Bárbaros permanentes

Aunque bien es sabido que en Japón el extranjero rara vez es mal recibido, y que la cultura de otros países es aceptada y cultivada por muchos japoneses con admiración, existen algunos datos que demuestran cierta xenofobia o rechazo a todo lo foráneo por parte de un importante sector de la sociedad, condicionada sin duda por ideas de la ultraderecha, resentimiento por lo sucedido en la Guerra del Pacífico y por años de ocupación estadounidense, y miedo creado por una política dura contra la inmigración, amén del amarillismo con el que se toman las noticias escabrosas protagonizadas por extranjeros.

Lo primero que quiero mostraros es un enlace en el que aparecen algunos lugares que prohíben la entrada a clientes “no japoneses”. En The Rogue’s Gallery encontramos carteles especialmente dirigidos a rusos y a los llamados “dekasegi“, que son mayormente brasileños que han encontrado en Japón una segunda patria. El origen de esta inmigración es muy diversa. Para el caso de los latinoamericanos en general hay que remontarse a la primera mitad del siglo XX, cuando muchas familias de japoneses, agobiados por las crisis económicas de los años ’20, decidieron marcharse a Perú y Brasil en busca de negocios fructíferos cultivando el caucho y otras materias primas. Alentados por el propio gobierno, que no sabía cómo hacer frente a la crisis, esas familias sembraron su futuro esperando tiempos mejores para volver a su tierra natal. Pero llegado el momento se convirtieron en apátridas, incapaces de reintegrarse en la sociedad nipona, y ajenos a las culturas en las que sus negocios habían crecido.

A pesar de esto, la ley japonesa permite refugio y da facilidades para obtener el visado a todos aquellos peruanos descendientes de japoneses que mantengan un vínculo familiar en Japón. Esta hermandad, no obstante, es virtual y para nada satisfactoria.

Muchos de estos extranjeros se han visto envueltos en crímenes de sangre, y su imagen ha sido demonizada injustamente por los medios. La población mayor, especialmente la que tiene más cercana las brutales consecuencias de la guerra, sigue desconfiando de los extranjeros y sus costumbres. Cabe recordar que aún en la memoria de muchos está la idea (acertada o no) de que el camino de la guerra fue tomado precisamente por la arrogancia de las naciones occidentales desde la apertura del país al mundo. Una actitud que Japón asimiló para continuar jugando en el tablero mundial, equiparándose a las potencias occidentales en poderío militar y gestión de colonias. El Japón actual es el Japón de la paz, por mucho ruido mediático que puedan tener grupos de ultraderecha que, a pesar de todo, representan una tímida proporción del espectro político y social.

De mi experiencia personal he sacado conclusiones contradictorias. Una de esas experiencias es la que vivimos mi amigo Fidel y yo cuando íbamos a conectarnos a Internet por una conexión WiFi de Livedoor al aire libre . Ante nuestro asombro, unos vecinos de Negishi denunciaron a la policía que “unos extranjeros” (nosotros) estaban realizando actos sospechosos frente a su bloque. La policía interrogó a Fidel con cortesía, y le sugirió que, aunque no cometía ninguna ilegalidad, en adelante se conectase en un lugar donde no “perturbase” a los vecinos. Así lo hicimos, y nos marchamos a un pequeño parque a cinco minutos de allí, en un lugar repleto de Love Hotel y prostíbulos regentados por chinos sin permiso de residencia. Pensamos entonces que allí la Yakuza no preocupa tanto, por el mero hecho de ser japonesa. Eso sí, dos extranjeros bien arreglados con un portátil en la calle son sospechosos por definición.

La otra cara de la moneda la pone toda aquella galería de situaciones en las que nos encontramos con personas que se interesaban por nuestro país, que nos ayudaban hasta niveles difíciles de entender en occidente, y que se esforzaban lo máximo posible para que nos sintiéramos como en casa. Un ejemplo particular lo pongo en un librero de Yokohama, que tiene su local frente a la estación de Tamagawa Gakuen Mae. Una pequeña tienda donde encontré un magnífico libro sobre el pabellón que Tadao Ando diseñó para la Expo’92 de Sevilla. Aquel hombre, encerrado en sus libros, se mostró especialmente entusiasmado al verme entrar y al confirmar que, efectivamente, era español y vivía en Sevilla. Compré el libro, y estuvimos un buen rato charlando sobre España y la Exposición de Sevilla, a la que él había tenido la oportunidad de ir. Sin duda aquel hombre era todo menos xenófobo, y no mostraba más que entusiasmo por el mundo.

El problema de The Rogue’s Gallery y el debate que se crea en torno a la inmigración es el simplismo. La única visión de un todo desde un punto de vista condicionado por experiencias particulares, y no por un conocimiento general de la cuestión. Podemos decir, según la experiencia que vivamos, que Japón es xenófobo, o celoso de su cultura, o chovinista; pero también debemos reconocer que es un actor importante en la globalización. Podemos llamar a los japoneses racistas, o pensar que hay un importante salto generacional en progreso, y una lucha por mantener una identidad cultural que no estamos abiertos a entender en su presente forma de manifestarse.

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Bárbaros permanentes

4 comentarios en “Bárbaros permanentes

  1. Que situaciones tan bonitas se viven en Japon, cuando un japones sabe cosas sobre tu lengua o tu pais y se le nota tan interesado!

    Yo creo que su aislamiento y su endogamia provoca los dos extremos: racistas con prejuicios por un lado, y gente muy curiosa, abierta y amable por el otro. Los primeros presuponen lo peor de los extrajeros, y se confirman en su conviccion cada vez mas, porque parten con ideas ya negativas desde el principio. Los segundos se saben diferentes y lejos del resto del mundo, y cuanto mas trato tienen con extranjeros mas notan esa diferencia, y mas aprecian la variedad.

  2. Recuerdo el encuentro con el policía, no puedo negar que fue una sorpresa y me acojoné inicialmente un poco, pero me controlé pasados los primeros momentos.

    Por más que le expliqué que vivía cerca (aunque nunca le dije exactamente donde) y que no estaba en la calle por gusto, sino porque a mi casa no llegaba la conexión wifi, él no hacía más que defender a los vecinos que habían acudido a su garita “preocupados porque una pareja de extranjeros aparece mucho en el mismo sitio”, y eso los intranquilizaba (不安). No sé si también les molestarían los borrachos, los indigentes y las prostitutas que hay por todo el barrio, pero parece que no tanto.

    La conversación (en japonés) se acabó convirtiendo en un bucle en el que él me pedía que me fuese a un parque cercano, y yo le decía que lo intentaría, pero que si no me llegaba la conexión wifi debería buscarme otro lugar, que lo que yo estaba haciendo no era ni malo ni por gusto.

    En fin, fue una experiencia amarga, pero al final en el parquecito se estaba mejor, mejor sentado y más cerca de casa, pero eso no quita la mala sensación de rechazo xenófobo.

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