisaje desde mi ventana

Paisaje desde mi ventana



Frente al Buda de la montaña
Febrero 14, 2008, 7:45 PM
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En Japón hay muchos budas gigantes, daibutsu 大仏, como el de Kamakura o el de Nara, en el Tôdaiji. De viaje por Chiba nos encontramos con uno más en el Nihondera, durante un día de incesante lluvia y espesa niebla. Esto hizo, si cabe, la experiencia en la montaña mucho más emocionante. Indianajonesca diría yo. Nos llevaron a este lugar maravilloso Keita, Tomo y Mitsu, tres grandes amigos que tenemos allí en Japón. Prácticamente conducimos recorriendo toda la costa de Chiba, parando a comer algo de pescado, e incluso visitando alguna fábrica de madera. Algunas instantáneas de ese día en el Nihondera:

En la imagen de arriba podéis calcular el tamaño del buda comparándolo con la estatura de Fidel (al fondo), que ronda el metro ochenta y cinco. El buda mide en total 31 metros de alto (y eso estando sentado…).
La gente que visita el Nihondera compra estatuillas pequeñas en las que escriben mensajes o su nombre, para después lanzarlas a un montón protegido por Kwannon. Poco después de ver al gran buda, se sube la montaña por unas escaleras de piedra. En el camino, encontramos un pasadizo perfectamente tallado en la roca. Era una antigua cantera de dónde se extraían las piedras que pavimentarían el templo. Pasando entre la roca tallada se llega a una explanada, desde la que se ve el “Pico del Infierno”, el punto más alto al que se puede subir. En esa misma explanada hay un gran hueco rectangular en la pared en el que se ha tallado una enorme figura de Kwannon.
En el “Pico del Infierno” el viento y la niebla eran muy salvajes. Hay otro punto de vista, el de aquel que sube allí en un día soleado. A nosotros no nos tocó en esta ocasión, pero estoy seguro de que desde allí se puede ver el océano, porque se encuentra realmente cerca.
El pico del infierno

La montaña está repleta de imágenes de bosatsu y otros monjes. La cantidad y diverso aspecto de estas estatuas provoca la sensación de estar siendo observado. Hay figuras con el rostro desfigurado, de mirada severa, y también de aspecto pacífico y meditativo.

Nihondera - Chiba



La Metrópolis nocturna
Febrero 11, 2008, 2:23 PM
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Vengo hoy de recoger mi diploma en lengua japonesa por el Instituto de Idiomas de la Universidad de Sevilla. No es que sirva de mucho, pero es algo que reconforta. No obstante, en cuestiones laborales, sirve tanto como presentarte a un puesto de repostero disfrazado de payaso. Al menos he podido encontrarme con una antigua profesora, y cruzar algunas palabras mal dichas de un pobre japonés que se pierde en la memoria de vez en cuando. Pero he de volver a Japón cuanto antes. Tal vez este país sea mi única salida. Aunque me encantaría volver para dedicarme a la docencia de Asia Oriental en España. Preferiblemente en la soleada Sevilla.
Quiero ofreceros un vídeo que tomé con mi pobre Pentax A30 desde la Torre de Tokyo. Estas son algunas imágenes de una gran metrópolis cuya primera impresión es de caos, pero que una vez se asimila resulta increíblemente útil. Tokyo es el fruto de una cultura profundamente pragmática. No se puede luchar contra la entropía, pero sí se puede impulsar al máximo la Sociedad de la Información, preparando herramientas que ayuden a la reducción de incertidumbre. Eso es Tokyo, con sus carteles luminosos, con sus autopistas perfectas, con sus mensajes hablados, con sus mapas virtuales, con sus medios de transporte que llegan a cualquier lugar, y con sus torres que son elementos orientadores.



