¿Por qué Japón no condena la sangrienta guerra de Duterte contra la droga?

Recientemente Phelim Kine, subdirector de la división asiática de Human Rights Watch, ha criticado abiertamente en un artículo al primer ministro japonés por no haber condenado la sangrienta guerra contra la droga del presidente filipino Rodrigo Duterte. Condena que Abe Shinzō haya hecho la vista gorda ante las ejecuciones sumarias de civiles que ha promovido su aliado asiático, y que ni siquiera haya dudado en prometer y mantener la ayuda financiera a este país pese a las flagrantes violaciones de los derechos humanos.

Estoy de acuerdo con Phelim Kine. Es imposible no estar de acuerdo con él y al mismo tiempo defender la justicia y los derechos humanos. Pero el breve artículo, como suele ser habitual en estos casos, tiene un problema que para mi gusto se repite en los medios internacionales cada vez que se habla de Japón, Corea del Sur, Taiwán o China: la falta de contexto geográfico y la omisión de la realidad política de la región.

Lo que trataré de explicar brevemente es lo siguiente: Japón no condena la política de Duterte porque no puede permitirse dar un paso en falso en su relación con Filipinas. Kine censura la actitud de Japón, que contrasta con la de algunos países europeos o la de Estados Unidos que sí han condenado los crímenes de Duterte. Pero a mi juicio, cuando se trata de valorar la actitud de un país asiático hacia otro, la comparación no se debe ejercer con un país de occidente. Los intereses, las relaciones y los equilibrios que Japón tiene con Filipinas son muy distintos a los que tiene con los Estados Unidos, por ejemplo. En toda relación bilateral siempre hay países vecinos observando.

Difícilmente podemos entender el juego diplomático que se desarrolla hoy en Asia Oriental sin hacer alusión a lo que está ocurriendo en el Mar de la China Meridional y la nueva diplomacia china. Japón ha tratado de aprovechar el recrudecimiento de los conflictos territoriales de China con Filipinas y Vietnam desde que el gigante asiático publicó la línea de nueve segmentos y declaró como propias las islas que hay en el centro de este mar. Abe logró forjar una sólida alianza con el anterior presidente filipino, Benigno Aquino III, que era esencial para mantener un muro ante el arrojo de China. Pero con la llegada al poder de Duterte esta alianza fue puesta en duda y el equilibrio que hasta entonces se había alcanzado pareció cambiar para inclinarse a favor de Pekín. Eran también, cabe recordar, los últimos meses de Obama.

Duterte no tardó en quitar hierro a la cuestión de las Spratly después de una reunión con Xi Jinping en octubre. China sacó a pasear su poderío económico y el líder filipino volvió cantando las alabanzas de su nuevo amigo en Asia. No tardó un segundo en declarar en uno de sus ya habituales exabruptos que los tiempos de las buenas relaciones con los estadounidenses habían terminado. Esto, obviamente, causó preocupación en Tokio.

Desde el despegue de China como potencia de primer orden, Japón intenta en la medida de los posible mantener una buena relación con el resto de islas del Pacífico para no caer en la irrelevancia. A China, por otra parte, le interesa aislar políticamente a Japón en la región, ya que es el principal bastión que EE. UU. tiene para evitar que Pekín termine controlando el océano Pacífico. Cuando Japón y los Estados Unidos hablan de mantener el status quo en esa región, se refieren al orden que surgió al finalizar la Segunda Guerra Mundial en 1945, un orden hoy cuestionado por algunos países.

Un país como EE. UU. puede permitirse condenar la política de Duterte y al mismo tiempo seguir tendiéndole la mano. El mandatario filipino también puede permitirse mantener una relación cordial con los estadounidenses pero inclinar su balanza en Asia hacia China, como en cierto punto hizo la expresidenta Park Geun-hye de Corea del Sur en su acercamiento a Pekín y con sus ambiguas declaraciones sobre las actividades de China en el Mar de la China Meridional.

Una actitud crítica con el Gobierno de Filipinas podría, en cambio, aislar a Japón y abrir grietas en sus alianzas en el sudeste asiático que en última instancia facilitaría a China la tarea de tomar el control del Pacífico modificando así el orden mundial nacido en la posguerra. A Japón no le queda otra por el momento que hacer la vista gorda y esperar que lo que parece ser una transición hacia un nuevo orden en la región sea lo menos lesiva posible para su país.

Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca (para el que Duterte parece haber hecho de telonero, dado el parecido que ambos líderes guardan en su carácter), ha aumentado la incertidumbre sobre el futuro en el Mar de la China Meridional. A Japón le interesa garantizar que se mantenga la libertad de navegación y, más que nada, evitar que se produzca un conflicto en la región o, en caso de un encontronazo entre EE. UU. y China en esas aguas, asegurar la solidez de ciertas alianzas. Por descontado, Tokio trata asimismo por todos los medios de garantizar un presente y futuro de acuerdos comerciales y contratos para construir infraestructuras en Filipinas, una tarea que cada año se vuelve más complicada ante el empuje de su vecino asiático.

