Una gramática de Tokio

El siguiente artículo tiene más de ejercicio literario que de apunte científico. De hecho, cualquier parecido con la ciencia es una mera plataforma para pensar sobre la ciudad japonesa.

Una gramática de Tokio

El lenguaje es uno de los más grandes y misteriosos avances de la cultura humana. No sabemos a ciencia cierta cuándo ni en qué condiciones surgió para continuar desarrollándose hasta llegar a su forma contemporánea, la cual tampoco dudamos que continúa evolucionando. Desde un punto de vista cultural, existe la problemática de determinar en qué momento los antecesores del homo sapiens sapiens pudieron vocalizar la primera palabra, o construir la primera oración. Desde el punto de vista científico, o más concretamente, genético, sí se ha teorizado sobre el gen responsable del desarrollo de nuestro lenguaje, y por lo tanto de un modo “gramatical” de pensar.

La ciencia nos dice, a día de hoy, que el gen FOXP2 humano es el responsable del desarrollo de la coherencia gramatical, es decir, que entre muchas otras posibles funciones, nos ayuda a distinguir tiempo, modo, número y persona. En definitiva, nos ayuda a comprender una realidad encajándola en un sistema. A sistematizar (ordenar en un sistema) la realidad que se percibe a través de los sentidos, y, cómo no, a comprender y a comunicar. Es el gen que nos permite controlar y manipular (en el buen sentido y en el malo) la información.

Es inevitable recordar, desde el punto de vista del estudio urbanístico de Tokio, el libro que Roland Barthes, el semiólogo francés, dedica a esta ciudad. En El imperio de los signos, Barthes se asoma a la ciudad japonesa desde su escritura, fascinado por los trazos que componen los caracteres de un lenguaje que desconoce. Su manifiesto desconocimiento de la lengua, explica, no supone para él un obstáculo, muy al contrario le conduce a un oasis de protección frente a los dictados de su lengua materna. De este modo, el semiólogo parece advertir que la ciudad japonesa, como su lengua, escapa al modelo racional occidental, que reconoce como un sistema más y no por ello mayor ni mejor, y que condiciona la estructura concéntrica de la ciudad americana y europea.

Tokio, destaca Barthes, es una gran metrópolis cuyo centro está vacío y desvía las aglomeraciones. La ciudad, se sorprende, no sigue un orden nominativo, y contrariamente a lo que se podría pensar como lógico, los japoneses construyen la imagen de su ciudad en base a sensaciones y señales, siendo necesario dibujar secciones de la misma para explicar una dirección. En el imperio del trazo esta es la lógica.  La ciudad es un texto, o un conjunto de textos.

Esta visión semiótica de Tokio choca, no obstante, con la idea de una metrópolis (o megalópolis en proceso) con un centro que es plural y no geométrico. Así pues tenemos un centro político, Kasumigaseki; un centro económico, Marunouchi (que por cierto, pertenece en casi su totalidad al imperio de Mitsubishi); y un centro comercial, Ginza. Tokio es un gran sistema que, como el idioma japonés, nos puede parecer lógico si lo desconocemos, caótico si no llegamos a comprender sus fundamentos, y complejo si aceptamos la imponente dificultad de llegar a dominarlo.

Es extraño llegar a conocer a un japonés que haya alcanzado el dominio completo de su lengua. Entiéndase esto como el conocimiento de todos los signos que la componen, de todos los kanji. Conocerlos no es una meta imposible, aunque sí bastante improbable. Asimismo el conocimiento de la ciudad japonesa requiere la experiencia diaria, y aún así llegar a conocer su forma se nos antoja una quimera.


El arquitecto japonés Itō Toyoo destacaba, a su llegada al aeropuerto de Narita, que a medida que se introducía en la ciudad por una de sus arterias era incapaz de distinguir o imaginar forma alguna.

