Kabukichō, la luz y la carne

Si entras aquí, abandona toda esperanza.

Desde que regresé a Japón en 2012 mi vida ha girado bastante en torno al infame barrio de Kabukichō, lugar de ocio adulto, de zonas grises, de locales de dudoso gusto, chavales con pintas y muchachas casquivanas, melopeas incipientes y consumadas, y sus consecuentes mañanas de remordimientos.

Desde octubre de 2012 viví durante una temporada en una casa compartida en Kita-Shinjuku, y acudía cada mañana caminando a la escuela en la que entonces estudiaba, cruzando este barrio bien temprano. El olor de la basura de la noche y el cuadro que ofrecían algunos trasnochadores trajeados me hablaban bastante del tipo de lugar que estaba cruzando. Alguna noche volvía pasando por el mismo barrio, observando una imagen muy distinta, más colorida y animada, llena de cantos de sirena. No es algo que hiciese frecuentemente, porque pasear o simplemente cruzar por allí es hasta cierto punto irritante si uno va sin un objetivo concreto, y peligroso si uno es de moral relajada y cartera famélica.

Cuando cambié de trabajo y de hogar pude al fin comenzar a hacer algo de ejercicio, y la casualidad quiso que encontrase un gimnasio en, efectivamente, Kabukichō, por lo que semanalmente vuelvo al lugar una y otra vez. Es hoy una especie de inmundicia, con respeto, a la que le tengo cierto cariño. Algunos tokiotas nacidos en la década de 1960 todavía conocieron el lugar cuando era relativamente decente, y no el planeta sórdido, extraño y pintoresco que es hoy, un barrio al que Pasolini le habría puesto un monumento y Bigas Luna le habría compuesto un pasodoble.

Había pensado compartir unas pequeñas escenas pintorescas que suelo encontrarme en el lugar, así que aquí van.

Anuncios de luz ambulantes

Cualquiera que haya ido a Shinjuku habrá visto estos camiones con anuncios luminosos en los que un par de señoritas, teléfono en mano, sonríen y muestran el símbolo del yen en sus pupilas. Como estos hay otros que anuncian locales de hostess o bares. En Kabukichō y otras zonas de este estilo hay locales en cuya entrada destaca una cortinilla que prohíbe el acceso a menores de 18 años y un cartel que reza “guía gratuita”. En ellos las personas que buscan algo en el mercado de la carne, y no me refiero al buey de Kobe, pueden encontrar una lista de locales y el número de contacto de señoritas que, habiendo llegado a un acuerdo con, cómo no, uno de estos proxenetas o alguna mama-san (señoras que llevan algunos bares), se han introducido en este negocio. Los grandes camiones que tienen el dibujo de las muchachas con el símbolo del yen en su pupila sirven a este propósito. Anuncian una vía de entrada a la fábrica de dinero de Kabukichō.

Los amos del bottakuri

Pasada la época de la estafa telefónica gracias a la avanzadilla de las nuevas tecnologías entre las personas mayores y a la campaña de información de la policía, los amigos de lo ajeno se han fijado ahora en los salaryman que tienen debilidad por las hostess, unas muchachas vestidas como si cada día fuese una boda gitana y que beben con los clientes en algunos locales y se dejan magrear con límites hasta que el que se ha convertido en parroquiano del lugar ha gastado una cantidad de dinero lo suficientemente grande como para cantar gol.

En estos locales los primos y primerizos suelen entrar confiados por las sugerentes palabras de un captador en el exterior del local. El sistema es por hora y el cubata se paga a precio de Dom Pérignon, lo que ha dado vía libre a algunos propietarios para extorsionar a clientes abultando la factura hasta límites insospechados, incluidos los extranjeros incautos. Esto se conoce como bottakuri. Una de las advertencias a los extranjeros que tengan el mal gusto de acudir a estos locales es que jamás paguen con tarjeta (te cobrarán lo que quieran). La policía está comenzando a actuar en algunos casos señalados, pero en la mayoría hace oídos sordos e ignora a los afectados. Más de una vez he presenciado en la estación de policía (kōban) que hay junto a mi gimnasio a un chaval trajeado de aspecto violento amenazar a uno o dos hombres con denunciarles si no pagaban una factura. En una ocasión hasta escuché cómo, delante de una agente que no se inmutaba, un tipo amenazaba con soltar al “abogado del bar”.