Esta delicada situación hace que Japón se vea obligado a medir sus palabras y mantenerse prácticamente al mismo nivel que China, que ha apoyado abiertamente la sangrienta guerra contra el narcotráfico de Duterte. Y esto no debería sorprendernos, ya que es algo que todos o al menos una gran mayoría de países hacen (lo cual no lo convierte en algo ético). Por duro que sea, en la eterna contienda económica y geopolítica mundial pequeños gestos de justicia pueden tener nefastas consecuencias.

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¿Por qué Japón no condena la sangrienta guerra de Duterte contra la droga?

Dadle tiempo al nuevo Godzilla (Crítica un 90% libre de spoilers)

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Desde que el pasado día 31 de julio viese en el cine el esperado lanzamiento de la nueva serie de Godzilla (‘Shin Gojira’, 2016), he estado pensando en la posibilidad de escribir o grabar algo para compartir mis impresiones. Quería hacerlo cuanto antes. Salí de la sala de cine encendido, con miles de ideas y algo enfadado por lo que había visto. Pero a medida que han pasado los días he podido pensar fríamente sobre la película, y he de confesar que no me ha disgustado del todo.

Me ahorraré los detalles técnicos de la película ya que los podéis encontrar aquí. Prefiero ir al grano y ofrecer algunas ideas sin apenas spoilers. La esperada resurrección, 12 años después, de la serie de Godzilla después del fin de la era Millenium no ha sido convencional. Las primeras imágenes del nuevo Godzilla ya me hacían sentir cierto recelo, e incluso llegué a pensar que el horrible y cadavérico aspecto de este nuevo monstruo podría tener relación con el final de Godzilla vs. Destroyah. Algo de eso hay, claro, aunque no porque exista una relación directa entre este Godzilla y el de aquella mítica película de 1995, sino por la importancia central que en esta nueva serie tiene la forma en que el Rey de los Monstruos “funciona” como el combustible de un reactor nuclear. Pero esto es algo que ya sabéis si habéis visto la serie Heisei.

Partamos de la base de que este es un nuevo amanecer para la serie de Godzilla. Anno Hideaki (Evangelion) y Higuchi Shinji (Ataque a los Titanes) han hecho hasta cierto punto un buen trabajo. Creo que han logrado crear una película que encuentra el equilibrio entre ser un caramelo para los fans de la serie, y una historia amena y visualmente impactante para el público general.

Su idea era conseguir que el público de 2016 reaccionase con una sensación parecida a la que debieron sentir los espectadores del primer filme en 1954: el horror ante una amenaza inmune a las armas convencionales.

Las escenas de destrucción, lo más importante para mi gusto en una kaijū eiga, son extraordinarias. A la altura de lo que se esperaría hoy de una película de este tipo. No han cometido el error de renunciar a los efectos digitales y volcarse en los efectos mecánicos, como en las clásicas películas del género tokusatsu. En esta película el CG (aunque en contadas ocasiones es mejorable), es de una calidad más que aceptable.

Era totalmente escéptico respecto al nuevo monstruo, pero diría que este nuevo Godzilla ha logrado algo que no esperaba: superar y diferenciarse del de Gareth Edwards (Godzilla, 2014). En este punto, me parece fantástico que Hollywood continúe con la serie de Godzilla de Edwards, con su propio estilo. Japón ha iniciado una nueva serie que tiene una personalidad propia. No hará falta otra ‘Final Wars’ para que un Godzilla japonés se mofe de un ridículo “Zilla” hollywoodiense (Godzilla, 1998).

El estilo general de la película recuerda al anime ‘Neon Genesis Evangelion’ (Anno Hideaki), y parece evidente que esta película ha sido creada pensando en la producción de la esperada ‘Godzilla vs. Evangelion’, hasta ahora una mera colaboración en merchandising y, según citan algunos medios japoneses, una broma de la productora para el Día de los Inocentes. No obstante, también es cierto que en la banda sonora de la película están incluidos algunos cortes de la banda sonora del anime de Evangelion, por lo que yo soy uno más de los que quieren creer que habrá un crossover en un futuro próximo.

Circulan además algunas imágenes de una figura de un Godzilla más delgado portando la coraza del EVA Unit-01, algo que sería realmente alucinante en el argumento de una futura película y que devolvería a Godzilla a su papel de colaborador con la humanidad como en el resto de filmes de las otras eras.

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Esta no es la figura a la que hago referencia en el texto, pero captáis la idea.

Aunque me gustaría comentar más cosas sobre el nuevo Godzilla he decidido no hacerlo porque parte del encanto de esta nueva película es descubrir lo que el nuevo kaijū puede hacer. Solo añadiré un par de notas negativas a estos comentarios (que podría ampliar en algún momento): Uno, el extensísimo elenco de actores y actrices, los interminables diálogos y los créditos en pantalla hacen de este filme una pesadilla traductológica. Un fuerte abrazo a la persona que se encargue de traducirla, subtitularla y localizarla. Y dos, poner a una nativa japonesa a interpretar el papel de una nativa estadounidense que habla un perfecto japonés pero suelta gratuitamente alguna palabra en inglés ha sido un error mayúsculo.

