Una gramática de Tokio

El siguiente artículo tiene más de ejercicio literario que de apunte científico. De hecho, cualquier parecido con la ciencia es una mera plataforma para pensar sobre la ciudad japonesa.

Una gramática de Tokio

El lenguaje es uno de los más grandes y misteriosos avances de la cultura humana. No sabemos a ciencia cierta cuándo ni en qué condiciones surgió para continuar desarrollándose hasta llegar a su forma contemporánea, la cual tampoco dudamos que continúa evolucionando. Desde un punto de vista cultural, existe la problemática de determinar en qué momento los antecesores del homo sapiens sapiens pudieron vocalizar la primera palabra, o construir la primera oración. Desde el punto de vista científico, o más concretamente, genético, sí se ha teorizado sobre el gen responsable del desarrollo de nuestro lenguaje, y por lo tanto de un modo “gramatical” de pensar.

La ciencia nos dice, a día de hoy, que el gen FOXP2 humano es el responsable del desarrollo de la coherencia gramatical, es decir, que entre muchas otras posibles funciones, nos ayuda a distinguir tiempo, modo, número y persona. En definitiva, nos ayuda a comprender una realidad encajándola en un sistema. A sistematizar (ordenar en un sistema) la realidad que se percibe a través de los sentidos, y, cómo no, a comprender y a comunicar. Es el gen que nos permite controlar y manipular (en el buen sentido y en el malo) la información.

Es inevitable recordar, desde el punto de vista del estudio urbanístico de Tokio, el libro que Roland Barthes, el semiólogo francés, dedica a esta ciudad. En El imperio de los signos, Barthes se asoma a la ciudad japonesa desde su escritura, fascinado por los trazos que componen los caracteres de un lenguaje que desconoce. Su manifiesto desconocimiento de la lengua, explica, no supone para él un obstáculo, muy al contrario le conduce a un oasis de protección frente a los dictados de su lengua materna. De este modo, el semiólogo parece advertir que la ciudad japonesa, como su lengua, escapa al modelo racional occidental, que reconoce como un sistema más y no por ello mayor ni mejor, y que condiciona la estructura concéntrica de la ciudad americana y europea.

Tokio, destaca Barthes, es una gran metrópolis cuyo centro está vacío y desvía las aglomeraciones. La ciudad, se sorprende, no sigue un orden nominativo, y contrariamente a lo que se podría pensar como lógico, los japoneses construyen la imagen de su ciudad en base a sensaciones y señales, siendo necesario dibujar secciones de la misma para explicar una dirección. En el imperio del trazo esta es la lógica.  La ciudad es un texto, o un conjunto de textos.

Esta visión semiótica de Tokio choca, no obstante, con la idea de una metrópolis (o megalópolis en proceso) con un centro que es plural y no geométrico. Así pues tenemos un centro político, Kasumigaseki; un centro económico, Marunouchi (que por cierto, pertenece en casi su totalidad al imperio de Mitsubishi); y un centro comercial, Ginza. Tokio es un gran sistema que, como el idioma japonés, nos puede parecer lógico si lo desconocemos, caótico si no llegamos a comprender sus fundamentos, y complejo si aceptamos la imponente dificultad de llegar a dominarlo.

Es extraño llegar a conocer a un japonés que haya alcanzado el dominio completo de su lengua. Entiéndase esto como el conocimiento de todos los signos que la componen, de todos los kanji. Conocerlos no es una meta imposible, aunque sí bastante improbable. Asimismo el conocimiento de la ciudad japonesa requiere la experiencia diaria, y aún así llegar a conocer su forma se nos antoja una quimera.


El arquitecto japonés Itō Toyoo destacaba, a su llegada al aeropuerto de Narita, que a medida que se introducía en la ciudad por una de sus arterias era incapaz de distinguir o imaginar forma alguna.

