En torno a la historia de la protesta laboral en Japón y el futuro de España

Recientemente, en España, el FMI ha vuelto a pedir que se rebajen los salarios y se abarate el despido. La CEOE, por su parte, ha lanzado al viento a través de uno de sus rottweilers la sugerencia de limitar los días de permiso por fallecimiento de un familiar a menos de cuatro días. En general, la línea que persiguen estos mensajes fragmentarios y esporádicos es la misma: la imposición de la inseguridad y el miedo entre los trabajadores para obtener su sumisión, para que así el empresario no tenga que hacer frente a protestas en el futuro. La estrategia es tan sencilla como multiplicar cada cierto tiempo los mensajes, hasta que llegue un momento en el que el ciudadano medio no sepa exactamente dónde están las líneas rojas, qué se ha legislado, qué es motivo de despido y qué no, y a qué tiene derecho. Todo por el bien de la economía, sin explicar exactamente cómo ayuda eso a la economía.

Pienso esto porque suelo leer la historia de otros países, y porque estoy convencido de aquello de “las barbas de tu vecino”. No son pocas las referencias a la crisis financiera del Japón de los años 90 cuando se habla de la actual crisis económica en Europa. A pesar de haber profundas diferencias entre ambas, tanto estructurales como culturales, pienso que hay ciertos aspectos que sí son extrapolables. Entre otros, cómo se prepara el terreno para mitigar esas “molestas” protestas laborales.

Esta semana me he topado en The Japan Times con un artículo de Hifumi Okuniki, profesora de derecho laboral y constitucional de la Universidad de Daito Bunka, en el que describe de una forma muy interesante cómo poco a poco los trabajadores japoneses fueron “privados” incluso del derecho legal a protestar mediante la colocación de un simple brazalete con lema en sus mangas. A pesar de que recomiendo a todos los interesados leer los artículos de la profesora Okunuki, quiero analizar este escrito en concreto.

De manera resumida, el artículo comenta que en 1967, en el caso de la Oficina de Correos del distrito de Nada, en el que los trabajadores vistieron brazaletes pidiendo aumentos salariales, la justicia falló a favor de los empleados al asegurar que ese tipo de protesta no interfería con el cumplimiento de las tareas en el centro de trabajo. En cambio, en 1973, las cosas fueron distintas para los trabajadores agrupados en el sindicato ferroviario Kokuro, en el caso de las protestas de la sección Seikan que cubría las rutas de Aomori y Hakodate. Las justicia de Sapporo concluyó que los trabajadores “deben concentrar toda su energía física y mental en la consecución de sus obligaciones laborales, y que por tanto no se puede permitir ninguna acción física o mental fuera de esas labores”. Se establecía en ese momento el “principio de devoción al trabajo”, en japonés Shokumu sennen gimu.

Según este principio, cualquier acción asociativa o lema sindical distrae de esa obligación con la empresa, algo inaceptable. Esto ocurrió en una empresa pública, pero poco después se trasladó al sector privado con el caso del Hotel Okura en 1982, donde a pesar de que en un primer momento la justicia dio la razón a los trabajadores, el máximo órgano judicial de Japón sentenció posteriormente en contra de ellos, y añadió que los brazaletes eran una señal de desobediencia a la dirección del hotel y una falta de respeto hacia los clientes.

Aunque no hubo unanimidad en la jurisprudencia sobre esta sentencia, el caso quedó grabado a fuego en la mente de la clase obrera japonesa. Por ello, tal como afirma Okunuki en su artículo, hoy día apenas se ven protestas laborales en Japón y muchos trabajadores evitan utilizar el famoso brazalete. Cabe recordar que no es porque esté prohibido, al contrario. El artículo 28 de la Constitución de Japón ampara las protestas al afirmar que “se garantiza el derecho de los trabajadores a asociarse y a negociar y actuar de manera colectiva”. Es decir, la sentencia del caso Kokuro Seikan y el principio de devoción al trabajo van en contra de la misma constitución y del propio Acta de Asociación Sindical de 1949.

Por otra parte, buscando en el archivo de Nippon.com sobre este tema, descubro este artículo del experto en derecho laboral Minagawa Hiroyuki sobre el declive en el número de huelgas en Japón en las últimas décadas. Según Minagawa la estrategia del shuntō, u “ofensiva de primavera”, por la que las negociaciones salariales se ven limitadas a un corto espacio de tiempo entre el fin del antiguo año fiscal y el comienzo del nuevo, ha evitado que se produzcan desacuerdos entre patronal y sindicatos al tener ambas partes que ceder terreno debido, precisamente, a la falta de tiempo. Otra razón que cita es el sistema de rōshi kyōgi (consultas entre patronal y empleados), por el que el sindicato de empresa y la dirección comparten información continuamente para la obtención de acuerdos con mayor facilidad y flexibilidad.

