Dadle tiempo al nuevo Godzilla (Crítica un 90% libre de spoilers)

DSC_0196
Desde que el pasado día 31 de julio viese en el cine el esperado lanzamiento de la nueva serie de Godzilla (‘Shin Gojira’, 2016), he estado pensando en la posibilidad de escribir o grabar algo para compartir mis impresiones. Quería hacerlo cuanto antes. Salí de la sala de cine encendido, con miles de ideas y algo enfadado por lo que había visto. Pero a medida que han pasado los días he podido pensar fríamente sobre la película, y he de confesar que no me ha disgustado del todo.

Me ahorraré los detalles técnicos de la película ya que los podéis encontrar aquí. Prefiero ir al grano y ofrecer algunas ideas sin apenas spoilers. La esperada resurrección, 12 años después, de la serie de Godzilla después del fin de la era Millenium no ha sido convencional. Las primeras imágenes del nuevo Godzilla ya me hacían sentir cierto recelo, e incluso llegué a pensar que el horrible y cadavérico aspecto de este nuevo monstruo podría tener relación con el final de Godzilla vs. Destroyah. Algo de eso hay, claro, aunque no porque exista una relación directa entre este Godzilla y el de aquella mítica película de 1995, sino por la importancia central que en esta nueva serie tiene la forma en que el Rey de los Monstruos “funciona” como el combustible de un reactor nuclear. Pero esto es algo que ya sabéis si habéis visto la serie Heisei.

Partamos de la base de que este es un nuevo amanecer para la serie de Godzilla. Anno Hideaki (Evangelion) y Higuchi Shinji (Ataque a los Titanes) han hecho hasta cierto punto un buen trabajo. Creo que han logrado crear una película que encuentra el equilibrio entre ser un caramelo para los fans de la serie, y una historia amena y visualmente impactante para el público general.

Su idea era conseguir que el público de 2016 reaccionase con una sensación parecida a la que debieron sentir los espectadores del primer filme en 1954: el horror ante una amenaza inmune a las armas convencionales.

Las escenas de destrucción, lo más importante para mi gusto en una kaijū eiga, son extraordinarias. A la altura de lo que se esperaría hoy de una película de este tipo. No han cometido el error de renunciar a los efectos digitales y volcarse en los efectos mecánicos, como en las clásicas películas del género tokusatsu. En esta película el CG (aunque en contadas ocasiones es mejorable), es de una calidad más que aceptable.

Era totalmente escéptico respecto al nuevo monstruo, pero diría que este nuevo Godzilla ha logrado algo que no esperaba: superar y diferenciarse del de Gareth Edwards (Godzilla, 2014). En este punto, me parece fantástico que Hollywood continúe con la serie de Godzilla de Edwards, con su propio estilo. Japón ha iniciado una nueva serie que tiene una personalidad propia. No hará falta otra ‘Final Wars’ para que un Godzilla japonés se mofe de un ridículo “Zilla” hollywoodiense (Godzilla, 1998).

El estilo general de la película recuerda al anime ‘Neon Genesis Evangelion’ (Anno Hideaki), y parece evidente que esta película ha sido creada pensando en la producción de la esperada ‘Godzilla vs. Evangelion’, hasta ahora una mera colaboración en merchandising y, según citan algunos medios japoneses, una broma de la productora para el Día de los Inocentes. No obstante, también es cierto que en la banda sonora de la película están incluidos algunos cortes de la banda sonora del anime de Evangelion, por lo que yo soy uno más de los que quieren creer que habrá un crossover en un futuro próximo.

Circulan además algunas imágenes de una figura de un Godzilla más delgado portando la coraza del EVA Unit-01, algo que sería realmente alucinante en el argumento de una futura película y que devolvería a Godzilla a su papel de colaborador con la humanidad como en el resto de filmes de las otras eras.

DSC_0199
Esta no es la figura a la que hago referencia en el texto, pero captáis la idea.

Aunque me gustaría comentar más cosas sobre el nuevo Godzilla he decidido no hacerlo porque parte del encanto de esta nueva película es descubrir lo que el nuevo kaijū puede hacer. Solo añadiré un par de notas negativas a estos comentarios (que podría ampliar en algún momento): Uno, el extensísimo elenco de actores y actrices, los interminables diálogos y los créditos en pantalla hacen de este filme una pesadilla traductológica. Un fuerte abrazo a la persona que se encargue de traducirla, subtitularla y localizarla. Y dos, poner a una nativa japonesa a interpretar el papel de una nativa estadounidense que habla un perfecto japonés pero suelta gratuitamente alguna palabra en inglés ha sido un error mayúsculo.

Hasta aquí diré por hoy. Ya tendremos tiempo de destripar más detalles. En cualquier caso, si sois aficionados a este tipo de cine, es una película a la que debéis dar una oportunidad.

Dadle tiempo al nuevo Godzilla (Crítica un 90% libre de spoilers)

Una gramática de Tokio

El siguiente artículo tiene más de ejercicio literario que de apunte científico. De hecho, cualquier parecido con la ciencia es una mera plataforma para pensar sobre la ciudad japonesa.

Una gramática de Tokio

El lenguaje es uno de los más grandes y misteriosos avances de la cultura humana. No sabemos a ciencia cierta cuándo ni en qué condiciones surgió para continuar desarrollándose hasta llegar a su forma contemporánea, la cual tampoco dudamos que continúa evolucionando. Desde un punto de vista cultural, existe la problemática de determinar en qué momento los antecesores del homo sapiens sapiens pudieron vocalizar la primera palabra, o construir la primera oración. Desde el punto de vista científico, o más concretamente, genético, sí se ha teorizado sobre el gen responsable del desarrollo de nuestro lenguaje, y por lo tanto de un modo “gramatical” de pensar.

La ciencia nos dice, a día de hoy, que el gen FOXP2 humano es el responsable del desarrollo de la coherencia gramatical, es decir, que entre muchas otras posibles funciones, nos ayuda a distinguir tiempo, modo, número y persona. En definitiva, nos ayuda a comprender una realidad encajándola en un sistema. A sistematizar (ordenar en un sistema) la realidad que se percibe a través de los sentidos, y, cómo no, a comprender y a comunicar. Es el gen que nos permite controlar y manipular (en el buen sentido y en el malo) la información.