Ahora parece que con los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 en el horizonte el Gobierno metropolitano se ha propuesto limpiar Kabukichō. El enorme Hotel Gracery, un edificio oscuro e imponente, destaca en medio del luminoso caos del lugar, e incluso se ha encargado de editar una guía con locales seguros de la zona. La policía detiene también con frecuencia a propietarios que estafan a sus clientes, y los medios le dan importancia a estos casos en lo que parece el preludio de un movimiento orquestado para cambiar radicalmente la imagen del lugar. Las salas de cine de la compañía Toho coronadas por una enorme cabeza de Godzilla que comparten con el hotel también están ayudando a traer a otro tipo de clientela al lugar.

En el local de la izquierda el cartel reza
En el local de la izquierda el cartel reza “información gratuita”.

Aquí se viene a lo que se viene

¿Quién dijo que los japoneses pasan del sexo? Si algo nos enseña Kabukichō es que el japonés estándar es putañero, como se dice en la piel de toro. Cualquiera que haya cruzado Kabukichō habrá sentido en el cogote el aliento de los enormes senegaleses y guineanos, y de algún otro japonés, que te insisten, te persiguen y hasta casi quieren llevarte en brazos a algunos de los locales que los tienen en nómina. Algo que suele ocurrir cada vez que voy al cine o paseo por allí es que uno de estos jóvenes captadores de clientela me suelta la retahíla de locales que hay en el lugar, pescando con red: “¡hostess, este, oppai pub, soap land, massage, no pants!” Una oferta que parece no tener fin y sorprendería a cualquier escritor de lo absurdo.

Me explico: recientemente detenían al dueño de un “club de origami” que no era más que un local en el que muchachas menores de 18 años y vestidas de colegiala hacían grullas de papel que colocaban entre sus piernas abiertas para que el cliente pudiera verlas a través de un espejo.  El local había conseguido la licencia al registrarse como un “club”, pero era un establecimiento de otra naturaleza. Hace un año también cerraban otro local en este mismo barrio en el que el cliente pagaba por oler la ropa de menores de 18 y recibir una bofetada de ellas, eso sí, por un precio extra. Ejemplos como estos aparecen continuamente, y la mente del empresario que trabaja en el mercado de la carne es una máquina de ideas extravagantes.

Pero también hay espacio para la gente que hace la calle y los proxenetas que se enriquecen con ello. En las zonas más oscuras, delante del barrio coreano y en la ruta hacia el sitio en el que viví hasta 2013, estaban siempre esperando en la sombra unas señoritas de más 30 y menos de 40, inequívocamente filipinas, que me saludaban al pasar. Un pequeño gesto que no es de cortesía y que hay que ignorar por completo, ya que al devolver el saludo comienza la persecución, y uno se verá obligado a declinar una y otra vez el “masaje saludable” que estas señoritas ofrecen al transeunte, a veces de forma desesperada.

Reclutadores con pelazo

El mercado de la carne de Kabukichō no es sólo para el público masculino, sino también para el femenino. Los clubs de ikemen (buenorros) son también parte de este barrio, y tienen su clientela, aunque en muchos casos no se trate de prostitución sino de compañía de bar. Los encargados de reclutar a jóvenes suelen pasearse por el lugar con su peculiar estilo que parece salido de un manga. Seres hasta cierto punto andróginos con pelazo, o con un punto rudo o yanki  que esperan a cualquier hora del día por el lugar. Una mañana me crucé con un grupo que intentó reclutarme, porque también buscan a extranjeros, y trataron de poner delante de mi la zanahoria del dinero fácil. No hace falta decir que es la forma más rápida de conseguir que te den una patada y te expulsen del país, especialmente si eres estudiante.

Puede que las turistas estén interesadas en acudir alguna vez a uno de estos locales como diversión. No voy a desanimar a nadie si tiene la intención de hacerlo, ya que en muchos de estos sitios no hay más que unos cuantos chavales trajeados, maquillados y perfumados, una versión masculina de las hostess. Pero sugiero volver a leer el punto referente al bottakuri.

No todo Kabukichō es el Robot Restaurant

Desde 2012 ha tenido cierto éxito el Robot Restaurant, un establecimiento que empezó con un espectáculo erótico-rancio-festivo de robots, y que luego se ha reforzado con dinosaurios y otros elementos que lo han convertido en una de las diversiones kitsch para los turistas. Siendo, como es, la entrada algo cara y la comida bastante horrible, lo que de verdad interesa del lugar es ver el ruidoso show que difícilmente se borrará del cerebro del espectador. Pero este local es una excepción en medio de unas calles que acogen una realidad que no podemos ignorar. Y me estoy refiriendo al tráfico humano y la corrupción de menores.