En medio de la sucesión de paisajes anodinos, uno se encuentra dentro de la ciudad de Tokio, sin haber experimentado ninguna impresión o estímulo. Es decir, uno se encuentra envuelto por el macrocuerpo, la metrópoli, sin haber percibido claramente su fisonomía ni tampoco haber tenido una impresión intuitiva. […] Creo que los extranjeros que visitan Tokio por primera vez comparten esta sensación incierta de estar inmersos en un pantano sin fondo. Una ciudad sin contornos, en donde penetra uno sin darse cuenta, como en un laberinto.

No es el único que reconoce Tokio como un elemento vivo e infinitamente complejo, como la lengua japonesa. Yoshinobu Ashihara habló del orden oculto de la metrópolis, una ciudad que era “como una ameba”, o que reflejaba un “orden fractal”.

Las ciudades que, como Tokio, parecen desordenadas, tienen relación con la convergencia de elementos heterogéneos y generados espontáneamente. No están ideadas desde un comienzo para ser tal como son, sino que, más bien se desarrollan por el azar. Esta aleatoriedad es la raíz de la identidad de Tokio […] aquí está la “belleza del caos”, una corriente estética de relevancia para el siglo XXI.

Asimismo, Ichikawa Hirō observó que Tokio es una ciudad “flexible”. En 2008 la NHK ofrecía a los japoneses una serie documental donde se estudiaba la capital nipona dentro de un conjunto de “ciudades en ebullición”, y hablaba de Tokyo Monster. Un monstruo que, por cierto, desde hace décadas se enfrenta a constantes proyectos de revitalización y amenazas a su poderosa hegemonía.

¿Es posible conocer algo que siempre cambia? Posiblemente esta tarea sea difícil, pero sí podemos hacer un esfuerzo por comprender el sistema, o si queremos la gramática, que fundamenta ese algo.

El gen FOXP2 puede no sólo ser el responsable del lenguaje en sí, sino del mecanismo que ha favorecido el sistema que subyace al mismo. Del mismo modo, la ciudad, como sistema, como conjunto de signos y manifestación coherente de un conjunto de formas de habitar, es el producto del modo de pensar que este gen ha otorgado al ser humano. Parece razonable pensar que así como el lenguaje no ha podido existir sin comunidad, y que la comunidad ha debido ser el cobijo del lenguaje, los asentamientos humanos han sido producto del pensamiento gramatical de esta misma comunidad. O si lo preferimos, un sistema de habitar precedido por un sistema de comunicar.

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Una gramática de Tokio

Un paseo por el Shakujii Kōen de Tokio – 石神井公園

Shakujii Kouen 石神井公園

Tokio está lleno de rincones entrañables que merecen la pena ser visitados, aunque no sean de por sí demasiado conocidos. Hace poco me quejaba estúpidamente de falta de planes para el fin de semana, así que pregunté a unos amigos japoneses sobre algún lugar agradable, en plena naturaleza, donde fuese interesante hacer un safari fotográfico. Sin dudarlo, la primera respuesta que me dieron fue el parque Shakujii 石神井公園. Este es uno de los parques más grandes de Tokio, situado al oeste de la metrópolis, y al que se puede llegar tanto con la línea Chuo de la JR, como con la Seibu Shinjuku o la Seibu Ikebukuro. En mi caso, al ser un ciudadano de pleno derecho de la Seibu Shinjuku, partí desde Toritsu Kasei 都立家政駅 hasta Kamiigusa 上井草駅, apenas 15 minutos.

Shakujii Kouen 石神井公園

Una vez llegas a Kamiigusa, y le sacas la foto de rigor a la estatua del Gundam (para algo es la ciudad del anime), hay que tomar un autobús que de deja en la entrada del parque, junto al estanque de los patos, y de las barcas con forma de cisne.