En medio de la sucesión de paisajes anodinos, uno se encuentra dentro de la ciudad de Tokio, sin haber experimentado ninguna impresión o estímulo. Es decir, uno se encuentra envuelto por el macrocuerpo, la metrópoli, sin haber percibido claramente su fisonomía ni tampoco haber tenido una impresión intuitiva. […] Creo que los extranjeros que visitan Tokio por primera vez comparten esta sensación incierta de estar inmersos en un pantano sin fondo. Una ciudad sin contornos, en donde penetra uno sin darse cuenta, como en un laberinto.

No es el único que reconoce Tokio como un elemento vivo e infinitamente complejo, como la lengua japonesa. Yoshinobu Ashihara habló del orden oculto de la metrópolis, una ciudad que era “como una ameba”, o que reflejaba un “orden fractal”.

Las ciudades que, como Tokio, parecen desordenadas, tienen relación con la convergencia de elementos heterogéneos y generados espontáneamente. No están ideadas desde un comienzo para ser tal como son, sino que, más bien se desarrollan por el azar. Esta aleatoriedad es la raíz de la identidad de Tokio […] aquí está la “belleza del caos”, una corriente estética de relevancia para el siglo XXI.

Asimismo, Ichikawa Hirō observó que Tokio es una ciudad “flexible”. En 2008 la NHK ofrecía a los japoneses una serie documental donde se estudiaba la capital nipona dentro de un conjunto de “ciudades en ebullición”, y hablaba de Tokyo Monster. Un monstruo que, por cierto, desde hace décadas se enfrenta a constantes proyectos de revitalización y amenazas a su poderosa hegemonía.

¿Es posible conocer algo que siempre cambia? Posiblemente esta tarea sea difícil, pero sí podemos hacer un esfuerzo por comprender el sistema, o si queremos la gramática, que fundamenta ese algo.

El gen FOXP2 puede no sólo ser el responsable del lenguaje en sí, sino del mecanismo que ha favorecido el sistema que subyace al mismo. Del mismo modo, la ciudad, como sistema, como conjunto de signos y manifestación coherente de un conjunto de formas de habitar, es el producto del modo de pensar que este gen ha otorgado al ser humano. Parece razonable pensar que así como el lenguaje no ha podido existir sin comunidad, y que la comunidad ha debido ser el cobijo del lenguaje, los asentamientos humanos han sido producto del pensamiento gramatical de esta misma comunidad. O si lo preferimos, un sistema de habitar precedido por un sistema de comunicar.

Una gramática de Tokio

Kabukichō, la luz y la carne

Si entras aquí, abandona toda esperanza.

Desde que regresé a Japón en 2012 mi vida ha girado bastante en torno al infame barrio de Kabukichō, lugar de ocio adulto, de zonas grises, de locales de dudoso gusto, chavales con pintas y muchachas casquivanas, melopeas incipientes y consumadas, y sus consecuentes mañanas de remordimientos.

Desde octubre de 2012 viví durante una temporada en una casa compartida en Kita-Shinjuku, y acudía cada mañana caminando a la escuela en la que entonces estudiaba, cruzando este barrio bien temprano. El olor de la basura de la noche y el cuadro que ofrecían algunos trasnochadores trajeados me hablaban bastante del tipo de lugar que estaba cruzando. Alguna noche volvía pasando por el mismo barrio, observando una imagen muy distinta, más colorida y animada, llena de cantos de sirena. No es algo que hiciese frecuentemente, porque pasear o simplemente cruzar por allí es hasta cierto punto irritante si uno va sin un objetivo concreto, y peligroso si uno es de moral relajada y cartera famélica.

Cuando cambié de trabajo y de hogar pude al fin comenzar a hacer algo de ejercicio, y la casualidad quiso que encontrase un gimnasio en, efectivamente, Kabukichō, por lo que semanalmente vuelvo al lugar una y otra vez. Es hoy una especie de inmundicia, con respeto, a la que le tengo cierto cariño. Algunos tokiotas nacidos en la década de 1960 todavía conocieron el lugar cuando era relativamente decente, y no el planeta sórdido, extraño y pintoresco que es hoy, un barrio al que Pasolini le habría puesto un monumento y Bigas Luna le habría compuesto un pasodoble.

Había pensado compartir unas pequeñas escenas pintorescas que suelo encontrarme en el lugar, así que aquí van.

