Una gramática de Tokio

El siguiente artículo tiene más de ejercicio literario que de apunte científico. De hecho, cualquier parecido con la ciencia es una mera plataforma para pensar sobre la ciudad japonesa.

Una gramática de Tokio

El lenguaje es uno de los más grandes y misteriosos avances de la cultura humana. No sabemos a ciencia cierta cuándo ni en qué condiciones surgió para continuar desarrollándose hasta llegar a su forma contemporánea, la cual tampoco dudamos que continúa evolucionando. Desde un punto de vista cultural, existe la problemática de determinar en qué momento los antecesores del homo sapiens sapiens pudieron vocalizar la primera palabra, o construir la primera oración. Desde el punto de vista científico, o más concretamente, genético, sí se ha teorizado sobre el gen responsable del desarrollo de nuestro lenguaje, y por lo tanto de un modo “gramatical” de pensar.

La ciencia nos dice, a día de hoy, que el gen FOXP2 humano es el responsable del desarrollo de la coherencia gramatical, es decir, que entre muchas otras posibles funciones, nos ayuda a distinguir tiempo, modo, número y persona. En definitiva, nos ayuda a comprender una realidad encajándola en un sistema. A sistematizar (ordenar en un sistema) la realidad que se percibe a través de los sentidos, y, cómo no, a comprender y a comunicar. Es el gen que nos permite controlar y manipular (en el buen sentido y en el malo) la información.

Es inevitable recordar, desde el punto de vista del estudio urbanístico de Tokio, el libro que Roland Barthes, el semiólogo francés, dedica a esta ciudad. En El imperio de los signos, Barthes se asoma a la ciudad japonesa desde su escritura, fascinado por los trazos que componen los caracteres de un lenguaje que desconoce. Su manifiesto desconocimiento de la lengua, explica, no supone para él un obstáculo, muy al contrario le conduce a un oasis de protección frente a los dictados de su lengua materna. De este modo, el semiólogo parece advertir que la ciudad japonesa, como su lengua, escapa al modelo racional occidental, que reconoce como un sistema más y no por ello mayor ni mejor, y que condiciona la estructura concéntrica de la ciudad americana y europea.

Tokio, destaca Barthes, es una gran metrópolis cuyo centro está vacío y desvía las aglomeraciones. La ciudad, se sorprende, no sigue un orden nominativo, y contrariamente a lo que se podría pensar como lógico, los japoneses construyen la imagen de su ciudad en base a sensaciones y señales, siendo necesario dibujar secciones de la misma para explicar una dirección. En el imperio del trazo esta es la lógica.  La ciudad es un texto, o un conjunto de textos.

Esta visión semiótica de Tokio choca, no obstante, con la idea de una metrópolis (o megalópolis en proceso) con un centro que es plural y no geométrico. Así pues tenemos un centro político, Kasumigaseki; un centro económico, Marunouchi (que por cierto, pertenece en casi su totalidad al imperio de Mitsubishi); y un centro comercial, Ginza. Tokio es un gran sistema que, como el idioma japonés, nos puede parecer lógico si lo desconocemos, caótico si no llegamos a comprender sus fundamentos, y complejo si aceptamos la imponente dificultad de llegar a dominarlo.

Es extraño llegar a conocer a un japonés que haya alcanzado el dominio completo de su lengua. Entiéndase esto como el conocimiento de todos los signos que la componen, de todos los kanji. Conocerlos no es una meta imposible, aunque sí bastante improbable. Asimismo el conocimiento de la ciudad japonesa requiere la experiencia diaria, y aún así llegar a conocer su forma se nos antoja una quimera.


El arquitecto japonés Itō Toyoo destacaba, a su llegada al aeropuerto de Narita, que a medida que se introducía en la ciudad por una de sus arterias era incapaz de distinguir o imaginar forma alguna.

En medio de la sucesión de paisajes anodinos, uno se encuentra dentro de la ciudad de Tokio, sin haber experimentado ninguna impresión o estímulo. Es decir, uno se encuentra envuelto por el macrocuerpo, la metrópoli, sin haber percibido claramente su fisonomía ni tampoco haber tenido una impresión intuitiva. […] Creo que los extranjeros que visitan Tokio por primera vez comparten esta sensación incierta de estar inmersos en un pantano sin fondo. Una ciudad sin contornos, en donde penetra uno sin darse cuenta, como en un laberinto.