Shakujii Kouen 石神井公園

En este lugar, inaugurado como parque en 1959, la naturaleza se desata en forma de mosquitos, libélulas, arañas, cigarras (montones de cigarras en agosto), mariposas, y toda suerte de insectos. El parque tiene caminos de tierra, alguna zona de cesped, y zonas de hierba alta donde hay bastantes mosquitos, aunque afortunadamente ningún Pokémon salvaje. No ha habido necesidad, por tanto, de sacar las pokebolas en público.

Shakujii Kouen 石神井公園

Shakujii Kouen 石神井公園

Shakujii Kouen 石神井公園

Las variedades de árboles son un buen cobijo para pasear sin demasiado calor: arces, cipreses, sauces, zelkovas, y hasta cerezos. Con su altura y frondosidad dejan en la penumbra buena parte del paseo que rodea el lago Sanpō-ji 三宝寺池. Todo el camino, por cierto, se realiza sobre una plataforma de madera.

Shakujii Kouen 石神井公園

Shakujii Kouen 石神井公園

Situado en el distrito de Nerima, famoso por sus Daikon o nabos japoneses, este lugar es sin duda conocido entre los tokiotas gracias a la cultura popular. No en vano, el estanque es un lugar frecuentemente utilizado para rodar melifluas escenas en las que una pareja pasea en barca. El lugar posee sin duda una luz muy cálida y agradable al atardecer, y salvo por el concierto interminable de las cigarras en agosto (ríanse ustedes de las vuvuzelas), se trata también de un lugar silencioso.

Shakujii Kouen 石神井公園

Shakujii Kouen 石神井公園

Cuentan que este es el parque que aparece en numerosas ocasiones en Ranma ½, al tener lugar la historia en el mismo distrito de Nerima. Yo no lo puedo confirmar, pero si es así, y alguno o alguna es fan de la serie, que no dude en visitar este parque. Eso sí, en verano protección contra los mosquitos. Los enormes árboles ya se encargarán de protegeros contra el sol.

Un paseo por el Shakujii Kōen de Tokio – 石神井公園

La cultura del suelo

Hace unas semanas comentaba con un profesor japonés que estaba de visita en Sevilla algunos aspectos relativos a la diferencia entre el concepto de espacio que existe en Europa y Japón. Cuando se leen distintos estudios comparativos entre Japón y Occidente que no buscan más que definir lo que tiene de japonés la cultura nipona, uno encuentra muchos puntos en común. La cultura del espacio en Japón es la cultura del suelo, o bien, como otros autores la han llamado: “la cultura que se descalza”, “la vida en plataformas”, “la cultura del genkan” (espacio donde uno se descalza antes de pasar a casa).

Esto, que leído por primera vez puede parecer una soberana estupidez (y a lo mejor lo es para muchos), alcanza todo su sentido si analizamos distintos hechos de la vida y la cultura popular japonesa. Por ejemplo, el arquitecto Ashihara Yoshinobu, al que ya he mencionado en otros post, empezaba a definir así la vida en una casa japonesa: “Nos quitamos los zapatos y entramos en casa”. El hecho de descalzarse en el genkan tiene una raíz histórica muy importante. La explicación que a menudo se da a esto es meramente pragmática: no estropear el tatami. Sin embargo, hoy día muchas viviendas no tienen tatami, sino madera, por lo que descalzarse es un acto de higiene fundamental en la casa japonesa.

Rekishi-kan. En Tajiri-Cho, Ôsaka.

Conviene recordar también que los orígenes del genkan están relacionados con la doctrina del budismo Zen, y asimismo con la psicología del espacio. Hay autores que defienden, de manera acertada, que el genkan es un umbral psicológico que separa la vida y la etiqueta en el exterior, del refugio y el comportamiento relajado en el hogar. En pocas palabras, la casa de un japonés de clase media no está pensada para recibir visitas, porque forma una parte fundamental de su intimidad. No os sorprendáis si alguna vez un japonés amigo vuestro que se haya alojado en vuestra casa no corresponda ofreciéndoos una habitación. Esto ha cambiado con el correr de los tiempos y la influencia de un interiorismo de estilo más global, por supuesto, aunque se siguen conservando elementos y materiales netamente japoneses.