Hasta aquí diré por hoy. Ya tendremos tiempo de destripar más detalles. En cualquier caso, si sois aficionados a este tipo de cine, es una película a la que debéis dar una oportunidad.

Dadle tiempo al nuevo Godzilla (Crítica un 90% libre de spoilers)

Kabukichō, la luz y la carne

Si entras aquí, abandona toda esperanza.

Desde que regresé a Japón en 2012 mi vida ha girado bastante en torno al infame barrio de Kabukichō, lugar de ocio adulto, de zonas grises, de locales de dudoso gusto, chavales con pintas y muchachas casquivanas, melopeas incipientes y consumadas, y sus consecuentes mañanas de remordimientos.

Desde octubre de 2012 viví durante una temporada en una casa compartida en Kita-Shinjuku, y acudía cada mañana caminando a la escuela en la que entonces estudiaba, cruzando este barrio bien temprano. El olor de la basura de la noche y el cuadro que ofrecían algunos trasnochadores trajeados me hablaban bastante del tipo de lugar que estaba cruzando. Alguna noche volvía pasando por el mismo barrio, observando una imagen muy distinta, más colorida y animada, llena de cantos de sirena. No es algo que hiciese frecuentemente, porque pasear o simplemente cruzar por allí es hasta cierto punto irritante si uno va sin un objetivo concreto, y peligroso si uno es de moral relajada y cartera famélica.

Cuando cambié de trabajo y de hogar pude al fin comenzar a hacer algo de ejercicio, y la casualidad quiso que encontrase un gimnasio en, efectivamente, Kabukichō, por lo que semanalmente vuelvo al lugar una y otra vez. Es hoy una especie de inmundicia, con respeto, a la que le tengo cierto cariño. Algunos tokiotas nacidos en la década de 1960 todavía conocieron el lugar cuando era relativamente decente, y no el planeta sórdido, extraño y pintoresco que es hoy, un barrio al que Pasolini le habría puesto un monumento y Bigas Luna le habría compuesto un pasodoble.

Había pensado compartir unas pequeñas escenas pintorescas que suelo encontrarme en el lugar, así que aquí van.

Anuncios de luz ambulantes

Cualquiera que haya ido a Shinjuku habrá visto estos camiones con anuncios luminosos en los que un par de señoritas, teléfono en mano, sonríen y muestran el símbolo del yen en sus pupilas. Como estos hay otros que anuncian locales de hostess o bares. En Kabukichō y otras zonas de este estilo hay locales en cuya entrada destaca una cortinilla que prohíbe el acceso a menores de 18 años y un cartel que reza “guía gratuita”. En ellos las personas que buscan algo en el mercado de la carne, y no me refiero al buey de Kobe, pueden encontrar una lista de locales y el número de contacto de señoritas que, habiendo llegado a un acuerdo con, cómo no, uno de estos proxenetas o alguna mama-san (señoras que llevan algunos bares), se han introducido en este negocio. Los grandes camiones que tienen el dibujo de las muchachas con el símbolo del yen en su pupila sirven a este propósito. Anuncian una vía de entrada a la fábrica de dinero de Kabukichō.

Los amos del bottakuri

Pasada la época de la estafa telefónica gracias a la avanzadilla de las nuevas tecnologías entre las personas mayores y a la campaña de información de la policía, los amigos de lo ajeno se han fijado ahora en los salaryman que tienen debilidad por las hostess, unas muchachas vestidas como si cada día fuese una boda gitana y que beben con los clientes en algunos locales y se dejan magrear con límites hasta que el que se ha convertido en parroquiano del lugar ha gastado una cantidad de dinero lo suficientemente grande como para cantar gol.

En estos locales los primos y primerizos suelen entrar confiados por las sugerentes palabras de un captador en el exterior del local. El sistema es por hora y el cubata se paga a precio de Dom Pérignon, lo que ha dado vía libre a algunos propietarios para extorsionar a clientes abultando la factura hasta límites insospechados, incluidos los extranjeros incautos. Esto se conoce como bottakuri. Una de las advertencias a los extranjeros que tengan el mal gusto de acudir a estos locales es que jamás paguen con tarjeta (te cobrarán lo que quieran). La policía está comenzando a actuar en algunos casos señalados, pero en la mayoría hace oídos sordos e ignora a los afectados. Más de una vez he presenciado en la estación de policía (kōban) que hay junto a mi gimnasio a un chaval trajeado de aspecto violento amenazar a uno o dos hombres con denunciarles si no pagaban una factura. En una ocasión hasta escuché cómo, delante de una agente que no se inmutaba, un tipo amenazaba con soltar al “abogado del bar”.

Ahora parece que con los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 en el horizonte el Gobierno metropolitano se ha propuesto limpiar Kabukichō. El enorme Hotel Gracery, un edificio oscuro e imponente, destaca en medio del luminoso caos del lugar, e incluso se ha encargado de editar una guía con locales seguros de la zona. La policía detiene también con frecuencia a propietarios que estafan a sus clientes, y los medios le dan importancia a estos casos en lo que parece el preludio de un movimiento orquestado para cambiar radicalmente la imagen del lugar. Las salas de cine de la compañía Toho coronadas por una enorme cabeza de Godzilla que comparten con el hotel también están ayudando a traer a otro tipo de clientela al lugar.