No es el único que reconoce Tokio como un elemento vivo e infinitamente complejo, como la lengua japonesa. Yoshinobu Ashihara habló del orden oculto de la metrópolis, una ciudad que era “como una ameba”, o que reflejaba un “orden fractal”.

Las ciudades que, como Tokio, parecen desordenadas, tienen relación con la convergencia de elementos heterogéneos y generados espontáneamente. No están ideadas desde un comienzo para ser tal como son, sino que, más bien se desarrollan por el azar. Esta aleatoriedad es la raíz de la identidad de Tokio […] aquí está la “belleza del caos”, una corriente estética de relevancia para el siglo XXI.

Asimismo, Ichikawa Hirō observó que Tokio es una ciudad “flexible”. En 2008 la NHK ofrecía a los japoneses una serie documental donde se estudiaba la capital nipona dentro de un conjunto de “ciudades en ebullición”, y hablaba de Tokyo Monster. Un monstruo que, por cierto, desde hace décadas se enfrenta a constantes proyectos de revitalización y amenazas a su poderosa hegemonía.

¿Es posible conocer algo que siempre cambia? Posiblemente esta tarea sea difícil, pero sí podemos hacer un esfuerzo por comprender el sistema, o si queremos la gramática, que fundamenta ese algo.

El gen FOXP2 puede no sólo ser el responsable del lenguaje en sí, sino del mecanismo que ha favorecido el sistema que subyace al mismo. Del mismo modo, la ciudad, como sistema, como conjunto de signos y manifestación coherente de un conjunto de formas de habitar, es el producto del modo de pensar que este gen ha otorgado al ser humano. Parece razonable pensar que así como el lenguaje no ha podido existir sin comunidad, y que la comunidad ha debido ser el cobijo del lenguaje, los asentamientos humanos han sido producto del pensamiento gramatical de esta misma comunidad. O si lo preferimos, un sistema de habitar precedido por un sistema de comunicar.

Una gramática de Tokio

Terrorismo en Japón: los ataques con gas sarín de 1995

Cuando cualquier visitante acude a Japón, una de las cosas que  más le sorprende es la ausencia de papeleras en la calle. Si preguntamos sobre la razón de esto, probablemente la respuesta que obtengamos es que se han suprimido muchas papeleras para evitar ataques terroristas. Pero, siguiendo la historia reciente de Japón, podemos comprobar que no han existido casos de terrorismo internacional que puedan enlazar con los atentados de Londres, Madrid o Nueva York. Realmente, la amenaza terrorista en Japón ha surgido normalmente desde dentro, con casos como el del Rengōsekigun 連合赤軍, la Unión del Ejército Rojo de ideales comunistas; el grupo de ultraderecha Seikijuku 正氣塾, que desde 1981 ha protagonizado numerosos actos violentos; y el más importante de todos, del cual vamos a hablar en esta ocasión: el de la secta anteriormente conocida como Aum Shinrikyō オウム真理教.

El lunes 20 de marzo de 1995 la secta de la Verdad Suprema (Aum Shinrikyo), atentó en varias estaciones del metro de Tokio, en los recorridos de las líneas Chiyoda, Marunouchi y Hibiya. Estas líneas atraviesan todo el centro de la capital y conectan con el barrio en el que se concentra el poder estatal, Kasumigaseki.

Por aquel entonces era corresponsal del diario El País Ramón Mantecón, quien describió cómo sucedieron los hechos. A las 7.59 de la mañana, entonces hora de grandes desplazamientos y aglomeraciones, Ikuo Hayashi, Ken’ichi Hirose, Tōru Toyoda, Masato Yokoyama y Yasuo Hayashi  se deslizaron en los vagones del metro de Tokio ataviados con mascarilla. Algo habitual en Japón, y que no levanta sospechas entre los pasajeros. Sí parecía extraño, no obstante, los guantes de plástico que cubrían los brazos de estas personas, la bolsa de plástico envuelta en papel de periódico y el paraguas, algo nada habitual en la mañana víspera del solsticio de primavera.

En pocos minutos esos hombres agujerearon las bolsas, y un líquido comenzó a deslizarse por el suelo del vagón de metro. A los 15 minutos el líquido, que se evapora y se mezcla con el aire,  comienza a afectar a los pasajeros. Vómitos, asfixia, ceguera… Es el efecto del gas sarín con el que los miembros de la Verdad Suprema cometen el atentado. Un gas 20 veces más mortal que el cianuro de potasio. El jefe de la estación de Kasumigaseki recoge uno de los paquetes de un vagón de metro con sus manos desnudas, y cae desplomado casi al instante. El gas sarín penetra en el cuerpo a través de la piel y los pulmones, rompiendo las defensas del organismo y provocando una crisis nerviosa.