En Kabukichō también hay mujeres de distintas nacionalidades, especialmente china, coreana y filipina, que trabajan atrapadas por las mafias que controlan este tipo de negocios. Muchas menores también son convencidas a través de la promesa del dinero fácil y de los regalos caros para trabajar en el negocio de la prostitución, sea cual sea su forma. Algunas series y programas de televisión tratan de envolver en un aura de encanto a este tipo de negocios, eliminando del discurso la parte turbia de muchos de los establecimientos que existen en el lugar y las circunstancias vitales y laborales de las personas que han terminado trabajando allí.

Para el visitante extranjero también se ha convertido en el lugar en el que caminar entre risas y a veces algo de sonrojo. Parece además que, aunque socialmente aceptado, de cara a la galería existe una especie de censura moral sobre las personas que en algún momento de su vida han hecho dinero trabajando en Kabukichō, y en particular para las mujeres que han sido hostess. Es un ejemplo más de las luces y sombras tan radicales que la sociedad tokiota muestra en su fotografía de grupo, y que este Valhalla del desenfreno deja al descubierto como una amalgama de esos bajos instintos que son inseparables de la naturaleza humana y trascienden fronteras.

Kabukichō, la luz y la carne

Segundo Año Nuevo en Tokio: los lugares y las cosas

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Reconozco que llevo mucho tiempo sin escribir. Contrariamente a lo que pensaba cuando emprendí este proyecto, las cosas no han ido demasiado bien, y mi situación en Japón y en la vida ahora mismo es como un mesón, indiscutiblemente inestable.

Así y todo, sigo trabajando, estudiando y disfrutando de pequeñas cosas. La navidad me pilló trabajando, dedicado a una búsqueda muy infructuosa para un programa de televisión que por suerte no tendré que ver. El fracaso de esta tarea me ha animado a redoblar mis esfuerzos para encontrar un nuevo empleo, y lo que es más, para intentar por todos los medios trasladarme a Osaka, Kioto o Kobe. Una de estas tres ciudades, de la región de Japón que más me gusta a falta de conocer el norte y el sur más al sur.

Año Nuevo fue otra historia. Armado de ganas y de mi compañera de viaje, la pobre Nikon D3100 sobreexplotada, me dediqué a visitar algunos lugares de Tokio para captar el ambiente del último día del año. Es mi segundo Año Nuevo en Japón, ya que el primero lo viví en 2008, en Asakusa, con buena compañía, tomando café en un Starbucks al que también volví este año, y viendo a la gente esperar en el Kentucky Fried Chicken.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El primer paseo del último día del año lo dí, cómo no, en mi barrio, Okubo y Shinjuku. Traspasando los pasajes de tiendas coreanas y clubs de dudoso gusto en la bastante concurrida Kabukicho, llegué al Hanazono Jinja. Eran alrededor de las 16:00, y apenas unas pocas personas de paso, cargadas de bolsas, paraban a rezar su plegaria en el templo. Lo que sí fue interesante ver fueron los preparativos. Cuidadosamente, un operario colocaba los faroles y enrollaba unos papeles alrededor de los remates de cada balaustre, en la escalera que conduce al altar. ¿Más plegarias? ¿Oraciones? Lo desconozco.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El siguiente destino fue Ueno, y concretamente el mercado de Ameyoko, recomendado por mi amiga Yuriko. Ameyoko es un lugar bastante visitado, pero en Año Nuevo es otra historia. Casi era imposible caminar, y literalmente me tuve que dejar arrastrar por la corriente humana, aprovechando algún hueco para sacar un par de fotos y menos de un minuto de vídeo. Desde sus puestos, los comerciantes ponen especial ímpetu en vender sus mercancías, especialmente el pescado, para los que buscan allí el menú de la noche y el día siguiente.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El último lugar de la noche iba a ser Asakusa. Cuando llegué al Sensô-ji, el frío me animaba a volver al peligroso confort de mi cuarto, a pasar la noche viendo la televisión, en Internet y leyendo. Cerca de la Kaminari-mon decidí tomarme un respiro y probar por 100 yenes un vaso de sake dulce caliente (mi sello de aprobación al mismo). Alrededor del templo, los puestos de comida ya estaban preparándose para el negocio del día, y una gran pila de barriles de sake sugería que esa noche la embriaguez sabría distinta a la nomikai (reunión para beber) con los compañeros de trabajo.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

