Vida en Marte 火星の生活 


Taijiri-cho, Rinku Town, Rigi
octubre 4, 2008, 5:12 AM
Archivado en: arquitectura, Lugares, Osaka | Etiquetas: , , , , ,

Tengo que admitirlo. Desde que he llegado al centro de la Japan Foundation no he salido mucho. Es un problema de Espacio-Tiempo (como todo en esta vida), porque no tengo demasiado tiempo para salir, y además hay demasiado espacio entre el lugar en el que resido y los sitios que quiero visitar. Así que me conformo con dar algunos paseos por Tajiri-Cho y Rinku Town.
Según nos han explicado, Tajiri-cho es el distrito más pequeño de toda Osaka, pero cuenta con el aeropuerto internacional de Kansai, algo que no es nada despreciable. Entre descampado y descampado, hay grupos de casas antiguas y otras no tan antiguas que forman calles irregulares y con encanto, aquellas por las que discurre aún el alcantarillado al aire libre, o bajo unas lastimosas losas de cemento. Rodeando estas células comunitarias, hay avenidas con comercios de distinta naturaleza, desde librerías hasta talleres de reparación de automóviles. Como tengo ocho meses por delante para describir el paisaje de este minúsculo barrio, hoy os dejo sólo una muestra. Se trata de Rigi, uno de los establecimientos que más me ha llamado la atención. Es una pastelería de estilo europeoccidental, diminuta, encantadora.  “Kawaii” por definición. Todavía no he entrado, pero pienso hacerlo en cuanto tenga ocasión, y ya os cuento cómo es por dentro.

Rigi, por la mañana

Rigi, por la mañana

Rigi, de noche

Rigi, de noche



Historia de una maleta rota
octubre 1, 2008, 1:05 PM
Archivado en: De Viaje, La propia japoneidad | Etiquetas: , , ,

Salía el pasado domingo desde Madrid para Japón, a cumplir mis obligaciones como becario de la Japan Foundation. Mi destino era Tokyo y después Osaka, ciudad en la que ahora me encuentro. Pero mi llegada no ha sido algo sencillo, en absoluto. He vivido el mejor ejemplo de cómo lo que se supone que será un gran año puede tener un pésimo comienzo.
De hecho, justo al llegar al aeropuerto de Barajas, y antes de pasar el control, me cachearon. Algo normal, pero que te hace pensar que, efectivamente, ya están de viaje. ¿Por qué? Pues sencillamente porque después de pagar un precio elevadísimo por un vuelo, eres tratado como un terrorista en potencia, y durante el tiempo que vas a pasar en los aeropuertos tus derechos humanos son un poquito más vulnerados de lo habitual. Pero es lo que hay, al parecer, en el mundo actual con los gobernantes que tenemos.
Además de eso, como era de esperar, me jodieron la maleta. Sí, porque nadie se libra de las manazas de los ineptos cargabultos de los aeropuertos. Podrían haber jodido un poco el forro de la maleta, una cremallera innecesaria, o incluso una de las asas, pero no, tuvieron que ir a por la agarradera para arrastrar cómodamente una maleta que pesaba 20 kilos, nada menos. Un bulto considerable de dos ruedas, que sin la ayuda de esa palanca, se vuelve un verdadero suplicio mover.
Así que mosqueo al canto, y reclamación. Por suerte, me dan un papel, y me dicen que llame a un número para que un tipo se pase a recoger la maleta para arreglarla (¿Y si no tiene arreglo?). Así que, con la maleta jodida, el cabreo encima además del cansancio de quince horas de vuelo, y el tifón número quince aproximándose, tomé el autobús a Yokohama, dirección a la casa de mis suegros.
Pasé un día recuperándome en Aoba-ku, charlando con los padres de mi novia, y durmiendo como una marmota, ajeno a lo que me esperaba al día siguiente. La mañana del 30 debía tomar el Shinkanzen (Hikari 371) hacia Shin-Osaka, y de ahí hasta Rinku Town, en la periferia del extrarradio de los límites de Osaka.
El padre de mi novia hizo el favor de acercarme hasta la estación de tren más cercana, para desde allí llegar hasta Shin-Yokohama, donde debía tomar el Shinkanzen. Todo bien, salvo por la jodida maleta, que se caía cada dos por tres, y me destrozaba el hombro derecho poco a poco. A todo esto, súmenle ustedes una mochila de unos cuatro o cinco quilos de peso, y una bolsa de mano no menos pesada – sinceramente, ocho meses son muchos meses-. No puedo recordar cuantas veces maldije ni de cuantas formas, pero creo que le dí un par de repasos al diccionario de palabras malsonantes del castellano, y que apliqué el conocido “saludo madrileño” unas veinte veces, así que, si realmente existe un dios, me temo que ahora lo tengo difícil para entrar en el cielo. Demasiada blasfemia.
Retomando el relato. Llegué sin problemas a Shin-Osaka, y desde allí pregunté cómo llegar a Rinku Town. Voy a ahorrarme el tema de la maleta, para no ser cansino, pero puedo afirmar que sudé hasta el primer puchero que me comí con cuatro años. Una vez en Rinku Town, feliz y contento, salí de la estación previo pago, y me dirigí a la salida número 3 para apreciar lo que se supone que era el cercano Centro de la Japan Foundation en Kansai.