En este punto, hay que añadir que en Japón son mayoría los sindicatos de empresa, o lo que en España se tildaría de “sindicatos amarillos”, y que el sindicalismo de clase o regional apenas tiene fuerza y es por tanto prácticamente imposible organizar una gran movilización laboral de carácter general. En definitiva, la solidaridad entre trabajadores se limita al ámbito de la propia empresa, y la segmentación de la clase obrera (si es posible reconocerla como “clase” en Japón) es absoluta. Y aquí entra un cuarto punto que es de vital importancia, y es que desde 1946, con la ocupación americana, los movimientos asociativos y las huelgas de funcionarios públicos están prohibidas. Los funcionarios quedaron excluidos del derecho a la asociación colectiva. Por consiguiente, un elemento aglutinador y una masa crítica como es el funcionariado quedó desmovilizado por ley.

Minagawa concluye que esto explica por qué en Japón no se han producido grandes manifestaciones tras la quiebra de Lehman Brothers y el inicio de la aguda crisis financiera mundial. Y en realidad, opino que este conjunto de hechos han convertido a una sociedad japonesa animada a la protesta en los años 50 y 60 del siglo XX, en una sociedad encerrada en el círculo vicioso de la obediencia ciega y el desinterés por la política en este siglo, en comparación con otras naciones del mundo.

Y todo esto se ha conseguido a partir de la primera crisis del petróleo, en los años 70, que también afectó a Japón. Se ha logrado golpe a golpe mentando al dios de la productividad, con la ayuda del poder legislativo a veces, pero sobre todo gracias al fracaso de protestas legítimas mediante la intervención del estado, contraviniendo lo recogido en la constitución. Y a pesar de todo, Japón ha mantenido unas condiciones laborales y salariales aceptables y dignas en muchos casos, aunque eso no quiere decir que la situación no esté empeorando en la actualidad con el pretexto de la nueva y a la vez antigua crisis. Obviamente, la asignatura pendiente de Japón ha sido y será la conciliación de la vida familiar y laboral.

Y esto me lleva a España, donde empecé. Opino que este mismo mensaje por el que se criminalizan los derechos laborales está siendo utilizado frecuentemente como estrategia para llevar a la población a ese estado en el que uno no sabe exactamente dónde empiezan y dónde acaban sus derechos laborales. Un estado en el que un falso principio de devoción por el trabajo, que será obtenido a través de la inseguridad y del miedo y quién sabe si en connivencia con el estado, se convertirá en la mejor fórmula para asegurar una alta productividad a cualquier precio. Porque cualquier herejía ante el dios de la productividad se castigaría con el despido.

Esto que no me preocupa tanto en Japón, ya que al ser una cultura distinta existen otro tipo de lazos de solidaridad, me quita el sueño cuando pienso en mi país, donde una hegemonía de los sindicatos de empresa sería igual a la ruptura de los movimientos asociativos de trabajadores que trasciendan el ámbito del centro de trabajo, y donde una niponización de las relaciones laborales conduciría poco a poco, con el fin de esta crisis (porque habrá otras), a la segmentación de la clase trabajadora y a la ruptura de los vínculos de solidaridad social.

Y, sinceramente, no creo que España vaya a alcanzar unos índices de renta media y poder adquisitivo ni siquiera semejantes a los del Japón post-burbuja. Si acaso, la clase media, amplia en este país, quedará cada vez más reducida y desdibujada.

Esta es mi opinión, por supuesto. Pero nunca viene mal pensar en la historia de otros países para reflexionar sobre el futuro de nuestra propia y herida nación.

Artículo en Nippon.com: ¿Por qué ya casi no hay huelgas en Japón?

Artículo en The Japan Times: Why workers can no longer wear their demands on their sleeves

Acta de Asociación Sindical de Japón: Labor Union Act (PDF)

En torno a la historia de la protesta laboral en Japón y el futuro de España

Políticos japoneses entre bambalinas

La unión entre farándula y política no es algo nuevo ni exclusivo de Japón. No obstante, con este artículo quiero mostrar cómo los japoneses tienen también sus Reagan y Schwarzenegger en el ejecutivo. Recientemente hemos vivido un momento histórico en la política nipona con la elección de Yukio Hatoyama como primer ministro, expulsando del gobierno al partido que había dominado casi ininterrumpidamente durante más de medio siglo. Los análisis sobre la figura del nuevo gobernante no han tardado en salir a la palestra, sorprendiéndonos con apuntes tan curiosos como el libro que su mujer Miyuki publicó en 2008, titulado Cosas muy extrañas que me he encontrado, y donde afirma que en otra vida viajó a Venus en una nave triangular, y cómo conoció a Tom Cruise encarnado en un japonés durante ese mismo viaje. Esta extravagante historia ha sido la comidilla de la prensa sensacionalista nipona, y ha sacado a relucir, una vez más, el carácter mediático de la clase política.

