Kabukichō, la luz y la carne

Si entras aquí, abandona toda esperanza.

Desde que regresé a Japón en 2012 mi vida ha girado bastante en torno al infame barrio de Kabukichō, lugar de ocio adulto, de zonas grises, de locales de dudoso gusto, chavales con pintas y muchachas casquivanas, melopeas incipientes y consumadas, y sus consecuentes mañanas de remordimientos.

Desde octubre de 2012 viví durante una temporada en una casa compartida en Kita-Shinjuku, y acudía cada mañana caminando a la escuela en la que entonces estudiaba, cruzando este barrio bien temprano. El olor de la basura de la noche y el cuadro que ofrecían algunos trasnochadores trajeados me hablaban bastante del tipo de lugar que estaba cruzando. Alguna noche volvía pasando por el mismo barrio, observando una imagen muy distinta, más colorida y animada, llena de cantos de sirena. No es algo que hiciese frecuentemente, porque pasear o simplemente cruzar por allí es hasta cierto punto irritante si uno va sin un objetivo concreto, y peligroso si uno es de moral relajada y cartera famélica.

Cuando cambié de trabajo y de hogar pude al fin comenzar a hacer algo de ejercicio, y la casualidad quiso que encontrase un gimnasio en, efectivamente, Kabukichō, por lo que semanalmente vuelvo al lugar una y otra vez. Es hoy una especie de inmundicia, con respeto, a la que le tengo cierto cariño. Algunos tokiotas nacidos en la década de 1960 todavía conocieron el lugar cuando era relativamente decente, y no el planeta sórdido, extraño y pintoresco que es hoy, un barrio al que Pasolini le habría puesto un monumento y Bigas Luna le habría compuesto un pasodoble.

Había pensado compartir unas pequeñas escenas pintorescas que suelo encontrarme en el lugar, así que aquí van.

Anuncios de luz ambulantes

Cualquiera que haya ido a Shinjuku habrá visto estos camiones con anuncios luminosos en los que un par de señoritas, teléfono en mano, sonríen y muestran el símbolo del yen en sus pupilas. Como estos hay otros que anuncian locales de hostess o bares. En Kabukichō y otras zonas de este estilo hay locales en cuya entrada destaca una cortinilla que prohíbe el acceso a menores de 18 años y un cartel que reza “guía gratuita”. En ellos las personas que buscan algo en el mercado de la carne, y no me refiero al buey de Kobe, pueden encontrar una lista de locales y el número de contacto de señoritas que, habiendo llegado a un acuerdo con, cómo no, uno de estos proxenetas o alguna mama-san (señoras que llevan algunos bares), se han introducido en este negocio. Los grandes camiones que tienen el dibujo de las muchachas con el símbolo del yen en su pupila sirven a este propósito. Anuncian una vía de entrada a la fábrica de dinero de Kabukichō.

Los amos del bottakuri

Pasada la época de la estafa telefónica gracias a la avanzadilla de las nuevas tecnologías entre las personas mayores y a la campaña de información de la policía, los amigos de lo ajeno se han fijado ahora en los salaryman que tienen debilidad por las hostess, unas muchachas vestidas como si cada día fuese una boda gitana y que beben con los clientes en algunos locales y se dejan magrear con límites hasta que el que se ha convertido en parroquiano del lugar ha gastado una cantidad de dinero lo suficientemente grande como para cantar gol.

En estos locales los primos y primerizos suelen entrar confiados por las sugerentes palabras de un captador en el exterior del local. El sistema es por hora y el cubata se paga a precio de Dom Pérignon, lo que ha dado vía libre a algunos propietarios para extorsionar a clientes abultando la factura hasta límites insospechados, incluidos los extranjeros incautos. Esto se conoce como bottakuri. Una de las advertencias a los extranjeros que tengan el mal gusto de acudir a estos locales es que jamás paguen con tarjeta (te cobrarán lo que quieran). La policía está comenzando a actuar en algunos casos señalados, pero en la mayoría hace oídos sordos e ignora a los afectados. Más de una vez he presenciado en la estación de policía (kōban) que hay junto a mi gimnasio a un chaval trajeado de aspecto violento amenazar a uno o dos hombres con denunciarles si no pagaban una factura. En una ocasión hasta escuché cómo, delante de una agente que no se inmutaba, un tipo amenazaba con soltar al “abogado del bar”.