Anuncios de luz ambulantes

Cualquiera que haya ido a Shinjuku habrá visto estos camiones con anuncios luminosos en los que un par de señoritas, teléfono en mano, sonríen y muestran el símbolo del yen en sus pupilas. Como estos hay otros que anuncian locales de hostess o bares. En Kabukichō y otras zonas de este estilo hay locales en cuya entrada destaca una cortinilla que prohíbe el acceso a menores de 18 años y un cartel que reza “guía gratuita”. En ellos las personas que buscan algo en el mercado de la carne, y no me refiero al buey de Kobe, pueden encontrar una lista de locales y el número de contacto de señoritas que, habiendo llegado a un acuerdo con, cómo no, uno de estos proxenetas o alguna mama-san (señoras que llevan algunos bares), se han introducido en este negocio. Los grandes camiones que tienen el dibujo de las muchachas con el símbolo del yen en su pupila sirven a este propósito. Anuncian una vía de entrada a la fábrica de dinero de Kabukichō.

Los amos del bottakuri

Pasada la época de la estafa telefónica gracias a la avanzadilla de las nuevas tecnologías entre las personas mayores y a la campaña de información de la policía, los amigos de lo ajeno se han fijado ahora en los salaryman que tienen debilidad por las hostess, unas muchachas vestidas como si cada día fuese una boda gitana y que beben con los clientes en algunos locales y se dejan magrear con límites hasta que el que se ha convertido en parroquiano del lugar ha gastado una cantidad de dinero lo suficientemente grande como para cantar gol.

En estos locales los primos y primerizos suelen entrar confiados por las sugerentes palabras de un captador en el exterior del local. El sistema es por hora y el cubata se paga a precio de Dom Pérignon, lo que ha dado vía libre a algunos propietarios para extorsionar a clientes abultando la factura hasta límites insospechados, incluidos los extranjeros incautos. Esto se conoce como bottakuri. Una de las advertencias a los extranjeros que tengan el mal gusto de acudir a estos locales es que jamás paguen con tarjeta (te cobrarán lo que quieran). La policía está comenzando a actuar en algunos casos señalados, pero en la mayoría hace oídos sordos e ignora a los afectados. Más de una vez he presenciado en la estación de policía (kōban) que hay junto a mi gimnasio a un chaval trajeado de aspecto violento amenazar a uno o dos hombres con denunciarles si no pagaban una factura. En una ocasión hasta escuché cómo, delante de una agente que no se inmutaba, un tipo amenazaba con soltar al “abogado del bar”.

Ahora parece que con los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 en el horizonte el Gobierno metropolitano se ha propuesto limpiar Kabukichō. El enorme Hotel Gracery, un edificio oscuro e imponente, destaca en medio del luminoso caos del lugar, e incluso se ha encargado de editar una guía con locales seguros de la zona. La policía detiene también con frecuencia a propietarios que estafan a sus clientes, y los medios le dan importancia a estos casos en lo que parece el preludio de un movimiento orquestado para cambiar radicalmente la imagen del lugar. Las salas de cine de la compañía Toho coronadas por una enorme cabeza de Godzilla que comparten con el hotel también están ayudando a traer a otro tipo de clientela al lugar.

En el local de la izquierda el cartel reza
En el local de la izquierda el cartel reza “información gratuita”.

Aquí se viene a lo que se viene

¿Quién dijo que los japoneses pasan del sexo? Si algo nos enseña Kabukichō es que el japonés estándar es putañero, como se dice en la piel de toro. Cualquiera que haya cruzado Kabukichō habrá sentido en el cogote el aliento de los enormes senegaleses y guineanos, y de algún otro japonés, que te insisten, te persiguen y hasta casi quieren llevarte en brazos a algunos de los locales que los tienen en nómina. Algo que suele ocurrir cada vez que voy al cine o paseo por allí es que uno de estos jóvenes captadores de clientela me suelta la retahíla de locales que hay en el lugar, pescando con red: “¡hostess, este, oppai pub, soap land, massage, no pants!” Una oferta que parece no tener fin y sorprendería a cualquier escritor de lo absurdo.