Pero estas historias no son patrimonio del PDJ ni fruto del nuevo siglo. Miremos, por ejemplo, la figura de uno de los políticos japoneses más carismáticos de la historia reciente: Jun’ichirô Koizumi. En 1982 Koizumi se divorció, dejando a su esposa sola en espera del tercer hijo. Este hecho es poco común en la clase política y en otros países podría ir en detrimento de un partido de cara a unas elecciones. Pudimos vivir su reelección, y aún hoy muchos japoneses siguen considerando al ex-primer ministro del PLD un gran político. Se dice de Koizumi asimismo que es amante del Heavy, y  le vimos imitar a Elvis en una visita a Estados Unidos invitado por George Bush.

Jun'ichirô Koizumi en EE.UU. Fuente: http://www.tonisant.com/blog/pix/koizumi-elvis.jpg

Koizumi, a pesar de haber salido discretamente de la escena política, sigue haciendo sus pinitos en el mundo de la farándula. En octubre de 2009 conocimos que prestará su voz para el personaje de Ultraman King en la película Daikaijū Battle: Ultra Ginga Densetsu The Movie, hecho que nos demuestra, claramente, que lejos de retirarse de la vida pública, la conquista de su tiempo le ha permitido cultivar sus aficiones mediáticas por otras vías.

No obstante, vayamos más allá de Koizumi, hasta la apertura de Japón a la política moderna. Si queremos saber dónde empieza esta simbiosis entre la farándula y la política en Japón tenemos que remontarnos a comienzos del siglo XX, entre 1904 y 1905. El francés André Bellesort, en un viaje a Japón en el que sigue al candidato M. Kumé (de una familia relacionada históricamente con la diplomacia), apunta en un momento dado:

“El actor estudiante Kawakami, fundador revolucionario de una especie de Teatro Libre, se presentaba a los sufragios del duodécimo distrito de Tokio. Era la primera vez que un cómico de profesión subía al estrado político, y vi que, a pesar de todo, el público japonés no tenía aún el sentido muy embotado, porque gruñó. Kawakami perdió el tiempo, pues nadie quiso oírle y se prohibió a los propietarios de yose alquilarle sus salas, esos humildes locales de conferencias a los que van por las noches hábiles oradores a contar cuentos a los tenderos y a la clase media del barrio. Solamente las mujeres trabajaron por su elección; pero si la impertinencia de aquel cómico es una señal alarmante, los cuarenta y cinco votos que obtuvo deben tranquilizar al gobierno sobre el peligro de las influencias femeninas”.

Este pasaje, recogido en La Sociedad Japonesa, obra premiada por la Academia Francesa y traducida al español por F. Sarmiento, contiene también la imagen del actor, que, vestido de uniforme, espada al cinto y pelo alborotado, deja los hombros caídos y se mantiene cabizbajo, con aspecto desolado.

El actor Kawakami, en una fotografía de 'La Sociedad Japonesa' de A. Bellesort.

Más adelante en la historia, regresando a los ’90, encontramos otros ejemplos característicos. El 17 de Abril de 1995, se anunciaba en los medios que la elección de los gobernadores de Ôsaka y Tôkyô era un símbolo del cambio de actitud de los japoneses ante la política. Y es que Yukio Aoshima, escritor, compositor, comediante y gobernador de Tôkyô, y Knock Yokoyama, ex-cómico y gobernador Ôsaka hasta 1999, ganaron fundamentalmente por su popularidad. Su pasado artístico les valió para llegar a la población sin necesidad de tener el respaldo de ningún partido, es decir, totalmente en solitario. De hecho, sorprenderá saber que Yokoyama dirigió su campaña desde una tienda de fideos y con el único apoyo de su familia.

Ninguno de los dos candidatos invirtió mucho dinero en ingeniosas campañas publicitarias para ganar electores, y se limitaron a utilizar los espacios gratuitos de la televisión pública. Parece ser que ya tenían asumido que su participación en programas de televisión, ya sea de comediantes (Aoshima fue famoso por su personaje Ijiwaru-baasan o abuela malévola) como de tertulianos, les había acercado al pueblo. Su imagen ya estaba construida en las masas, y lo único que hacía falta era enviar un programa político.

Aoshima en el papel de Ijiwaru Baasan. Fuente: http://image.blog.livedoor.jp/rs_naka_second/

Estos son algunos de los ejemplos más significativos, pero no los únicos. La fórmula de una fuerte personalidad mediática con un sugerente programa político ha funcionado en Japón y en otros muchos países, y parece que lo seguirá haciendo cambie o no el paradigma de los medios de masas.