Pero pongámonos en el caso de un occidental que entra en una casa japonesa por primera vez (por ejemplo, un caso personal). Lo primero que sorprenderá, si uno entra en un piso pequeño de un típico bloque de hormigón, es que el recibidor está lleno de dos cosas: zapatos y paraguas. Esta suele ser una constante, con excepciones, claro. Lo de los zapatos es evidente, porque uno se descalza en el piso inferior, y sube a la tarima. Lo de los paraguas es lógico si conocemos el clima japonés. Pasemos ahora a la estancia principal: ¿Dónde está el sofá? ¿Por qué la televisión está tan baja? ¿Por qué únicamente hay sillas en la mesa de la cocina?

Todas estas preguntas asaltan y sorprenden a una persona que desconozca la cultura japonesa. Cuestión de perspectiva. En una casa típica japonesa, aunque haya moqueta, se vive en el suelo. En realidad, los japoneses viven en en plataformas desde tiempos inmemoriales, cuando se estableció la vida elevada para protegerse de la humedad del suelo. Esto no es nada irrelevante, pues afecta físicamente a los japoneses, cuya espalda y cadera debe soportar el acto de agacharse y levantarse del suelo continuamente, algo que personas mayores de occidente hacen con dificultades. La espalda también se curva, el cuerpo cae hacia adelante en la postura relajada que adoptan muchos japoneses. No obstante muchas personas mantienen hasta la vejez la flexibilidad suficiente para poder doblar las rodillas y caderas hasta alcanzar el suelo.

Afecta igualmente al arte. En Europa, que a menudo es definida como la cultura de la muralla, por el urbanismo de la antigua ciudad amurallada, y por la importancia del muro en la arquitectura tradicional, la pintura al óleo o con materiales que permitieran colocar el lienzo verticalmente fue la que predominó y triunfó en el arte y la cultura. En cambio en Japón fue la tinta, ya sea en caligrafía o a la aguada en el sumi-e, la que triunfó en la cultura tradicional. Ni que decir tiene que la técnica que se utiliza para este tipo de pintura y escritura obliga al autor a poner el papel horizontalmente, sobre una tablilla o directamente en el suelo.

Rekishi-kan. Tajiri-Cho, Ôsaka.

En una casa japonesa la televisión debe estar también a la altura adecuada para la vida en el suelo, al igual que la mesa camilla con estufa que se conoce como kotatsu. El gran maestro del cine “costumbrista” japonés, Yasujiro Ozu, quiso ofrecer a su público la perspectiva real de una casa japonesa, y como buen perfeccionista ideó un trípode que ponía la cámara a la altura de una persona que se sienta en torno a un kotatsu a charlar. Con esto, el espectador podía sentir que estaba presente en la escena, sentado junto a sus artistas favoritos. La vida en el suelo cambia la perspectiva del mundo, y me atrevería a decir que pese a los cambios que están sufriendo las nuevas viviendas en Japón, este tipo de perspectiva desde el “tatami” no se abandonará del todo en mucho tiempo.

La cultura del suelo

La construcción de la torre Tokyo Sky Tree en Time-Lapse

Vía Pink Tentacle podemos ver un vídeo en el que se muestra la construcción de la torre Tokyo Sky Tree, en proceso desde 2009, y que medirá 634 metros, convirtiéndose en la estructura más alta de Japón. Esta enorme torre responde al crecimiento de la ciudad en los últimos 30 años, siendo no sólo un futuro referente importante que probablemente sustituya a la Torre de Tokyo, sino además una antena de comunicación cuya señal digital cubre el espectro al que la antigua torre de 333 metros de altura no podía llegar. Se calcula que con sus 634 metros, el área al que la señal de esta nueva torre llegará abarcará todo Tokyo-to, Chiba-ken y Saitama-ken; y que llegará asimismo a Ibaraki-ken, Tochigi-ken, Gunma-ken y Yamanashi-Ken.