En el local de la izquierda el cartel reza
En el local de la izquierda el cartel reza “información gratuita”.

Aquí se viene a lo que se viene

¿Quién dijo que los japoneses pasan del sexo? Si algo nos enseña Kabukichō es que el japonés estándar es putañero, como se dice en la piel de toro. Cualquiera que haya cruzado Kabukichō habrá sentido en el cogote el aliento de los enormes senegaleses y guineanos, y de algún otro japonés, que te insisten, te persiguen y hasta casi quieren llevarte en brazos a algunos de los locales que los tienen en nómina. Algo que suele ocurrir cada vez que voy al cine o paseo por allí es que uno de estos jóvenes captadores de clientela me suelta la retahíla de locales que hay en el lugar, pescando con red: “¡hostess, este, oppai pub, soap land, massage, no pants!” Una oferta que parece no tener fin y sorprendería a cualquier escritor de lo absurdo.

Me explico: recientemente detenían al dueño de un “club de origami” que no era más que un local en el que muchachas menores de 18 años y vestidas de colegiala hacían grullas de papel que colocaban entre sus piernas abiertas para que el cliente pudiera verlas a través de un espejo.  El local había conseguido la licencia al registrarse como un “club”, pero era un establecimiento de otra naturaleza. Hace un año también cerraban otro local en este mismo barrio en el que el cliente pagaba por oler la ropa de menores de 18 y recibir una bofetada de ellas, eso sí, por un precio extra. Ejemplos como estos aparecen continuamente, y la mente del empresario que trabaja en el mercado de la carne es una máquina de ideas extravagantes.

Pero también hay espacio para la gente que hace la calle y los proxenetas que se enriquecen con ello. En las zonas más oscuras, delante del barrio coreano y en la ruta hacia el sitio en el que viví hasta 2013, estaban siempre esperando en la sombra unas señoritas de más 30 y menos de 40, inequívocamente filipinas, que me saludaban al pasar. Un pequeño gesto que no es de cortesía y que hay que ignorar por completo, ya que al devolver el saludo comienza la persecución, y uno se verá obligado a declinar una y otra vez el “masaje saludable” que estas señoritas ofrecen al transeunte, a veces de forma desesperada.

Reclutadores con pelazo

El mercado de la carne de Kabukichō no es sólo para el público masculino, sino también para el femenino. Los clubs de ikemen (buenorros) son también parte de este barrio, y tienen su clientela, aunque en muchos casos no se trate de prostitución sino de compañía de bar. Los encargados de reclutar a jóvenes suelen pasearse por el lugar con su peculiar estilo que parece salido de un manga. Seres hasta cierto punto andróginos con pelazo, o con un punto rudo o yanki  que esperan a cualquier hora del día por el lugar. Una mañana me crucé con un grupo que intentó reclutarme, porque también buscan a extranjeros, y trataron de poner delante de mi la zanahoria del dinero fácil. No hace falta decir que es la forma más rápida de conseguir que te den una patada y te expulsen del país, especialmente si eres estudiante.

Puede que las turistas estén interesadas en acudir alguna vez a uno de estos locales como diversión. No voy a desanimar a nadie si tiene la intención de hacerlo, ya que en muchos de estos sitios no hay más que unos cuantos chavales trajeados, maquillados y perfumados, una versión masculina de las hostess. Pero sugiero volver a leer el punto referente al bottakuri.

No todo Kabukichō es el Robot Restaurant

Desde 2012 ha tenido cierto éxito el Robot Restaurant, un establecimiento que empezó con un espectáculo erótico-rancio-festivo de robots, y que luego se ha reforzado con dinosaurios y otros elementos que lo han convertido en una de las diversiones kitsch para los turistas. Siendo, como es, la entrada algo cara y la comida bastante horrible, lo que de verdad interesa del lugar es ver el ruidoso show que difícilmente se borrará del cerebro del espectador. Pero este local es una excepción en medio de unas calles que acogen una realidad que no podemos ignorar. Y me estoy refiriendo al tráfico humano y la corrupción de menores.

En Kabukichō también hay mujeres de distintas nacionalidades, especialmente china, coreana y filipina, que trabajan atrapadas por las mafias que controlan este tipo de negocios. Muchas menores también son convencidas a través de la promesa del dinero fácil y de los regalos caros para trabajar en el negocio de la prostitución, sea cual sea su forma. Algunas series y programas de televisión tratan de envolver en un aura de encanto a este tipo de negocios, eliminando del discurso la parte turbia de muchos de los establecimientos que existen en el lugar y las circunstancias vitales y laborales de las personas que han terminado trabajando allí.