En total, seis personas murieron en menos de 20 minutos en el metro de Tokio, y otras tantas en los hospitales, dejando 13 fallecidos en total. Más de 5.400 personas fueron intoxicadas.

Aunque todo apuntaba a la secta religiosa de Shōkō Asahara, en un principio negaron los atentados. No obstante, varios meses antes se había oído a este líder hablar del gas sarín en varios de sus sermones. Además, se habían encontrado varios compuestos necesarios para la elaboración de este gas en las instalaciones que la secta poseía en Kamikuishiki. Aunque oficialmente no se había reconocido que Asahara estaba siendo investigado y que se sospechaba de él, la prensa sensacionalista sí había dado cuenta de ello, debido a la presunta implicación que éste había tenido en otros incidentes. Este atentado no fue el primero, en 1994 la policía japonesa dejó sin resolver la muerte de siete personas en la ciudad de Matsumoto, en la provincia de Nagano, tras un ataque con el mismo gas.

Este hecho puso de manifiesto la debilidad de la sociedad democrática y de las grandes ciudades ante el ataque de sectas religiosas fundamentalistas o de grupos terroristas. Los atentados tuvieron una repercusión mundial. También Nueva York y Washington aumentó la vigilancia en los subterráneos.

La CIA ya había experimentado la debilidad del metro de Nueva York en los años cincuenta, introduciendo un colorante no tóxico que fácilmente se propagó por los sistemas de ventilación. Este experimento fue la inspiración de una novela de Gordon Thomas escrita en 1990, Perfume Mortal. El desarrollo de esta novela tenía similitudes con los atentados de Tokio. Igualmente, estos ataques inspiraron la novela Salto Mortal (Chūgaeri), del premio Nobel japonés Kenzaburo Oe; y el libro Underground de Haruki Murakami, en el que se discute la repercusión de estos ataques en la psique japonesa.

La secta de Asahara reunía a 10.000 fieles en Japón, 20.000 en Rusia y otros tantos en Nueva York, Bonn, y en Sri Lanka. Su nombre, Aum Shinrikyō, deriva del término hindú Om, que representa el universo, y de la expresión que se escribe con los caracteres Shin (verdad), Ri (razón, justicia), y Kyo (fe, doctrina).  Esta secta toma influencias del hinduismo y del budismo por la rama Theravada, Mahayana y Vajrayana. Nació a partir de la celebración de varios seminarios sobre Yoga que eran el pretexto para hablar sobre la espiritualidad, unos seminarios que hoy también están siendo la puerta de entrada a las sectas hermanas de la Verdad Suprema. En 1987 el grupo de Asahara obtuvo el estatus oficial de religión de manos del gobierno japonés. A partir de entonces fue creciendo el número de fieles, en su mayoría estudiantes, que eran captados a la salida de las estaciones de metro mediante preguntas trascendentales sobre el ser humano.

Shōkō Asahara, cuyo verdadero nombre era Chizuo Matsumoto, se convirtió en líder de esta secta en 1986, tras unos ejercicios espirituales en el Himalaya. Asahara predicaba que el fin del mundo tendría lugar en 1997, tras una última guerra mundial. En la personalidad y la historia de Asahara hay muchos puntos aún por discutir. Antes de cometer los actos por los que finalmente fue condenado, aseguraba que había mantenido contacto directo con el Dalai Lama, hecho que ayudó a su secta a ser reconocida como religión en Japón. En el juicio contra él fue acusado de 27 asesinatos, y encontrado culpable de 13 de los 17 cargos a los que se enfrentaba, entre ellos de otros casos como el ‘incidente Matsumoto’ y el asesinato de la familia Sakamoto.

No obstante, su juicio no estuvo falto de puntos oscuros. El proceso, que fue titulado por los medios sensacionalistas japoneses como “El juicio del siglo”, fue criticado por la organización Human Rights Watch porque el abogado más preparado para la defensa de Asahara, Yoshihiro Yasuda, fue arrestado y acusado de obstruir y retrasar el juicio para así evitar que el líder de la secta fuese condenado a la máxima pena posible, por lo que se le impidió participar en la defensa.