Ahora parece que con los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 en el horizonte el Gobierno metropolitano se ha propuesto limpiar Kabukichō. El enorme Hotel Gracery, un edificio oscuro e imponente, destaca en medio del luminoso caos del lugar, e incluso se ha encargado de editar una guía con locales seguros de la zona. La policía detiene también con frecuencia a propietarios que estafan a sus clientes, y los medios le dan importancia a estos casos en lo que parece el preludio de un movimiento orquestado para cambiar radicalmente la imagen del lugar. Las salas de cine de la compañía Toho coronadas por una enorme cabeza de Godzilla que comparten con el hotel también están ayudando a traer a otro tipo de clientela al lugar.

En el local de la izquierda el cartel reza
En el local de la izquierda el cartel reza “información gratuita”.

Aquí se viene a lo que se viene

¿Quién dijo que los japoneses pasan del sexo? Si algo nos enseña Kabukichō es que el japonés estándar es putañero, como se dice en la piel de toro. Cualquiera que haya cruzado Kabukichō habrá sentido en el cogote el aliento de los enormes senegaleses y guineanos, y de algún otro japonés, que te insisten, te persiguen y hasta casi quieren llevarte en brazos a algunos de los locales que los tienen en nómina. Algo que suele ocurrir cada vez que voy al cine o paseo por allí es que uno de estos jóvenes captadores de clientela me suelta la retahíla de locales que hay en el lugar, pescando con red: “¡hostess, este, oppai pub, soap land, massage, no pants!” Una oferta que parece no tener fin y sorprendería a cualquier escritor de lo absurdo.

Me explico: recientemente detenían al dueño de un “club de origami” que no era más que un local en el que muchachas menores de 18 años y vestidas de colegiala hacían grullas de papel que colocaban entre sus piernas abiertas para que el cliente pudiera verlas a través de un espejo.  El local había conseguido la licencia al registrarse como un “club”, pero era un establecimiento de otra naturaleza. Hace un año también cerraban otro local en este mismo barrio en el que el cliente pagaba por oler la ropa de menores de 18 y recibir una bofetada de ellas, eso sí, por un precio extra. Ejemplos como estos aparecen continuamente, y la mente del empresario que trabaja en el mercado de la carne es una máquina de ideas extravagantes.

Pero también hay espacio para la gente que hace la calle y los proxenetas que se enriquecen con ello. En las zonas más oscuras, delante del barrio coreano y en la ruta hacia el sitio en el que viví hasta 2013, estaban siempre esperando en la sombra unas señoritas de más 30 y menos de 40, inequívocamente filipinas, que me saludaban al pasar. Un pequeño gesto que no es de cortesía y que hay que ignorar por completo, ya que al devolver el saludo comienza la persecución, y uno se verá obligado a declinar una y otra vez el “masaje saludable” que estas señoritas ofrecen al transeunte, a veces de forma desesperada.

Reclutadores con pelazo

El mercado de la carne de Kabukichō no es sólo para el público masculino, sino también para el femenino. Los clubs de ikemen (buenorros) son también parte de este barrio, y tienen su clientela, aunque en muchos casos no se trate de prostitución sino de compañía de bar. Los encargados de reclutar a jóvenes suelen pasearse por el lugar con su peculiar estilo que parece salido de un manga. Seres hasta cierto punto andróginos con pelazo, o con un punto rudo o yanki  que esperan a cualquier hora del día por el lugar. Una mañana me crucé con un grupo que intentó reclutarme, porque también buscan a extranjeros, y trataron de poner delante de mi la zanahoria del dinero fácil. No hace falta decir que es la forma más rápida de conseguir que te den una patada y te expulsen del país, especialmente si eres estudiante.

Puede que las turistas estén interesadas en acudir alguna vez a uno de estos locales como diversión. No voy a desanimar a nadie si tiene la intención de hacerlo, ya que en muchos de estos sitios no hay más que unos cuantos chavales trajeados, maquillados y perfumados, una versión masculina de las hostess. Pero sugiero volver a leer el punto referente al bottakuri.

