¿Por qué Japón no condena la sangrienta guerra de Duterte contra la droga?

Recientemente Phelim Kine, subdirector de la división asiática de Human Rights Watch, ha criticado abiertamente en un artículo al primer ministro japonés por no haber condenado la sangrienta guerra contra la droga del presidente filipino Rodrigo Duterte. Condena que Abe Shinzō haya hecho la vista gorda ante las ejecuciones sumarias de civiles que ha promovido su aliado asiático, y que ni siquiera haya dudado en prometer y mantener la ayuda financiera a este país pese a las flagrantes violaciones de los derechos humanos.

Estoy de acuerdo con Phelim Kine. Es imposible no estar de acuerdo con él y al mismo tiempo defender la justicia y los derechos humanos. Pero el breve artículo, como suele ser habitual en estos casos, tiene un problema que para mi gusto se repite en los medios internacionales cada vez que se habla de Japón, Corea del Sur, Taiwán o China: la falta de contexto geográfico y la omisión de la realidad política de la región.

Lo que trataré de explicar brevemente es lo siguiente: Japón no condena la política de Duterte porque no puede permitirse dar un paso en falso en su relación con Filipinas. Kine censura la actitud de Japón, que contrasta con la de algunos países europeos o la de Estados Unidos que sí han condenado los crímenes de Duterte. Pero a mi juicio, cuando se trata de valorar la actitud de un país asiático hacia otro, la comparación no se debe ejercer con un país de occidente. Los intereses, las relaciones y los equilibrios que Japón tiene con Filipinas son muy distintos a los que tiene con los Estados Unidos, por ejemplo. En toda relación bilateral siempre hay países vecinos observando.

Difícilmente podemos entender el juego diplomático que se desarrolla hoy en Asia Oriental sin hacer alusión a lo que está ocurriendo en el Mar de la China Meridional y la nueva diplomacia china. Japón ha tratado de aprovechar el recrudecimiento de los conflictos territoriales de China con Filipinas y Vietnam desde que el gigante asiático publicó la línea de nueve segmentos y declaró como propias las islas que hay en el centro de este mar. Abe logró forjar una sólida alianza con el anterior presidente filipino, Benigno Aquino III, que era esencial para mantener un muro ante el arrojo de China. Pero con la llegada al poder de Duterte esta alianza fue puesta en duda y el equilibrio que hasta entonces se había alcanzado pareció cambiar para inclinarse a favor de Pekín. Eran también, cabe recordar, los últimos meses de Obama.

Duterte no tardó en quitar hierro a la cuestión de las Spratly después de una reunión con Xi Jinping en octubre. China sacó a pasear su poderío económico y el líder filipino volvió cantando las alabanzas de su nuevo amigo en Asia. No tardó un segundo en declarar en uno de sus ya habituales exabruptos que los tiempos de las buenas relaciones con los estadounidenses habían terminado. Esto, obviamente, causó preocupación en Tokio.

Desde el despegue de China como potencia de primer orden, Japón intenta en la medida de los posible mantener una buena relación con el resto de islas del Pacífico para no caer en la irrelevancia. A China, por otra parte, le interesa aislar políticamente a Japón en la región, ya que es el principal bastión que EE. UU. tiene para evitar que Pekín termine controlando el océano Pacífico. Cuando Japón y los Estados Unidos hablan de mantener el status quo en esa región, se refieren al orden que surgió al finalizar la Segunda Guerra Mundial en 1945, un orden hoy cuestionado por algunos países.

Un país como EE. UU. puede permitirse condenar la política de Duterte y al mismo tiempo seguir tendiéndole la mano. El mandatario filipino también puede permitirse mantener una relación cordial con los estadounidenses pero inclinar su balanza en Asia hacia China, como en cierto punto hizo la expresidenta Park Geun-hye de Corea del Sur en su acercamiento a Pekín y con sus ambiguas declaraciones sobre las actividades de China en el Mar de la China Meridional.

Una actitud crítica con el Gobierno de Filipinas podría, en cambio, aislar a Japón y abrir grietas en sus alianzas en el sudeste asiático que en última instancia facilitaría a China la tarea de tomar el control del Pacífico modificando así el orden mundial nacido en la posguerra. A Japón no le queda otra por el momento que hacer la vista gorda y esperar que lo que parece ser una transición hacia un nuevo orden en la región sea lo menos lesiva posible para su país.

Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca (para el que Duterte parece haber hecho de telonero, dado el parecido que ambos líderes guardan en su carácter), ha aumentado la incertidumbre sobre el futuro en el Mar de la China Meridional. A Japón le interesa garantizar que se mantenga la libertad de navegación y, más que nada, evitar que se produzca un conflicto en la región o, en caso de un encontronazo entre EE. UU. y China en esas aguas, asegurar la solidez de ciertas alianzas. Por descontado, Tokio trata asimismo por todos los medios de garantizar un presente y futuro de acuerdos comerciales y contratos para construir infraestructuras en Filipinas, una tarea que cada año se vuelve más complicada ante el empuje de su vecino asiático.

Esta delicada situación hace que Japón se vea obligado a medir sus palabras y mantenerse prácticamente al mismo nivel que China, que ha apoyado abiertamente la sangrienta guerra contra el narcotráfico de Duterte. Y esto no debería sorprendernos, ya que es algo que todos o al menos una gran mayoría de países hacen (lo cual no lo convierte en algo ético). Por duro que sea, en la eterna contienda económica y geopolítica mundial pequeños gestos de justicia pueden tener nefastas consecuencias.

¿Por qué Japón no condena la sangrienta guerra de Duterte contra la droga?

Dadle tiempo al nuevo Godzilla (Crítica un 90% libre de spoilers)

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Desde que el pasado día 31 de julio viese en el cine el esperado lanzamiento de la nueva serie de Godzilla (‘Shin Gojira’, 2016), he estado pensando en la posibilidad de escribir o grabar algo para compartir mis impresiones. Quería hacerlo cuanto antes. Salí de la sala de cine encendido, con miles de ideas y algo enfadado por lo que había visto. Pero a medida que han pasado los días he podido pensar fríamente sobre la película, y he de confesar que no me ha disgustado del todo.

Me ahorraré los detalles técnicos de la película ya que los podéis encontrar aquí. Prefiero ir al grano y ofrecer algunas ideas sin apenas spoilers. La esperada resurrección, 12 años después, de la serie de Godzilla después del fin de la era Millenium no ha sido convencional. Las primeras imágenes del nuevo Godzilla ya me hacían sentir cierto recelo, e incluso llegué a pensar que el horrible y cadavérico aspecto de este nuevo monstruo podría tener relación con el final de Godzilla vs. Destroyah. Algo de eso hay, claro, aunque no porque exista una relación directa entre este Godzilla y el de aquella mítica película de 1995, sino por la importancia central que en esta nueva serie tiene la forma en que el Rey de los Monstruos “funciona” como el combustible de un reactor nuclear. Pero esto es algo que ya sabéis si habéis visto la serie Heisei.

Partamos de la base de que este es un nuevo amanecer para la serie de Godzilla. Anno Hideaki (Evangelion) y Higuchi Shinji (Ataque a los Titanes) han hecho hasta cierto punto un buen trabajo. Creo que han logrado crear una película que encuentra el equilibrio entre ser un caramelo para los fans de la serie, y una historia amena y visualmente impactante para el público general.

Su idea era conseguir que el público de 2016 reaccionase con una sensación parecida a la que debieron sentir los espectadores del primer filme en 1954: el horror ante una amenaza inmune a las armas convencionales.

Las escenas de destrucción, lo más importante para mi gusto en una kaijū eiga, son extraordinarias. A la altura de lo que se esperaría hoy de una película de este tipo. No han cometido el error de renunciar a los efectos digitales y volcarse en los efectos mecánicos, como en las clásicas películas del género tokusatsu. En esta película el CG (aunque en contadas ocasiones es mejorable), es de una calidad más que aceptable.

Era totalmente escéptico respecto al nuevo monstruo, pero diría que este nuevo Godzilla ha logrado algo que no esperaba: superar y diferenciarse del de Gareth Edwards (Godzilla, 2014). En este punto, me parece fantástico que Hollywood continúe con la serie de Godzilla de Edwards, con su propio estilo. Japón ha iniciado una nueva serie que tiene una personalidad propia. No hará falta otra ‘Final Wars’ para que un Godzilla japonés se mofe de un ridículo “Zilla” hollywoodiense (Godzilla, 1998).