Políticos japoneses entre bambalinas

Hatoyama: pasado, presente. Oriente, occidente.

El 1 de octubre de este año, en el artículo inaugural del Hatoyama Cabinet E-mail Magazine, el actual líder nipón remarcaba el concepto de  Yuai 友愛, cuya traducción es fraternidad, como palabra clave y declaración de intenciones en cuanto a la futura política exterior del nuevo gobierno del Minshutô (PDJ). Este concepto, según afirma el mismo Yukio Hatoyama en un artículo titulado El espíritu de la fraternidad en The Japan Journal, era uno de los motores de la política de su padre, Ichirô Hatoyama, que gobernó Japón sucediendo a Shigeru Yoshida entre 1954 y 1956.

Curiosamente, estando en el gobierno el padre del actual primer ministro, el 18 de diciembre de 1956 Japón pasó a formar parte de las Naciones Unidas. En su artículo, el líder nipón recuerda parte del primer discurso en la ONU del entonces ministro de asuntos exteriores, Mamoru Shigemitsu, que señaló lo siguiente:

“La esencia de la política, economía y vida cultural de Japón es el producto de la fusión de las civilizaciones occidental y oriental durante el último siglo.”

De este modo, Hatoyama señala que Japón puede ser considerado, históricamente, como un puente o un enlace entre la civilización occidental y la oriental.

Ichirô Hatoyama y Yukio Hatoyama

En realidad, detrás de esta maniquea visión de lo oriental y lo occidental, se esconde una visión de la política regional que propone superar una serie de retos históricos que siguen latentes. Hay quien afirma que en la región de Asia-Pacífico sigue viva una suerte de guerra fría que ocupa, de manera abierta en algunos casos como Corea del Norte, o de manera “sumergida” en las relaciones con la China popular, buena parte del libro blanco de defensa de estos países desde que terminase la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea.

La gira del presidente norteamericano Barack Obama no ha hecho sino abrir el debate, una vez más, sobre la delicada posición de Japón como actor en la región, tanto a nivel geoestratégico como político. Tal como afirmara el ministro Shigemitsu en su discurso frente a las Naciones Unidas, Japón ha sido el peso equilibrador en una zona de política desequilibrada, si bien también una de las naciones más criticadas por su historial de agresiones a las naciones vecinas hasta la ocupación norteamericana. No en vano, anunciar una nueva política de relaciones exteriores bajo el concepto de fraternidad recuerda a muchos países aún recelosos la Daitôa Kyôeiken 大東亜共栄圏, o Gran esfera de coprosperidad del este de Asia, que sirvió finalmente como carta de entrada a la invasión japonesa de numerosos países asiáticos.

Culturalmente, Japón ha seguido las vías de occidente, asimilando y transformando lo que no le ha sido impuesto, desde que se iniciara la restauración Meiji, en el siglo XIX. La saga de los Hatoyama, siempre relacionada con la política del país desde esta misma época, ha estado sin duda influenciada por el pensamiento occidental y la política desde aquellos primeros estadios de la renovación política del país. El propio abuelo del actual primer ministro, Kazuo Hatoyama, se graduó en la universidad norteamericana de Yale; Ichirô Hatoyama, antes mencionado, era cristiano protestante. Es obvio que en el carácter de Yukio Hatoyama, o al menos en su educación familiar, hay un importante componente de relación con occidente, tanto a nivel de valores como a nivel nostálgico.

El palpitante crecimiento económico de la China de Hu Jintao hace sospechar que la balanza de poder en la región puede inclinarse a favor de la República Popular. El hecho de abogar por el Yuai, por la fraternidad, en calidad de enlace o nodo de “acceso” a la región para las potencias occidentales, puede tener varias lecturas. Una de ellas es el reforzamiento de las relaciones con Estados Unidos, que Japón parece desear con renovadas fuerzas tras la entrada de Obama en la Casa Blanca. Otra lectura es la pretensión de Japón de establecerse como figura conciliadora entre EE.UU. y China, cuyos regímenes aún mantienen manifiestas diferencias.

Finalmente, tal vez la lectura más deseada del uso del concepto de Yuai en la futura estrategia exterior de Japón, es la voluntad del país de reconciliarse de manera definitiva con los países de la región solventando los conflictos latentes del pasado. Para ello el gabinete de Hatoyama debe enfrentarse al pasado de Japón de manera descarnada, para reconocer y aceptar todos aquellos puntos oscuros que aún provocan en los países de la región protestas anuales de las cuales, al menos mediáticamente, ya nadie puede hacer oídos sordos. Tal vez la esperanzadora renovación de Japón no sólo esté en una revisión económica, política y social del país, sino también en una concienzuda renovación moral en cuanto a todo lo que queda por pacificar desde que el país pusiera fin a su aventura expansionista.