Para el visitante extranjero también se ha convertido en el lugar en el que caminar entre risas y a veces algo de sonrojo. Parece además que, aunque socialmente aceptado, de cara a la galería existe una especie de censura moral sobre las personas que en algún momento de su vida han hecho dinero trabajando en Kabukichō, y en particular para las mujeres que han sido hostess. Es un ejemplo más de las luces y sombras tan radicales que la sociedad tokiota muestra en su fotografía de grupo, y que este Valhalla del desenfreno deja al descubierto como una amalgama de esos bajos instintos que son inseparables de la naturaleza humana y trascienden fronteras.

Kabukichō, la luz y la carne

Una mañana cualquiera en mi punto del paralelo 40

Una mañana en mi espacio del paralelo 40 empieza normalmente a las 6:00 en mi pequeño apartamento, al encenderse el televisor y clavar en mis oídos la sintonía del informativo de la NHK que comienza. En esta ocasión abre repitiendo lo mismo que anoche conocíamos del periodista japonés secuestrado por ISIS, Kenji Goto, cuyo destino se anuncia hoy. Mi cuerpo no está del todo dispuesto a despertar del último sueño, pero mientras cambio de postura e intento calcular el tiempo para poner los pies en el suelo, relajado y reacio, la información se va filtrando en mi cabeza. Todo se mezcla con el tornado de Syriza y la ultraderecha, los nudos que hasta ahora atan a Podemos a su homólogo griego, el accidente de un avión militar en Albacete y lo que calculo que el día dará de sí.

Luego hago todo lo que uno debe hacer hasta que se pone los zapatos, con la sensación de haber escuchado las mismas noticias de ayer, a excepción de los consejos y promociones para amas de casa que preceden a la información meteorológica, lo más importante, y a la sintonía del drama matinal que me advierte con absoluta puntualidad que ha llegado la hora de tomar el metro.

La imagen de una metrópolis no es un horizonte en el que se recortan altos edificios, sino un pasillo lleno de hombres y mujeres trajeados con la mirada fija en la pantalla de un smartphone, arrastrados como en un encierro de tren en tren, de estación en estación, caminando, como caminan en Tokio, marcando el sonido de la letanía de los zapatos en hora punta. Quien no sepa de lo que hablo debe ir a la estación de Shinagawa un día laborable cualquiera a las 9:00 AM.

Luego llega la lucha por el espacio en el metro, que uno soporta, como todos, en silencio y apretando el maletín contra el cuerpo, observando con ira interior, cosa que ya es costumbre, como algún japonés obliga a abrir las puertas del vagón una y otra vez en su intento de conquistar un espacio inexistente, algunos con cara de terror ante el segundo de incertidumbre que acompaña al sonido de las puertas al cerrarse.

Entonces me acuerdo de España, donde existe una mayoría ajena a este espectáculo. Y en el absoluto silencio del viaje recuerdo las charlas en el autobús y el metro en Madrid, Huelva o Sevilla, donde no hay silencio porque se habla, y se habla de casi todo. Hoy, imagino, de Gareth Bale y Cristiano Ronaldo, Pablo Iglesias y Rajoy, Belén Esteban y Kiko Rivera.

Aquí no hay nada de eso. No hay una charla cercana, entre amigos o compañeros, sobre lo que sucede en España o lo que está por venir. No hay nadie pontificando sobre los peligros de votar o no votar a tal o cual partido. A nadie le importa. Y cuando me bajo en mi estación, Kasumigaseki, pienso en las andaluzas (las elecciones), y en que estoy solo ante la actualidad de mi propio país, lejos, y que nada de lo que sucede en Japón es comparable a lo que está viviendo Europa.

Entonces es cuando vuelven las ganas de escribir. Vida en Marte se convierte en Cartas desde el paralelo 40, y la madrugada en la radio española me acompaña durante el comienzo de otro día de trabajo. Siempre hay algo interesante que traducir, revisar y editar. Es privilegiada, esta vida que llevo.

Panel en el Hotel Okura de Tokio.
Panel en el Hotel Okura de Tokio.
Una mañana cualquiera en mi punto del paralelo 40

Segundo Año Nuevo en Tokio: los lugares y las cosas

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Reconozco que llevo mucho tiempo sin escribir. Contrariamente a lo que pensaba cuando emprendí este proyecto, las cosas no han ido demasiado bien, y mi situación en Japón y en la vida ahora mismo es como un mesón, indiscutiblemente inestable.

Así y todo, sigo trabajando, estudiando y disfrutando de pequeñas cosas. La navidad me pilló trabajando, dedicado a una búsqueda muy infructuosa para un programa de televisión que por suerte no tendré que ver. El fracaso de esta tarea me ha animado a redoblar mis esfuerzos para encontrar un nuevo empleo, y lo que es más, para intentar por todos los medios trasladarme a Osaka, Kioto o Kobe. Una de estas tres ciudades, de la región de Japón que más me gusta a falta de conocer el norte y el sur más al sur.