Es inevitable recordar, desde el punto de vista del estudio urbanístico de Tokio, el libro que Roland Barthes, el semiólogo francés, dedica a esta ciudad. En El imperio de los signos, Barthes se asoma a la ciudad japonesa desde su escritura, fascinado por los trazos que componen los caracteres de un lenguaje que desconoce. Su manifiesto desconocimiento de la lengua, explica, no supone para él un obstáculo, muy al contrario le conduce a un oasis de protección frente a los dictados de su lengua materna. De este modo, el semiólogo parece advertir que la ciudad japonesa, como su lengua, escapa al modelo racional occidental, que reconoce como un sistema más y no por ello mayor ni mejor, y que condiciona la estructura concéntrica de la ciudad americana y europea.

Tokio, destaca Barthes, es una gran metrópolis cuyo centro está vacío y desvía las aglomeraciones. La ciudad, se sorprende, no sigue un orden nominativo, y contrariamente a lo que se podría pensar como lógico, los japoneses construyen la imagen de su ciudad en base a sensaciones y señales, siendo necesario dibujar secciones de la misma para explicar una dirección. En el imperio del trazo esta es la lógica.  La ciudad es un texto, o un conjunto de textos.

Esta visión semiótica de Tokio choca, no obstante, con la idea de una metrópolis (o megalópolis en proceso) con un centro que es plural y no geométrico. Así pues tenemos un centro político, Kasumigaseki; un centro económico, Marunouchi (que por cierto, pertenece en casi su totalidad al imperio de Mitsubishi); y un centro comercial, Ginza. Tokio es un gran sistema que, como el idioma japonés, nos puede parecer lógico si lo desconocemos, caótico si no llegamos a comprender sus fundamentos, y complejo si aceptamos la imponente dificultad de llegar a dominarlo.

Es extraño llegar a conocer a un japonés que haya alcanzado el dominio completo de su lengua. Entiéndase esto como el conocimiento de todos los signos que la componen, de todos los kanji. Conocerlos no es una meta imposible, aunque sí bastante improbable. Asimismo el conocimiento de la ciudad japonesa requiere la experiencia diaria, y aún así llegar a conocer su forma se nos antoja una quimera.


El arquitecto japonés Itō Toyoo destacaba, a su llegada al aeropuerto de Narita, que a medida que se introducía en la ciudad por una de sus arterias era incapaz de distinguir o imaginar forma alguna.

En medio de la sucesión de paisajes anodinos, uno se encuentra dentro de la ciudad de Tokio, sin haber experimentado ninguna impresión o estímulo. Es decir, uno se encuentra envuelto por el macrocuerpo, la metrópoli, sin haber percibido claramente su fisonomía ni tampoco haber tenido una impresión intuitiva. […] Creo que los extranjeros que visitan Tokio por primera vez comparten esta sensación incierta de estar inmersos en un pantano sin fondo. Una ciudad sin contornos, en donde penetra uno sin darse cuenta, como en un laberinto.

No es el único que reconoce Tokio como un elemento vivo e infinitamente complejo, como la lengua japonesa. Yoshinobu Ashihara habló del orden oculto de la metrópolis, una ciudad que era “como una ameba”, o que reflejaba un “orden fractal”.

Las ciudades que, como Tokio, parecen desordenadas, tienen relación con la convergencia de elementos heterogéneos y generados espontáneamente. No están ideadas desde un comienzo para ser tal como son, sino que, más bien se desarrollan por el azar. Esta aleatoriedad es la raíz de la identidad de Tokio […] aquí está la “belleza del caos”, una corriente estética de relevancia para el siglo XXI.

Asimismo, Ichikawa Hirō observó que Tokio es una ciudad “flexible”. En 2008 la NHK ofrecía a los japoneses una serie documental donde se estudiaba la capital nipona dentro de un conjunto de “ciudades en ebullición”, y hablaba de Tokyo Monster. Un monstruo que, por cierto, desde hace décadas se enfrenta a constantes proyectos de revitalización y amenazas a su poderosa hegemonía.

¿Es posible conocer algo que siempre cambia? Posiblemente esta tarea sea difícil, pero sí podemos hacer un esfuerzo por comprender el sistema, o si queremos la gramática, que fundamenta ese algo.

El gen FOXP2 puede no sólo ser el responsable del lenguaje en sí, sino del mecanismo que ha favorecido el sistema que subyace al mismo. Del mismo modo, la ciudad, como sistema, como conjunto de signos y manifestación coherente de un conjunto de formas de habitar, es el producto del modo de pensar que este gen ha otorgado al ser humano. Parece razonable pensar que así como el lenguaje no ha podido existir sin comunidad, y que la comunidad ha debido ser el cobijo del lenguaje, los asentamientos humanos han sido producto del pensamiento gramatical de esta misma comunidad. O si lo preferimos, un sistema de habitar precedido por un sistema de comunicar.

Una gramática de Tokio

Kabukichō, la luz y la carne

Si entras aquí, abandona toda esperanza.

Desde que regresé a Japón en 2012 mi vida ha girado bastante en torno al infame barrio de Kabukichō, lugar de ocio adulto, de zonas grises, de locales de dudoso gusto, chavales con pintas y muchachas casquivanas, melopeas incipientes y consumadas, y sus consecuentes mañanas de remordimientos.

Desde octubre de 2012 viví durante una temporada en una casa compartida en Kita-Shinjuku, y acudía cada mañana caminando a la escuela en la que entonces estudiaba, cruzando este barrio bien temprano. El olor de la basura de la noche y el cuadro que ofrecían algunos trasnochadores trajeados me hablaban bastante del tipo de lugar que estaba cruzando. Alguna noche volvía pasando por el mismo barrio, observando una imagen muy distinta, más colorida y animada, llena de cantos de sirena. No es algo que hiciese frecuentemente, porque pasear o simplemente cruzar por allí es hasta cierto punto irritante si uno va sin un objetivo concreto, y peligroso si uno es de moral relajada y cartera famélica.