El estilo general de la película recuerda al anime ‘Neon Genesis Evangelion’ (Anno Hideaki), y parece evidente que esta película ha sido creada pensando en la producción de la esperada ‘Godzilla vs. Evangelion’, hasta ahora una mera colaboración en merchandising y, según citan algunos medios japoneses, una broma de la productora para el Día de los Inocentes. No obstante, también es cierto que en la banda sonora de la película están incluidos algunos cortes de la banda sonora del anime de Evangelion, por lo que yo soy uno más de los que quieren creer que habrá un crossover en un futuro próximo.

Circulan además algunas imágenes de una figura de un Godzilla más delgado portando la coraza del EVA Unit-01, algo que sería realmente alucinante en el argumento de una futura película y que devolvería a Godzilla a su papel de colaborador con la humanidad como en el resto de filmes de las otras eras.

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Esta no es la figura a la que hago referencia en el texto, pero captáis la idea.

Aunque me gustaría comentar más cosas sobre el nuevo Godzilla he decidido no hacerlo porque parte del encanto de esta nueva película es descubrir lo que el nuevo kaijū puede hacer. Solo añadiré un par de notas negativas a estos comentarios (que podría ampliar en algún momento): Uno, el extensísimo elenco de actores y actrices, los interminables diálogos y los créditos en pantalla hacen de este filme una pesadilla traductológica. Un fuerte abrazo a la persona que se encargue de traducirla, subtitularla y localizarla. Y dos, poner a una nativa japonesa a interpretar el papel de una nativa estadounidense que habla un perfecto japonés pero suelta gratuitamente alguna palabra en inglés ha sido un error mayúsculo.

Hasta aquí diré por hoy. Ya tendremos tiempo de destripar más detalles. En cualquier caso, si sois aficionados a este tipo de cine, es una película a la que debéis dar una oportunidad.

Dadle tiempo al nuevo Godzilla (Crítica un 90% libre de spoilers)

Una mañana cualquiera en mi punto del paralelo 40

Una mañana en mi espacio del paralelo 40 empieza normalmente a las 6:00 en mi pequeño apartamento, al encenderse el televisor y clavar en mis oídos la sintonía del informativo de la NHK que comienza. En esta ocasión abre repitiendo lo mismo que anoche conocíamos del periodista japonés secuestrado por ISIS, Kenji Goto, cuyo destino se anuncia hoy. Mi cuerpo no está del todo dispuesto a despertar del último sueño, pero mientras cambio de postura e intento calcular el tiempo para poner los pies en el suelo, relajado y reacio, la información se va filtrando en mi cabeza. Todo se mezcla con el tornado de Syriza y la ultraderecha, los nudos que hasta ahora atan a Podemos a su homólogo griego, el accidente de un avión militar en Albacete y lo que calculo que el día dará de sí.

Luego hago todo lo que uno debe hacer hasta que se pone los zapatos, con la sensación de haber escuchado las mismas noticias de ayer, a excepción de los consejos y promociones para amas de casa que preceden a la información meteorológica, lo más importante, y a la sintonía del drama matinal que me advierte con absoluta puntualidad que ha llegado la hora de tomar el metro.

La imagen de una metrópolis no es un horizonte en el que se recortan altos edificios, sino un pasillo lleno de hombres y mujeres trajeados con la mirada fija en la pantalla de un smartphone, arrastrados como en un encierro de tren en tren, de estación en estación, caminando, como caminan en Tokio, marcando el sonido de la letanía de los zapatos en hora punta. Quien no sepa de lo que hablo debe ir a la estación de Shinagawa un día laborable cualquiera a las 9:00 AM.

Luego llega la lucha por el espacio en el metro, que uno soporta, como todos, en silencio y apretando el maletín contra el cuerpo, observando con ira interior, cosa que ya es costumbre, como algún japonés obliga a abrir las puertas del vagón una y otra vez en su intento de conquistar un espacio inexistente, algunos con cara de terror ante el segundo de incertidumbre que acompaña al sonido de las puertas al cerrarse.

Entonces me acuerdo de España, donde existe una mayoría ajena a este espectáculo. Y en el absoluto silencio del viaje recuerdo las charlas en el autobús y el metro en Madrid, Huelva o Sevilla, donde no hay silencio porque se habla, y se habla de casi todo. Hoy, imagino, de Gareth Bale y Cristiano Ronaldo, Pablo Iglesias y Rajoy, Belén Esteban y Kiko Rivera.