En la Kaminari-mon y en los alrededores del distrito del Kabuki, muchas parejas pasaban las horas. Mi cámara y yo estábamos al límite, así que después del peor okonomiyaki que he comido en mi vida, en el cual pienso que confundieron los fideos con gomillas, quise revivir el año nuevo de 2008 en el mismo Starbucks y el mismo asiento en el que estuve ese día, prácticamente a la misma hora.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Mientras pasaba el tiempo frente a un Caramel Macchiato y una galleta de chocolate blanco y nueces de macadamia, decidí revisar en mi móvil, cosa que no hago frecuentemente, mi Twitter. En un mensaje, el recién llegado a Tokio @danikaze me sugería ir al Meiji Jingu de madrugada. Pese a hacerle esperar más de lo debido, porque la batería de mi cámara estaba hambrienta de carga, a las 22:30 nos reunimos en Shibuya, donde descubrimos un sucedáneo de Times Square de lo más absurdo. Podría decir que en Shibuya había extranjeros como yo y japoneses al 50/50. ¿Qué esperaban? Lo lógico sería suponer que en una de las muchas pantallas de los edificios aparecería algo parecido a una cuenta atrás para el año nuevo. Nada de ello sucedió. Una chica a la que pregunté me informó de que la gente hacía su propia cuenta atrás, y luego “empezaban a correr”. ¿A correr? ¿Una maratón? He oído que hay varias maratones de año nuevo en Nueva York, pero no sabía nada de Tokio.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Esperamos por lo tanto al año nuevo allí, pero nada extraño sucedió. Llegaron las 00:00, y la gente se volvió un poco más loca de lo que estaba, agolpándose en el centro de la carretera donde la policía trataba en vano de poner un poco de orden. Lo siguiente fue ir a lo seguro, seguir el plan y visitar el Meiji Jingu.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

En el Meiji Jingu los Scouts japoneses guardaban el fuego que conducía a la gran masa que pacientemente esperaba llegar al pabellón del templo. Los Scouts ayudan en las labores de control de masas en los festivales con más público, como es el caso también de los típicos espectáculos de fuegos artificiales de verano en Asakusa.

La masa de japoneses que esperaba en el Meiji Jingu era sin duda abrumadora, y daba algo de miedo adentrarse en ella sin saber el tiempo de espera ni lo que uno se iba a encontrar en el destino. Utilizando la reducción al absurdo, digamos que son casi 3 horas de espera para lanzar una moneda a una gran manta blanca durante unos dos minutos en los que la policía te insistirá para que abandones el puesto y dejes a otras personas pasar. Pero es algo más. La avenida que lleva al templo, además de los faroles con las empresas y personas que han hecho alguna aportación económica, está gobernada por una gran pantalla en la que además de la información de la noche, los anuncios de pizza, empresas constructoras y juegos de cartas se repiten una y otra vez. Al girar la esquina, la puerta sur del templo aparece decorada con los motivos típicos del Año Nuevo japonés: la diana y la flecha, y la tablilla con el animal del nuevo año, la serpiente blanca de 2013.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Pasada la puerta del sur, la multitud corre a lanzar la moneda y alzar el rezo shintoísta, para que el nuevo año traiga algo mejor que el anterior. Después de eso, sólo queda volver a casa, a descansar y recuperarse del intenso frío que me dejaba los pies y las piernas insensibles durante cada rato de espera en la interminable cola de entrada.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Algo que me perdí, que no hice y probablemente por ello sea castigado, es tomar el típico Toshikoshi soba 年越しそば, que los japoneses comen a las 00:00, y es el equivalente a nuestras 12 uvas de la suerte. Tal vez lo haga, con mucha suerte, en un hipotético Año Nuevo que me conduzca a 2014 en Japón, si me dejan continuar aquí.

Lo último que me queda por decir es que durante todo aquel día grabé más vídeo de lo habitual, porque tenía planeada una felicitación de Año Nuevo un poco más especial. En el vídeo, a partir del minuto 2:37, podréis ver todos estos lugares y algunos detalles más. Feliz 2013 a todos.

