Antes de que florezca el cerezo

Entre libro y libro, diccionario electrónico en mano e informe por completar, he llegado a la recta final de mi estancia en el centro de la Japan Foundation, muy a mi pesar. Y me doy cuenta de que he estado tan soberanamente ocupado, que el tiempo ha pasado volando. Así que ahora comienza la época en la que debo preparar cajas de libros y de ropa para enviarlas a España por barco cuanto antes. Con todo, no quiero volver, así que estoy buscando algún trabajo por aquí.

Mientras todo esto sucede, se acerca uno de los hitos más importantes de Japón: la floración del cerezo. Así que os dejo una foto con un cerezo por florecer. Lo próximo que veréis será el cerezo florecido.

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Antes de que florezca el cerezo

Shitsurei (失礼), o de las buenas y malas maneras en Japón

Una de las palabras mágicas que uno debe aprender cuando llega a Japón es shitsurei, término que mi diccionario electrónico traduce como “descortesía” o “falta de educación”. En Japón, un país aparentemente amante de los reglamentos, normas, y sets, te suelen contar que siempre es importante evitar cualquier tipo de descortesía hacia el otro, especialmente si es un superior tuyo, ya sea intelectual, empresarial o cronológicamente. Lo divertido del asunto es comprobar que esto no siempre es así, y que frecuentemente los japoneses incurren en descortesías flagrantes, que unas veces hacen reir y otras casi que llorar.

Desde que he venido a Japón, me he visto en algunas de esas situaciones. En el centro nos organizaron en una ocasión una visita a una familia japonesa. Nada especial, saludos, charla, cena, charla, despedida. Pero en el transcurso de esa actividad pude ver de todo. Después de preparar concienzudamente el lenguaje honorífico (hiperjodido) para que no se me escapara una sílaba, me sorprendió entrar en un ambiente en el que a cada rato me soltaban una bofetada de incongruencia. Por ejemplo, la señora de la casa, que sabía que yo venía de España un mes antes, me preguntó en cuanto nos vimos que si mi país era “aquel que está al lado de Holanda”. Al menos acertó el continente, un gallifante. Poco después, cuando estábamos cenando, apareció uno de los hijos, borracho como un poeta que ha cobrado, y empezó a despelotarse en medio del salón para cambiarse y salir de nuevo a alcoholizarse con un amigo. De camino, me soltó algunos cumplidos gloriosos como que el “Beaujolais noveau” era “uno de los mejores vinos de España”. Más tarde apareció la hija, que quiere ser occidental, y empezó a hablar sobre mí usando el dialecto de Ôsaka más cerrado, para que no me enterara (con la mala fortuna de que sí que me enteré). Para rematar la faena, el padre terminó la cena preguntándome cosas tan corrientes como si tenía casa, coche, trabajo y la vida asegurada. A bocajarro y sin anestesia oigan. Obviamente estaba haciéndome el “test de la muerte”, para ver si me llevaba a la petarda de su hija de su casa y le daba nietos pronto. Por suerte para mi no pude superar el test, cero patatero. Después de eso, el padre no me volvió a dirigir la palabra hasta la hora de la despedida. Un buen cúmulo de Shitsurei.

Pero no sólo en esta experiencia personal se queda el tema. No amigos, no. El que viene a Japón se encuentra con ciertas actitudes que podrían ser calificadas de falta de educación, pero que curiosamente se etiquetan en el apartado de “un problema de modales o maneras”, en japonés Manâ no mondai マナーの問題. Un buen ejemplo es el Tachiyomi 立ち読み, que es básicamente meterse en una librería y pasarse las horas muertas leyendo de pie un libro o revista sin comprarla. Lo más divertido del tachiyomi es que es harto visible en una cadena de tiendas llamada Book-Off, que se dedica a vender Manga, libros, Cd’s, Dvd’s y videojuegos de segunda mano a un precio irrisorio. Pues bien amigos, en esas tiendas a menudo es difícil andar debido a la cantidad de peña que se pone delante de las estantería de un tomo a 105 yenes a leer el manga para luego no comprarlo. Algo así tengo entendido que está bastante mal visto en España.