Hatoyama: pasado, presente. Oriente, occidente.

RECAPITULANDO: El desarrollo Japonés ante el mundo I, II y III.

En los anteriores meses he posteado tres artículos que resumen de manera peculiar algunos aspectos del llamado “desarrollo japonés” desde los primeros años de las postguerra hasta nuestros días. He pensado que pueden ser artículos de interés para todas aquellas personas que desean estudiar la historia contemporánea de Japón, y especialmente todo lo que se refiere al crecimiento y la crisis de este país, cuya peculiaridad se discute hoy día debido a la crisis global que vivimos. Sin más, quiero recapitular aquí los tres artículos, para todas aquellas personas que decidan leerlos y, cómo no, discutirlos:

El desarrollo japonés ante el mundo. (I) La resurrección del peligro amarillo

Terminada la década de los sesenta, Japón ya ha superado prácticamente a la Alemania Occidental en producción industrial, ganándose un puesto entre las principales economías del mundo. EEUU y la URRS miran con recelo este “milagro japonés”, y vuelve a despertar el fantasma del “peligro amarillo”.

El desarrollo japonés ante el mundo. (II) El sueño traicionado

Tras la retirada de MacArthur, ya con la economía japonesa bien encarrilada, la legislación del país se vuelve más laxa en cuestiones de monopolio. Es entonces cuando vuelven a tomar importancia antiguos conglomerados como Sony, Matsushita, Mitsubishi, Honda o Mitsui, entre otros.

El desarrollo japonés ante el mundo. (III) El coste humano del desarrollo

[El] creciente índice de envejecimiento de la población (se espera que la población mayor de 65 años alcance el 28% en 2020), fue uno de los factores que trajeron consigo durante la década perdida de los ‘90 una dura recesión de la que aún Japón cree a duras penas salir. Esta misma crisis es considerada, en algunos casos, como una traición al pacto social de postguerra, cuyo resultado no es, ni de lejos, el esperado.

RECAPITULANDO: El desarrollo Japonés ante el mundo I, II y III.

El desarrollo japonés ante el mundo. (III) El coste humano del desarrollo

En los anteriores capítulos habíamos visto de manera muy resumida cómo Japón entró primero en una fase de desarrollo que se conoció como “el milagro japonés”, y en la que el trabajo, la ciudad y por consiguiente la sociedad sufrió un proceso de cambio importante. Posteriormente los fundamentos de ese mismo desarrollo serían el caldo de cultivo para la corrupción y para el surgimiento de la burbuja inmobiliaria y financiera que trajo la crisis de la década perdida, cuyo coste humano vamos a analizar en este último artículo.

El primer factor que afecta al nuevo periodo económico-social de Japón en los ’90 y hasta nuestros días es el envejecimiento de su población. Se denominan sociedades envejecidas aquellas cuyo porcentaje de población mayor de 65 años supera el 14% del total. La peculiaridad japonesa es que el país pasó de ser una sociedad en crecimiento a una sociedad envejecida en unos 24 años, una transición que normalmente suele suceder en un periodo de 40 años. A este hecho se le suma que la esperanza de vida en Japón pasó de ser 50 años para los hombres y 54 para las mujeres en 1947, a 69 para los hombres y 74 para las mujeres en 1970. Ya en 2001, la esperanza de vida se estimó en 78 años para los hombres, y 84 para las mujeres. Un incremento de más de 30 años, propiciado, obviamente por el rápido desarrollo económico de la nación. En 1998, Japón ya se había convertido en la población más envejecida del mundo.

¿Pero qué es lo que hace que la sociedad de Japón envejezca en un periodo de tan sólo 24 años? La respuesta a esto la encontramos en que el Baby Boom más importante que ocurre en el país tiene también una duración especial. El Baby Boom japonés más importante sucede desde el final de la guerra, pero termina en apenas cuatro años, al contrario que en otras naciones en las que este fenómeno continúa durante al menos 10 años. Una de las razones de esa “frenada en seco” fue la Yûseihogohô 優生保護法, o acta de protección eugénica, aprobada en 1948 y revisada en 1949, que básicamente aprobaba los abortos a petición, y cuya aplicación se tradujo en un descenso del 40% en el índice de nacimientos.