No todo Kabukichō es el Robot Restaurant

Desde 2012 ha tenido cierto éxito el Robot Restaurant, un establecimiento que empezó con un espectáculo erótico-rancio-festivo de robots, y que luego se ha reforzado con dinosaurios y otros elementos que lo han convertido en una de las diversiones kitsch para los turistas. Siendo, como es, la entrada algo cara y la comida bastante horrible, lo que de verdad interesa del lugar es ver el ruidoso show que difícilmente se borrará del cerebro del espectador. Pero este local es una excepción en medio de unas calles que acogen una realidad que no podemos ignorar. Y me estoy refiriendo al tráfico humano y la corrupción de menores.

En Kabukichō también hay mujeres de distintas nacionalidades, especialmente china, coreana y filipina, que trabajan atrapadas por las mafias que controlan este tipo de negocios. Muchas menores también son convencidas a través de la promesa del dinero fácil y de los regalos caros para trabajar en el negocio de la prostitución, sea cual sea su forma. Algunas series y programas de televisión tratan de envolver en un aura de encanto a este tipo de negocios, eliminando del discurso la parte turbia de muchos de los establecimientos que existen en el lugar y las circunstancias vitales y laborales de las personas que han terminado trabajando allí.

Para el visitante extranjero también se ha convertido en el lugar en el que caminar entre risas y a veces algo de sonrojo. Parece además que, aunque socialmente aceptado, de cara a la galería existe una especie de censura moral sobre las personas que en algún momento de su vida han hecho dinero trabajando en Kabukichō, y en particular para las mujeres que han sido hostess. Es un ejemplo más de las luces y sombras tan radicales que la sociedad tokiota muestra en su fotografía de grupo, y que este Valhalla del desenfreno deja al descubierto como una amalgama de esos bajos instintos que son inseparables de la naturaleza humana y trascienden fronteras.

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Kabukichō, la luz y la carne

La larga apuesta que me mantuvo en Tokio (tal vez)

Shōdoshima

A veces llegamos al límite, y no tenemos más margen que depender de la suerte, sobrevivir al lento desfile de la moneda en el aire. Y a veces, sólo a veces, cae la moneda y queda a la vista la cara conveniente, la que nos da el aliento y el pasaje a una vida mejor.

Cuando mi yo agorero, el que siempre habla mucho y no deja dormir, anunciaba que estaba viviendo sus posibles últimas semanas en Japón, surgió una oferta de trabajo que me llegó a través de un amigo. Si os soy sincero, al principio rechacé enviar mi currículum ya que prácticamente lo daba por perdido. Había acudido a demasiadas ofertas de trabajo, había enviado demasiadas cartas, y el lugar en el que trabajaba en ese momento a “tiempo parcial” me había quebrantado toda autoestima y voluntad.

Pero esa misma oferta me llegó a través de cuatro amigos más, y por algún motivo, volví a leer detenidamente los requisitos. Y en realidad, era perfecto. Era el tipo de trabajo que yo, desde mi época de universitario, había querido hacer. Trataba sobre Japón en una miríada de aspectos, involucraba traducción, redacción, y corrección. Permitía afrontar nuevas responsabilidades. Y además, ofrecía el visado. No lo dudé un momento: en el último intento por estar donde quería estar, tenía que pelear de todas las formas posibles para conseguir ese trabajo.

Mientras tanto, me encontraba viviendo de prestado calculando el poco dinero que me permitiría volver a España, para enfrentarme al abismo, si las cosas seguían yendo tan mal. Un día de abril, cuando no esperaba nada, recibí la buena noticia. Desde entonces mi ánimo ha dado la vuelta. Mi voluntad, herida entonces, sigue reforzándose desde entonces. Y mi vida poco a poco va cambiando no a mejor, sino a mucho mejor.

Ahora estoy muy contento y orgulloso de formar parte del equipo de Nippon.com, donde trabajo, aprendo y disfruto cada día de lo que hago.

Aún mi visado está en trámite, pero sospecho, o espero (mejor dicho) que este sea el comienzo de una nueva y buena vida en Tokio. Por mucho tiempo.

Y no ha sido lo único bueno que ha ocurrido:

– Se publicó mi crítico y algo cínico capítulo en el libro Tadaima de la editorial Taketombo, del que ya os hablaré en detalle otro día.