Algunos otros problemas “de modales” se pueden ver en el tren, como por ejemplo a las chicas hipermaquilladas maquillarse con el set completo de churrera de Comansi. O bien sentarse en el suelo en cualquier lugar, moleste o no, habiendo podido pegar alguna que otra vez un rodillazo involuntario en la cabeza de más de uno o una. Esto es conocido aquí como Jibeta 地べた, y lo hace gente de cualquier edad, sexo o condición mental.

En general hay muchas actitudes a las que no se les da tanta importancia pero que sí suponen una molestia para un occidental, y al contrario. Pero por lo general, casi lo que más fastidia es que algunas personas mayores (también conocidas como “viejos”) te hablen como si por ser occidental tuvieses que ser necesariamente gilipollas. Una vez un tipo en un autobús, borracho como una cuba, empezó a insultarme diciéndome algo que se podría traducir libremente por “España es un asco” (en japonés, スペインは駄目!) mientras me golpeaba con su dedo rechoncho y arrugado el hombro. Es la única vez que he deseado darle una buena hostia a un japonés. Demasiado Shitsurei.

Shitsurei (失礼), o de las buenas y malas maneras en Japón

Historia de una maleta rota

Salía el pasado domingo desde Madrid para Japón, a cumplir mis obligaciones como becario de la Japan Foundation. Mi destino era Tokyo y después Osaka, ciudad en la que ahora me encuentro. Pero mi llegada no ha sido algo sencillo, en absoluto. He vivido el mejor ejemplo de cómo lo que se supone que será un gran año puede tener un pésimo comienzo.
De hecho, justo al llegar al aeropuerto de Barajas, y antes de pasar el control, me cachearon. Algo normal, pero que te hace pensar que, efectivamente, ya están de viaje. ¿Por qué? Pues sencillamente porque después de pagar un precio elevadísimo por un vuelo, eres tratado como un terrorista en potencia, y durante el tiempo que vas a pasar en los aeropuertos tus derechos humanos son un poquito más vulnerados de lo habitual. Pero es lo que hay, al parecer, en el mundo actual con los gobernantes que tenemos.
Además de eso, como era de esperar, me jodieron la maleta. Sí, porque nadie se libra de las manazas de los ineptos cargabultos de los aeropuertos. Podrían haber jodido un poco el forro de la maleta, una cremallera innecesaria, o incluso una de las asas, pero no, tuvieron que ir a por la agarradera para arrastrar cómodamente una maleta que pesaba 20 kilos, nada menos. Un bulto considerable de dos ruedas, que sin la ayuda de esa palanca, se vuelve un verdadero suplicio mover.
Así que mosqueo al canto, y reclamación. Por suerte, me dan un papel, y me dicen que llame a un número para que un tipo se pase a recoger la maleta para arreglarla (¿Y si no tiene arreglo?). Así que, con la maleta jodida, el cabreo encima además del cansancio de quince horas de vuelo, y el tifón número quince aproximándose, tomé el autobús a Yokohama, dirección a la casa de mis suegros.
Pasé un día recuperándome en Aoba-ku, charlando con los padres de mi novia, y durmiendo como una marmota, ajeno a lo que me esperaba al día siguiente. La mañana del 30 debía tomar el Shinkanzen (Hikari 371) hacia Shin-Osaka, y de ahí hasta Rinku Town, en la periferia del extrarradio de los límites de Osaka.
El padre de mi novia hizo el favor de acercarme hasta la estación de tren más cercana, para desde allí llegar hasta Shin-Yokohama, donde debía tomar el Shinkanzen. Todo bien, salvo por la jodida maleta, que se caía cada dos por tres, y me destrozaba el hombro derecho poco a poco. A todo esto, súmenle ustedes una mochila de unos cuatro o cinco quilos de peso, y una bolsa de mano no menos pesada – sinceramente, ocho meses son muchos meses-. No puedo recordar cuantas veces maldije ni de cuantas formas, pero creo que le dí un par de repasos al diccionario de palabras malsonantes del castellano, y que apliqué el conocido “saludo madrileño” unas veinte veces, así que, si realmente existe un dios, me temo que ahora lo tengo difícil para entrar en el cielo. Demasiada blasfemia.
Retomando el relato. Llegué sin problemas a Shin-Osaka, y desde allí pregunté cómo llegar a Rinku Town. Voy a ahorrarme el tema de la maleta, para no ser cansino, pero puedo afirmar que sudé hasta el primer puchero que me comí con cuatro años. Una vez en Rinku Town, feliz y contento, salí de la estación previo pago, y me dirigí a la salida número 3 para apreciar lo que se supone que era el cercano Centro de la Japan Foundation en Kansai.