Finalmente, el 27 de febrero de 2004 Asahara fue condenado a morir en la horca. Hoy, 20 años después del atentado, el anterior gurú del la Verdad Suprema aún no ha sido ejecutado. Aunque en 2006 se trató de recurrir la sentencia apelando a una supuesta enfermedad mental, la corte japonesa se mostró inamovible en su decisión. En cuanto a la secta, después de los atentados abandonó Japón para instalarse en Rusia, cambiando su nombre por el de Aleph, la primera letra el alfabeto hebreo. Hoy existen en Japón dos sextas hermanas de la Verdad Suprema que vuelven a estar bajo la vigilancia estricta de las autoridades, o al menos eso es lo que se dice.

El 20 de marzo de 2015 es el 20 aniversario de este acto deleznable. Sin embargo, en Kasumigaseki todo parece tranquilo. Los medios recuerdan los horrores y peligros de este tipo de sectas que, lejos de haber caído en el olvido, hoy vuelven a introducir sus raíces en una sociedad a la deriva.

Encontramos en Youtube un interesante reportaje sobre esta secta (inglés):

Terrorismo en Japón: los ataques con gas sarín de 1995

El artículo póstumo de Antonio Cabezas. La brillantez de una vida dedicada a Japón.

Los que hemos tenido la suerte de dedicarnos, con mayor o menor éxito, al estudio de Japón, o lo que algunos rechazan llamar “Japonología”, hemos conocido la obra de uno de los pioneros de este campo: Antonio Cabezas García. Hace dos años que el profesor Cabezas nos dejó, pero por suerte para nosotros y para los que vienen detrás de nosotros, su obra, eterna y llena de conocimiento y experiencia, siempre estará presente.

Recientemente su esposa, Cristina Lagura Cabezas, también una gran conocedora de Japón, ha publicado en Internet su último artículo, que resume brillantemente su visión y conocimiento profundo del Japón actual, y las importantes correspondencias que éste tiene con occidente. En él aporta su opinión, generosa y vitalista, optimista y humilde, sobre nuestra posición, la de los españoles, en el intercambio de conocimientos con Japón. De su texto, destacaría lo siguiente:

Quienes conocen a fondo Japón y alguno de los países occidentales – vamos a ceñirnos, para simplificar, a España – , saben que ni Japón ha aprendido todo lo bueno que tenemos, ni nosotros todo lo que ellos tienen de valioso. En España padecemos una serie de problemas que Japón tiene resueltos y viceversa, Japón se enfrenta a ciertas deficiencias, que nosotros tenemos resueltas. Cuando alguien en Japón propone ahora que aprendan de España para solucionar este o aquel problema, los patrioteros responden que Japón no es España. Y lo mismo responden nuestros patrioteros cuando proponemos que España aprenda de Japón esto o lo otro. Admirables perogrulladas.
Los españoles conocemos muy bien nuestras lacras actuales: la lucha armada contra ETA, la crispación política, el paro y los contratos basura, el deterioro de la educación, las listas de espera en los hospitales, la droga, la inseguridad ciudadana, el tráfico, la politización de la iglesia y la vivienda.
Y los japoneses conocen también sus deficiencias: el infierno de los exámenes de acceso a la universidad, una educación excesivamente memorística, las facciones dentro de los partidos políticos, el exceso de trabajo, demasiadas normas sociales, el indiferentismo religioso, un excesivo consumo de fármacos, el conformismo ante el estado y las grandes empresas, el mito de su unicidad cultural impenetrable.
Basta leer estas dos listas para llegar a la conclusión de que algunas de nuestras miserias no existen allí y algunas de sus miserias no las padecemos aquí. Lo lógico sería estudiar por qué, y cómo han conseguido los unos solventar problemas que los otros no consiguieron resolver y viceversa.

Antonio Cabezas, que vivió en Japón durante tres décadas, y conoció en profundidad sus virtudes y miserias, es la voz irrebatible de la que se pueden obtener grandes lecciones. Este párrafo que arriba reseño lo demuestra. Se me antoja como el argumento perfecto frente a todos aquellos que, o bien se empeñan en idealizar a Japón y no aceptan crítica alguna, o al contrario, se deleitan en la crítica destructiva hacia un país que ni conocen, ni llegarán a conocer tan a fondo como alguien que se dedicó a estudiarlo, lo respiró y vivió durante largos años.