Cuando cambié de trabajo y de hogar pude al fin comenzar a hacer algo de ejercicio, y la casualidad quiso que encontrase un gimnasio en, efectivamente, Kabukichō, por lo que semanalmente vuelvo al lugar una y otra vez. Es hoy una especie de inmundicia, con respeto, a la que le tengo cierto cariño. Algunos tokiotas nacidos en la década de 1960 todavía conocieron el lugar cuando era relativamente decente, y no el planeta sórdido, extraño y pintoresco que es hoy, un barrio al que Pasolini le habría puesto un monumento y Bigas Luna le habría compuesto un pasodoble.

Había pensado compartir unas pequeñas escenas pintorescas que suelo encontrarme en el lugar, así que aquí van.

Anuncios de luz ambulantes

Cualquiera que haya ido a Shinjuku habrá visto estos camiones con anuncios luminosos en los que un par de señoritas, teléfono en mano, sonríen y muestran el símbolo del yen en sus pupilas. Como estos hay otros que anuncian locales de hostess o bares. En Kabukichō y otras zonas de este estilo hay locales en cuya entrada destaca una cortinilla que prohíbe el acceso a menores de 18 años y un cartel que reza “guía gratuita”. En ellos las personas que buscan algo en el mercado de la carne, y no me refiero al buey de Kobe, pueden encontrar una lista de locales y el número de contacto de señoritas que, habiendo llegado a un acuerdo con, cómo no, uno de estos proxenetas o alguna mama-san (señoras que llevan algunos bares), se han introducido en este negocio. Los grandes camiones que tienen el dibujo de las muchachas con el símbolo del yen en su pupila sirven a este propósito. Anuncian una vía de entrada a la fábrica de dinero de Kabukichō.

Los amos del bottakuri

Pasada la época de la estafa telefónica gracias a la avanzadilla de las nuevas tecnologías entre las personas mayores y a la campaña de información de la policía, los amigos de lo ajeno se han fijado ahora en los salaryman que tienen debilidad por las hostess, unas muchachas vestidas como si cada día fuese una boda gitana y que beben con los clientes en algunos locales y se dejan magrear con límites hasta que el que se ha convertido en parroquiano del lugar ha gastado una cantidad de dinero lo suficientemente grande como para cantar gol.

En estos locales los primos y primerizos suelen entrar confiados por las sugerentes palabras de un captador en el exterior del local. El sistema es por hora y el cubata se paga a precio de Dom Pérignon, lo que ha dado vía libre a algunos propietarios para extorsionar a clientes abultando la factura hasta límites insospechados, incluidos los extranjeros incautos. Esto se conoce como bottakuri. Una de las advertencias a los extranjeros que tengan el mal gusto de acudir a estos locales es que jamás paguen con tarjeta (te cobrarán lo que quieran). La policía está comenzando a actuar en algunos casos señalados, pero en la mayoría hace oídos sordos e ignora a los afectados. Más de una vez he presenciado en la estación de policía (kōban) que hay junto a mi gimnasio a un chaval trajeado de aspecto violento amenazar a uno o dos hombres con denunciarles si no pagaban una factura. En una ocasión hasta escuché cómo, delante de una agente que no se inmutaba, un tipo amenazaba con soltar al “abogado del bar”.

Ahora parece que con los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 en el horizonte el Gobierno metropolitano se ha propuesto limpiar Kabukichō. El enorme Hotel Gracery, un edificio oscuro e imponente, destaca en medio del luminoso caos del lugar, e incluso se ha encargado de editar una guía con locales seguros de la zona. La policía detiene también con frecuencia a propietarios que estafan a sus clientes, y los medios le dan importancia a estos casos en lo que parece el preludio de un movimiento orquestado para cambiar radicalmente la imagen del lugar. Las salas de cine de la compañía Toho coronadas por una enorme cabeza de Godzilla que comparten con el hotel también están ayudando a traer a otro tipo de clientela al lugar.

En el local de la izquierda el cartel reza
En el local de la izquierda el cartel reza “información gratuita”.

Aquí se viene a lo que se viene

¿Quién dijo que los japoneses pasan del sexo? Si algo nos enseña Kabukichō es que el japonés estándar es putañero, como se dice en la piel de toro. Cualquiera que haya cruzado Kabukichō habrá sentido en el cogote el aliento de los enormes senegaleses y guineanos, y de algún otro japonés, que te insisten, te persiguen y hasta casi quieren llevarte en brazos a algunos de los locales que los tienen en nómina. Algo que suele ocurrir cada vez que voy al cine o paseo por allí es que uno de estos jóvenes captadores de clientela me suelta la retahíla de locales que hay en el lugar, pescando con red: “¡hostess, este, oppai pub, soap land, massage, no pants!” Una oferta que parece no tener fin y sorprendería a cualquier escritor de lo absurdo.

Me explico: recientemente detenían al dueño de un “club de origami” que no era más que un local en el que muchachas menores de 18 años y vestidas de colegiala hacían grullas de papel que colocaban entre sus piernas abiertas para que el cliente pudiera verlas a través de un espejo.  El local había conseguido la licencia al registrarse como un “club”, pero era un establecimiento de otra naturaleza. Hace un año también cerraban otro local en este mismo barrio en el que el cliente pagaba por oler la ropa de menores de 18 y recibir una bofetada de ellas, eso sí, por un precio extra. Ejemplos como estos aparecen continuamente, y la mente del empresario que trabaja en el mercado de la carne es una máquina de ideas extravagantes.

Pero también hay espacio para la gente que hace la calle y los proxenetas que se enriquecen con ello. En las zonas más oscuras, delante del barrio coreano y en la ruta hacia el sitio en el que viví hasta 2013, estaban siempre esperando en la sombra unas señoritas de más 30 y menos de 40, inequívocamente filipinas, que me saludaban al pasar. Un pequeño gesto que no es de cortesía y que hay que ignorar por completo, ya que al devolver el saludo comienza la persecución, y uno se verá obligado a declinar una y otra vez el “masaje saludable” que estas señoritas ofrecen al transeunte, a veces de forma desesperada.