Japan Foundation Kansai Kokusai Centre
Japan Foundation Kansai Kokusai Institute

¿Cercano? Según el mapa, a un par de edificios de distancia. Bien. Calma. Hay varias explicaciones. Primera, el espacio-tiempo ha sufrido una distorsión momentánea. Segunda, el edificio no está lejos, sino que es más pequeño de lo que pensaba. Tercera, estos tipos han inventado un nuevo modelo de mapa simplificado, donde las escalas no tienen cabida. Cuarta, he muerto, este es el infierno, cargar con la maleta bajo la lluvia durante interminables kilómetros es mi redención.
Así las cosas, bajé de la estación, miré si había algún taxi o bus cercano, y comprobé que, efectivamente, me tocaba caminar un buen trecho hasta mi destino. Y yo, que me había vestido bien para la ocasión, con chaleco y chaqueta de pana ad hoc, llegué al centro de la Japan Foundation empapado, por la puerta trasera, e implorando una ducha caliente y una sopa de pollo. Menuda entrada triunfal.
Por suerte, con la ducha, la cena, y la televisión por cable se me pasó el mosqueo. Hoy aproveché además para comprar algunas cosas que me faltaban, y pasear por el barrio. No ha sido un día exento de accidentes, de hecho, no quiero hablaros de qué clase de porquería me he encontrado debajo de la silla -sólo os diré que dudo mucho de que el anterior ocupante de la habitación sepa lo que es un pañuelo-. Pero bueno, aunque con mucho asco, lo he logrado limpiar, si bien no pienso mirar lo que puede haber debajo de la mesilla de noche.
Ahora todo va bien, el paisaje es precioso, no hay más “hanakuso” debajo de la silla, y el barrio, aunque alejado, no está demasiado mal. Mañana empieza el jaleo, y amo la biblioteca de este centro, así que soy feliz aunque me encuentre en una especie de “Dejima osakeño”. Sólo me falta quitarme de encima el Jet Lag.

Paisaje desde mi ventana
Paisaje desde mi ventana
Historia de una maleta rota

Una tregua antes de volver a Marte

Amigos y amigas, queridos lectores esporádicos, gente que pasa por aquí en búsquedas frustradas, he dejado de escribir por un tiempo. Os pido disculpas porque últimamente estoy realmente ocupado con mis prácticas, mitad periodismo, mitad ostracismo. Ahora, como un monje giróvago, tengo que ir a unos cuantos puntos de Andalucía a cubrir unos cursos. Esta actividad me deja poco tiempo y ganas para sentarme a escribir cosas interesantes.

Además, he de centrarme en estudiar para llegar bien capacitado a Japón y coger el toro (la tesis) por los cuernos desde el primer día. Así que mi lamentable ritmo de publicación se va a ver, si cabe, aún más interrumpido. Pero retomará nueva vitalidad en octubre, desde Japón, donde, de camino, espero ejercer también el periodismo de una manera más sana y personal.

Un saludo a todos, y gracias por estar ahí.