Este creciente índice de envejecimiento de la población (se espera que la población mayor de 65 años alcance el 28% en 2020), fue uno de los factores que trajeron consigo durante la década perdida de los ’90 una dura recesión de la que aún Japón cree a duras penas salir. Esta misma crisis es considerada, en algunos casos, como una traición al pacto social de postguerra, cuyo resultado no es, ni de lejos, el esperado. Una de las primeras consecuencias que debemos ver en este punto es el comienzo del fin de la hegemonía del Partido Liberal Democrático (PLD, Jimintô), en el gobierno desde su fundación en 1955. Aunque gobernará hasta 2009, el partido comienza a sufrir serias escisiones. La primera gran crisis gubernamental sucede  los años 1993 y 1994, en los que es expulsado del gobierno durante 11 meses. Cuatro años después las tensiones cristalizarán en el nacimiento del principal competidor del PLD con la unión de cuatro partidos distintos en el Partido Democrático de Japón (PDJ, Minshutô), que finalmente, favorecido por los escándalos del PLD durante los últimos años y la crisis económica global, se alza en el poder con Yukio Hatoyama a la cabeza en 2009.

En cualquier caso, los últimos 20 años en Japón son el reflejo de una catarsis cultural. Las nuevas generaciones y los que comienzan su vida laboral en los ’90 empiezan, tímidamente al principio, y marcadamente en la actualidad, a cambiar el modelo de vida estándar. En la segunda mitad de los ’90 los japoneses ya reconocen abiertamente haber perdido la confianza en su modelo económico. Encontramos a partir de entonces un auge en el modelo de vida individualista, y una separación de la idea de grupo, o incluso de la empresa como familia.

Antes de la gran recesión, la empresa japonesa forma parte casi inseparable de la familia, ya que se reconoce en muchos casos como soporte y sustento. En los ’90 la traición a la empresa comienza a hacerse patente, y los jóvenes, ante la lentitud del proceso que les permite escalar puestos en una misma empresa, comienzan a imitar el modelo norteamericano al cambiar de trabajo con el objetivo de “vender” sus aptitudes y así escalar puestos con mayor rapidez. Es el principio del fin de los sistemas de lealtad a la empresa.

Otro fenómeno de mayor actualidad, y de gran interés, es el de los Furitâ y Niito. El nombre del primer grupo proviene de la palabra free-arbeiter, y se trata de un estilo de vida alejado de la lealtad a la empresa, o de la dependencia de la misma. Es algo parecido a un trabajador autónomo, normalmente cualificado, que realiza labores por su cuenta sin contar con horarios o calendarios fijos, ni depender de la jerarquía de una gran empresa. Este primer grupo pertenece a esa generación de entre 25 y 35 años que se aleja del modelo del pacto social, y se vuelca en un estilo de vida más individualista, en el que el disfrute del tiempo libre tiene mayor valor que la seguridad económica. Se ha calculado que el número de furitâ alcanza en la actualidad los cuatro millones dentro de Japón.

Los niito, del inglés Neet (abreviatura de “Not in Employment, Education or Training”), son un grupo más joven, y bien distinto al anterior. Para este grupo de jóvenes el esfuerzo laboral tiene un marcado sentido negativo, y se muestran contrarios a cualquier tipo de sacrificio.

Un fenómeno ligado a la obtención rápida de dinero, y que afecta tanto a hombres como a mujeres jóvenes o incluso menores de edad, es el Enjo Kôsai 援助交際, en el que la compañía o prostitución voluntaria y sin intermediarios de jóvenes con adultos a cambio de dinero se convierte en un modo de subsistencia del que posteriormente resulta difícil salir, y que trae consigo acusados problemas psico-sociales. Este fenómeno es tratado abiertamente en la actualidad en series y cómics, o incluso en el fenómeno de las novelas para móviles, con el ejemplo imprescindible de la obra Deep Love.

Finalmente cabe mencionar brevemente a los adultos conocidos como Makeinu (perro perdedor), en el caso de las mujeres; y Parasite Single en el caso de los hombres. Obviamente con un marcado carácter peyorativo en las mujeres, este grupo está formado por adultos que tienen éxito en su vida laboral, pero que para ello han sacrificado parte de su vida social, terminando por superar solteros la barrera de los 26 años comprendidad en Japón como la edad ideal para contraer matrimonio. En el caso de los Parasite Single, también existe el problema de la emancipación, puesto que muchos de los integrantes de este grupo se niegan o no pueden abandonar la casa de sus padres.

En cualquier caso, el hecho de encontrar grupos aparentemente bien definidos y clasificados de nuevos adultos con distintos modos de entender su modo de vida es en parte ficticio. Esta clasificación deriva, en gran medida, de la necesidad cultural de Japón por ordenar para comprender. Es evidente que la realidad japonesa, como hemos visto desde el primer artículo, es cambiante y difusa, y no sólo eso, sino que se transforma a gran velocidad desde que terminase la Segunda Guerra Mundial.