Reclutadores con pelazo

El mercado de la carne de Kabukichō no es sólo para el público masculino, sino también para el femenino. Los clubs de ikemen (buenorros) son también parte de este barrio, y tienen su clientela, aunque en muchos casos no se trate de prostitución sino de compañía de bar. Los encargados de reclutar a jóvenes suelen pasearse por el lugar con su peculiar estilo que parece salido de un manga. Seres hasta cierto punto andróginos con pelazo, o con un punto rudo o yanki  que esperan a cualquier hora del día por el lugar. Una mañana me crucé con un grupo que intentó reclutarme, porque también buscan a extranjeros, y trataron de poner delante de mi la zanahoria del dinero fácil. No hace falta decir que es la forma más rápida de conseguir que te den una patada y te expulsen del país, especialmente si eres estudiante.

Puede que las turistas estén interesadas en acudir alguna vez a uno de estos locales como diversión. No voy a desanimar a nadie si tiene la intención de hacerlo, ya que en muchos de estos sitios no hay más que unos cuantos chavales trajeados, maquillados y perfumados, una versión masculina de las hostess. Pero sugiero volver a leer el punto referente al bottakuri.

No todo Kabukichō es el Robot Restaurant

Desde 2012 ha tenido cierto éxito el Robot Restaurant, un establecimiento que empezó con un espectáculo erótico-rancio-festivo de robots, y que luego se ha reforzado con dinosaurios y otros elementos que lo han convertido en una de las diversiones kitsch para los turistas. Siendo, como es, la entrada algo cara y la comida bastante horrible, lo que de verdad interesa del lugar es ver el ruidoso show que difícilmente se borrará del cerebro del espectador. Pero este local es una excepción en medio de unas calles que acogen una realidad que no podemos ignorar. Y me estoy refiriendo al tráfico humano y la corrupción de menores.

En Kabukichō también hay mujeres de distintas nacionalidades, especialmente china, coreana y filipina, que trabajan atrapadas por las mafias que controlan este tipo de negocios. Muchas menores también son convencidas a través de la promesa del dinero fácil y de los regalos caros para trabajar en el negocio de la prostitución, sea cual sea su forma. Algunas series y programas de televisión tratan de envolver en un aura de encanto a este tipo de negocios, eliminando del discurso la parte turbia de muchos de los establecimientos que existen en el lugar y las circunstancias vitales y laborales de las personas que han terminado trabajando allí.

Para el visitante extranjero también se ha convertido en el lugar en el que caminar entre risas y a veces algo de sonrojo. Parece además que, aunque socialmente aceptado, de cara a la galería existe una especie de censura moral sobre las personas que en algún momento de su vida han hecho dinero trabajando en Kabukichō, y en particular para las mujeres que han sido hostess. Es un ejemplo más de las luces y sombras tan radicales que la sociedad tokiota muestra en su fotografía de grupo, y que este Valhalla del desenfreno deja al descubierto como una amalgama de esos bajos instintos que son inseparables de la naturaleza humana y trascienden fronteras.

Kabukichō, la luz y la carne

Terrorismo en Japón: los ataques con gas sarín de 1995

Cuando cualquier visitante acude a Japón, una de las cosas que  más le sorprende es la ausencia de papeleras en la calle. Si preguntamos sobre la razón de esto, probablemente la respuesta que obtengamos es que se han suprimido muchas papeleras para evitar ataques terroristas. Pero, siguiendo la historia reciente de Japón, podemos comprobar que no han existido casos de terrorismo internacional que puedan enlazar con los atentados de Londres, Madrid o Nueva York. Realmente, la amenaza terrorista en Japón ha surgido normalmente desde dentro, con casos como el del Rengōsekigun 連合赤軍, la Unión del Ejército Rojo de ideales comunistas; el grupo de ultraderecha Seikijuku 正氣塾, que desde 1981 ha protagonizado numerosos actos violentos; y el más importante de todos, del cual vamos a hablar en esta ocasión: el de la secta anteriormente conocida como Aum Shinrikyō オウム真理教.

El lunes 20 de marzo de 1995 la secta de la Verdad Suprema (Aum Shinrikyo), atentó en varias estaciones del metro de Tokio, en los recorridos de las líneas Chiyoda, Marunouchi y Hibiya. Estas líneas atraviesan todo el centro de la capital y conectan con el barrio en el que se concentra el poder estatal, Kasumigaseki.

Por aquel entonces era corresponsal del diario El País Ramón Mantecón, quien describió cómo sucedieron los hechos. A las 7.59 de la mañana, entonces hora de grandes desplazamientos y aglomeraciones, Ikuo Hayashi, Ken’ichi Hirose, Tōru Toyoda, Masato Yokoyama y Yasuo Hayashi  se deslizaron en los vagones del metro de Tokio ataviados con mascarilla. Algo habitual en Japón, y que no levanta sospechas entre los pasajeros. Sí parecía extraño, no obstante, los guantes de plástico que cubrían los brazos de estas personas, la bolsa de plástico envuelta en papel de periódico y el paraguas, algo nada habitual en la mañana víspera del solsticio de primavera.

En pocos minutos esos hombres agujerearon las bolsas, y un líquido comenzó a deslizarse por el suelo del vagón de metro. A los 15 minutos el líquido, que se evapora y se mezcla con el aire,  comienza a afectar a los pasajeros. Vómitos, asfixia, ceguera… Es el efecto del gas sarín con el que los miembros de la Verdad Suprema cometen el atentado. Un gas 20 veces más mortal que el cianuro de potasio. El jefe de la estación de Kasumigaseki recoge uno de los paquetes de un vagón de metro con sus manos desnudas, y cae desplomado casi al instante. El gas sarín penetra en el cuerpo a través de la piel y los pulmones, rompiendo las defensas del organismo y provocando una crisis nerviosa.

En total, seis personas murieron en menos de 20 minutos en el metro de Tokio, y otras tantas en los hospitales, dejando 13 fallecidos en total. Más de 5.400 personas fueron intoxicadas.