Una tregua antes de volver a Marte

Aparecí en una revista japonesa

No tenía pensado sacar esto, pero últimamente estoy viviendo un momento de entusiasmo con mi regreso a Japón, y he decidido finalmente mostrar en mi blog la aparición que hicimos Fidel y yo en la revista japonesa Coyote. No es que este onubense y el sevillano Fidel seamos famosos por allí, nada de eso. Es que una amiga nuestra trabaja para la editorial Switch (responsable de esta y otras publicaciones), y un día pensó que sería divertido que un par de occidentales posaran con ropa de montaña para una de las secciones.

Salimos en la revista Coyote!

Así que ahí estamos inmortalizados, en Kamakura, yo removiendo té y Fidel con un wagashi en la mano. Un trabajo agradable que fue recompensado además con un memorable almuerzo con sushi en Roppongi días más tarde.

Ah, salimos en el número de diciembre de 2007. Y a partir de octubre no me importaría salir en otros números…

Aparecí en una revista japonesa

YABAI!!!

Esta vez este Yabai tiene un sentido totalmente positivo. Sí señores, aquello por lo que tanto protesté, que tanto deseé y por lo que estuve a punto de morir, ha dado positivo, y no es nada biológico. Esta mañana, recién despierto, recibía en mis descafeinadas manos un sobre de la embajada que contenía otro sobre de la Japan Foundation que albergaba una carta que me invita a ser uno de los integrantes del próximo curso en el Instituto de Kansai de la Japan Foundation, lo que se traduce que he superado el primer paso de la beca, y ahora sólo queda enviar unos documentos con la confirmación, comprar un billete, y a estudiar japonés en Osaka por ocho maravillosos meses.

Cangrejo_osaka

Gracias a todos los que siempre me habéis apoyado. Ya celebraremos una fiesta de despedida. Como en el comienzo de Cloverfield, pero sin monstruo.

YABAI!!!

Una cuestión cultural (o el Japón clásico y cuántico)

En la vida diaria Japón es como la física clásica. Todo sucede por una razón lógica, o responde en última instancia a una serie de cuestiones eminentemente pragmáticas. España, en cambio, es más como la física cuántica. Las cosas funcionan a primera vista de manera totalmente inexplicable o impredecible, y cuídate de querer comprender por qué es así.

Digo esto a colación de algo que me ha sucedido últimamente cuando llevaba a una amiga mía japonesa al mercado de Triana. El hecho, que explicaré a continuación, me volvió a recordar aquellos días no tan lejanos en los que, estando en Japón, podía ir a comprar sin necesidad de cuidarme de ser estafado.

Estando en el mercado, iba enseñando a mi amiga los nombres en español de algunas de las frutas, verduras, y productos de origen animal. Paramos justo en un puesto que hacía esquina porque ante nosotros aparecieron unas cajas de apetitosos caquis granaínos. Como gesto de buena voluntad, me ofrecí a comprar unos cuantos para terminar bien el almuerzo. Y ahí es cuando saltó el genuino genio español del tendero y su ayudante, que ante una mujer de origen extranjero y un tipo con poca pinta de andaluz estándar, trataron y consiguieron colocarnos una bandeja de caquis preparada para la ocasión.

¿Por qué acepté esos caquis? Por varios motivos. El primero de ellos, que yo no tenía ganas de discutir. El segundo, que poco me importa a mí una magulladura en una fruta. Y el tercero, que a veces confío demasiado en la gente. El caso es que aquellos caquis resultaron ser un verdadero apocalipsis. Mi amiga y yo volvimos atrás para pedirle al tendero que nos cambiara la fruta, pero él y su ayudante ya nos estaban esperando. Nos dijeron eso de “es que eso es así” y que nos lo habían dado bien para consumir en su día sin esperas. A mí me pareció más bien que nos habían colocado lo menos vendible, a pesar de poderse comer. Fin de la discusión y a casa a reflexionar un par de cosas: por qué Japón es tan distinto, y de qué manera me vengaré del tendero y su ayudante.