– Se emitió el anuncio en el que participé como extra, y al aparecer en primer plano un microsegundo, recibí una remuneración mejor de la que esperaba.

– Gracias a esa remuneración pude ir a Shodoshima, Naoshima, Okayama y Kurashiki durante la Golden Week.

– Conseguí la mayoría de votos en el concurso de Global Asia ‘Enfocando a Japón‘.

Y mi nueva vida comenzó.

Eso sí, en diciembre tengo que aprobar el JLPT N1, sí o sí. Esto no acaba aquí, sino que empieza. Ha sido suerte, sí. Pero también he tenido que pelear y aguantar mucho para poder lanzar esta moneda. He rozado el umbral, he mirado dentro, y he vuelto.

La larga apuesta que me mantuvo en Tokio (tal vez)

No escupir en la cara del conductor del tren

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En la estación de Ochanomizu me he encontrado hoy con este simpático cartel. Avisa de que el “tsuba kake”, el tradicional escupitajo, es un delito. Lo más curioso de la gamberrada es que la hacen, según veo, cuando el tren está partiendo de la estación y el pobre conductor nada puede hacer. Es una gamberrada delito un tanto retorcido, y digo yo que el cartel podría incitar a algunos copycats por su originalidad.

¡Ah! el maravilloso mundo de la cartelería de las estaciones de Japón.

No escupir en la cara del conductor del tren

Segundo Año Nuevo en Tokio: los lugares y las cosas

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Reconozco que llevo mucho tiempo sin escribir. Contrariamente a lo que pensaba cuando emprendí este proyecto, las cosas no han ido demasiado bien, y mi situación en Japón y en la vida ahora mismo es como un mesón, indiscutiblemente inestable.

Así y todo, sigo trabajando, estudiando y disfrutando de pequeñas cosas. La navidad me pilló trabajando, dedicado a una búsqueda muy infructuosa para un programa de televisión que por suerte no tendré que ver. El fracaso de esta tarea me ha animado a redoblar mis esfuerzos para encontrar un nuevo empleo, y lo que es más, para intentar por todos los medios trasladarme a Osaka, Kioto o Kobe. Una de estas tres ciudades, de la región de Japón que más me gusta a falta de conocer el norte y el sur más al sur.

Año Nuevo fue otra historia. Armado de ganas y de mi compañera de viaje, la pobre Nikon D3100 sobreexplotada, me dediqué a visitar algunos lugares de Tokio para captar el ambiente del último día del año. Es mi segundo Año Nuevo en Japón, ya que el primero lo viví en 2008, en Asakusa, con buena compañía, tomando café en un Starbucks al que también volví este año, y viendo a la gente esperar en el Kentucky Fried Chicken.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El primer paseo del último día del año lo dí, cómo no, en mi barrio, Okubo y Shinjuku. Traspasando los pasajes de tiendas coreanas y clubs de dudoso gusto en la bastante concurrida Kabukicho, llegué al Hanazono Jinja. Eran alrededor de las 16:00, y apenas unas pocas personas de paso, cargadas de bolsas, paraban a rezar su plegaria en el templo. Lo que sí fue interesante ver fueron los preparativos. Cuidadosamente, un operario colocaba los faroles y enrollaba unos papeles alrededor de los remates de cada balaustre, en la escalera que conduce al altar. ¿Más plegarias? ¿Oraciones? Lo desconozco.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El siguiente destino fue Ueno, y concretamente el mercado de Ameyoko, recomendado por mi amiga Yuriko. Ameyoko es un lugar bastante visitado, pero en Año Nuevo es otra historia. Casi era imposible caminar, y literalmente me tuve que dejar arrastrar por la corriente humana, aprovechando algún hueco para sacar un par de fotos y menos de un minuto de vídeo. Desde sus puestos, los comerciantes ponen especial ímpetu en vender sus mercancías, especialmente el pescado, para los que buscan allí el menú de la noche y el día siguiente.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El último lugar de la noche iba a ser Asakusa. Cuando llegué al Sensô-ji, el frío me animaba a volver al peligroso confort de mi cuarto, a pasar la noche viendo la televisión, en Internet y leyendo. Cerca de la Kaminari-mon decidí tomarme un respiro y probar por 100 yenes un vaso de sake dulce caliente (mi sello de aprobación al mismo). Alrededor del templo, los puestos de comida ya estaban preparándose para el negocio del día, y una gran pila de barriles de sake sugería que esa noche la embriaguez sabría distinta a la nomikai (reunión para beber) con los compañeros de trabajo.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