Aunque todo apuntaba a la secta religiosa de Shōkō Asahara, en un principio negaron los atentados. No obstante, varios meses antes se había oído a este líder hablar del gas sarín en varios de sus sermones. Además, se habían encontrado varios compuestos necesarios para la elaboración de este gas en las instalaciones que la secta poseía en Kamikuishiki. Aunque oficialmente no se había reconocido que Asahara estaba siendo investigado y que se sospechaba de él, la prensa sensacionalista sí había dado cuenta de ello, debido a la presunta implicación que éste había tenido en otros incidentes. Este atentado no fue el primero, en 1994 la policía japonesa dejó sin resolver la muerte de siete personas en la ciudad de Matsumoto, en la provincia de Nagano, tras un ataque con el mismo gas.

Este hecho puso de manifiesto la debilidad de la sociedad democrática y de las grandes ciudades ante el ataque de sectas religiosas fundamentalistas o de grupos terroristas. Los atentados tuvieron una repercusión mundial. También Nueva York y Washington aumentó la vigilancia en los subterráneos.

La CIA ya había experimentado la debilidad del metro de Nueva York en los años cincuenta, introduciendo un colorante no tóxico que fácilmente se propagó por los sistemas de ventilación. Este experimento fue la inspiración de una novela de Gordon Thomas escrita en 1990, Perfume Mortal. El desarrollo de esta novela tenía similitudes con los atentados de Tokio. Igualmente, estos ataques inspiraron la novela Salto Mortal (Chūgaeri), del premio Nobel japonés Kenzaburo Oe; y el libro Underground de Haruki Murakami, en el que se discute la repercusión de estos ataques en la psique japonesa.

La secta de Asahara reunía a 10.000 fieles en Japón, 20.000 en Rusia y otros tantos en Nueva York, Bonn, y en Sri Lanka. Su nombre, Aum Shinrikyō, deriva del término hindú Om, que representa el universo, y de la expresión que se escribe con los caracteres Shin (verdad), Ri (razón, justicia), y Kyo (fe, doctrina).  Esta secta toma influencias del hinduismo y del budismo por la rama Theravada, Mahayana y Vajrayana. Nació a partir de la celebración de varios seminarios sobre Yoga que eran el pretexto para hablar sobre la espiritualidad, unos seminarios que hoy también están siendo la puerta de entrada a las sectas hermanas de la Verdad Suprema. En 1987 el grupo de Asahara obtuvo el estatus oficial de religión de manos del gobierno japonés. A partir de entonces fue creciendo el número de fieles, en su mayoría estudiantes, que eran captados a la salida de las estaciones de metro mediante preguntas trascendentales sobre el ser humano.

Shōkō Asahara, cuyo verdadero nombre era Chizuo Matsumoto, se convirtió en líder de esta secta en 1986, tras unos ejercicios espirituales en el Himalaya. Asahara predicaba que el fin del mundo tendría lugar en 1997, tras una última guerra mundial. En la personalidad y la historia de Asahara hay muchos puntos aún por discutir. Antes de cometer los actos por los que finalmente fue condenado, aseguraba que había mantenido contacto directo con el Dalai Lama, hecho que ayudó a su secta a ser reconocida como religión en Japón. En el juicio contra él fue acusado de 27 asesinatos, y encontrado culpable de 13 de los 17 cargos a los que se enfrentaba, entre ellos de otros casos como el ‘incidente Matsumoto’ y el asesinato de la familia Sakamoto.

No obstante, su juicio no estuvo falto de puntos oscuros. El proceso, que fue titulado por los medios sensacionalistas japoneses como “El juicio del siglo”, fue criticado por la organización Human Rights Watch porque el abogado más preparado para la defensa de Asahara, Yoshihiro Yasuda, fue arrestado y acusado de obstruir y retrasar el juicio para así evitar que el líder de la secta fuese condenado a la máxima pena posible, por lo que se le impidió participar en la defensa.

Finalmente, el 27 de febrero de 2004 Asahara fue condenado a morir en la horca. Hoy, 20 años después del atentado, el anterior gurú del la Verdad Suprema aún no ha sido ejecutado. Aunque en 2006 se trató de recurrir la sentencia apelando a una supuesta enfermedad mental, la corte japonesa se mostró inamovible en su decisión. En cuanto a la secta, después de los atentados abandonó Japón para instalarse en Rusia, cambiando su nombre por el de Aleph, la primera letra el alfabeto hebreo. Hoy existen en Japón dos sextas hermanas de la Verdad Suprema que vuelven a estar bajo la vigilancia estricta de las autoridades, o al menos eso es lo que se dice.

El 20 de marzo de 2015 es el 20 aniversario de este acto deleznable. Sin embargo, en Kasumigaseki todo parece tranquilo. Los medios recuerdan los horrores y peligros de este tipo de sectas que, lejos de haber caído en el olvido, hoy vuelven a introducir sus raíces en una sociedad a la deriva.

Encontramos en Youtube un interesante reportaje sobre esta secta (inglés):

Terrorismo en Japón: los ataques con gas sarín de 1995

La televisión japonesa, sus programas de variedades y yo

Tras mi regreso a España en 2009 después de pasar nueve meses en Japón con una beca me dediqué a ver programas de la televisión japonesa, especialmente de humor e informativos, para que mi oído no perdiera la costumbre con el idioma. El resultado fue excelente, y no solo resultó ser una ayuda para seguir manteniendo el nivel de comprensión auditiva que había adquirido, sino una de las mejores herramientas para sumergirme en las profundidades del idioma, en la forma en la que la gente habla y en las expresiones reales de la calle.

En los años que estuve en España antes de volver a Japón en 2012, la imagen que tenía de la televisión japonesa no era del todo mala: divertida, educativa, informativa, extravagante, y de una calidad técnica insuperable. Bendita ignorancia.

En el verano de 2012, poco después de llegar a Japón, empecé a trabajar en una empresa de “investigación para medios”. A decir verdad, al principio me pareció interesante el nuevo reto. Trabajar para la televisión japonesa, en algo relacionado con los medios de comunicación, era lo mejor que podía hacer teniendo en cuenta que entonces las alternativas se concentraban en el sector de la hostelería.