Me explico: recientemente detenían al dueño de un “club de origami” que no era más que un local en el que muchachas menores de 18 años y vestidas de colegiala hacían grullas de papel que colocaban entre sus piernas abiertas para que el cliente pudiera verlas a través de un espejo.  El local había conseguido la licencia al registrarse como un “club”, pero era un establecimiento de otra naturaleza. Hace un año también cerraban otro local en este mismo barrio en el que el cliente pagaba por oler la ropa de menores de 18 y recibir una bofetada de ellas, eso sí, por un precio extra. Ejemplos como estos aparecen continuamente, y la mente del empresario que trabaja en el mercado de la carne es una máquina de ideas extravagantes.

Pero también hay espacio para la gente que hace la calle y los proxenetas que se enriquecen con ello. En las zonas más oscuras, delante del barrio coreano y en la ruta hacia el sitio en el que viví hasta 2013, estaban siempre esperando en la sombra unas señoritas de más 30 y menos de 40, inequívocamente filipinas, que me saludaban al pasar. Un pequeño gesto que no es de cortesía y que hay que ignorar por completo, ya que al devolver el saludo comienza la persecución, y uno se verá obligado a declinar una y otra vez el “masaje saludable” que estas señoritas ofrecen al transeunte, a veces de forma desesperada.

Reclutadores con pelazo

El mercado de la carne de Kabukichō no es sólo para el público masculino, sino también para el femenino. Los clubs de ikemen (buenorros) son también parte de este barrio, y tienen su clientela, aunque en muchos casos no se trate de prostitución sino de compañía de bar. Los encargados de reclutar a jóvenes suelen pasearse por el lugar con su peculiar estilo que parece salido de un manga. Seres hasta cierto punto andróginos con pelazo, o con un punto rudo o yanki  que esperan a cualquier hora del día por el lugar. Una mañana me crucé con un grupo que intentó reclutarme, porque también buscan a extranjeros, y trataron de poner delante de mi la zanahoria del dinero fácil. No hace falta decir que es la forma más rápida de conseguir que te den una patada y te expulsen del país, especialmente si eres estudiante.

Puede que las turistas estén interesadas en acudir alguna vez a uno de estos locales como diversión. No voy a desanimar a nadie si tiene la intención de hacerlo, ya que en muchos de estos sitios no hay más que unos cuantos chavales trajeados, maquillados y perfumados, una versión masculina de las hostess. Pero sugiero volver a leer el punto referente al bottakuri.

No todo Kabukichō es el Robot Restaurant

Desde 2012 ha tenido cierto éxito el Robot Restaurant, un establecimiento que empezó con un espectáculo erótico-rancio-festivo de robots, y que luego se ha reforzado con dinosaurios y otros elementos que lo han convertido en una de las diversiones kitsch para los turistas. Siendo, como es, la entrada algo cara y la comida bastante horrible, lo que de verdad interesa del lugar es ver el ruidoso show que difícilmente se borrará del cerebro del espectador. Pero este local es una excepción en medio de unas calles que acogen una realidad que no podemos ignorar. Y me estoy refiriendo al tráfico humano y la corrupción de menores.

En Kabukichō también hay mujeres de distintas nacionalidades, especialmente china, coreana y filipina, que trabajan atrapadas por las mafias que controlan este tipo de negocios. Muchas menores también son convencidas a través de la promesa del dinero fácil y de los regalos caros para trabajar en el negocio de la prostitución, sea cual sea su forma. Algunas series y programas de televisión tratan de envolver en un aura de encanto a este tipo de negocios, eliminando del discurso la parte turbia de muchos de los establecimientos que existen en el lugar y las circunstancias vitales y laborales de las personas que han terminado trabajando allí.