En la Kaminari-mon y en los alrededores del distrito del Kabuki, muchas parejas pasaban las horas. Mi cámara y yo estábamos al límite, así que después del peor okonomiyaki que he comido en mi vida, en el cual pienso que confundieron los fideos con gomillas, quise revivir el año nuevo de 2008 en el mismo Starbucks y el mismo asiento en el que estuve ese día, prácticamente a la misma hora.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Mientras pasaba el tiempo frente a un Caramel Macchiato y una galleta de chocolate blanco y nueces de macadamia, decidí revisar en mi móvil, cosa que no hago frecuentemente, mi Twitter. En un mensaje, el recién llegado a Tokio @danikaze me sugería ir al Meiji Jingu de madrugada. Pese a hacerle esperar más de lo debido, porque la batería de mi cámara estaba hambrienta de carga, a las 22:30 nos reunimos en Shibuya, donde descubrimos un sucedáneo de Times Square de lo más absurdo. Podría decir que en Shibuya había extranjeros como yo y japoneses al 50/50. ¿Qué esperaban? Lo lógico sería suponer que en una de las muchas pantallas de los edificios aparecería algo parecido a una cuenta atrás para el año nuevo. Nada de ello sucedió. Una chica a la que pregunté me informó de que la gente hacía su propia cuenta atrás, y luego “empezaban a correr”. ¿A correr? ¿Una maratón? He oído que hay varias maratones de año nuevo en Nueva York, pero no sabía nada de Tokio.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Esperamos por lo tanto al año nuevo allí, pero nada extraño sucedió. Llegaron las 00:00, y la gente se volvió un poco más loca de lo que estaba, agolpándose en el centro de la carretera donde la policía trataba en vano de poner un poco de orden. Lo siguiente fue ir a lo seguro, seguir el plan y visitar el Meiji Jingu.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

En el Meiji Jingu los Scouts japoneses guardaban el fuego que conducía a la gran masa que pacientemente esperaba llegar al pabellón del templo. Los Scouts ayudan en las labores de control de masas en los festivales con más público, como es el caso también de los típicos espectáculos de fuegos artificiales de verano en Asakusa.

La masa de japoneses que esperaba en el Meiji Jingu era sin duda abrumadora, y daba algo de miedo adentrarse en ella sin saber el tiempo de espera ni lo que uno se iba a encontrar en el destino. Utilizando la reducción al absurdo, digamos que son casi 3 horas de espera para lanzar una moneda a una gran manta blanca durante unos dos minutos en los que la policía te insistirá para que abandones el puesto y dejes a otras personas pasar. Pero es algo más. La avenida que lleva al templo, además de los faroles con las empresas y personas que han hecho alguna aportación económica, está gobernada por una gran pantalla en la que además de la información de la noche, los anuncios de pizza, empresas constructoras y juegos de cartas se repiten una y otra vez. Al girar la esquina, la puerta sur del templo aparece decorada con los motivos típicos del Año Nuevo japonés: la diana y la flecha, y la tablilla con el animal del nuevo año, la serpiente blanca de 2013.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Pasada la puerta del sur, la multitud corre a lanzar la moneda y alzar el rezo shintoísta, para que el nuevo año traiga algo mejor que el anterior. Después de eso, sólo queda volver a casa, a descansar y recuperarse del intenso frío que me dejaba los pies y las piernas insensibles durante cada rato de espera en la interminable cola de entrada.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Algo que me perdí, que no hice y probablemente por ello sea castigado, es tomar el típico Toshikoshi soba 年越しそば, que los japoneses comen a las 00:00, y es el equivalente a nuestras 12 uvas de la suerte. Tal vez lo haga, con mucha suerte, en un hipotético Año Nuevo que me conduzca a 2014 en Japón, si me dejan continuar aquí.