En cuanto a la primera reflexión, tengo que decir algunas cosas. Uno de los motivos por los que me iría a vivir a Japón sin ninguna duda es por la seguridad que se siente en cualquier asunto de la vida cotidiana. Ya he comentado muy a menudo que los japoneses son muy pragmáticos, y que esa misma cualidad, además de hacerlos a veces predecibles, beneficia en muchos casos a la comunidad. Ese beneficio repercute en muchos aspectos de la vida diaria, como es el mismo caso de ir a hacer la compra. Es algo maravilloso ir a un puesto de fruta y no tener la necesidad de revisar el contenido de la bolsa. O ir a un supermercado y no tener que revolver las bolsas de patatas para encontrar una en la que no haya al menos dos piezas bastante perjudicadas.

Japón era caro. Con el euro, y el alza de precios en nuestro país, comprar en un supermercado japonés y en uno español sale casi por lo mismo. Puede que en Japón salga aún un poco más caro, pero al menos lo que compras siempre tiene una calidad excelente, y nunca tendrás que vigilar que no te estafen. Esto es una cuestión cultural heredada del pensamiento confuciano y del taoísmo. Lo que a nosotros nos parece educación no es más que rutina y lógica para ellos. Algo que al parecer los españoles nunca comprenderán, porque lo que nosotros hemos heredado es el egoísmo y la insensatez propia de la llamada “picaresca” que nos hace tanta gracia en el Lazarillo de Tormes.

Una frase que intento tener siempre presente para actuar en consecuencia la dijo un japonés, y sin duda refleja ese pensamiento del que el espíritu de este pueblo hace gala, en términos generales y hacia la comunidad, en este Japón pacífico que nace tras la Segunda Guerra Mundial: “En la vida hay que hacer cosas buenas porque sí”, dijo Chiune Sugihara.

Si Sugihara hubiese sido educado en España, habría aprendido que hay que aceptar que las cosas funcionen mal porque “es lo que hay”. Esta frase multiusos define la razón irracional y nunca negociable del carácter latino. Es impredecible, es ilógica, pero sabremos que siempre irá mal. Es nuestra herencia cultural.

La nota irónica a todo esto es que en este Japón que yo defiendo tampoco es todo alegría y bondad. El hecho de que no te estafen en un supermercado no es por simple honestidad, sino porque no estafar beneficia a la comunidad en su conjunto. Algo que a lo que los españoles deberíamos apuntarnos.

En cuestiones políticas y económicas Japón es un barco cuyos comandantes intentan achicar aguas para evitar el hundimiento y la catástrofe. Ese es el motivo por el que el Kanji elegido como más característico de 2007 es el de falsedad 偽.

Desde la crisis que estalló en 1991, Japón ha estado combatiendo para volver a las “vacas gordas” de los años setenta y ochenta. Tras el escándalo con los fondos de pensiones el partido que ha gobernado durante los últimos sesenta años (exceptuando entre 1993 y 1996), el PLD o Jimintô, está temiendo perder las próximas elecciones. El envejecimiento de la población en Japón ha alcanzado cotas bastante altas, y es este sector de mayores de 65 años el que está dispuesto a poner el grito en el cielo. Por ello, creo, han dejado ver a través del Kanji de falsedad un descontento generalizado. El gobierno no ha actuado según los principios que rigen el funcionamiento de esta sociedad. Y a pesar de todo Shinzo Abe dimitió, y surgió este personaje tan curioso y poco esperado que es Yasuo Fukuda. Por ello las próximas elecciones en Japón se presentan tan interesantes. ¿Quién sabe? A lo mejor el Kanji elegido el próximo año es el de cambio 変 (hen). Que por otra parte también es extraño, raro, singular, extraordinario y dudoso. Como la propia sociedad japonesa en cuestiones más intrincadas como la política, o en cosas de puertas para adentro. Ahí sí que podríamos mentar a la física cuántica.
Una cuestión cultural (o el Japón clásico y cuántico)