Para el visitante extranjero también se ha convertido en el lugar en el que caminar entre risas y a veces algo de sonrojo. Parece además que, aunque socialmente aceptado, de cara a la galería existe una especie de censura moral sobre las personas que en algún momento de su vida han hecho dinero trabajando en Kabukichō, y en particular para las mujeres que han sido hostess. Es un ejemplo más de las luces y sombras tan radicales que la sociedad tokiota muestra en su fotografía de grupo, y que este Valhalla del desenfreno deja al descubierto como una amalgama de esos bajos instintos que son inseparables de la naturaleza humana y trascienden fronteras.

Kabukichō, la luz y la carne

Florecen los sakura y las nuevas oportunidades

Esta mañana de 20 de Marzo de 2013 los sakura habían florecido. También llegan las lluvias. Y simbólicamente, al tiempo que el Japón gris y antipático del invierno se va quedando atrás, también llegan las nuevas oportunidades con el florecimiento del nuevo año fiscal que está al caer.

Se acerca la ofensiva de primavera, en la que en escasas dos semana sindicatos y patronal negocian las nuevas condiciones laborales, empresa a empresa, que tendrán los esforzados trabajadores nipones. Se inaugura el nuevo año escolar. Nace una nueva legión de salaryman y OL, muchos de ellos jóvenes comienzan su primer trabajo.

Y para que veáis que no todo está perdido, en los próximos 7 días tengo dos entrevistas de trabajo a las que voy motivado y con esperanza. Tal vez sea mi última oportunidad, y ya es mucho.

Cumpliendo con el espíritu del equinoccio, os dejo unas fotos del sakura que he capturado hoy en un paseo matinal, en los alrededores del Ōmiya Hachimangū 大宮八幡宮 antes de ir a trabajar. Sí, amigos, porque un servidor también trabaja en días festivos, como el de hoy en Japón.

Sakura 2013

Sakura 2013

Sakura 2013

Sakura 2013

Sakura 2013

Florecen los sakura y las nuevas oportunidades

Diez supersticiones populares de Japón

Takao san 高尾山

Japón es un país extremadamente supersticioso (¿Qué país no lo es?). Creo que ha llegado el momento de contaros algunas de las supersticiones que existen en este país, algunas de ellas verdaderas creencias, otras diversiones que a veces son tomadas muy en serio. Aquí tenéis una pequeña lista de 10 supersticiones a tener en cuenta en Japón:

1) Algo que jamás se debe regalar en una boda en Japón son instrumentos cortantes: cuchillos y tijeras. Para los japoneses, esto simboliza la posibilidad de que la pareja “corte”. Del mismo modo, no se deben regalar cosas que se puedan separar en partes o en conjuntos iguales (aunque a la hora de la separación es lo más útil).

2) Cuando alguien acaba de estrenar o de construir su casa, es costumbre hacer una visita de rigor y llevar un regalo. Jamás, jamás, jamás regaléis vajilla. Los japoneses ven en la vajilla que se puede romper unos pilares débiles para la nueva casa, un mal augurio para el futuro de la casa.

3) En el apartado de regalos, mucho cuidado también a la hora de visitar a un enfermo en un hospital. Lo normal en Europa es llevar unas flores (o al menos lo era). En Japón se debe evitar llevar al enfermo plantas en macetas, porque las raíces que se hunden en la tierra simbolizan para ellos que la enfermedad se agarrará al enfermo con fuerza, o que el enfermo “echará raíces” en la cama del hospital. También por el juego de palabras neduku 根付く (enraizarse) con netsuku 寝付く (quedarse dormido).

4) En las bodas debemos tener también mucho cuidado con las palabras que utilizamos. Los verbos hodoku 解く (desatar), kiru/katto 切る/カット (cortar), hanareru/wakeru 離れる/分ける (separar), y todo tipo de palabras que impliquen eso, dan mal agüero.

5) Los japoneses también están muy obsesionados con el éxito en los exámenes, y tienen toda una serie de supersticiones. Antes de un examen muchos japoneses toman katsu-don カツ丼. ¿Por qué? Pues sencillamente por el juego de palabras con el verbo katsu 勝つ, que significa vencer, llevarse la victoria. En las konbini, antes de los exámenes de ingreso en las universidades, algunas marcas venden snacks que hacen honor a este juego de palabras. También hay estudiantes que toman caramelos con forma pentagonal, por la similitud de la palabra gokaku 五角 (pentágono) con goukaku 合格 (aprobar). Por la misma razón, compran lápices con forma pentagonal para los exámenes.