Os recomiendo encarecidamente que leáis el excelente artículo del profesor Cabezas en la siguiente dirección.

http://elsigloibericodejapn.wordpress.com/2010/02/18/un-homenaje-personal/

Todos tenemos aún mucho que aprender.

El artículo póstumo de Antonio Cabezas. La brillantez de una vida dedicada a Japón.

Drop: “el papel higiénico más terrorífico de Japón”.

Hace poco mi director de tesis me ha regalado la popular obra del escritor de novela fantástica Kôji Suzuki titulada Drop, publicada en formato papel higiénico. El escritor (autor del éxito Ring) pensó en la costumbre de muchos japoneses de llevarse lectura al baño, y negoció con sus editores el curioso formato que podéis ver en las fotos. Gracias a la ayuda de la empresa Hayashi Paper, el escritor ha podido ver realizado su proyecto, y lo que es más, con un éxito apabullante, habiéndose convertido en todo un Best Seller en menos de un año. De hecho, la obra de Suzuki es vendida en algunas webs y librerías como “el papel higiénico más terrofíco de Japón”.

Ya tenemos Drop 1 y Drop 2 en un pack de dos rollos de papel higiénico. Si el éxito se traduce en una estrategia editorial real, los más “regulares” no se van a librar de sus 10 minutos (por un poner) de lectura diaria. Todo un visionario, Kôji Suzuki.




Drop: “el papel higiénico más terrorífico de Japón”.

El desarrollo japonés frente al mundo. (I) La resurrección del peligro amarillo.

En los albores de la industrialización del Japón, el viajero francés y cronista André Bellesort admiraba al “peligro amarillo” que suponía este ambicioso país como “un peligro muy amable”. Hablamos de finales del siglo XIX, y de la primera mitad del siglo XX, cuando el país nipón, siguiendo los dictámenes de un Occidente en ebullición, se industrializaba y comenzaba su andadura económica con la aspiración de convertirse en una gran potencia como Inglaterra, en un primero momento, y Alemania hasta la década de los cuarenta del siglo XX. Los éxitos de la producción industrial japonesa, especialmente textil, lograron que una ciudad como Ôsaka se convirtiese en la “Manchester de Oriente”. Fueron las aspiraciones militares, hondamente motivadas por el pulso económico y las restricciones a las que el mercado occidental sometía al imperio, además de por las ambiciones expansionistas, las que llevaron al desastre al país.

Otros países habían tardado en recuperarse de la guerra. Japón, casi en ruinas, supo ponerse manos a la obra con la ayuda del gobierno de ocupación del general Douglas McArthur para celebrar en pocos años lo que se conocería como el “milagro japonés”. No en vano, ya en la década de los cincuenta la locomotora del desarrollo en Japón parecía ir a toda marcha. Los políticos japoneses, con la ayuda del gobierno norteamericano, había diseñado un plan de desarrollo cuya visión de futuro colocaba a Japón en el número uno de las economías mundiales.

Terminada la década de los sesenta, Japón ya ha superado prácticamente a la Alemania Occidental en producción industrial, ganándose un puesto entre las principales economías del mundo. EEUU y la URRS miran con recelo este “milagro japonés”, y vuelve a despertar el fantasma del “peligro amarillo”.

En este contexto, el economista Hakan Hedberg escribe en 1970 un libro titulado El reto japonés, donde, a pesar de no esconder su pasión por el país oriental, destaca una serie de claves en las que, opina, se desarrollará la economía japonesa hasta 1990, llegando a acertar, en ocasiones, el futuro que la economía del país mostraría posteriormente. No obstante, Hedberg se mueve entre el análisis agorero y la actitud aleccionadora. Su libro, que hoy casi podríamos denominar una curiosidad histórica, contiene un capítulo donde desglosa “los 25 factores del desarrollo del Japón”, de los que destacaremos sólo algunos, los más importantes para este artículo.

Hedberg es, en 1970, posiblemente el único economista de Suecia con la autoridad suficiente para realizar un estudio sobre los patrones de la economía japonesa. Así lo advierte al comienzo de su obra, apuntando la importancia capital que un estudio sobre este país puede tener para el futuro de Europa.

