El gran Buda de Kamakura 大仏

Sin duda una de las imágenes que mejor ha soportado el paso del tiempo ha sido el Daibutsu (gran buda) de Kamakura. La historia, no obstante, no cuenta un par de hechos que sí recogen Pierre Loti (Julien Viaud) en Japoneries d’automne, publicado en 1889; y Lafcadio Hearn (también Yakumo Koizumi) en Kokoro. El daibutsu fue realizado en 1252 por los escultores Tanji Hisamoto y Ôno Gorôemon, a petición de un monje llamado Jôkô y una señorita de nombre Idanono Tsubone. (Esta última explicación está parafraseada del cartel explicativo que hay cerca del Daibutsu en múltiples sitios de internet).

Daibutsu de Kamakura

En 1498 un tsunami barre por completo el templo que albergaba al gran buda, dejando, sin embargo, intacta a la estatua. También sobrevive el daibutsu al gran terremoto de Kantô de 1923, siendo dañada lamentablemente la base que lo sustentaba hasta entonces, que será reparada en 1925. La última modificación que sufre la imagen será en 1960-61, año en el que se refuerza el cuello, preparando así al centenario buda para las sacudidas de los frecuentes terremotos.

Interior del Daibutsu

Todo esto que llevo contado hasta ahora es la versión oficial. Ahora viene lo bueno, lo que estoy investigando en mis ratos libres. A finales del siglo XIX Julien Viaud y Lafcadio Hearn, como muchos otros europeos, son destinados a Japón. Por supuesto, tienen como visita obligada el daibutsu. De él recogen algunas anécdotas muy curiosas, y entre todos los datos, ofrecen sendas explicaciones de la situación en la que entonces se encuentra la imagen. Al parecer, según cuentan, el proceso de modernización a marchas forzadas de Japón puso en serio peligro al gran buda. El bronce de la estatua entonces debía ser muy valioso, puesto que la imagen estuvo a punto de ser vendida por piezas, y sólo el pueblo de Kamakura salvó a su gran buda de la destrucción, en un ejemplo claro de iniciativa de “abajo a arriba” para la conservación del patrimonio artístico e histórico de una nación. Tomando un estracto de Kokoro, veamos cómo lo cuenta Hearn:

<<“Los ídolos de bronce empiezan a escasear. Antes los comprábamos y vendíamos como chatarra. ¡Lástima no haber apartado unos cuantos!¡Tendría Vd. que haber visto los bronces que nos llegaban de los templos en aquel entonces: campanas, jarrones, ídolos! Hubo un momento en que incluso estuvimos a punto de comprar el Daibutsu de Kamakura.

“¿Cómo chatarra?”, pregunté.
“Sí. Calculamos su peso y establecimos un consorcio. La primera vez ofrecimos treinta mil. La ganancia hubiera sido pingüe pues hay mucho oro y plata contenidos en esa estatua. Los sacerdotes querían vender pero la gente se opuso.”>>*
*Hearn, Lafcadio: Kokoro. Ecos y nociones de la vida interior japonesa. Pág. 121. Miraguano Ediciones. Madrid, 1986. Traducción de Jose Kozer.

Cabeza del Daibutsu

Pero hay otro dato curioso que no se cita en otros libros. El interior del daibutsu es accesible, y cuando se visita es normal entrar en él, aunque no alberga absolutamente nada. En aquella época, según cuenta en sus relatos Pierre Loti, parece ser que durante algún tiempo otras imágenes de dioses fueron conservadas en las entrañas del gran buda. La pregunta que me he planteado y que trato de resolver ahora. ¿Pudo ser esta otra estrategia para evitar el expolio o la destrucción del arte religioso de Kamakura? Más datos cuando resuelva el misterio, o cuando conozca si esto es realmente un misterio o alguien ha dado ya con la tecla.

En ambas fotografías podéis comparar el estado del Daibutsu a finales del siglo XIX y en la actualidad. La fotografía en blanco y negro pertenece al libro La sociedad japonesa, de André Bellesort. También hay una imágen iluminada muy interesante de la misma época realizada por Adolfo Farsari (click en el enlace para verla).

Daibutsu a finales del siglo XIX
Daibutsu en la actualidad

El gran Buda de Kamakura 大仏

Subir al Fuji

Una de las mejores experiencias que he tenido en Japón fue subir al Fuji, la montaña más importante de todo Japón. En definitiva, pisar la roca volcánica, posiblemente, el lugar desde donde surgió gran parte del archipiélago. Fidel y yo fuimos con unos amigos, Yuya y Akiko. Salimos temprano, para conducir hasta un punto en el que es posible comenzar la marcha, a 2400 metros de altura. Y, efectivamente, como podéis ver en la foto, yo no eché ropa de invierno en la maleta, así que hice el camino con una camiseta de algodón. Y hacía frío, mucho frío.

Fuji 2400 m

Recordaré este día por muchas cosas. Entre otras, porque fue el día en el que se me jodió la cámara. Por eso en el vídeo podréis ver una persistente mancha oscura casi en el centro. Pero ya se va resolviendo, no es el tema importante. Subiendo el Fuji-san he podido ver paisajes que nunca antes había visto (al menos en persona). Es un camino sencillo, al menos, hasta el punto que pudimos subir. De hechos, nos tomó la delantera un par de viejecillas, esos sí, enfundadas en sus chaquetones de ‘Gore-Tex’, con la merienda debajo del brazo.

Fuji Camino

Una curiosidad. De TODAS las máquinas expendedoras de bebidas que he visto en Japón (y he visto muchas), la única vez que había una ligera variación al alza de los precios ha sido en el Fuji-san, es decir, ¡en la puta montaña! ¿Cómo pagar más ahora en España cuando vea que hay una diferencia de hasta 70 céntimos en el precio de una lata de coca-cola dependiendo de dónde me encuentre? Al haber comprobado esta y otras cosas, no he podido evitar acordarme de mi país, ese en el que, según dicen, se vive tan bien.

Máquinas expendedoras

De vez en cuando nos cubría una espesa niebla, pero podíamos ver lo que teníamos bajo los pies, así que tampoco corrieron peligro nuestras vidas. No obstante, los fuertes vientos te daban a veces la sensación de que podrían tirarte montaña abajo en cualquier momento. Eso hizo el camino bastante más emocionante. Las laderas muertas, llenas de basalto y escoria roja, me recordaban a los paisajes de Yamatai, en la versión cinematográfica de ‘Hi no tori’, un cómic clásico de Tezuka.

Llegamos a una de las cimas, que es una especie de gran cantera, donde hay algunos cúmulos de roca. Allí el tiempo se despejó un instante, y pudimos ver la cima. Por supuesto, hice lo típico de llevarme una piedra (que extraño recuerdo). Un trozo de basalto pulido que encontré en el camino, casi en el punto en el que decidimos volver atrás.

También nos cruzamos con gente de las fuerzas de autodefensa, que estaban allí marchando. Gente simpática, contrariamente a lo que pueda parecer. La tienda que hay justo al comienzo del camino es simpática. La llevan un par de ancianos, y se pueden encontrar típicos recuerdos rancios de la montaña, o bastones para “hacer el camino”. También reconforta bastante tomarse un buen tazón de udon o soba, aunque mi recomendación son unos cuantos bocadillos, o aguantar el tirón e ir a almorzar a un sitio un poco mejor.

Os dejo con el video, para próximos post, todavía hay más montaña.

Subir al Fuji