6) Otro juego de palabras se hace con el más moderno Kit Kat, que muchos nipones toman antes de exámenes o entrevistas de trabajo. En Japón lo relacionan con el juego de palabras kitto katsu きっと勝つ (ganar con toda certeza). Por la misma razón, hay que evitar los Kit Kat en las bodas, ya que también se podría leer kitto katto きっとカット (cortar con toda certeza).

7) Por otra parte, algunas de los verbos que nunca se deben decir cerca de un estudiante son suberu 滑る (resbalar, patinar), korobu 転ぶ (caer), ochiru 落ちる (precipitarse, desplomarse), Sakurachiru サクラ散る (el marchitarse del sakura, ya que lo relacionan con el suspenso).

8) Al igual que en España algunas personas se santiguan al paso de una ambulancia, algunos jóvenes japoneses ocultan los pulgares en el puño al paso de un coche fúnebre. ¿Por qué los pulgares? Pues sencillamente porque los pulgares son llamados en japonés oya yubi 親指 (Padres+Dedo), y con ello “ocultan” a sus padres ante el paso de la muerte.

9) También hay un par de cosas que nunca se deben hacer por la noche. Primero, silbar por la noche atrae a los fantasmas. Así de claro para ellos. Si el vecino se pone a silbar por la noche, está buscando una visita de la chica del pozo, del niño blanquísimo que vive en el desván, o de cualquier espíritu que ande por los alrededores. En segundo lugar, uno nunca se debe cortar las uñas antes de dormir o meterse en la cama o futón con los calcetines puestos. Los japoneses piensan que si uno hace una de estas dos cosas, no podrá ver a sus padres en el lecho de muerte, estará ausente en un momento tan importante.

10) Finalmente, una que ya conoceréis es la superstición sobre los números 4 y 9. En los hospitales y en algunos edificios no existen estos números. La razón está en las lecturas que tienen y sus asociaciones. El cuatro se puede  leer shi, que también es como se lee la letra para “muerte” 死. Por otra parte, el 9 se lee ku, y se relaciona con el Kanji de kurushii 苦しい (doloroso) o kurou 苦労 (sufrimientos, penalidades).

Y vosotros, ¿qué supersticiones conocéis?

Diez supersticiones populares de Japón

Segundo Año Nuevo en Tokio: los lugares y las cosas

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Reconozco que llevo mucho tiempo sin escribir. Contrariamente a lo que pensaba cuando emprendí este proyecto, las cosas no han ido demasiado bien, y mi situación en Japón y en la vida ahora mismo es como un mesón, indiscutiblemente inestable.

Así y todo, sigo trabajando, estudiando y disfrutando de pequeñas cosas. La navidad me pilló trabajando, dedicado a una búsqueda muy infructuosa para un programa de televisión que por suerte no tendré que ver. El fracaso de esta tarea me ha animado a redoblar mis esfuerzos para encontrar un nuevo empleo, y lo que es más, para intentar por todos los medios trasladarme a Osaka, Kioto o Kobe. Una de estas tres ciudades, de la región de Japón que más me gusta a falta de conocer el norte y el sur más al sur.