La Tokyo Sky Tree estará terminada en diciembre de 2011, y será abierta al público en la primavera de 2012. Obviamente será un punto turístico insalvable. La torre tendrá dos miradores, uno a 350 metros de altura, y otro a 450 metros, convirtiéndose ambos en los más elevados de Japón.  El nombre fue sometido a votación desde octubre de 2007, y finalmente en 2008 se eligieron seis finalistas: Tokyo Edo Tower, Tokyo Sky Tree, Mirai Tree, Yume Miyagura, Rising East Tower, y Rising Tower, siendo Tokyo Sky Tree el elegido.

Fuente: japantrends.com

Podemos hacer una pequeña comparativa entre otras torres remarcables del mundo, para ver la magnitud de este proyecto que pronto podremos disfrutar:

De esta manera, podemos observar claramente cómo en apenas un par de años tendremos un nuevo referente en el paisaje de la ciudad de Tokyo, así como en lo que a arquitectura y comunicación se refiere. Podemos seguir el proceso de construcción de la torre, así como acceder a otra información adicional en la página oficial: http://www.tokyo-skytree.jp/index.html

La construcción de la torre Tokyo Sky Tree en Time-Lapse

Tokio. Caos y Orden.

Como he comentado en post anteriores, mi tesis doctoral está centrada en la megalópolis japonesa, la red de metrópolis y su relación con la sociedad de la información. Entre los distintos conceptos que manejo, están los de entropía (el cual está cargado de importancia en mi investigación) y los de caos y orden. En relación con Tokio, o mejor, con el área de la capital, o más aún con lo que se denomina Itto Sanken 一都三県(Una ciudad, tres prefecturas) donde viven más de 35 millones de personas, hay muy diversas opiniones. Generalmente, me he enfrentado a la opinión de que Tokio es un “caos”, habitualmente a causa de una mirada occidental y monolítica propia del estándar europeo que adora el esquema heredado de la antigua ciudad amurallada o de una ciudad rígida, o el orden artificial de la ciudad lineal.

Haré un inciso sobre este último punto. ¿Puede el esquema de la ciudad lineal, con ejemplos visibles en Barcelona, luchar contra la entropía? ¿Puede luchar contra el desorden? Mi opinión personal es que un esquema lineal, de cuadrícula, tiende a crear confusión y a provocar estrés, y que su crecimiento tiene límites. Aunque no por ello es menos práctico en algunos aspectos. Hagamos un paralelismo con un enorme supermercado, con sus lineales ordenados, y donde, aunque resulta difícil perderse, cualquier cambio puede ser fatal para nuestra orientación o sentido del espacio, para saber, en definitiva, dónde encontrar las cosas que buscamos. Por otra parte, siempre he opinado que una ciudad donde la geometría aparenta jugar arbitrariamente con el transeúnte ofrece una experiencia más plena.

Respecto al aparente caos de Tokio, hubo una voz que se alzó en la década de los noventa. Se trata del arquitecto Yoshinobu Ashihara. Tanto en Kakureta Chitsujô 隠れた秩序(El orden oculto) como en su revisión posterior, Tokyo no bigaku – konton to chitsujô – 東京の美学、混沌と秩序(La estética de Tokio – caos y orden)*, defiende que bajo el aparente caos de la metrópolis (o megalópolis en proceso, o de facto como llega a afirmar ambiguamente), subyace el orden propio de la geometría fractal del matemático Benoît Mandelbrot. Aunque deja muy en el aire esta cuestión, y no profundiza apenas, aclara su posición de manera más directa con una sencilla pregunta: ¿Cómo es posible que una ciudad en la que conviven 35 millones de personas funcione tan bien?