Segundo Año Nuevo en Tokio: los lugares y las cosas

El Tokio de mi revolución personal

Takao san 高尾山

Es curioso cómo a veces trazamos planes para causas difusas. Desde que llegué a Japón, en un rincón de mi cabeza se ha iluminado el lugar oscuro en el que habitaban pequeñas alegrías que era incapaz de ver, y se han oscurecido aquellas escenas idílicas que visionaba mientras trazaba algunas estrategias. A veces pienso que me he jugado una mala pasada, pero no es más que un cambio de posición, que no de perspectiva, del yo pesimista del que a duras penas consigo deshacerme.

No vine a Japón en busca de mejores oportunidades, ni por estar desesperado en Huelva, o sin recursos, o mal alimentado (todo lo contrario). Vivía bien, tenía un buen trabajo, y decidí lanzarme a este vacío, a ver qué ocurría, por muchos motivos. Algunos los puedo contar, otros me veo obligado a llevármelos a la tumba. Uno de ellos era luchar contra la pérdida paulatina de mi conocimiento del japonés, cómo no. Otro, probar nuevas experiencias laborales. Captar imágenes interesantes se cuenta entre otro de los motivos, aunque es algo tan diminuto que ni siquiera yo podía tomármelo en serio. Hasta el día de hoy he cumplido todos los objetivos que puedo exponer, lo que hace de esta aventura, o de este capricho, un logro.

Pero este logro puede haberme salido caro. No he pasado este tiempo sin sufrir, y lo peor es que sabía que iba a ser así. No esperaba vivir en un buen apartamento, ni tener muchos amigos, ni comer como un marqués. Nada de eso ha sido posible, y era de esperar. De hecho, mi calidad de vida ha vuelto a épocas de estudiante ya pasadas, o incluso peor. Tampoco las cosas salen siempre como uno espera, pero no queda más que afrontar y aceptar lo que uno tiene.

Eso, por otra parte, no quiere decir que tengamos que resignarnos.  No dejo de buscar nuevas oportunidades, de aprender cada día todo lo que es posible aprender.

Shinjuku 2012

Hablemos de Tokio. Donde más feliz fui durante mi anterior época en Japón fue en Osaka. Tokio es una gran ciudad mucho más deshumanizada, absurdamente severa y ridículamente degradada. No entraré aquí en un debate moral, porque no soy quién para juzgar la moral de ningún pueblo o persona, pero sí diré que gran parte de los tokiotas parecen haber olvidado cómo vivir, y también lo que es la solidaridad.

Tokio sigue siendo una ciudad llena de posibilidades y oportunidades, muy útil, y un espectáculo increíble. Pero los tokiotas han aceptado vivir en un sacrificio perpetuo. Un sacrificio sin causa. He tenido varias malas experiencias con la lógica absurda de esta ciudad subyugada por las normas. No me refiero a las leyes, sino a esas normas no escritas que los tokiotas siguen en su vida diaria sin cuestionarse.

No voy a convertir este texto, no obstante, en una crítica al tokiota desde mi perspectiva negativa y cansada. Hablaré de mi propia experiencia: probablemente soy demasiado cínico para Tokio. O tal vez no puedo ser tan severo o incluso altivo como algunos japoneses. O puede ser que más que espíritu para sacrificarme, lo que tenga más bien sea una fuerza interior autodestructiva, o incluso masoquista. El yo negativo del que no me deshago, y que a todas luces es el que me ha impedido ser completamente feliz, estúpidamente feliz, en Huelva.  No en vano me crié en la cultura del martirio.

¿Es eso el inconformismo? No tengo la menor idea. Pero lo cierto es que aunque mi nivel de vida haya descendido varios infiernos, tampoco soy infeliz. Me repito a diario que esta experiencia merece la pena: por haber iluminado en mí que la felicidad también estaba en un rincón oculto. Por haberme ayudado a ser más sabio y a conocer mejor la lengua japonesa. Por haber desgarrado una venda que, aunque translúcida, aún me impedía ver zonas oscuras de este país que también merece la pena conocer.

Takao san 高尾山

No voy a volver aún. Aún me queda tiempo para saber si puedo cambiar las cosas. Tal vez haya empezado mal, y eso esté limitando mi capacidad para disfrutar de esta ciudad. Voy a aguantar aquí hasta el último aliento. Y si las cosas no cambian, siempre puedo intentar empezar de cero.

Cuando la ciudad me asfixia, a veces salgo a la naturaleza. Un día, pronto, os enseñaré la montaña que subí a solas, y la felicidad de llegar al atardecer, respirar aire limpio y liberarme de la degradación de Shinjuku, pasar una hora mirando como un bobo el paisaje, el territorio y todo lo que queda por encima de la tierra. Apaciguarme.