Año Nuevo fue otra historia. Armado de ganas y de mi compañera de viaje, la pobre Nikon D3100 sobreexplotada, me dediqué a visitar algunos lugares de Tokio para captar el ambiente del último día del año. Es mi segundo Año Nuevo en Japón, ya que el primero lo viví en 2008, en Asakusa, con buena compañía, tomando café en un Starbucks al que también volví este año, y viendo a la gente esperar en el Kentucky Fried Chicken.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El primer paseo del último día del año lo dí, cómo no, en mi barrio, Okubo y Shinjuku. Traspasando los pasajes de tiendas coreanas y clubs de dudoso gusto en la bastante concurrida Kabukicho, llegué al Hanazono Jinja. Eran alrededor de las 16:00, y apenas unas pocas personas de paso, cargadas de bolsas, paraban a rezar su plegaria en el templo. Lo que sí fue interesante ver fueron los preparativos. Cuidadosamente, un operario colocaba los faroles y enrollaba unos papeles alrededor de los remates de cada balaustre, en la escalera que conduce al altar. ¿Más plegarias? ¿Oraciones? Lo desconozco.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El siguiente destino fue Ueno, y concretamente el mercado de Ameyoko, recomendado por mi amiga Yuriko. Ameyoko es un lugar bastante visitado, pero en Año Nuevo es otra historia. Casi era imposible caminar, y literalmente me tuve que dejar arrastrar por la corriente humana, aprovechando algún hueco para sacar un par de fotos y menos de un minuto de vídeo. Desde sus puestos, los comerciantes ponen especial ímpetu en vender sus mercancías, especialmente el pescado, para los que buscan allí el menú de la noche y el día siguiente.

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

El último lugar de la noche iba a ser Asakusa. Cuando llegué al Sensô-ji, el frío me animaba a volver al peligroso confort de mi cuarto, a pasar la noche viendo la televisión, en Internet y leyendo. Cerca de la Kaminari-mon decidí tomarme un respiro y probar por 100 yenes un vaso de sake dulce caliente (mi sello de aprobación al mismo). Alrededor del templo, los puestos de comida ya estaban preparándose para el negocio del día, y una gran pila de barriles de sake sugería que esa noche la embriaguez sabría distinta a la nomikai (reunión para beber) con los compañeros de trabajo.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año Nuevo en Tokio 2012-2013

En la Kaminari-mon y en los alrededores del distrito del Kabuki, muchas parejas pasaban las horas. Mi cámara y yo estábamos al límite, así que después del peor okonomiyaki que he comido en mi vida, en el cual pienso que confundieron los fideos con gomillas, quise revivir el año nuevo de 2008 en el mismo Starbucks y el mismo asiento en el que estuve ese día, prácticamente a la misma hora.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Mientras pasaba el tiempo frente a un Caramel Macchiato y una galleta de chocolate blanco y nueces de macadamia, decidí revisar en mi móvil, cosa que no hago frecuentemente, mi Twitter. En un mensaje, el recién llegado a Tokio @danikaze me sugería ir al Meiji Jingu de madrugada. Pese a hacerle esperar más de lo debido, porque la batería de mi cámara estaba hambrienta de carga, a las 22:30 nos reunimos en Shibuya, donde descubrimos un sucedáneo de Times Square de lo más absurdo. Podría decir que en Shibuya había extranjeros como yo y japoneses al 50/50. ¿Qué esperaban? Lo lógico sería suponer que en una de las muchas pantallas de los edificios aparecería algo parecido a una cuenta atrás para el año nuevo. Nada de ello sucedió. Una chica a la que pregunté me informó de que la gente hacía su propia cuenta atrás, y luego “empezaban a correr”. ¿A correr? ¿Una maratón? He oído que hay varias maratones de año nuevo en Nueva York, pero no sabía nada de Tokio.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Esperamos por lo tanto al año nuevo allí, pero nada extraño sucedió. Llegaron las 00:00, y la gente se volvió un poco más loca de lo que estaba, agolpándose en el centro de la carretera donde la policía trataba en vano de poner un poco de orden. Lo siguiente fue ir a lo seguro, seguir el plan y visitar el Meiji Jingu.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

En el Meiji Jingu los Scouts japoneses guardaban el fuego que conducía a la gran masa que pacientemente esperaba llegar al pabellón del templo. Los Scouts ayudan en las labores de control de masas en los festivales con más público, como es el caso también de los típicos espectáculos de fuegos artificiales de verano en Asakusa.