Recuerdo mi primer día de trabajo. Llegué trajeado a la oficina esperando un poco de formación o algunas pautas. Nada de eso ocurrió. Me sentaron en un pequeño escritorio en una oficina gris, con mesas grises y paredes grises, y allí empecé a buscar contenidos para un programa desconocido y a traducir del inglés al japonés como buenamente podía, tratando a duras penas de encadenar oraciones en japonés, y lo que es más importante, lograr que fueran comprensibles, sobre los pantanos de Iraq, el deshielo y los osos polares o el lago Victoria entre otras cuestiones globales. Poco a poco fui descubriendo que todos esos datos formaban parte de una oferta de contenidos para un programa de televisión de una de las grandes cadenas nacionales. Contenidos que se emitirían un año después si nuestra oferta convencía a los productores de dicho espacio.

Esta forma de trabajar me parecía extraña. Corríjanme ustedes, pero normalmente en España son las mismas productoras las que tienen a redactores para esas labores, y no es ninguna empresa externa la que se encarga de buscar, simplemente buscar, posibles contenidos (neta es la palabra que se utiliza en japonés) o datos. Dudas aparte, mientras mi trabajo consistiese en buscar datos interesantes y traducir al japonés, no solo sería una labor entretenida, sino también un método de estudio de lo más interesante.

Mi ilusión apenas duró un par de semanas, y mentiría si no dijera que pensé en poco tiempo que me había equivocado al elegir ese trabajo (mis dudas se despejarían al recibir la primera nómina, mi error había sido superlativo). De un programa interesante pasamos a contenidos más frívolos, a buscar basura sensacionalista para alimentar la cloaca de la industria del entretenimiento en Japón.

Del desierto del Gobi y la contaminación de los acuíferos de la India pasamos a la parada de los monstruos, historias de vida y milagros, supersticiones y numerosas quimeras. No pasó mucho tiempo antes de que me encargaran buscar los contenidos más absurdos e imposibles, siempre bajo las palabras mágicas que hacen oro en la televisión japonesa: kandō (emoción), naku (llorar), namida (lágrima), sexy, kiseki (milagro) y kawaii (mono). Estas palabras se repiten como un sutra en los numerosos Baraeti bangumi (programas de variedades) que hay en la parrilla televisiva en Japón, donde hacen su ronda famosos y humoristas sentados en taburetes en platós rococó kawaii. La idea es sencilla: despertar sentimientos en el espectador de la manera más efectiva e incluso burda, siendo el objetivo último la lágrima.

Y eso los productores de televisión en Japón se han acostumbrado a hacerlo a toda costa. Los contenidos de estos programas, y su excelente ejecución técnica, funcionan como una bola de demolición que golpea sin contemplaciones el humor de los telespectadores para hacerles llorar o provocarles una sorpresa libre de escepticismo. Una fórmula que funciona tan bien que hoy numerosas series, películas y por supuesto programas de variedades se anuncian con las palabras kandō, namida o naku, prometiendo al espectador esas emociones precocinadas con primerísimos primeros planos de una lágrima deslizándose camino abajo por la mejilla desde el párpado de alguna chica mona.

Con el tiempo he observado que lo que en principio debió surgir como un reclamo, hoy se ha convertido en todo un ejemplo del condicionamiento pavloviano. Hoy hacer llorar al espectador japonés es relativamente sencillo, y me atrevería a decir que es ridículamente fácil hacer llorar a las mujeres japonesas (y a muchos hombres también) que más se exponen a este tipo de programas, como por otra parte han demostrado a veces algunos programa de televisión que realizan encuestas a pie de calle.

Este interés por la lágrima ha invadido también al periodismo, hasta tal punto que la búsqueda del los ojos lagrimosos de un personaje público son una constante en las ruedas de prensa y entrevistas en las que se trata un tema delicado, con infames ejemplos en prensa como el de la portada del Nikkan en la que la mayor parte de la página está ocupada por el rostro de la científica Obokata Haruko con los ojos inundados y vidriosos.

IMG_1018
La infame portada.

El problema viene cuando hay una excesiva demanda de este tipo de contenidos. La voracidad de los productores de programas de variedades hace que las peticiones sean cada vez más específicas: historias de niños enfermos terminales salvados milagrosamente por sus mascotas, historias de peticiones de matrimonio sorprendentes y poco convencionales que terminasen en fracaso, historias reales (así se me pidió, literalmente) de fenómenos paranormales sin explicación, historias de personas con una vida trágica y al borde de la muerte que lograron convertirse en deportistas de élite y ser reconocidos mundialmente, etc.

Todas estas peticiones son reales. Para esta tarea los tabloides británicos eran una auténtica cornucopia en algunos casos, aunque en otros encontrar este tipo de historias (no una, sino varias)  era un asunto objetivamente imposible desde el principio. Unos contenidos, además, que los “talentos” de la televisión presentan como conocimientos o búsquedas originales, pero que no son más que el trabajo de numerosas empresas como aquella en la que me tocó trabajar durante nueve meses, que compiten entre sí para ganarse el favor de los productores con sus habilidades para encontrar historias curiosas en Internet y tomarlas prestadas.

Este y otro tipo de tareas me descubrieron el verdadero alimento de la industria del entretenimiento y el auténtico rostro de la televisión japonesa, que dejó de ser interesante para mi cuando ya no pude más que verla de manera desapasionada, como quien descubre el truco del prestidigitador. Los programas de variedades, algunos de ellos alimentados por el fenómeno “idol” del que debo escribir otro día, se han revelado ante mi como un instrumento agresivo para la manipulación de los sentimientos. Unas lágrimas y emociones fingidas que sin embargo tienen una influencia muy importante en la forma en la que los japoneses afrontan la vida como sociedad y de manera individual.

Aunque no todo es malo en la televisión japonesa. Este no ha sido más que un intento por presentarles algo de lo que hay detrás de los programas de variedades. A decir verdad, lo habitual es encontrarse con programas de famosos comiendo y asegurando que todo está delicioso mientras una cámara hace zoom sobre un humeante trozo de comida.

Ya tendré tiempo de contarles próximamente otros aspectos de la televisión japonesa. Me quedo mientras tanto con la calidad de algunos programas infantiles, la posibilidad de aprender idiomas en la NHK, los cursos de go y shōgi, los debates políticos y de actualidad, y cómo no, los humoristas que me ayudaron con sus ocurrentes comentarios a mejorar mi conocimiento del japonés.