Año Nuevo fue otra historia. Armado de ganas y de mi compañera de viaje, la pobre Nikon D3100 sobreexplotada, me dediqué a visitar algunos lugares de Tokio para captar el ambiente del último día del año. Es mi segundo Año Nuevo en Japón, ya que el primero lo viví en 2008, en Asakusa, con buena compañía, tomando café en un Starbucks al que también volví este año, y viendo a la gente esperar en el Kentucky Fried Chicken.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El primer paseo del último día del año lo dí, cómo no, en mi barrio, Okubo y Shinjuku. Traspasando los pasajes de tiendas coreanas y clubs de dudoso gusto en la bastante concurrida Kabukicho, llegué al Hanazono Jinja. Eran alrededor de las 16:00, y apenas unas pocas personas de paso, cargadas de bolsas, paraban a rezar su plegaria en el templo. Lo que sí fue interesante ver fueron los preparativos. Cuidadosamente, un operario colocaba los faroles y enrollaba unos papeles alrededor de los remates de cada balaustre, en la escalera que conduce al altar. ¿Más plegarias? ¿Oraciones? Lo desconozco.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El siguiente destino fue Ueno, y concretamente el mercado de Ameyoko, recomendado por mi amiga Yuriko. Ameyoko es un lugar bastante visitado, pero en Año Nuevo es otra historia. Casi era imposible caminar, y literalmente me tuve que dejar arrastrar por la corriente humana, aprovechando algún hueco para sacar un par de fotos y menos de un minuto de vídeo. Desde sus puestos, los comerciantes ponen especial ímpetu en vender sus mercancías, especialmente el pescado, para los que buscan allí el menú de la noche y el día siguiente.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El último lugar de la noche iba a ser Asakusa. Cuando llegué al Sensô-ji, el frío me animaba a volver al peligroso confort de mi cuarto, a pasar la noche viendo la televisión, en Internet y leyendo. Cerca de la Kaminari-mon decidí tomarme un respiro y probar por 100 yenes un vaso de sake dulce caliente (mi sello de aprobación al mismo). Alrededor del templo, los puestos de comida ya estaban preparándose para el negocio del día, y una gran pila de barriles de sake sugería que esa noche la embriaguez sabría distinta a la nomikai (reunión para beber) con los compañeros de trabajo.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

En la Kaminari-mon y en los alrededores del distrito del Kabuki, muchas parejas pasaban las horas. Mi cámara y yo estábamos al límite, así que después del peor okonomiyaki que he comido en mi vida, en el cual pienso que confundieron los fideos con gomillas, quise revivir el año nuevo de 2008 en el mismo Starbucks y el mismo asiento en el que estuve ese día, prácticamente a la misma hora.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Mientras pasaba el tiempo frente a un Caramel Macchiato y una galleta de chocolate blanco y nueces de macadamia, decidí revisar en mi móvil, cosa que no hago frecuentemente, mi Twitter. En un mensaje, el recién llegado a Tokio @danikaze me sugería ir al Meiji Jingu de madrugada. Pese a hacerle esperar más de lo debido, porque la batería de mi cámara estaba hambrienta de carga, a las 22:30 nos reunimos en Shibuya, donde descubrimos un sucedáneo de Times Square de lo más absurdo. Podría decir que en Shibuya había extranjeros como yo y japoneses al 50/50. ¿Qué esperaban? Lo lógico sería suponer que en una de las muchas pantallas de los edificios aparecería algo parecido a una cuenta atrás para el año nuevo. Nada de ello sucedió. Una chica a la que pregunté me informó de que la gente hacía su propia cuenta atrás, y luego “empezaban a correr”. ¿A correr? ¿Una maratón? He oído que hay varias maratones de año nuevo en Nueva York, pero no sabía nada de Tokio.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Esperamos por lo tanto al año nuevo allí, pero nada extraño sucedió. Llegaron las 00:00, y la gente se volvió un poco más loca de lo que estaba, agolpándose en el centro de la carretera donde la policía trataba en vano de poner un poco de orden. Lo siguiente fue ir a lo seguro, seguir el plan y visitar el Meiji Jingu.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

En el Meiji Jingu los Scouts japoneses guardaban el fuego que conducía a la gran masa que pacientemente esperaba llegar al pabellón del templo. Los Scouts ayudan en las labores de control de masas en los festivales con más público, como es el caso también de los típicos espectáculos de fuegos artificiales de verano en Asakusa.

La masa de japoneses que esperaba en el Meiji Jingu era sin duda abrumadora, y daba algo de miedo adentrarse en ella sin saber el tiempo de espera ni lo que uno se iba a encontrar en el destino. Utilizando la reducción al absurdo, digamos que son casi 3 horas de espera para lanzar una moneda a una gran manta blanca durante unos dos minutos en los que la policía te insistirá para que abandones el puesto y dejes a otras personas pasar. Pero es algo más. La avenida que lleva al templo, además de los faroles con las empresas y personas que han hecho alguna aportación económica, está gobernada por una gran pantalla en la que además de la información de la noche, los anuncios de pizza, empresas constructoras y juegos de cartas se repiten una y otra vez. Al girar la esquina, la puerta sur del templo aparece decorada con los motivos típicos del Año Nuevo japonés: la diana y la flecha, y la tablilla con el animal del nuevo año, la serpiente blanca de 2013.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Pasada la puerta del sur, la multitud corre a lanzar la moneda y alzar el rezo shintoísta, para que el nuevo año traiga algo mejor que el anterior. Después de eso, sólo queda volver a casa, a descansar y recuperarse del intenso frío que me dejaba los pies y las piernas insensibles durante cada rato de espera en la interminable cola de entrada.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Algo que me perdí, que no hice y probablemente por ello sea castigado, es tomar el típico Toshikoshi soba 年越しそば, que los japoneses comen a las 00:00, y es el equivalente a nuestras 12 uvas de la suerte. Tal vez lo haga, con mucha suerte, en un hipotético Año Nuevo que me conduzca a 2014 en Japón, si me dejan continuar aquí.