Japan Foundation Kansai Kokusai Centre

Japan Foundation Kansai Kokusai Institute

¿Cercano? Según el mapa, a un par de edificios de distancia. Bien. Calma. Hay varias explicaciones. Primera, el espacio-tiempo ha sufrido una distorsión momentánea. Segunda, el edificio no está lejos, sino que es más pequeño de lo que pensaba. Tercera, estos tipos han inventado un nuevo modelo de mapa simplificado, donde las escalas no tienen cabida. Cuarta, he muerto, este es el infierno, cargar con la maleta bajo la lluvia durante interminables kilómetros es mi redención.
Así las cosas, bajé de la estación, miré si había algún taxi o bus cercano, y comprobé que, efectivamente, me tocaba caminar un buen trecho hasta mi destino. Y yo, que me había vestido bien para la ocasión, con chaleco y chaqueta de pana ad hoc, llegué al centro de la Japan Foundation empapado, por la puerta trasera, e implorando una ducha caliente y una sopa de pollo. Menuda entrada triunfal.
Por suerte, con la ducha, la cena, y la televisión por cable se me pasó el mosqueo. Hoy aproveché además para comprar algunas cosas que me faltaban, y pasear por el barrio. No ha sido un día exento de accidentes, de hecho, no quiero hablaros de qué clase de porquería me he encontrado debajo de la silla -sólo os diré que dudo mucho de que el anterior ocupante de la habitación sepa lo que es un pañuelo-. Pero bueno, aunque con mucho asco, lo he logrado limpiar, si bien no pienso mirar lo que puede haber debajo de la mesilla de noche.
Ahora todo va bien, el paisaje es precioso, no hay más “hanakuso” debajo de la silla, y el barrio, aunque alejado, no está demasiado mal. Mañana empieza el jaleo, y amo la biblioteca de este centro, así que soy feliz aunque me encuentre en una especie de “Dejima osakeño”. Sólo me falta quitarme de encima el Jet Lag.

Paisaje desde mi ventana

Paisaje desde mi ventana



Movidos por la sombra
agosto 24, 2007, 5:34 PM
Archivado en: arte | Etiquetas: ,

Marioneta de Bunraku 2 Marioneta de Bunraku 1

Las figuras del teatro Bunraku aparecen en escena. Varios interpretes cuentan la historia mientras hombres-sombra manejan tal como dicta la norma a los protagonistas. Estos hombres-sombra simbolizan la nada, no existen. El publico asume su inexistencia, como asume el trájico destino de las figuras de teatro Bunraku. De este arte viene el Kabuki, por ello los actores de este otro arte se mueven y gesticulan de manera tan histrionica.

Siempre he adorado estas imágenes. Aunque inhumanas son bellas. No tienen que imitar a la perfección la condición humana. Son existencias fantasmales, que con suaves marcas irradian japoneidad. No pueden ser mas que japoneses. Y al fin y al cabo siempre he pensado que, de una u otra forma, todos somos como marionetas de teatro Bunraku: manejados por hombres-sombra, que significan antiguas convenciones sociales, el peso de la tradición religiosa, el inevitable camino que nos marca la economía. La libertad es una idea aun por completar.

Me paro siempre a observar estas marionetas, y entiendo a aquellos que salen a adorar una imagen. Yo también lo hago a mi manera.




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