Televisores tirados en un lugar de Shinjuku.
Televisores tirados en un lugar de Shinjuku.
La televisión japonesa, sus programas de variedades y yo

Una mañana cualquiera en mi punto del paralelo 40

Una mañana en mi espacio del paralelo 40 empieza normalmente a las 6:00 en mi pequeño apartamento, al encenderse el televisor y clavar en mis oídos la sintonía del informativo de la NHK que comienza. En esta ocasión abre repitiendo lo mismo que anoche conocíamos del periodista japonés secuestrado por ISIS, Kenji Goto, cuyo destino se anuncia hoy. Mi cuerpo no está del todo dispuesto a despertar del último sueño, pero mientras cambio de postura e intento calcular el tiempo para poner los pies en el suelo, relajado y reacio, la información se va filtrando en mi cabeza. Todo se mezcla con el tornado de Syriza y la ultraderecha, los nudos que hasta ahora atan a Podemos a su homólogo griego, el accidente de un avión militar en Albacete y lo que calculo que el día dará de sí.

Luego hago todo lo que uno debe hacer hasta que se pone los zapatos, con la sensación de haber escuchado las mismas noticias de ayer, a excepción de los consejos y promociones para amas de casa que preceden a la información meteorológica, lo más importante, y a la sintonía del drama matinal que me advierte con absoluta puntualidad que ha llegado la hora de tomar el metro.

La imagen de una metrópolis no es un horizonte en el que se recortan altos edificios, sino un pasillo lleno de hombres y mujeres trajeados con la mirada fija en la pantalla de un smartphone, arrastrados como en un encierro de tren en tren, de estación en estación, caminando, como caminan en Tokio, marcando el sonido de la letanía de los zapatos en hora punta. Quien no sepa de lo que hablo debe ir a la estación de Shinagawa un día laborable cualquiera a las 9:00 AM.

Luego llega la lucha por el espacio en el metro, que uno soporta, como todos, en silencio y apretando el maletín contra el cuerpo, observando con ira interior, cosa que ya es costumbre, como algún japonés obliga a abrir las puertas del vagón una y otra vez en su intento de conquistar un espacio inexistente, algunos con cara de terror ante el segundo de incertidumbre que acompaña al sonido de las puertas al cerrarse.

Entonces me acuerdo de España, donde existe una mayoría ajena a este espectáculo. Y en el absoluto silencio del viaje recuerdo las charlas en el autobús y el metro en Madrid, Huelva o Sevilla, donde no hay silencio porque se habla, y se habla de casi todo. Hoy, imagino, de Gareth Bale y Cristiano Ronaldo, Pablo Iglesias y Rajoy, Belén Esteban y Kiko Rivera.

Aquí no hay nada de eso. No hay una charla cercana, entre amigos o compañeros, sobre lo que sucede en España o lo que está por venir. No hay nadie pontificando sobre los peligros de votar o no votar a tal o cual partido. A nadie le importa. Y cuando me bajo en mi estación, Kasumigaseki, pienso en las andaluzas (las elecciones), y en que estoy solo ante la actualidad de mi propio país, lejos, y que nada de lo que sucede en Japón es comparable a lo que está viviendo Europa.

Entonces es cuando vuelven las ganas de escribir. Vida en Marte se convierte en Cartas desde el paralelo 40, y la madrugada en la radio española me acompaña durante el comienzo de otro día de trabajo. Siempre hay algo interesante que traducir, revisar y editar. Es privilegiada, esta vida que llevo.

Panel en el Hotel Okura de Tokio.
Panel en el Hotel Okura de Tokio.
Una mañana cualquiera en mi punto del paralelo 40

En torno a la historia de la protesta laboral en Japón y el futuro de España

Recientemente, en España, el FMI ha vuelto a pedir que se rebajen los salarios y se abarate el despido. La CEOE, por su parte, ha lanzado al viento a través de uno de sus rottweilers la sugerencia de limitar los días de permiso por fallecimiento de un familiar a menos de cuatro días. En general, la línea que persiguen estos mensajes fragmentarios y esporádicos es la misma: la imposición de la inseguridad y el miedo entre los trabajadores para obtener su sumisión, para que así el empresario no tenga que hacer frente a protestas en el futuro. La estrategia es tan sencilla como multiplicar cada cierto tiempo los mensajes, hasta que llegue un momento en el que el ciudadano medio no sepa exactamente dónde están las líneas rojas, qué se ha legislado, qué es motivo de despido y qué no, y a qué tiene derecho. Todo por el bien de la economía, sin explicar exactamente cómo ayuda eso a la economía.

Pienso esto porque suelo leer la historia de otros países, y porque estoy convencido de aquello de “las barbas de tu vecino”. No son pocas las referencias a la crisis financiera del Japón de los años 90 cuando se habla de la actual crisis económica en Europa. A pesar de haber profundas diferencias entre ambas, tanto estructurales como culturales, pienso que hay ciertos aspectos que sí son extrapolables. Entre otros, cómo se prepara el terreno para mitigar esas “molestas” protestas laborales.

Esta semana me he topado en The Japan Times con un artículo de Hifumi Okuniki, profesora de derecho laboral y constitucional de la Universidad de Daito Bunka, en el que describe de una forma muy interesante cómo poco a poco los trabajadores japoneses fueron “privados” incluso del derecho legal a protestar mediante la colocación de un simple brazalete con lema en sus mangas. A pesar de que recomiendo a todos los interesados leer los artículos de la profesora Okunuki, quiero analizar este escrito en concreto.

De manera resumida, el artículo comenta que en 1967, en el caso de la Oficina de Correos del distrito de Nada, en el que los trabajadores vistieron brazaletes pidiendo aumentos salariales, la justicia falló a favor de los empleados al asegurar que ese tipo de protesta no interfería con el cumplimiento de las tareas en el centro de trabajo. En cambio, en 1973, las cosas fueron distintas para los trabajadores agrupados en el sindicato ferroviario Kokuro, en el caso de las protestas de la sección Seikan que cubría las rutas de Aomori y Hakodate. Las justicia de Sapporo concluyó que los trabajadores “deben concentrar toda su energía física y mental en la consecución de sus obligaciones laborales, y que por tanto no se puede permitir ninguna acción física o mental fuera de esas labores”. Se establecía en ese momento el “principio de devoción al trabajo”, en japonés Shokumu sennen gimu.