Animales
Enero 20, 2008, 10:22 AM
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Es curioso cómo para los que no tenemos trabajo el tiempo pasa tan deprisa y de manera tan terrible, mientras que para los que ya tienen su vida resuelta hay tiempo para todo y siempre se puede tener paciencia. Seguramente Martin Heidegger pensó aquello del “vértigo del tiempo” cuando se encontraba desempleado y sin un duro en el bolsillo. Ahora tengo la misma sensación. ¿Veis? Estoy tan desesperado que hasta hago chistes con Martin Heidegger. La próxima vez que lo haga os doy permiso para que me deis una bofetada.
Se acaba el año del jabalí y comenzará el año de la rata. El año en el que hubo tres meses gloriosos queda atrás. Uno de los días felices que recuerdo fue cuando visité junto a Fidel y Antonio el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Ueno. Un museo de enormes dimensiones con muchas cosas que ver. Personalmente, disfruté mucho de la fauna japonesa disecada, y de los fósiles. Hay una gran zona dedicada a la biología marina. De hecho, el emperador Showa (Hirohito) era un gran biólogo marino, y puso nombre a varias nuevas especies.
Ahí os dejo un video del museo.


El gran Buda de Kamakura 大仏
Octubre 26, 2007, 2:26 PM
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Sin duda una de las imágenes que mejor ha soportado el paso del tiempo ha sido el Daibutsu (gran buda) de Kamakura. La historia, no obstante, no cuenta un par de hechos que sí recogen Pierre Loti (Julien Viaud) en Japoneries d’automne, publicado en 1889; y Lafcadio Hearn (también Yakumo Koizumi) en Kokoro. El daibutsu fue realizado en 1252 por los escultores Tanji Hisamoto y Ôno Gorôemon, a petición de un monje llamado Jôkô y una señorita de nombre Idanono Tsubone. (Esta última explicación está parafraseada del cartel explicativo que hay cerca del Daibutsu en múltiples sitios de internet).

Daibutsu de Kamakura

En 1498 un tsunami barre por completo el templo que albergaba al gran buda, dejando, sin embargo, intacta a la estatua. También sobrevive el daibutsu al gran terremoto de Kantô de 1923, siendo dañada lamentablemente la base que lo sustentaba hasta entonces, que será reparada en 1925. La última modificación que sufre la imagen será en 1960-61, año en el que se refuerza el cuello, preparando así al centenario buda para las sacudidas de los frecuentes terremotos.

Interior del Daibutsu

Todo esto que llevo contado hasta ahora es la versión oficial. Ahora viene lo bueno, lo que estoy investigando en mis ratos libres. A finales del siglo XIX Julien Viaud y Lafcadio Hearn, como muchos otros europeos, son destinados a Japón. Por supuesto, tienen como visita obligada el daibutsu. De él recogen algunas anécdotas muy curiosas, y entre todos los datos, ofrecen sendas explicaciones de la situación en la que entonces se encuentra la imagen. Al parecer, según cuentan, el proceso de modernización a marchas forzadas de Japón puso en serio peligro al gran buda. El bronce de la estatua entonces debía ser muy valioso, puesto que la imagen estuvo a punto de ser vendida por piezas, y sólo el pueblo de Kamakura salvó a su gran buda de la destrucción, en un ejemplo claro de iniciativa de “abajo a arriba” para la conservación del patrimonio artístico e histórico de una nación. Tomando un estracto de Kokoro, veamos cómo lo cuenta Hearn:

<<”Los ídolos de bronce empiezan a escasear. Antes los comprábamos y vendíamos como chatarra. ¡Lástima no haber apartado unos cuantos!¡Tendría Vd. que haber visto los bronces que nos llegaban de los templos en aquel entonces: campanas, jarrones, ídolos! Hubo un momento en que incluso estuvimos a punto de comprar el Daibutsu de Kamakura.

“¿Cómo chatarra?”, pregunté.
“Sí. Calculamos su peso y establecimos un consorcio. La primera vez ofrecimos treinta mil. La ganancia hubiera sido pingüe pues hay mucho oro y plata contenidos en esa estatua. Los sacerdotes querían vender pero la gente se opuso.”>>*
*Hearn, Lafcadio: Kokoro. Ecos y nociones de la vida interior japonesa. Pág. 121. Miraguano Ediciones. Madrid, 1986. Traducción de Jose Kozer.