Las cosas pueden cambiar como cambia Tokio a cada momento. Puedo haberme entregado a Tokio y haber sido apaleado por la ciudad. Puedo volver sin nada e intentar echar raíces en aquella felicidad que era incapaz de ver. O puedo quedarme e intentar aprovechar cada día, abanderar una pequeña revolución personal y fusilar al pesimista que lucha por esclavizar mi existencia. Ambas opciones se pueden afrontar únicamente con valor. Puedo perder la vergüenza. La opción cobarde es vivir como si nada y perderlo todo.

El Tokio de mi revolución personal

La construcción de la torre Tokyo Sky Tree en Time-Lapse

Vía Pink Tentacle podemos ver un vídeo en el que se muestra la construcción de la torre Tokyo Sky Tree, en proceso desde 2009, y que medirá 634 metros, convirtiéndose en la estructura más alta de Japón. Esta enorme torre responde al crecimiento de la ciudad en los últimos 30 años, siendo no sólo un futuro referente importante que probablemente sustituya a la Torre de Tokyo, sino además una antena de comunicación cuya señal digital cubre el espectro al que la antigua torre de 333 metros de altura no podía llegar. Se calcula que con sus 634 metros, el área al que la señal de esta nueva torre llegará abarcará todo Tokyo-to, Chiba-ken y Saitama-ken; y que llegará asimismo a Ibaraki-ken, Tochigi-ken, Gunma-ken y Yamanashi-Ken.

La Tokyo Sky Tree estará terminada en diciembre de 2011, y será abierta al público en la primavera de 2012. Obviamente será un punto turístico insalvable. La torre tendrá dos miradores, uno a 350 metros de altura, y otro a 450 metros, convirtiéndose ambos en los más elevados de Japón.  El nombre fue sometido a votación desde octubre de 2007, y finalmente en 2008 se eligieron seis finalistas: Tokyo Edo Tower, Tokyo Sky Tree, Mirai Tree, Yume Miyagura, Rising East Tower, y Rising Tower, siendo Tokyo Sky Tree el elegido.

Fuente: japantrends.com

Podemos hacer una pequeña comparativa entre otras torres remarcables del mundo, para ver la magnitud de este proyecto que pronto podremos disfrutar:

De esta manera, podemos observar claramente cómo en apenas un par de años tendremos un nuevo referente en el paisaje de la ciudad de Tokyo, así como en lo que a arquitectura y comunicación se refiere. Podemos seguir el proceso de construcción de la torre, así como acceder a otra información adicional en la página oficial: http://www.tokyo-skytree.jp/index.html

La construcción de la torre Tokyo Sky Tree en Time-Lapse

Tokio. Caos y Orden.

Como he comentado en post anteriores, mi tesis doctoral está centrada en la megalópolis japonesa, la red de metrópolis y su relación con la sociedad de la información. Entre los distintos conceptos que manejo, están los de entropía (el cual está cargado de importancia en mi investigación) y los de caos y orden. En relación con Tokio, o mejor, con el área de la capital, o más aún con lo que se denomina Itto Sanken 一都三県(Una ciudad, tres prefecturas) donde viven más de 35 millones de personas, hay muy diversas opiniones. Generalmente, me he enfrentado a la opinión de que Tokio es un “caos”, habitualmente a causa de una mirada occidental y monolítica propia del estándar europeo que adora el esquema heredado de la antigua ciudad amurallada o de una ciudad rígida, o el orden artificial de la ciudad lineal.

Haré un inciso sobre este último punto. ¿Puede el esquema de la ciudad lineal, con ejemplos visibles en Barcelona, luchar contra la entropía? ¿Puede luchar contra el desorden? Mi opinión personal es que un esquema lineal, de cuadrícula, tiende a crear confusión y a provocar estrés, y que su crecimiento tiene límites. Aunque no por ello es menos práctico en algunos aspectos. Hagamos un paralelismo con un enorme supermercado, con sus lineales ordenados, y donde, aunque resulta difícil perderse, cualquier cambio puede ser fatal para nuestra orientación o sentido del espacio, para saber, en definitiva, dónde encontrar las cosas que buscamos. Por otra parte, siempre he opinado que una ciudad donde la geometría aparenta jugar arbitrariamente con el transeúnte ofrece una experiencia más plena.