Aquí no hay nada de eso. No hay una charla cercana, entre amigos o compañeros, sobre lo que sucede en España o lo que está por venir. No hay nadie pontificando sobre los peligros de votar o no votar a tal o cual partido. A nadie le importa. Y cuando me bajo en mi estación, Kasumigaseki, pienso en las andaluzas (las elecciones), y en que estoy solo ante la actualidad de mi propio país, lejos, y que nada de lo que sucede en Japón es comparable a lo que está viviendo Europa.

Entonces es cuando vuelven las ganas de escribir. Vida en Marte se convierte en Cartas desde el paralelo 40, y la madrugada en la radio española me acompaña durante el comienzo de otro día de trabajo. Siempre hay algo interesante que traducir, revisar y editar. Es privilegiada, esta vida que llevo.

Panel en el Hotel Okura de Tokio.
Panel en el Hotel Okura de Tokio.
Una mañana cualquiera en mi punto del paralelo 40

En torno a la historia de la protesta laboral en Japón y el futuro de España

Recientemente, en España, el FMI ha vuelto a pedir que se rebajen los salarios y se abarate el despido. La CEOE, por su parte, ha lanzado al viento a través de uno de sus rottweilers la sugerencia de limitar los días de permiso por fallecimiento de un familiar a menos de cuatro días. En general, la línea que persiguen estos mensajes fragmentarios y esporádicos es la misma: la imposición de la inseguridad y el miedo entre los trabajadores para obtener su sumisión, para que así el empresario no tenga que hacer frente a protestas en el futuro. La estrategia es tan sencilla como multiplicar cada cierto tiempo los mensajes, hasta que llegue un momento en el que el ciudadano medio no sepa exactamente dónde están las líneas rojas, qué se ha legislado, qué es motivo de despido y qué no, y a qué tiene derecho. Todo por el bien de la economía, sin explicar exactamente cómo ayuda eso a la economía.

Pienso esto porque suelo leer la historia de otros países, y porque estoy convencido de aquello de “las barbas de tu vecino”. No son pocas las referencias a la crisis financiera del Japón de los años 90 cuando se habla de la actual crisis económica en Europa. A pesar de haber profundas diferencias entre ambas, tanto estructurales como culturales, pienso que hay ciertos aspectos que sí son extrapolables. Entre otros, cómo se prepara el terreno para mitigar esas “molestas” protestas laborales.

Esta semana me he topado en The Japan Times con un artículo de Hifumi Okuniki, profesora de derecho laboral y constitucional de la Universidad de Daito Bunka, en el que describe de una forma muy interesante cómo poco a poco los trabajadores japoneses fueron “privados” incluso del derecho legal a protestar mediante la colocación de un simple brazalete con lema en sus mangas. A pesar de que recomiendo a todos los interesados leer los artículos de la profesora Okunuki, quiero analizar este escrito en concreto.

De manera resumida, el artículo comenta que en 1967, en el caso de la Oficina de Correos del distrito de Nada, en el que los trabajadores vistieron brazaletes pidiendo aumentos salariales, la justicia falló a favor de los empleados al asegurar que ese tipo de protesta no interfería con el cumplimiento de las tareas en el centro de trabajo. En cambio, en 1973, las cosas fueron distintas para los trabajadores agrupados en el sindicato ferroviario Kokuro, en el caso de las protestas de la sección Seikan que cubría las rutas de Aomori y Hakodate. Las justicia de Sapporo concluyó que los trabajadores “deben concentrar toda su energía física y mental en la consecución de sus obligaciones laborales, y que por tanto no se puede permitir ninguna acción física o mental fuera de esas labores”. Se establecía en ese momento el “principio de devoción al trabajo”, en japonés Shokumu sennen gimu.

Según este principio, cualquier acción asociativa o lema sindical distrae de esa obligación con la empresa, algo inaceptable. Esto ocurrió en una empresa pública, pero poco después se trasladó al sector privado con el caso del Hotel Okura en 1982, donde a pesar de que en un primer momento la justicia dio la razón a los trabajadores, el máximo órgano judicial de Japón sentenció posteriormente en contra de ellos, y añadió que los brazaletes eran una señal de desobediencia a la dirección del hotel y una falta de respeto hacia los clientes.