Según este principio, cualquier acción asociativa o lema sindical distrae de esa obligación con la empresa, algo inaceptable. Esto ocurrió en una empresa pública, pero poco después se trasladó al sector privado con el caso del Hotel Okura en 1982, donde a pesar de que en un primer momento la justicia dio la razón a los trabajadores, el máximo órgano judicial de Japón sentenció posteriormente en contra de ellos, y añadió que los brazaletes eran una señal de desobediencia a la dirección del hotel y una falta de respeto hacia los clientes.

Aunque no hubo unanimidad en la jurisprudencia sobre esta sentencia, el caso quedó grabado a fuego en la mente de la clase obrera japonesa. Por ello, tal como afirma Okunuki en su artículo, hoy día apenas se ven protestas laborales en Japón y muchos trabajadores evitan utilizar el famoso brazalete. Cabe recordar que no es porque esté prohibido, al contrario. El artículo 28 de la Constitución de Japón ampara las protestas al afirmar que “se garantiza el derecho de los trabajadores a asociarse y a negociar y actuar de manera colectiva”. Es decir, la sentencia del caso Kokuro Seikan y el principio de devoción al trabajo van en contra de la misma constitución y del propio Acta de Asociación Sindical de 1949.

Por otra parte, buscando en el archivo de Nippon.com sobre este tema, descubro este artículo del experto en derecho laboral Minagawa Hiroyuki sobre el declive en el número de huelgas en Japón en las últimas décadas. Según Minagawa la estrategia del shuntō, u “ofensiva de primavera”, por la que las negociaciones salariales se ven limitadas a un corto espacio de tiempo entre el fin del antiguo año fiscal y el comienzo del nuevo, ha evitado que se produzcan desacuerdos entre patronal y sindicatos al tener ambas partes que ceder terreno debido, precisamente, a la falta de tiempo. Otra razón que cita es el sistema de rōshi kyōgi (consultas entre patronal y empleados), por el que el sindicato de empresa y la dirección comparten información continuamente para la obtención de acuerdos con mayor facilidad y flexibilidad.

En este punto, hay que añadir que en Japón son mayoría los sindicatos de empresa, o lo que en España se tildaría de “sindicatos amarillos”, y que el sindicalismo de clase o regional apenas tiene fuerza y es por tanto prácticamente imposible organizar una gran movilización laboral de carácter general. En definitiva, la solidaridad entre trabajadores se limita al ámbito de la propia empresa, y la segmentación de la clase obrera (si es posible reconocerla como “clase” en Japón) es absoluta. Y aquí entra un cuarto punto que es de vital importancia, y es que desde 1946, con la ocupación americana, los movimientos asociativos y las huelgas de funcionarios públicos están prohibidas. Los funcionarios quedaron excluidos del derecho a la asociación colectiva. Por consiguiente, un elemento aglutinador y una masa crítica como es el funcionariado quedó desmovilizado por ley.

Minagawa concluye que esto explica por qué en Japón no se han producido grandes manifestaciones tras la quiebra de Lehman Brothers y el inicio de la aguda crisis financiera mundial. Y en realidad, opino que este conjunto de hechos han convertido a una sociedad japonesa animada a la protesta en los años 50 y 60 del siglo XX, en una sociedad encerrada en el círculo vicioso de la obediencia ciega y el desinterés por la política en este siglo, en comparación con otras naciones del mundo.

Y todo esto se ha conseguido a partir de la primera crisis del petróleo, en los años 70, que también afectó a Japón. Se ha logrado golpe a golpe mentando al dios de la productividad, con la ayuda del poder legislativo a veces, pero sobre todo gracias al fracaso de protestas legítimas mediante la intervención del estado, contraviniendo lo recogido en la constitución. Y a pesar de todo, Japón ha mantenido unas condiciones laborales y salariales aceptables y dignas en muchos casos, aunque eso no quiere decir que la situación no esté empeorando en la actualidad con el pretexto de la nueva y a la vez antigua crisis. Obviamente, la asignatura pendiente de Japón ha sido y será la conciliación de la vida familiar y laboral.

Y esto me lleva a España, donde empecé. Opino que este mismo mensaje por el que se criminalizan los derechos laborales está siendo utilizado frecuentemente como estrategia para llevar a la población a ese estado en el que uno no sabe exactamente dónde empiezan y dónde acaban sus derechos laborales. Un estado en el que un falso principio de devoción por el trabajo, que será obtenido a través de la inseguridad y del miedo y quién sabe si en connivencia con el estado, se convertirá en la mejor fórmula para asegurar una alta productividad a cualquier precio. Porque cualquier herejía ante el dios de la productividad se castigaría con el despido.

Esto que no me preocupa tanto en Japón, ya que al ser una cultura distinta existen otro tipo de lazos de solidaridad, me quita el sueño cuando pienso en mi país, donde una hegemonía de los sindicatos de empresa sería igual a la ruptura de los movimientos asociativos de trabajadores que trasciendan el ámbito del centro de trabajo, y donde una niponización de las relaciones laborales conduciría poco a poco, con el fin de esta crisis (porque habrá otras), a la segmentación de la clase trabajadora y a la ruptura de los vínculos de solidaridad social.

Y, sinceramente, no creo que España vaya a alcanzar unos índices de renta media y poder adquisitivo ni siquiera semejantes a los del Japón post-burbuja. Si acaso, la clase media, amplia en este país, quedará cada vez más reducida y desdibujada.

Esta es mi opinión, por supuesto. Pero nunca viene mal pensar en la historia de otros países para reflexionar sobre el futuro de nuestra propia y herida nación.

Artículo en Nippon.com: ¿Por qué ya casi no hay huelgas en Japón?

Artículo en The Japan Times: Why workers can no longer wear their demands on their sleeves

Acta de Asociación Sindical de Japón: Labor Union Act (PDF)

En torno a la historia de la protesta laboral en Japón y el futuro de España