[El reto japonés] es una combinación de amenaza y promesa. El desarrollo económico es el mayor problema de nuestro tiempo, y en el modo como Japón hace frente a una serie de problemas hay que hallar lecciones no sólo para los países subdesarrollados, sino también para los países altamente desarrollados[…]

De entre los factores que destaca Hedberg, el numero uno es sin duda uno de los más importantes, y de los que más han marcado a la economía japonesa desde sus inicios: la cooperación entre el estado y el sector privado. Sobre este punto, Hedberg aseguraba que:

[…] en la intensa cooperación japonesa entre el estado y el sector privado hay que encontrar algunos métodos prácticos de cooperación que deberían poderse copiar en los países europeos.

Esta ha sido una de las claves del desarrollo japonés, que no obstante se ha visto empañada por la corrupción política y los tratos de favor, con la adjudicación de ayudas al desarrollo en regiones donde gobernaba el PLD. De hecho, es famoso asimismo el sistema de amakudari (“Caído del cielo”) por el que los exburócratas de alto rango pasaban a ocupar puestos de responsabilidad en empresas privadas, generando de este modo un sistema relativamente oligárquico, y lo que ha resultado ser más dañino, una fuerte interdependencia del estado y el sector privado. Con esta práctica también se mantenía un fuerte monopolio de ciertas empresas sobre las ayudas estatales al desarrollo.

En el libro se destacan también como factores a “una burocracia competente“, y al proteccionismo, que en realidad, junto con el sistema de intervención estado-sector privado, fue promovido por el gobierno norteamericano con el propósito de usarlo como fuerza para levantar la economía del país, pero no como sistema para impulsarlo hacia el éxito.  Estas ideas fueron acogidas por los estadistas japoneses junto a otro factor que destaca Hedberg, el nacionalismo, por el que el país se volcaba en crear una industria propia sólida, por la que sacrificarse. Este afán por resurgir como potencia creadora es descrito por el economista sueco como “un perpetuo pentatlon industrial”.

Pero sin duda, son los trabajadores asalariados los que hacen resurgir a Japón. Hedberg observa sabiamente dos características en el papel que éstos tienen en el desarrollo. Por un lado, “el índice de sudor”:

Si el índice internacional es cien, entonces la intensidad física de los obreros americanos es setenta, y la de sus colegas japoneses ciento treinta – escribe.

Luego está “la productividad”, de la que señala que:

El aumento de la producción es casi siempre mayor que el aumento de los salarios, e incluso en el caso de que las inversiones de capital contribuyan a ello en alto grado, el trabajo no se opone al proceso de la automatización.

Respecto a éste último punto, añade otro factor que llama “la destrucción creadora“, por el que explica que los medios de producción siempre se están renovando, aún cuando el ritmo de aparición de nuevas tecnologías abrume al propio empresario.

Finalmente, uno de los factores por los que Hedberg (y también el autor de este artículo) sienten más admiración es el pacifismo. De hecho, el economista advierte de

[…] los enormes recursos que pueden aprovecharse cuando el presupuesto militar es reducido a un nivel razonable.

Y con este razonamiento, deja volar su imaginación sobre una utopía en la que los países (especialmente los bloques enfrentados durante la guerra fría) reducen su gasto de defensa en favor de la investigación de las tecnologías para el bien del ser humano. Este espíritu, que sin duda alguna ha sido y es una de las noblezas del Japón actual, pese a su oscuro pasado y los ecos vivos del mismo, se recoge en un editorial del Mainichi Shinbun de diciembre de 1969, también destacado por Hedberg, en el que un periodista afirma:

Nos parecería más eficaz convertir al Japón en una nación a la que el mundo no pueda permitirse el lujo de perder en una guerra destructiva[…] Si estalla una guerra, el Japón puede evadir verse envuelto en ella si construímos una nación a la que el mundo considere digna de que se le conserve la existencia […]

Estas ideas, como veremos en la continuación de este artículo (II), son puestas en práctica durante la década de los setenta en el programa del gobierno japonés para la creación de toda una red de tecnópolis consagradas al progreso científico y económico.

La visión de Hakan Hedberg, aunque fundamentalmente optimista, acierta en muchos aspectos. De hecho, como bien afirma, el supuesto “milagro” no es más que “una buena dosis de sentido común sin ningún ingrediente mágico”.

Desafortunadamente, las crisis del petróleo y la bubble economy estaban a la vuelta de la esquina, alimentadas con las inevitables ambiciones de una clase política corrupta, cuya desastrosa influencia sobre la economía ha cristalizado en una larga crisis que analizaremos en el próximo artículo.