Aunque no hubo unanimidad en la jurisprudencia sobre esta sentencia, el caso quedó grabado a fuego en la mente de la clase obrera japonesa. Por ello, tal como afirma Okunuki en su artículo, hoy día apenas se ven protestas laborales en Japón y muchos trabajadores evitan utilizar el famoso brazalete. Cabe recordar que no es porque esté prohibido, al contrario. El artículo 28 de la Constitución de Japón ampara las protestas al afirmar que “se garantiza el derecho de los trabajadores a asociarse y a negociar y actuar de manera colectiva”. Es decir, la sentencia del caso Kokuro Seikan y el principio de devoción al trabajo van en contra de la misma constitución y del propio Acta de Asociación Sindical de 1949.

Por otra parte, buscando en el archivo de Nippon.com sobre este tema, descubro este artículo del experto en derecho laboral Minagawa Hiroyuki sobre el declive en el número de huelgas en Japón en las últimas décadas. Según Minagawa la estrategia del shuntō, u “ofensiva de primavera”, por la que las negociaciones salariales se ven limitadas a un corto espacio de tiempo entre el fin del antiguo año fiscal y el comienzo del nuevo, ha evitado que se produzcan desacuerdos entre patronal y sindicatos al tener ambas partes que ceder terreno debido, precisamente, a la falta de tiempo. Otra razón que cita es el sistema de rōshi kyōgi (consultas entre patronal y empleados), por el que el sindicato de empresa y la dirección comparten información continuamente para la obtención de acuerdos con mayor facilidad y flexibilidad.

En este punto, hay que añadir que en Japón son mayoría los sindicatos de empresa, o lo que en España se tildaría de “sindicatos amarillos”, y que el sindicalismo de clase o regional apenas tiene fuerza y es por tanto prácticamente imposible organizar una gran movilización laboral de carácter general. En definitiva, la solidaridad entre trabajadores se limita al ámbito de la propia empresa, y la segmentación de la clase obrera (si es posible reconocerla como “clase” en Japón) es absoluta. Y aquí entra un cuarto punto que es de vital importancia, y es que desde 1946, con la ocupación americana, los movimientos asociativos y las huelgas de funcionarios públicos están prohibidas. Los funcionarios quedaron excluidos del derecho a la asociación colectiva. Por consiguiente, un elemento aglutinador y una masa crítica como es el funcionariado quedó desmovilizado por ley.

Minagawa concluye que esto explica por qué en Japón no se han producido grandes manifestaciones tras la quiebra de Lehman Brothers y el inicio de la aguda crisis financiera mundial. Y en realidad, opino que este conjunto de hechos han convertido a una sociedad japonesa animada a la protesta en los años 50 y 60 del siglo XX, en una sociedad encerrada en el círculo vicioso de la obediencia ciega y el desinterés por la política en este siglo, en comparación con otras naciones del mundo.

Y todo esto se ha conseguido a partir de la primera crisis del petróleo, en los años 70, que también afectó a Japón. Se ha logrado golpe a golpe mentando al dios de la productividad, con la ayuda del poder legislativo a veces, pero sobre todo gracias al fracaso de protestas legítimas mediante la intervención del estado, contraviniendo lo recogido en la constitución. Y a pesar de todo, Japón ha mantenido unas condiciones laborales y salariales aceptables y dignas en muchos casos, aunque eso no quiere decir que la situación no esté empeorando en la actualidad con el pretexto de la nueva y a la vez antigua crisis. Obviamente, la asignatura pendiente de Japón ha sido y será la conciliación de la vida familiar y laboral.

Y esto me lleva a España, donde empecé. Opino que este mismo mensaje por el que se criminalizan los derechos laborales está siendo utilizado frecuentemente como estrategia para llevar a la población a ese estado en el que uno no sabe exactamente dónde empiezan y dónde acaban sus derechos laborales. Un estado en el que un falso principio de devoción por el trabajo, que será obtenido a través de la inseguridad y del miedo y quién sabe si en connivencia con el estado, se convertirá en la mejor fórmula para asegurar una alta productividad a cualquier precio. Porque cualquier herejía ante el dios de la productividad se castigaría con el despido.

Esto que no me preocupa tanto en Japón, ya que al ser una cultura distinta existen otro tipo de lazos de solidaridad, me quita el sueño cuando pienso en mi país, donde una hegemonía de los sindicatos de empresa sería igual a la ruptura de los movimientos asociativos de trabajadores que trasciendan el ámbito del centro de trabajo, y donde una niponización de las relaciones laborales conduciría poco a poco, con el fin de esta crisis (porque habrá otras), a la segmentación de la clase trabajadora y a la ruptura de los vínculos de solidaridad social.