El nuevo siglo político, económico y social para Japón, inaugurado con el ascenso al poder del PDJ, traerá sin duda un cambio en el sistema de valores que afectan a Japón, y el surgimiento de nuevos sistemas productivos, un nuevo panorama del mundo laboral, y una sociedad visiblemente renovada (no sabemos si para bien, o para mal). Al fin y al cabo, Japón, lejos de ser un fenómeno aislado y único, pertenece a la red global de naciones, y es emisor y receptor de nuevas tendencias que están transformando el mundo, en la actualidad, a pasos agigantados.

El desarrollo japonés ante el mundo. (III) El coste humano del desarrollo

Japón acude a las urnas (Actualizado)

Este domingo Japón celebra sus elecciones generales. En esta ocasión, los distintos escándalos que azotaron al PLD (Jimintô) y su propia crisis interna que Jun’ichiro Koizumi dejara tras su marcha, pueden marcar un cambio de rumbo importante en el gobierno del país, catapultando al PDJ (Minshutô) al poder. Recordemos que el pueblo japonés ha conocido a cuatro líderes distintos en los últimos 3 años: Jun’ichiro Koizumi, Shinzô Abe, Yasuo Fukuda y Tarô Asô. Aunque no es la primera vez que Japón mantiene a distintos líderes en un relativamente corto periodo de tiempo, los problemas económicos (especialmente en el apartado de las pensiones) y los notables cambios en el espectro de votantes, hacen posible la victoria del PDJ de Yukio Hatoyama. Tal como afirmaba Newsweek en un artículo la pasada primavera, Japón puede ser el único país que se beneficie colateralmente de la crisis económica mundial.

No obstante, el repunte económico de los últimos días, unido al anuncio de que Japón ha salido de la recesión, podría devolver el ánimo a todos aquellos seguidores del PLD que con dificultad habían decidido optar por el cambio. Aunque con un resultado ajustado, éste podría volver al poder en coalición con otras fuerzas políticas menores, al igual que en anteriores ocasiones.

Suceda lo que suceda, Japón podría verse afectado a corto plazo por la burbuja financiera que algunos anuncian en China, y que podría suponer un azote para la economía mundial. En ese caso, el gobierno deberá hacer verdaderos esfuerzos para que el pensamiento negativo de la década perdida no se extienda hasta cubrir un cuarto de siglo. Las nuevas generaciones tienen la palabra.

(Las elecciones se pueden seguir a través del siguiente canal de Twitter http://www.followsenkyo.jp/)

ACTUALIZACIÓN: Según las últimas encuestas a pie de urna, y tal como informa el diario Asahi Shinbun, el PDJ (Minshutô) habría obtenido una victoria aplastante sobre el PLD, lo que da paso a un cambio histórico en el gobierno de Japón. Por lo tanto, el próximo Primer Ministro de Japón será Yukio Hatoyama, del que haremos un análisis en su momento. Por su parte, el derrotado Taro Aso anuncia su dimisión y se hace responsable de la histórica derrota de su partido.

Este resultado promete cambios sustanciales en la estructura burocrática que ha funcionado en el país desde los últimos 60 años, así como una apertura a políticas sociales que los japoneses que han acudido a las urnas esperan desde que comenzara la recesión de 1990.

Japón acude a las urnas (Actualizado)

El desarrollo japonés frente al mundo. (II) El sueño traicionado.

En el anterior post hablamos de algunos de los factores que lanzaron la economía japonesa desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Presentamos, por así decirlo, algunos de los pilares fundamentales del estado desarrollista nipón. En este artículo dejamos las antiguas previsiones de Hakan Hedberg para centrarnos en lo que de verdad ocurrió durante los años de expansión económica, hasta la explosión de la burbuja financiera e inmobiliaria, intentando resumirlo y simplificarlo en la medida de lo posible.

Durante el periodo de ocupación, el gobierno norteamericano promulgó toda una serie de medidas para evitar los monopolios de los antiguos zaibatsu 財閥, posteriormente denominados keiretsu 系列. No obstante, no hay que confundir a los zaibatsu con los keiretsu, puesto que poseen importantes diferencias. El keiretsu se sostiene sobre una estructura más horizontal, y una jerarquía de menor “profundidad”, es decir, una cadena de mando más reducida. Por otra parte, como conglomerado aúna a muchas otras empresas en su cadena (o espectro) de producción, pero no por ello todas tienen que pertenecer a la misma firma.

Estos keiretsu tendrán su particular expansión tras la ocupación. Tras la retirada de MacArthur, ya con la economía japonesa bien encarrilada, la legislación del país se vuelve más laxa en cuestiones de monopolio. Es entonces cuando vuelven a tomar importancia antiguos conglomerados como Sony, Matsushita, Mitsubishi, Honda o Mitsui, entre otros. Alrededor de estos gigantes surgen también toda una serie de pequeñas empresas satélite que absorven buena parte de los costes de producción como subcontratas, hecho que ayuda a las grandes firmas a mantener el tipo mientras que los pequeños empresarios se van a la quiebra.