Lo último que me queda por decir es que durante todo aquel día grabé más vídeo de lo habitual, porque tenía planeada una felicitación de Año Nuevo un poco más especial. En el vídeo, a partir del minuto 2:37, podréis ver todos estos lugares y algunos detalles más. Feliz 2013 a todos.

Segundo Año Nuevo en Tokio: los lugares y las cosas

En las tripas de Enoshima (o el Triforce que no era un Triforce)

Enoshima 江ノ島

Y en estas que un fin de semana decidí ir a Enoshima. Mi objetivo principal era Kamakura, pero pasé de camino por la isla, y me quedé más tiempo de lo planeado. Muchas personas acuden a Enoshima con el buen tiempo, bien para hacer una barbacoa debajo del puente que lleva a la isla junto a la playa, para pescar, disfrutar de las aguas en la playa rocosa, o simplemente pasear por los templos, admirar el paisaje y sorprenderse ante la abundancia de este lugar.

La historia de Enoshima está directamente relacionada con la de dos deidades: Benzaiten y el dragón de cinco cabezas (Gozoryu). Pero también con el nacimiento de la biología marina en Japón, e igualmente se cuenta una leyenda sobre el nacimiento de la acupuntura tras un tropezón del maestro ciego Sugiyama Waichi.

Enoshima 江ノ島

El puente que lleva a la isla es el Enoshima Benten, o Bentenbashi. Es un paseo agradable, en el que se puede observar toda la bahía. Hasta 1891 a Enoshima sólo se podía ir en canoa. Fue en ese año (Meiji 24) cuando se construyó el primer puente de madera que conectaba la costa con la isla. Antes de la existencia de ese puente, el biólogo marino y humanista estadounidense Edward Sylvester Morse descubrió el montículo de Oomori en un viaje a Tokio desde la que era la residencia habitual de los oyatoi gaikokujin (extranjeros contratados) en Yokohama. Poco después instalaría un laboratorio en la isla, y comenzaría sus estudios sobre las especies autóctonas. La historia de Edward S. Morse estuvo muy ligada a Japón, y particularmente a la de la Universidad de Tokio, junto a otros grandes maestros de la época como el estadounidense con ascendencia malagueña Ernest Francisco Fenollosa, o el padre de la arquitectura moderna japonesa, Josiah Conder.

Enoshima 江ノ島

Al pisar la isla, nos da la bienvenida el antiguo torii de bronce, el Seidono Torii, que es Patrimonio Cultural de la Ciudad. Data de 1821, antes de la apertura de fronteras del país (el fin del sakoku o “país encadenado”). Tras el arco de bronce, tenemos una empinada calle abarrotada de tiendas que nos lleva hacia el Enoshima Jinja.

Enoshima 江ノ島

Esto no es nada. Aún quedan muchos peldaños por subir. Hay tarjetas de un día que permiten subir al faro de Enoshima, y también utilizar las escaleras mecánicas que hay en algunos tramos. Demasiadas escaleras, aunque por el paisaje (y los gatos) bien merece la pena el esfuerzo.

Enoshima 江ノ島

Enoshima 江ノ島

Ejercitando las piernas mientras nos vamos adentrando en la naturaleza, llegamos por fin al Enoshima Jinja, con tres pabellones en los que se venera a tres diosas: Tagitsuhime no mikoto, Ichikishimahime no mikoto y Tagirihime no mikoto. Además, de vez en cuando sitúan esta suerte de umbral que las parejas pasan, para luego hacer una plegaria, previo pago del impuesto revolucionario deífico. 

Enoshima 江ノ島

Aquí una muchachas colgando su mala fortuna. Los templos hacen su agosto vendiendo todo tipo de amuletos y con el tradicional Omikuji en el que un papel escogido al azar nos dice nuestra suerte para el presente año.

Enoshima 江ノ島

Muchos de los obsesos de The Legendo of Zelda ya habréis puesto los ojos como platos si no conocéis la historia del Triforce. En realidad, el hecho de que haya tantos Triforce en Enoshima es porque se trata del Mon o emblema de la familia Hojo, una casa que cobró mucha importancia en el país y llegó a gobernarlo en el siglo XIII.  La leyenda de su origen cuenta que Tokimasa Hojo (1138-1215) fue a rezar a una de las cuevas de la isla para pedir prosperidad para su familia. El propio Dios Dragón, protector de los pescadores, apareció ante él y accedió a sus plegarias, cediéndole tres escamas de su cuerpo, que luego pasarían a ser el emblema de esta casa: tres triángulos formando una pirámide. De ahí que la isla esté llena de Triforces y dragones, lo que le da a todo un aspecto más épico y fantástico.