Lo último que me queda por decir es que durante todo aquel día grabé más vídeo de lo habitual, porque tenía planeada una felicitación de Año Nuevo un poco más especial. En el vídeo, a partir del minuto 2:37, podréis ver todos estos lugares y algunos detalles más. Feliz 2013 a todos.

Segundo Año Nuevo en Tokio: los lugares y las cosas

La lluvia que multiplica los colores de Tokio

Siempre que llueve en Tokio, tenga trabajo o no, intento llevarme la cámara. La fotografía es una de mis pasiones, a pesar de no tener aún el equipo necesario para hacer las cosas que yo querría. Pero la realidad está ahí, y hay que capturarla.
La lluvia en Tokio le da a la ciudad una atmósfera especial, y por muy molesta que sea al calarnos los huesos, mojar nuestros zapatos y obligarnos a cargar con el paraguas, en realidad es el complemento perfecto para una ciudad llena de carteles, LED’s y pantallas que emiten incesantemente toda una gama de colores. Hoy quiero compartir con vosotros algunas fotografías de la lluvia en Shinjuku.

Ame Walk

Y es que la lluvia, cuando no es ácida, tiene más ventajas que inconvenientes. El aire de Shinjuku está cargado de olores, y por lo tanto de partículas, que no son precisamente medicina para nuestros pulmones. Pero la lluvia se encarga en parte de renovar esa atmósfera.

Junto a mi televisor tengo un marco digital, regalo de Softbank, que me cuenta en porcentajes la probabilidad de lluvia para el día. Si no es el marco, son las noticias en la NHK cada mañana las que me recomiendan llevar o no el paraguas.

Ame Walk

Y carreras, muchas carreras. Alguna que otra vez, cuando he olvidado el paraguas por la mañana, o he pensado que no llovería al salir del trabajo, tengo que esperar pacientemente a que amaine la lluvia ligeramente para volver a casa. En la salida de la estación, a veces he podido hablar con alguien, tomar fotos, leer un rato. He aprendido a esperar, aunque aún tengo que mejorar mis aptitudes sociales.

Around Okubo Station

Pero no pongamos la lluvia tampoco por las… ¿nubes? (expresión inadecuada) . No le demos tantas ventajas a la lluvia. Es molesta, sin duda. Al menos una vez a la semana hay que soportarla, cuando en mi tierra se me hacía hasta extraño llevar un paraguas. Algo que echo de menos: una sucesión de días de sol implacables.

Around Okubo Station

Hoy llueve en Tokio, y por supuesto llevaré mi cámara. Es el “Día del Trabajador”, y por desgracia yo lo celebraré trabajando. Por suerte me pagarán el día. Tal vez tenga más fotos que compartir con vosotros esta noche.

Around Okubo Station

 

Hasta que puedo compartir con vosotros entradas más interesantes.

La lluvia que multiplica los colores de Tokio

Agradeciendo a los muñecos su servicio, a la manera shintoista 人形感謝祭 (Ningyou kansha sai)

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

En la tranquilidad del Meiji Jingu oímos una solitaria rabieta. Una madre seca las lágrimas a un niño que está asistiendo a una inexplicable ceremonia de despedida. Adiós y gracias a aquel peluche, muñeco o muñeca que le ha acompañado durante unos cuantos años de su infancia. Pero también hay mayores, ancianos y ancianas, que dicen adiós a aquella muñeca que abrazaban camino de la escuela, en el Japón de la posguerra. O adultos que no pueden tirar a la basura, sin más, aquel simpático trozo de trapo, o ese peluche cuyo color ya está castigado por el tiempo y el sol, y que esperaba su llegada cada día en los absurdos años 80.

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

Es el día de agradecimiento a los muñecos, el Ningyou Kanshasai (人形感謝祭 ), que se ha celebrado el 14 de Octubre de 2012 bajo una fina y melancólica lluvia. Miles de juguetes antropomorfos y zoomorfos, decenas de miles podríamos decir sin temor a equivocarnos, han llegado al Meiji Jingu desde cada rincón de Japón.

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

Los que han querido acercarse al templo han entregado allí a sus viejos compañeros. Compañeros que no podemos decir que sean inanimados, ya que en el día en el que se le agradecen sus servicios es cuando más salta a la vista que el animismo es algo que aún sigue dentro de cada japonés, lo que insufla vida a cada objeto que ellos consideren o sientan como vivo. La vida más allá de la biología.