En este punto hay que dar la razón casi sin matices a Yoshinobu Ashihara. En Tokio los trenes llegan a tiempo, el tráfico fluye mejor que en ciudades con cinco veces menos su población, las calles están aceptablemente limpias, y hay seguridad sin necesidad de establecer un régimen tan estricto de vigilancia y penalización como el de Singapur (the fine country).

De todo esto, observaría que el carácter y la cultura propia de un país tiene una estrecha relación con el orden o el desorden que se vive en sus ciudades, ya que éstas, como organismo vivo (y Tokio más que ninguna) no son sólo una gran estructura, sino que se hacen y funcionan con la conducta de sus ciudadanos.

En ese caso, considero absolutamente erróneo el concepto de Tokio como una ciudad caótica. Una ciudad debe ser observada de lejos y de cerca. Por ello, os propongo una imagen de aspecto caótico. Una vez hagáis click sobre ella, os daréis cuenta de que se trata de una estructura perfectamente ordenada. Y con esto quiero decir que el caos y el orden, en algunos casos, es también un problema de perspectiva.

* Los libros mencionados en este post están también publicados en inglés como The hidden order y The aesthetics of Tokyo, en una versión bilingüe.

Tokio. Caos y Orden.

Crónica de los últimos días en Tokyo – Impresiones de Minami-Senju –

Homenajeando a Daido Moriyama.
Homenajeando a Daido Moriyama.

He regresado a Tokyo. Pasaré aquí mis últimas dos semanas de vida nipona. Como hice en diciembre de 2008, me alojo en una guest house acogedora y barata, Aizuya Inn, en Minami-Senju.

Sin duda, el barrio en el que estoy es un sitio singular. Podríamos decir que se trata de una zona bastante deprimida, de esas en las que cuando la crisis aprieta, uno lo nota más. En este barrio, al que se llega en metro o en la línea Joban de tren, se pueden encontrar algunos de los Bussiness hotel y las guest house más baratas de Tokyo. Sin embargo, no un sitio agradable para pasear a ninguna hora.

Los edificios envejecidos, feos, grises, de balcones y rejas oxidadas, donde sólo quedan las sombras de los letreros de antiguos locales, son el escenario de la depresión humana. Cuando estuve en Minami-Senju por primera vez, en diciembre, un grupo de personas que habían perdido su empleo se manifestaban frente a los antidisturbios. Al día siguiente, los voluntarios de una Organización No Gubernamental, posiblemente con un trasfondo religioso, repartían comida entre los sin techo. Hoy, cada día, ves a mayores y no tan mayores pasear y reunirse sin nada que hacer, algún que otro tipo tirado en el umbral de una casa abierta, y algún que otro anciano de cabellera amarillenta y uñas largas, que te hace gestos para que le des una moneda de 500 yen. También algún que otro vecino se alivia sin ningún pudor en cualquier alcantarilla abierta en un rincón de una pequeña calle. Aparte de lo dicho, nadie más te molesta.

Una de las tiendas cercanas a la guest house vende paraguas recogidos en las estaciones o en la calle, por 100 yen la unidad, y ropa por poco más de 1000 yen cada pieza. Un bar de yakitori expone la oferta al aire. Los policías de los dos Koban que hay a lo largo de la calle principal, hacen guardia y paran a algún que otro conductor o transeúnte borracho. Un bar llamado “amor” enciende su cartel luminoso frente a su pared y puerta color violeta, cerrado a cal y canto. Un poco más allá, Unas estrechas escaleras y las fotos de unas chicas te invitan a subir a un Pub de hostes por 3000 yenes la hora. Frente a él, cruzando la calle ancha, el Seven Eleven, abierto las 24 horas, lleno de personas que leen revistas de pie, para aligerar la noche.

Minami-Senju, a dos estaciones de la línea Yamanote, no tan lejos del embriagador corazón de la metrópolis, es lo que la mayoría de guías no quieren mostrar de Tokyo. Es el órgano degradado de un organismo mayor, que es la metrópolis.