El desarrollo japonés frente al mundo. (I) La resurrección del peligro amarillo.

Estudiando la megalópolis japonesa

Como ya sabéis algunos que me leéis, estoy en Japón escribiendo mi tesis sobre la Megalópolis de Tôkaidô. Sin embargo, creo que aún no he explicado bien de qué se trata esto de la megalópolis. Para empezar, debéis saber que el primero que utilizó el término megalópolis para definir el área que acoge a una trama de grandes zonas urbanas que se conurban fue el geógrafo francés Jean Gottman, allá por el año 1961. Podemos decir, en general, que una megalópolis es el área donde conviven varias grandes ciudades, metrópolis, y ciudades intermedias; o bien, el área que acoge una red de ciudades interconectadas. De hecho, se habla de megalópolis cuando la población de una urbe supera los 10 millones, aunque teniendo en cuenta el incremento de la población mundial y el desarrollo de las ciudades, esto podría ser discutido.

En el caso de Japón, concretamente, después del desarrollo extraordinario y caótico que sucede a partir de 1945, los urbanistas tienen la necesidad de definir el crecimiento de las ciudades de otra forma. Eso les lleva a acoger con entusiasmo en la segunda mitad de los años ’60 y comienzos de los ’70 el término megalópolis, y a describir toda una serie de áreas del archipiélago donde la trama urbana había crecido notablemente. Uno de esos estudiosos es Eiichi Isomura, un geógrafo social que en 1968 escribe un libro titulado La megalópolis japonesa (日本のメガロポリス), en el que, por primera vez, se hace una descripción detallada del área de Tôkaidô. Por suerte he podido conseguir ese libro, gracias a mi tutor, y ahora estoy leyéndolo (no sin esfuerzo).

Isomura distingue cuatro megalópolis en Japón: la megalópolis de Tôkaidô, que es la más importante, y en la que se reunen las ciudades de Tokyo, Yokohama, Shizuoka, Nagoya, Osaka y Kobe; la megalópolis de Setouchi, que llega hasta Fukuoka; la megalópolis de Hokuriku, dentro del distrito de Ishikawa; y la megalópolis de Doou, en Hokkaido.

Con el paso del tiempo, por supuesto, estas áreas han sido redefinidas e incluso olvidadas. Por ejemplo, muchos estudiosos se refieren posteriormente a la megalópolis de Setouchi como la Extensión de Setouchi-Kitakyushû, englobándola dentro de lo que sería el área de la gran megalópolis de Tôkaidô.

Mi investigación, sin embargo, es algo peculiar. No soy urbanista ni arquitecto, aunque he estudiado y estudio estos temas. Por ello el punto de vista desde el que estoy estudiando el fenómeno (o realidad) de la megalópolis es desde las ciencias sociales y la teoría de la información. De hecho, la megalópolis y la Sociedad de la Información tienen una estrecha e imprescindible relación.

Así que, por el momento, ya sabéis un poco más qué es lo que estoy haciendo en Japón. Espero que los resultados de mi investigación, volcados en una tesis, sirvan para aclarar, redefinir y reconquistar la definición de megalópolis. Un concepto que resulta bastante difuso en la actualidad.

La obra de Eiichi Isomura, La megalópolis japonesa, en mi poder
La obra de Eiichi Isomura, 'La megalópolis japonesa', en mi poder
Estudiando la megalópolis japonesa

Rokumeikan – (ARTÍCULO PARA FEIAP 2008) [EDITADO]

Estimados lectores. Me complace editar esta nota, y anunciar que todo ha quedado solucionado de manera muy satisfactoria. Desde aquí agradezco a los integrantes del Foro Español de Investigación sobre Asia Pacífico (FEIAP) su esfuerzo y atención. Como dije, esperaba que esto se arreglase, y se arregló.

En septiembre estará disponible el artículo en la web del FEIAP. Mientras tanto, podéis seguir accediendo al artículo a través del blog, hasta el día que sea publicado en el foro, momento en el que pasaré a ofreceros un enlace a dicha página.

Un saludo a todos, y que disfrutéis, debatáis y critiquéis mi artículo.

ROKUMEIKAN 鹿鳴館. JAPÓN Y LAS SOMBRAS DE UNA REPRESENTACIÓN ANTE EL MUNDO.

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Rokumeikan – (ARTÍCULO PARA FEIAP 2008) [EDITADO]