Comienza una época en la que el estado tiene un control más férreo de la economía. El crecimiento económico se acelera gracias a los beneficios obtenidos por la Guerra de Corea, en la que Japón participa tímidamente tras la insistencia de los EE.UU.; y con el aumento del comercio exterior.

El capital acumulado comienza a invertirse, especialmente, en obras públicas, bajo el mandato del primer ministro Hayato Ikeda, entre 1960 y 1964. Ikeda es recordado precisamente por ser el político que favoreció el crecimiento económico a través de la reconciliación y la paciencia, buscando el consenso social, o bien tratando de mediar entre la patronal y la mano de obra. Bajo el gobierno de Ikeda, Japón logra superar incluso las expectativas gubernamentales de crecimiento económico. Son los primeros años del “milagro”, y también los del desarrollo urbanístico y las grandes esperanzas y proyectos para la ciudad y la megalópolis de Japón. La exposición de Osaka de 1970 sirve como plataforma para transmitir la modernidad y el poder tecnológico de Japón al mundo. Es el año también en el que el arquitecto Kenzo Tange diseña los planes para convertir el corredor del Tôkaidô en una enorme y futurista megalópolis hasta el año 2000.

La crisis del petróleo de 1973 saca de las ensoñaciones a muchos entusiastas del desarrollo. El ritmo de crecimiento  del que Japón disfrutaba hasta entonces se estanca, lo que pone en alerta a la industria. No obstante, como toda crisis significa también cambio, en 1974 la industria sufre una transformación, y la alta tecnología y la electrónica comienzan a tener más importancia, en detrimento de la industria pesada, cuyo consumo de combustible era mayor. Es la época también en la que el poder electrónico de Japón obliga a las hasta entonces dominantes empresas de Silicon Valley a cambiar su política productiva.

Japón supera la crisis en poco tiempo y vuelve a encarrilar su desarrollo. Sin embargo, comienzan a sucederse los casos de corrupción. El sueño, poco a poco, comenzará a derrumbarse.

El primer ministro Kakuei Tanaka, uno de los más populares en la historia contemporánea de Japón, puede servirnos para ofrecer el ejemplo más significativo en relación a esto último. Tanaka es un político de grandes ambiciones, que realmente desea transformar Japón en la primera economía del mundo. En su libro editado en inglés y en japonés Construyendo un nuevo Japón, diseña para el país una suerte de hoja de ruta con la que se propone transformar desde las relaciones laborales e internacionales del país, hasta las comunicaciones y las ciudades del archipiélago.

Tanaka establece buenas relaciones con la China popular, y con el gobierno de Richard Nixon. Sin embargo,  comenzará a verse envuelto en diversos escándalos desde que la revista Bungei Shunju publica un reportaje que pone en duda sus prácticas empresariales. Con el escándalo Lockheed, se acusa a Tanaka de haber aceptado sobornos millonarios a cambio de favorecer la compra de los aviones L-1011 para las líneas aéreas paraestatales de Japón All Nippon Airways (ANA), en lugar de los modelos McDonnell Douglas DC-10. El escándalo salpica a muchos otros políticos del PLD, y acelera la caída de Tanaka del poder. Aunque continúa en la Dieta, Tanaka es condenado en 1983 a cuatro años de cárcel. Hasta 1983, el escándalo Lockheed remueve la política japonesa, y saca a la luz los agujeros negros del desarrollo.

Durante los años 80 sucede toda una renovación de la economía japonesa, que se resume en la deslocalización para reducir costes de producción, la apuesta por nuevas tecnologías menos dependientes del petróleo, y una revalorización de los activos financieros e inmobiliarios que conducirán a la economía de burbuja. Comienzan los años locos del crecimiento urbano y de los nuevos millonarios. Es también la época de los precios desorbitados de la tierra, que conduce a un pequeño estado de desconcierto y crisis en 1985.

No obstante, desde ese mismo año y hasta el estallido de la burbuja en 1990, Japón experimentará un crecimiento milagroso que recuerda al sueño de los años del primer ministro Ikeda. Sin embargo, la catástrofe comenzaba a vislumbrarse en determinados círculos. El precio del desarrollo, del sueño japonés, se conocería tarde o temprano. Una mañana del año 1990, los rotativos japoneses admitían la debacle. Era el comienzo de lo que se conoce como “la década perdida”, cuyo ambiente es un largo periodo de recesión. El pacto social para el desarrollo del país se reveló entonces, para muchos japoneses, como una gran tomadura de pelo.

Analizaremos en el próximo artículo el coste humano del desarrollo y el espíritu de la década perdida, con algunas notas de actualidad.

El desarrollo japonés frente al mundo. (II) El sueño traicionado.