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

Los visitantes, los que entregan sus antiguos juguetes, hacen una ofrenda en un rincón del muestrario interminable, escriben en láminas de papel con forma humana su plegaria, y luego se detienen a observar esta maravillosa colección de recuerdos individuales.

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

Por cada uno, una historia. Por cada juguete una infancia. Los encargados de colocar, siempre mirando hacia el pabellón principal del Meiji Jingu, a estos antiguos compañeros de batalla, lo hacen con sumo cuidado, incluso deteniéndose a comentar y a observar alguna muñeca extraordinaria, o extraña.

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

Y entre los que sólo han venido a mirar, cómo no, restalla como un látigo el sentimiento de nostalgia cuando encuentran entre la multitud alguna cara conocida de la infancia.

Todos estos muñecos luego serán retirados. Es el último adiós a aquellos viejos trozos de trapo, algodón, plástico, madera, tela… que dejaron de ser producto para convertirse en seres vivos, en confidentes, y en compañeros.

*Más fotos en mi cuenta de Flickr.

Agradeciendo a los muñecos su servicio, a la manera shintoista 人形感謝祭 (Ningyou kansha sai)

En las tripas de Enoshima (o el Triforce que no era un Triforce)

Enoshima 江ノ島

Y en estas que un fin de semana decidí ir a Enoshima. Mi objetivo principal era Kamakura, pero pasé de camino por la isla, y me quedé más tiempo de lo planeado. Muchas personas acuden a Enoshima con el buen tiempo, bien para hacer una barbacoa debajo del puente que lleva a la isla junto a la playa, para pescar, disfrutar de las aguas en la playa rocosa, o simplemente pasear por los templos, admirar el paisaje y sorprenderse ante la abundancia de este lugar.

La historia de Enoshima está directamente relacionada con la de dos deidades: Benzaiten y el dragón de cinco cabezas (Gozoryu). Pero también con el nacimiento de la biología marina en Japón, e igualmente se cuenta una leyenda sobre el nacimiento de la acupuntura tras un tropezón del maestro ciego Sugiyama Waichi.

Enoshima 江ノ島

El puente que lleva a la isla es el Enoshima Benten, o Bentenbashi. Es un paseo agradable, en el que se puede observar toda la bahía. Hasta 1891 a Enoshima sólo se podía ir en canoa. Fue en ese año (Meiji 24) cuando se construyó el primer puente de madera que conectaba la costa con la isla. Antes de la existencia de ese puente, el biólogo marino y humanista estadounidense Edward Sylvester Morse descubrió el montículo de Oomori en un viaje a Tokio desde la que era la residencia habitual de los oyatoi gaikokujin (extranjeros contratados) en Yokohama. Poco después instalaría un laboratorio en la isla, y comenzaría sus estudios sobre las especies autóctonas. La historia de Edward S. Morse estuvo muy ligada a Japón, y particularmente a la de la Universidad de Tokio, junto a otros grandes maestros de la época como el estadounidense con ascendencia malagueña Ernest Francisco Fenollosa, o el padre de la arquitectura moderna japonesa, Josiah Conder.

Enoshima 江ノ島

Al pisar la isla, nos da la bienvenida el antiguo torii de bronce, el Seidono Torii, que es Patrimonio Cultural de la Ciudad. Data de 1821, antes de la apertura de fronteras del país (el fin del sakoku o “país encadenado”). Tras el arco de bronce, tenemos una empinada calle abarrotada de tiendas que nos lleva hacia el Enoshima Jinja.

Enoshima 江ノ島

Esto no es nada. Aún quedan muchos peldaños por subir. Hay tarjetas de un día que permiten subir al faro de Enoshima, y también utilizar las escaleras mecánicas que hay en algunos tramos. Demasiadas escaleras, aunque por el paisaje (y los gatos) bien merece la pena el esfuerzo.

Enoshima 江ノ島

Enoshima 江ノ島

Ejercitando las piernas mientras nos vamos adentrando en la naturaleza, llegamos por fin al Enoshima Jinja, con tres pabellones en los que se venera a tres diosas: Tagitsuhime no mikoto, Ichikishimahime no mikoto y Tagirihime no mikoto. Además, de vez en cuando sitúan esta suerte de umbral que las parejas pasan, para luego hacer una plegaria, previo pago del impuesto revolucionario deífico. 