Y, sinceramente, no creo que España vaya a alcanzar unos índices de renta media y poder adquisitivo ni siquiera semejantes a los del Japón post-burbuja. Si acaso, la clase media, amplia en este país, quedará cada vez más reducida y desdibujada.

Esta es mi opinión, por supuesto. Pero nunca viene mal pensar en la historia de otros países para reflexionar sobre el futuro de nuestra propia y herida nación.

Artículo en Nippon.com: ¿Por qué ya casi no hay huelgas en Japón?

Artículo en The Japan Times: Why workers can no longer wear their demands on their sleeves

Acta de Asociación Sindical de Japón: Labor Union Act (PDF)

En torno a la historia de la protesta laboral en Japón y el futuro de España

La larga apuesta que me mantuvo en Tokio (tal vez)

Shōdoshima

A veces llegamos al límite, y no tenemos más margen que depender de la suerte, sobrevivir al lento desfile de la moneda en el aire. Y a veces, sólo a veces, cae la moneda y queda a la vista la cara conveniente, la que nos da el aliento y el pasaje a una vida mejor.

Cuando mi yo agorero, el que siempre habla mucho y no deja dormir, anunciaba que estaba viviendo sus posibles últimas semanas en Japón, surgió una oferta de trabajo que me llegó a través de un amigo. Si os soy sincero, al principio rechacé enviar mi currículum ya que prácticamente lo daba por perdido. Había acudido a demasiadas ofertas de trabajo, había enviado demasiadas cartas, y el lugar en el que trabajaba en ese momento a “tiempo parcial” me había quebrantado toda autoestima y voluntad.

Pero esa misma oferta me llegó a través de cuatro amigos más, y por algún motivo, volví a leer detenidamente los requisitos. Y en realidad, era perfecto. Era el tipo de trabajo que yo, desde mi época de universitario, había querido hacer. Trataba sobre Japón en una miríada de aspectos, involucraba traducción, redacción, y corrección. Permitía afrontar nuevas responsabilidades. Y además, ofrecía el visado. No lo dudé un momento: en el último intento por estar donde quería estar, tenía que pelear de todas las formas posibles para conseguir ese trabajo.

Mientras tanto, me encontraba viviendo de prestado calculando el poco dinero que me permitiría volver a España, para enfrentarme al abismo, si las cosas seguían yendo tan mal. Un día de abril, cuando no esperaba nada, recibí la buena noticia. Desde entonces mi ánimo ha dado la vuelta. Mi voluntad, herida entonces, sigue reforzándose desde entonces. Y mi vida poco a poco va cambiando no a mejor, sino a mucho mejor.

Ahora estoy muy contento y orgulloso de formar parte del equipo de Nippon.com, donde trabajo, aprendo y disfruto cada día de lo que hago.

Aún mi visado está en trámite, pero sospecho, o espero (mejor dicho) que este sea el comienzo de una nueva y buena vida en Tokio. Por mucho tiempo.

Y no ha sido lo único bueno que ha ocurrido:

– Se publicó mi crítico y algo cínico capítulo en el libro Tadaima de la editorial Taketombo, del que ya os hablaré en detalle otro día.

– Se emitió el anuncio en el que participé como extra, y al aparecer en primer plano un microsegundo, recibí una remuneración mejor de la que esperaba.

– Gracias a esa remuneración pude ir a Shodoshima, Naoshima, Okayama y Kurashiki durante la Golden Week.

– Conseguí la mayoría de votos en el concurso de Global Asia ‘Enfocando a Japón‘.

Y mi nueva vida comenzó.

Eso sí, en diciembre tengo que aprobar el JLPT N1, sí o sí. Esto no acaba aquí, sino que empieza. Ha sido suerte, sí. Pero también he tenido que pelear y aguantar mucho para poder lanzar esta moneda. He rozado el umbral, he mirado dentro, y he vuelto.

La larga apuesta que me mantuvo en Tokio (tal vez)

Florecen los sakura y las nuevas oportunidades

Esta mañana de 20 de Marzo de 2013 los sakura habían florecido. También llegan las lluvias. Y simbólicamente, al tiempo que el Japón gris y antipático del invierno se va quedando atrás, también llegan las nuevas oportunidades con el florecimiento del nuevo año fiscal que está al caer.

