El Tokio de mi revolución personal

Takao san 高尾山

Es curioso cómo a veces trazamos planes para causas difusas. Desde que llegué a Japón, en un rincón de mi cabeza se ha iluminado el lugar oscuro en el que habitaban pequeñas alegrías que era incapaz de ver, y se han oscurecido aquellas escenas idílicas que visionaba mientras trazaba algunas estrategias. A veces pienso que me he jugado una mala pasada, pero no es más que un cambio de posición, que no de perspectiva, del yo pesimista del que a duras penas consigo deshacerme.

No vine a Japón en busca de mejores oportunidades, ni por estar desesperado en Huelva, o sin recursos, o mal alimentado (todo lo contrario). Vivía bien, tenía un buen trabajo, y decidí lanzarme a este vacío, a ver qué ocurría, por muchos motivos. Algunos los puedo contar, otros me veo obligado a llevármelos a la tumba. Uno de ellos era luchar contra la pérdida paulatina de mi conocimiento del japonés, cómo no. Otro, probar nuevas experiencias laborales. Captar imágenes interesantes se cuenta entre otro de los motivos, aunque es algo tan diminuto que ni siquiera yo podía tomármelo en serio. Hasta el día de hoy he cumplido todos los objetivos que puedo exponer, lo que hace de esta aventura, o de este capricho, un logro.

Pero este logro puede haberme salido caro. No he pasado este tiempo sin sufrir, y lo peor es que sabía que iba a ser así. No esperaba vivir en un buen apartamento, ni tener muchos amigos, ni comer como un marqués. Nada de eso ha sido posible, y era de esperar. De hecho, mi calidad de vida ha vuelto a épocas de estudiante ya pasadas, o incluso peor. Tampoco las cosas salen siempre como uno espera, pero no queda más que afrontar y aceptar lo que uno tiene.

Eso, por otra parte, no quiere decir que tengamos que resignarnos.  No dejo de buscar nuevas oportunidades, de aprender cada día todo lo que es posible aprender.

Shinjuku 2012

Hablemos de Tokio. Donde más feliz fui durante mi anterior época en Japón fue en Osaka. Tokio es una gran ciudad mucho más deshumanizada, absurdamente severa y ridículamente degradada. No entraré aquí en un debate moral, porque no soy quién para juzgar la moral de ningún pueblo o persona, pero sí diré que gran parte de los tokiotas parecen haber olvidado cómo vivir, y también lo que es la solidaridad.

Tokio sigue siendo una ciudad llena de posibilidades y oportunidades, muy útil, y un espectáculo increíble. Pero los tokiotas han aceptado vivir en un sacrificio perpetuo. Un sacrificio sin causa. He tenido varias malas experiencias con la lógica absurda de esta ciudad subyugada por las normas. No me refiero a las leyes, sino a esas normas no escritas que los tokiotas siguen en su vida diaria sin cuestionarse.

No voy a convertir este texto, no obstante, en una crítica al tokiota desde mi perspectiva negativa y cansada. Hablaré de mi propia experiencia: probablemente soy demasiado cínico para Tokio. O tal vez no puedo ser tan severo o incluso altivo como algunos japoneses. O puede ser que más que espíritu para sacrificarme, lo que tenga más bien sea una fuerza interior autodestructiva, o incluso masoquista. El yo negativo del que no me deshago, y que a todas luces es el que me ha impedido ser completamente feliz, estúpidamente feliz, en Huelva.  No en vano me crié en la cultura del martirio.

¿Es eso el inconformismo? No tengo la menor idea. Pero lo cierto es que aunque mi nivel de vida haya descendido varios infiernos, tampoco soy infeliz. Me repito a diario que esta experiencia merece la pena: por haber iluminado en mí que la felicidad también estaba en un rincón oculto. Por haberme ayudado a ser más sabio y a conocer mejor la lengua japonesa. Por haber desgarrado una venda que, aunque translúcida, aún me impedía ver zonas oscuras de este país que también merece la pena conocer.

Takao san 高尾山

No voy a volver aún. Aún me queda tiempo para saber si puedo cambiar las cosas. Tal vez haya empezado mal, y eso esté limitando mi capacidad para disfrutar de esta ciudad. Voy a aguantar aquí hasta el último aliento. Y si las cosas no cambian, siempre puedo intentar empezar de cero.

Cuando la ciudad me asfixia, a veces salgo a la naturaleza. Un día, pronto, os enseñaré la montaña que subí a solas, y la felicidad de llegar al atardecer, respirar aire limpio y liberarme de la degradación de Shinjuku, pasar una hora mirando como un bobo el paisaje, el territorio y todo lo que queda por encima de la tierra. Apaciguarme.

Las cosas pueden cambiar como cambia Tokio a cada momento. Puedo haberme entregado a Tokio y haber sido apaleado por la ciudad. Puedo volver sin nada e intentar echar raíces en aquella felicidad que era incapaz de ver. O puedo quedarme e intentar aprovechar cada día, abanderar una pequeña revolución personal y fusilar al pesimista que lucha por esclavizar mi existencia. Ambas opciones se pueden afrontar únicamente con valor. Puedo perder la vergüenza. La opción cobarde es vivir como si nada y perderlo todo.

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El Tokio de mi revolución personal

4 comentarios en “El Tokio de mi revolución personal

  1. sakaspain dijo:

    Muchas veces subir las escaleras no es tan bueno como creemos, o no vemos las partes negativas. La ilusión de cumplir un sueño por deseo o por el mero hecho de cambiar de realidad (que no digo que sea el caso), para sumergirte en otra (incluso peor) también trae caos. Nunca es fácil incluso cuando vives la realidad que deseabas años atrás, creyendo que iba a ser distinto, pero esa es la antesala de la felicidad que, de alguna u otra forma llega. La cosa mejorará, ya lo verás 😉

    PD: Y soy el primero al que le valen tus palabras, a mí también me gustaría llevar esa vida en unos años…

  2. Buena reflexión. Está claro que se trata de una experiencia personal y por ello haces bien en no juzgar o generalizar. Igualmente has tenido mala suerte, porque creo que eres el primero que leo en este plan (que no digo que no los haya).

    En breve te podré contar qué tal me parece a mí 😉

    Igualmente, ánimo y no te rindas, que seguro que la cosa mejora!!

  3. Estas son las entradas más valiosas, las que hablan sobre sentimientos e historias personales. Leyéndote me saltan tantos interrogantes. Unos los relleno con la lógica de haber pasado situaciones que presumo parecidas a las tuyas, otros soy incapaz de completarlos porque es posible que empiece a vivirlos pronto. Cuando viví en Tokio cumplí un sueño, pero al mismo tiempo pasé algunos de los días más duros de mi vida.
    Espero que a partir de ahora tengas un poco más suerte, en Tokio, Osaka o donde quieras intentarlo. ¡Un abrazo y mucho ánimo!

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