Pero hay dos caras. La parte de Minami-Senju donde me alojo, es la parte mala. El muro que separa la parte mala de la parte no tan mala son las vías del tren. Hay que sortearlas por un enorme puente peatonal.

Curiosamente, una enorme torre de viviendas se está construyendo justo frente a la estación. Me imagino que pocos de los que hoy viven en esos bajos fondos de Minami-Senju se podrían permitir un apartamento ahí. Tal vez (y digo tal vez), esta sea una de las estrategias que los constructores tienen de revitalizar la ciudad. Tal vez, con la llegada de un centenar de familias a la zona, el paisaje de Minami-Senju, su estructura y su desencanto cambien para siempre. Sangre nueva, que desintoxique una vieja zona deprimida por el propio sistema que la sustenta, tal vez.

Sin embargo, si algo he de apuntar, es que la cantidad de extranjeros de todas las nacionalidades que se han alojado en Aizuya Inn atestiguan que Minami-Senju, contrariamente a lo que se podría pensar, no es un lugar peligroso. Al menos, esta es la impresión que yo tengo.

Crónica de los últimos días en Tokyo – Impresiones de Minami-Senju –

Gate Tower Building (II). Ingeniosas soluciones en Ôsaka

Hace ya más de un año hablé del Gate Tower Building de Umeda, en Ôsaka. Recientemente he descubierto en el blog Bouncing Red Ball una entrada que aporta nuevos e interesantes datos sobre este edificio y, entre otras cosas, aclara la razón por la que una autopista lo cruza a la mitad (Por cierto que el post usa una foto mía nombrando la fuente, lo cual, en estos tiempos que corren, agradezco mucho).

Según explica el autor del blog antes mencionado, el terreno donde se levanta el edificio estaba siendo utilizado por una industria procesadora de madera y carbón desde la era Meiji (1867 – 1912). Después de una larga historia, en 1983 la empresa decidió renovar sus oficinas y planeó un nuevo edificio. Sin embargo, los urbanistas que estaban planeando el desarrollo y transformación de la ciudad en aquella década ya habían decidido que el terreno se destinaría al desarrollo de la Autopista de Hanshin. Cinco años de negociaciones culminaron en la solución que hoy puede contemplarse.

En Bouncing Red Ball también se destaca que el edificio fue diseñado para que ambas estructuras (las oficinas y la autopista), no se tocasen ni se viesen perjudicadas en su coexistencia. De hecho, el Gate Tower Building fue diseñado de tal manera que su posible demolición no afectase a la autopista (yo, al igual que el autor del blog mencionado, no puedo imaginarme cómo).

Lo interesante del caso es que se ha convertido en un buen ejemplo de cómo el desarrollo de una ciudad, los problemas de espacio (no sólo físicos, sino también desde el punto de vista económico), y el encuentro de iniciativas públicas con intereses privados y viceversa, pueden dar lugar a soluciones poco comunes en las que el talento de los arquitectos e ingenieros tiene que exprimirse al máximo.


Algunos datos más sobre el edificio:

Dirección: 5-4-21 Fukujima, Fukujima-ku, Ôsaka-Shi, Ôsaka, Japón.
Obra concluida en 1992.
Superfície del solar: 2,353 m2
Superficie construída: 760 m2
Superficie total: 7,956 m2
Altura: 71.9 m
Distribución: 16 plantas, más 2 plantas subterráneas.
Diseñado por Catalpa Design y Yamamoto Nishihara architectural design office.
Constructora: Satô Kôgyô

Y por último, un vídeo en el que un motorista sale disparado desde el Gate Tower Building. La publicidad en cuestión nos invita a hacer el gilipoyas y poner en peligro nuestra propia vida y la de los demás, así que no os entusiasméis mucho, que lo más probable es que de hacer estas chulerias en moto por Ôsaka, o bien acabéis en la cárcel, o con la cabeza incrustada en un muro de hormigón.

Gate Tower Building (II). Ingeniosas soluciones en Ôsaka