Se acerca la ofensiva de primavera, en la que en escasas dos semana sindicatos y patronal negocian las nuevas condiciones laborales, empresa a empresa, que tendrán los esforzados trabajadores nipones. Se inaugura el nuevo año escolar. Nace una nueva legión de salaryman y OL, muchos de ellos jóvenes comienzan su primer trabajo.

Y para que veáis que no todo está perdido, en los próximos 7 días tengo dos entrevistas de trabajo a las que voy motivado y con esperanza. Tal vez sea mi última oportunidad, y ya es mucho.

Cumpliendo con el espíritu del equinoccio, os dejo unas fotos del sakura que he capturado hoy en un paseo matinal, en los alrededores del Ōmiya Hachimangū 大宮八幡宮 antes de ir a trabajar. Sí, amigos, porque un servidor también trabaja en días festivos, como el de hoy en Japón.

Sakura 2013

Sakura 2013

Sakura 2013

Sakura 2013

Sakura 2013

Florecen los sakura y las nuevas oportunidades

Mis posibles últimas semanas en Japón

Mori Tower - City View

Recuerdo cómo el 11 de marzo de 2011, mientras me preparaba para ir a trabajar bien temprano en la mañana, me conecté al Canal 24 Horas y miré horrorizado las imágenes del tsunami que azotaba Japón. Al principio era incapaz de asimilar la tragedia. Sentí que era algo pasajero, que la noticia no ocuparía más de una semana. Poco a poco me fui haciendo a la idea de la magnitud del desastre, y ya no pude apartar la vista.

Fui a trabajar atento a la radio. Ya en el trabajo, con el apoyo y la solidaridad de mis buenos compañeros a los que echo de menos, me conecté de nuevo al Canal 24 Horas y mientras redactaba y cumplía con mi deber, seguía las noticias y conversaba por Internet con mis amigos en Japón. Entonces empezaron a sucederse las llamadas.

Amigos de los medios de comunicación me escribían, algunos porque pensaban que podría estar en Japón, otros porque conocían de mi relación con este país y se interesaron por establecer contacto con japoneses. Profesores y amigos en Japón también aceptaron con amabilidad hablar con los medios. Y yo, en mi interior, lamentaba no poder estar en Japón para poder hacer algo más. Puedo decir que el 11 de marzo de 2011 decidí que quería volver a Japón.

Cuando llegué a Japón en junio de 2012, llamé a este proyecto una locura. Y estaba en lo cierto. Desde siempre he querido experimentar la vida en Japón como un adulto más, alejado de becas o de la perspectiva cortoplacista del turista. Mi objetivo principal, quedarme unos años en el país, no ha podido cumplirse. Estoy ciertamente en lo que pueden ser mis últimas semanas en Japón.

Desde que llegué he buscado la forma de ayudar, pero parece ser que he sido más un estorbo. Mi jornada diaria se resume básicamente en escuela de 8:50 a 12:30 y trabajo sin descanso de 13:00 a 20:00. Este horario no me ha permitido tener libertad para hacer otras cosas, y apenas para buscar nuevas oportunidades. El lado positivo: es el periodo de mi vida en el que más intensamente he tenido que estudiar y utilizar el japonés, traduciendo casi a diario noticias y documentos de toda clase para muy distintos programas de televisión. He participado, en parte, en el mundo de los medios de comunicación en Japón, aunque respecto al salario y a las condiciones estoy muy descontento.

El lado negativo, por otra parte, es que no he podido disfrutar apenas de Japón, que mi salario apenas me ha permitido vivir dignamente, y que poco a poco lo que tenía ahorrado se ha ido reduciendo a la mínima expresión, y no precisamente porque lo haya gastado en ocio, sino más bien en supervivencia.

En estos momentos no recomendaría a nadie venir a Japón en las condiciones en las que yo lo he hecho. Y si tengo que dar un consejo a alguien que quiera venir a vivir a Japón, es que se case lo antes posible con una japonesa o un japonés para conseguir el visado de trabajo inmediatamente.

No me arrepiento de haber venido, aunque únicamente porque no tiene sentido llorar sobre la leche derramada. He alcanzado muchos de mis objetivos, casi todos. El único que no he podido alcanzar es el de encontrar una empresa que desee tenerme en sus filas. Ahora me apetece poder hacer algo, cualquier cosa, por la gente de afectada por el tsunami. Tal vez dedique a ello mis últimos días en Japón, un país al que sospecho que no volveré durante un largo tiempo, pero al que he quedado ligado por el resto de mi vida.

Mis posibles últimas semanas en Japón