Respecto al aparente caos de Tokio, hubo una voz que se alzó en la década de los noventa. Se trata del arquitecto Yoshinobu Ashihara. Tanto en Kakureta Chitsujô 隠れた秩序(El orden oculto) como en su revisión posterior, Tokyo no bigaku – konton to chitsujô – 東京の美学、混沌と秩序(La estética de Tokio – caos y orden)*, defiende que bajo el aparente caos de la metrópolis (o megalópolis en proceso, o de facto como llega a afirmar ambiguamente), subyace el orden propio de la geometría fractal del matemático Benoît Mandelbrot. Aunque deja muy en el aire esta cuestión, y no profundiza apenas, aclara su posición de manera más directa con una sencilla pregunta: ¿Cómo es posible que una ciudad en la que conviven 35 millones de personas funcione tan bien?

En este punto hay que dar la razón casi sin matices a Yoshinobu Ashihara. En Tokio los trenes llegan a tiempo, el tráfico fluye mejor que en ciudades con cinco veces menos su población, las calles están aceptablemente limpias, y hay seguridad sin necesidad de establecer un régimen tan estricto de vigilancia y penalización como el de Singapur (the fine country).

De todo esto, observaría que el carácter y la cultura propia de un país tiene una estrecha relación con el orden o el desorden que se vive en sus ciudades, ya que éstas, como organismo vivo (y Tokio más que ninguna) no son sólo una gran estructura, sino que se hacen y funcionan con la conducta de sus ciudadanos.

En ese caso, considero absolutamente erróneo el concepto de Tokio como una ciudad caótica. Una ciudad debe ser observada de lejos y de cerca. Por ello, os propongo una imagen de aspecto caótico. Una vez hagáis click sobre ella, os daréis cuenta de que se trata de una estructura perfectamente ordenada. Y con esto quiero decir que el caos y el orden, en algunos casos, es también un problema de perspectiva.

* Los libros mencionados en este post están también publicados en inglés como The hidden order y The aesthetics of Tokyo, en una versión bilingüe.

Tokio. Caos y Orden.

Crónica de los últimos días en Tokyo – Impresiones de Minami-Senju –

Homenajeando a Daido Moriyama.
Homenajeando a Daido Moriyama.

He regresado a Tokyo. Pasaré aquí mis últimas dos semanas de vida nipona. Como hice en diciembre de 2008, me alojo en una guest house acogedora y barata, Aizuya Inn, en Minami-Senju.

Sin duda, el barrio en el que estoy es un sitio singular. Podríamos decir que se trata de una zona bastante deprimida, de esas en las que cuando la crisis aprieta, uno lo nota más. En este barrio, al que se llega en metro o en la línea Joban de tren, se pueden encontrar algunos de los Bussiness hotel y las guest house más baratas de Tokyo. Sin embargo, no un sitio agradable para pasear a ninguna hora.

Los edificios envejecidos, feos, grises, de balcones y rejas oxidadas, donde sólo quedan las sombras de los letreros de antiguos locales, son el escenario de la depresión humana. Cuando estuve en Minami-Senju por primera vez, en diciembre, un grupo de personas que habían perdido su empleo se manifestaban frente a los antidisturbios. Al día siguiente, los voluntarios de una Organización No Gubernamental, posiblemente con un trasfondo religioso, repartían comida entre los sin techo. Hoy, cada día, ves a mayores y no tan mayores pasear y reunirse sin nada que hacer, algún que otro tipo tirado en el umbral de una casa abierta, y algún que otro anciano de cabellera amarillenta y uñas largas, que te hace gestos para que le des una moneda de 500 yen. También algún que otro vecino se alivia sin ningún pudor en cualquier alcantarilla abierta en un rincón de una pequeña calle. Aparte de lo dicho, nadie más te molesta.

Una de las tiendas cercanas a la guest house vende paraguas recogidos en las estaciones o en la calle, por 100 yen la unidad, y ropa por poco más de 1000 yen cada pieza. Un bar de yakitori expone la oferta al aire. Los policías de los dos Koban que hay a lo largo de la calle principal, hacen guardia y paran a algún que otro conductor o transeúnte borracho. Un bar llamado “amor” enciende su cartel luminoso frente a su pared y puerta color violeta, cerrado a cal y canto. Un poco más allá, Unas estrechas escaleras y las fotos de unas chicas te invitan a subir a un Pub de hostes por 3000 yenes la hora. Frente a él, cruzando la calle ancha, el Seven Eleven, abierto las 24 horas, lleno de personas que leen revistas de pie, para aligerar la noche.