Cabeza del Daibutsu

Pero hay otro dato curioso que no se cita en otros libros. El interior del daibutsu es accesible, y cuando se visita es normal entrar en él, aunque no alberga absolutamente nada. En aquella época, según cuenta en sus relatos Pierre Loti, parece ser que durante algún tiempo otras imágenes de dioses fueron conservadas en las entrañas del gran buda. La pregunta que me he planteado y que trato de resolver ahora. ¿Pudo ser esta otra estrategia para evitar el expolio o la destrucción del arte religioso de Kamakura? Más datos cuando resuelva el misterio, o cuando conozca si esto es realmente un misterio o alguien ha dado ya con la tecla.

En ambas fotografías podéis comparar el estado del Daibutsu a finales del siglo XIX y en la actualidad. La fotografía en blanco y negro pertenece al libro La sociedad japonesa, de André Bellesort. También hay una imágen iluminada muy interesante de la misma época realizada por Adolfo Farsari (click en el enlace para verla).

Daibutsu a finales del siglo XIX
Daibutsu en la actualidad



Cara y Cruz entre Ueno y Uguisudani
Agosto 30, 2007, 9:41 AM
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Cementerio de Ueno

Uguisudani, el “Valle del Ruiseñor”, y concretamente el lugar de Uguisudani en el que vivo ahora, no es precisamente un espacio ideal para criar a unos hijos. El barrio puede divisarse desde el cementerio de Ueno, donde se pueden encontrar los sepulcros de dos ilustres miembros del clan Tokugawa. Bajando junto a este cementerio, encontramos un puente junto a la estación de JR de Uguisudani, en la línea Yamanote (Alabada sea la Yamanote).

Desde el Puente

Bajando las escaleras ya nos encontramos con uno de los lugares más sucios y desastrosos de Tokyo. A la derecha, salas de Pachinko y locales de dudoso gusto. A la izquierda, multitud, y cuando digo multitud es más de una veintena, de “hoteles” de esos que dicen “Rest – tantos yenes”, “Stay – tantos yenes”, Love Hotels donde escaparse con la amante o el amante, o la prostituta en cuestión, según el caso.

Por la noche es común ver sobre todo a hombres de unos cuarenta años ir hacia la estación no precisamente contentos, o a parejas de la misma edad viniendo en actitud poco natural. De hecho, he podido comprobar que esta zona de los Love Hotels es la única en la que las parejas japonesas se dan la mano tranquilamente. En la oscuridad y sobre las vías del tren, resaltan los neones blancos del “HANA TaikenGakuen”, una escuela de oficios. No son los únicos neones que se perfilan en el paisaje nocturno. Los hoteles encienden sus luces y comienza toda la actividad que no ha habido en la parte izquierda durante la mañana. Es la zona de Uguisudani que vive de noche, pero que vive ocultamente.

Tienda de Pescado y Sake

El lado positivo está en la cercanía del Parque Imperial de Ueno, un poco más allá del cementerio. En él se pueden encontrar muchos lugares interesantes, como el Museo Nacional de Ciencia, el Museo Nacional de Tokyo, el Mu-se-o N-a-ci-o-nal de Arte Occidental (cuyo edificio lo concibió el gran Le Corbusier), o el estanque de Shinobazu. Es un buen lugar donde pasar el día. Por cierto que, para los interesados, con carnet universitario (de universidades españolas también) te hacen descuento en el Museo Nacional de Tokyo, un lugar que no debéis dejar de visitar si pasáis una temporada en estas tierras. Un poco más allá, cruzando el estanque de Shinobazu, está el campus de Hongô, de la prestigiosa Universidad de Tokyo, donde se pueden visitar también algunas construcciones interesantes, como por ejemplo el Auditorio Yasuda, o la Akamon, una de las entradas cercana al pasaje principal. En la actualidad se está desarrollando el Thinking Forest, un lugar dedicado al conocimiento interdisciplinar. Este sí es un lugar interesante que visitar, así que vivir en Uguisudani no está tan mal después de todo. De hecho, pese a todo lo horrible que pueda parecer, es un lugar seguro. En tres meses de estancia en este barrio, nada, absolutamente nada, me ha ocurrido. Y las bicicletas tampoco necesitan candado, porque nadie las roba (cosa que me hace recordar amargamente Sevilla, y mis bicis robadas). Cualquier ciclista encontraría la felicidad en Japón.

Plano del Campus de la Universidad de Tokyo

Thinking forest

Supongo que es aquí donde tenemos las dos caras de la moneda.