Enoshima 江ノ島
Enoshima 江ノ島

Pero no todo iban a ser escaleras y plegarias. Rodeando la isla, encontramos la playa rocosa y el acantilado de Chigo ga fuchi, donde la gente viene a pescar, pasear y disfrutar de las piscinas naturales. También es donde accedemos a las grutas, en las que nos ofrecerán una vela para hacer uno de los tramos. Desde esta zona, en días muy despejados, se puede observar el Fuji.

Enoshima 江ノ島

Simplemente sentarse allí y ver cómo rompen las olas contra las rocas es suficiente para olvidar el estrés y disfrutar de un día magnífico. Aunque para llegar hasta allí se requiere de unas buenas piernas. No hay atajos por tierra.

Enoshima 江ノ島

En las rocas encontraréis sobreabundancia de tiñuelas (ligia oceanica), también llamadas “cucarachas de mar”, aunque a mi me parecen más un híbrido entre gamba y lepisma. Hay millones de ellas, y huyen despavoridas a gran velocidad ante cualquier amenaza. Su abundancia no es nada especial. En esta isla abunda la vida: libélulas, águilas, gatos, arañas…

Enoshima 江ノ島

Obviamente, la cocina local es rica en productos del mar. Podemos encontrar amontonadas las conchas de los moluscos a la entrada de muchas tiendas del lugar. Las tiendas de Enoshima son muy pintorescas, no sólo por su aspecto antiguo, sino por la venta de bebidas ya olvidadas en otros lugares, en botellas que harían las delicias de muchos coleccionistas.

Enoshima 江ノ島
Enoshima 江ノ島

Llegados a uno de los puntos más altos de la isla, encontramos la Ryuren no kane, o Campana del Dragón Enamorado. Aquí vienen las parejas a hacerla sonar y prometerse amor eterno ante los dioses y el horizonte. También han colocado una reja que hoy está cargada de candados (maldita costumbre) para simbolizar la unión indestructible. Es muy simbólico e irónico que casi todos esos candados se oxiden y caigan rápidamente debido al aire cargado de sal oceánica. Todo se oxida, amigos. Hasta las relaciones humanas.

Enoshima 江ノ島 Cats

Y por supuesto los gatos. Son otro atractivo turístico en Enoshima. En el camino encontramos fotos e información sobre estas criaturas, que están ya tan acostumbradas a la presencia humana, que se acercan y se dejan tocar. Este dormía plácidamente en la roca y te lamía la mano si le tocabas la pata o la cabeza.

Los gatos, las olas, los dragones y las vistas. Enoshima sin duda se ha convertido en uno de mis lugares favoritos para vivir. Tal vez, con suerte, en un futuro pueda pasar más tiempo cerca de Enoshima. Hay mucho que contar sobre esta isla. Tal vez en futuros artículos, y en próximas visitas, pueda ofreceros una nueva perspectiva.

En las tripas de Enoshima (o el Triforce que no era un Triforce)

Pepsi de sandía con sal 塩スイカペップシー “El sabor refrescante del verano”

El otro día en Shinagawa, justo después de recoger mi tarjeta de residencia, y con la garganta seca como una mojama, entré en una Konbini para buscar algo que llevarme al gañote. Suelo beber café en lata, té o algún zumo, pero ese día, ya con la tarjeta y con ganas de celebrar este pequeño paso, me dio por probar algo nuevo. Así que me fijé en el lineal y no pude evitar clavar la mirada en una roja y aparentemente deliciosa bebida. Se trata de la Pepsi de sandía con sal, una bebida de venta limitada a este verano (palabra clave “gentei shouhin” 限定商品).

Pepsi de Sandía con sal

Hace años probé y escribí también sobre la Pepsi de yogurt, o Pepsi blanca, que creo que ha caído en el olvido. En esta ocasión han intentado llevar al buche de millones de japoneses un sabor típico de verano, como es el de la sandía. ¿Por qué con sal? Muchos de vosotros ya lo sabréis. En todo el mundo se toma la sandía con una pizca de sal, dicen, para hacerla más refrescante al gusto.

Personalmente no soy un fan de esa fruta, entre otras cosas porque al natural me causa unos dolores de estómago importantes. La bebida no me hace daño (creo), pero tampoco puedo decir que esté buena. Sigo prefiriendo bebidas sin gas y por otra parte, me pareció un tanto empalagosa. Aunque también hay gente que llama cada día con ahínco a las puertas del palacio de la diabetes. A esa gente le gustará esta bebida, como le puede gustar una tortilla de nutella con lacasitos.

Para compensar este post tan pobre, os dejo un mítico vídeo de Petey Greene sobre cómo se come una sandía (le fastidia que le echen sal).

Pepsi de sandía con sal 塩スイカペップシー “El sabor refrescante del verano”