Minami-Senju, a dos estaciones de la línea Yamanote, no tan lejos del embriagador corazón de la metrópolis, es lo que la mayoría de guías no quieren mostrar de Tokyo. Es el órgano degradado de un organismo mayor, que es la metrópolis.

Pero hay dos caras. La parte de Minami-Senju donde me alojo, es la parte mala. El muro que separa la parte mala de la parte no tan mala son las vías del tren. Hay que sortearlas por un enorme puente peatonal.

Curiosamente, una enorme torre de viviendas se está construyendo justo frente a la estación. Me imagino que pocos de los que hoy viven en esos bajos fondos de Minami-Senju se podrían permitir un apartamento ahí. Tal vez (y digo tal vez), esta sea una de las estrategias que los constructores tienen de revitalizar la ciudad. Tal vez, con la llegada de un centenar de familias a la zona, el paisaje de Minami-Senju, su estructura y su desencanto cambien para siempre. Sangre nueva, que desintoxique una vieja zona deprimida por el propio sistema que la sustenta, tal vez.

Sin embargo, si algo he de apuntar, es que la cantidad de extranjeros de todas las nacionalidades que se han alojado en Aizuya Inn atestiguan que Minami-Senju, contrariamente a lo que se podría pensar, no es un lugar peligroso. Al menos, esta es la impresión que yo tengo.

Crónica de los últimos días en Tokyo – Impresiones de Minami-Senju –

Gate Tower Building (II). Ingeniosas soluciones en Ôsaka

Hace ya más de un año hablé del Gate Tower Building de Umeda, en Ôsaka. Recientemente he descubierto en el blog Bouncing Red Ball una entrada que aporta nuevos e interesantes datos sobre este edificio y, entre otras cosas, aclara la razón por la que una autopista lo cruza a la mitad (Por cierto que el post usa una foto mía nombrando la fuente, lo cual, en estos tiempos que corren, agradezco mucho).

Según explica el autor del blog antes mencionado, el terreno donde se levanta el edificio estaba siendo utilizado por una industria procesadora de madera y carbón desde la era Meiji (1867 – 1912). Después de una larga historia, en 1983 la empresa decidió renovar sus oficinas y planeó un nuevo edificio. Sin embargo, los urbanistas que estaban planeando el desarrollo y transformación de la ciudad en aquella década ya habían decidido que el terreno se destinaría al desarrollo de la Autopista de Hanshin. Cinco años de negociaciones culminaron en la solución que hoy puede contemplarse.

En Bouncing Red Ball también se destaca que el edificio fue diseñado para que ambas estructuras (las oficinas y la autopista), no se tocasen ni se viesen perjudicadas en su coexistencia. De hecho, el Gate Tower Building fue diseñado de tal manera que su posible demolición no afectase a la autopista (yo, al igual que el autor del blog mencionado, no puedo imaginarme cómo).

Lo interesante del caso es que se ha convertido en un buen ejemplo de cómo el desarrollo de una ciudad, los problemas de espacio (no sólo físicos, sino también desde el punto de vista económico), y el encuentro de iniciativas públicas con intereses privados y viceversa, pueden dar lugar a soluciones poco comunes en las que el talento de los arquitectos e ingenieros tiene que exprimirse al máximo.


Algunos datos más sobre el edificio:

Dirección: 5-4-21 Fukujima, Fukujima-ku, Ôsaka-Shi, Ôsaka, Japón.
Obra concluida en 1992.
Superfície del solar: 2,353 m2
Superficie construída: 760 m2
Superficie total: 7,956 m2
Altura: 71.9 m
Distribución: 16 plantas, más 2 plantas subterráneas.
Diseñado por Catalpa Design y Yamamoto Nishihara architectural design office.
Constructora: Satô Kôgyô

Y por último, un vídeo en el que un motorista sale disparado desde el Gate Tower Building. La publicidad en cuestión nos invita a hacer el gilipoyas y poner en peligro nuestra propia vida y la de los demás, así que no os entusiasméis mucho, que lo más probable es que de hacer estas chulerias en moto por Ôsaka, o bien acabéis en la cárcel, o con la cabeza incrustada en un muro de hormigón.

Gate Tower Building (II). Ingeniosas soluciones en Ôsaka