Enoshima 江ノ島

Aquí una muchachas colgando su mala fortuna. Los templos hacen su agosto vendiendo todo tipo de amuletos y con el tradicional Omikuji en el que un papel escogido al azar nos dice nuestra suerte para el presente año.

Enoshima 江ノ島

Muchos de los obsesos de The Legendo of Zelda ya habréis puesto los ojos como platos si no conocéis la historia del Triforce. En realidad, el hecho de que haya tantos Triforce en Enoshima es porque se trata del Mon o emblema de la familia Hojo, una casa que cobró mucha importancia en el país y llegó a gobernarlo en el siglo XIII.  La leyenda de su origen cuenta que Tokimasa Hojo (1138-1215) fue a rezar a una de las cuevas de la isla para pedir prosperidad para su familia. El propio Dios Dragón, protector de los pescadores, apareció ante él y accedió a sus plegarias, cediéndole tres escamas de su cuerpo, que luego pasarían a ser el emblema de esta casa: tres triángulos formando una pirámide. De ahí que la isla esté llena de Triforces y dragones, lo que le da a todo un aspecto más épico y fantástico.

Enoshima 江ノ島
Enoshima 江ノ島

Pero no todo iban a ser escaleras y plegarias. Rodeando la isla, encontramos la playa rocosa y el acantilado de Chigo ga fuchi, donde la gente viene a pescar, pasear y disfrutar de las piscinas naturales. También es donde accedemos a las grutas, en las que nos ofrecerán una vela para hacer uno de los tramos. Desde esta zona, en días muy despejados, se puede observar el Fuji.

Enoshima 江ノ島

Simplemente sentarse allí y ver cómo rompen las olas contra las rocas es suficiente para olvidar el estrés y disfrutar de un día magnífico. Aunque para llegar hasta allí se requiere de unas buenas piernas. No hay atajos por tierra.

Enoshima 江ノ島

En las rocas encontraréis sobreabundancia de tiñuelas (ligia oceanica), también llamadas “cucarachas de mar”, aunque a mi me parecen más un híbrido entre gamba y lepisma. Hay millones de ellas, y huyen despavoridas a gran velocidad ante cualquier amenaza. Su abundancia no es nada especial. En esta isla abunda la vida: libélulas, águilas, gatos, arañas…

Enoshima 江ノ島

Obviamente, la cocina local es rica en productos del mar. Podemos encontrar amontonadas las conchas de los moluscos a la entrada de muchas tiendas del lugar. Las tiendas de Enoshima son muy pintorescas, no sólo por su aspecto antiguo, sino por la venta de bebidas ya olvidadas en otros lugares, en botellas que harían las delicias de muchos coleccionistas.

Enoshima 江ノ島
Enoshima 江ノ島

Llegados a uno de los puntos más altos de la isla, encontramos la Ryuren no kane, o Campana del Dragón Enamorado. Aquí vienen las parejas a hacerla sonar y prometerse amor eterno ante los dioses y el horizonte. También han colocado una reja que hoy está cargada de candados (maldita costumbre) para simbolizar la unión indestructible. Es muy simbólico e irónico que casi todos esos candados se oxiden y caigan rápidamente debido al aire cargado de sal oceánica. Todo se oxida, amigos. Hasta las relaciones humanas.

Enoshima 江ノ島 Cats

Y por supuesto los gatos. Son otro atractivo turístico en Enoshima. En el camino encontramos fotos e información sobre estas criaturas, que están ya tan acostumbradas a la presencia humana, que se acercan y se dejan tocar. Este dormía plácidamente en la roca y te lamía la mano si le tocabas la pata o la cabeza.

Los gatos, las olas, los dragones y las vistas. Enoshima sin duda se ha convertido en uno de mis lugares favoritos para vivir. Tal vez, con suerte, en un futuro pueda pasar más tiempo cerca de Enoshima. Hay mucho que contar sobre esta isla. Tal vez en futuros artículos, y en próximas visitas, pueda ofreceros una nueva perspectiva.

En las tripas de Enoshima (o el Triforce que no era un Triforce)