La masa de japoneses que esperaba en el Meiji Jingu era sin duda abrumadora, y daba algo de miedo adentrarse en ella sin saber el tiempo de espera ni lo que uno se iba a encontrar en el destino. Utilizando la reducción al absurdo, digamos que son casi 3 horas de espera para lanzar una moneda a una gran manta blanca durante unos dos minutos en los que la policía te insistirá para que abandones el puesto y dejes a otras personas pasar. Pero es algo más. La avenida que lleva al templo, además de los faroles con las empresas y personas que han hecho alguna aportación económica, está gobernada por una gran pantalla en la que además de la información de la noche, los anuncios de pizza, empresas constructoras y juegos de cartas se repiten una y otra vez. Al girar la esquina, la puerta sur del templo aparece decorada con los motivos típicos del Año Nuevo japonés: la diana y la flecha, y la tablilla con el animal del nuevo año, la serpiente blanca de 2013.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Pasada la puerta del sur, la multitud corre a lanzar la moneda y alzar el rezo shintoísta, para que el nuevo año traiga algo mejor que el anterior. Después de eso, sólo queda volver a casa, a descansar y recuperarse del intenso frío que me dejaba los pies y las piernas insensibles durante cada rato de espera en la interminable cola de entrada.

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Año nuevo en Tokio 2012-2013

Algo que me perdí, que no hice y probablemente por ello sea castigado, es tomar el típico Toshikoshi soba 年越しそば, que los japoneses comen a las 00:00, y es el equivalente a nuestras 12 uvas de la suerte. Tal vez lo haga, con mucha suerte, en un hipotético Año Nuevo que me conduzca a 2014 en Japón, si me dejan continuar aquí.

Lo último que me queda por decir es que durante todo aquel día grabé más vídeo de lo habitual, porque tenía planeada una felicitación de Año Nuevo un poco más especial. En el vídeo, a partir del minuto 2:37, podréis ver todos estos lugares y algunos detalles más. Feliz 2013 a todos.

Segundo Año Nuevo en Tokio: los lugares y las cosas

Sonido rockabillero en Yoyogi – Levels Harajuku

Rockabilly in Yoyogi

De entre los muchos japoneses ya entrados en años con los que me cruzo a diario, tal vez estos sean algunos de los que más admiro: los Rockabillies. Todos los domingos, con lluvia (como el de las fotos), sol o viento, allí están contoneándose como en una cafetería de una carretera perdida de Kansas en los años 50, al ritmo del sonido rockabillero. Puro derroche de energía y pura ruptura del día a día.

Rockabilly in Yoyogi

Rockabilly in Yoyogi

Hay más grupos, pero entre ellos, aquí tenéis a los Satanases del Infierno a Levels Harajuku (¿tal vez querían decir “rebels”?). Viva ellos. Muerte a las corbatas.

Rockabilly in Yoyogi

Rockabilly in Yoyogi

De vez en cuando otra “panda” de Rockabillies se pone cerca, y empieza a hacer la puñeta con su música.

Rockabilly in Yoyogi

Rockabilly in Yoyogi

Rockabilly in Yoyogi

Pura afición, y no ese malsano gasto diario de moral con el “sí, bwana”, el “ganbare” vacío y la bebida vitamínica del mediodía como sustitución de un buen almuerzo.

Sonido rockabillero en Yoyogi – Levels Harajuku

Agradeciendo a los muñecos su servicio, a la manera shintoista 人形感謝祭 (Ningyou kansha sai)

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

En la tranquilidad del Meiji Jingu oímos una solitaria rabieta. Una madre seca las lágrimas a un niño que está asistiendo a una inexplicable ceremonia de despedida. Adiós y gracias a aquel peluche, muñeco o muñeca que le ha acompañado durante unos cuantos años de su infancia. Pero también hay mayores, ancianos y ancianas, que dicen adiós a aquella muñeca que abrazaban camino de la escuela, en el Japón de la posguerra. O adultos que no pueden tirar a la basura, sin más, aquel simpático trozo de trapo, o ese peluche cuyo color ya está castigado por el tiempo y el sol, y que esperaba su llegada cada día en los absurdos años 80.

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

Es el día de agradecimiento a los muñecos, el Ningyou Kanshasai (人形感謝祭 ), que se ha celebrado el 14 de Octubre de 2012 bajo una fina y melancólica lluvia. Miles de juguetes antropomorfos y zoomorfos, decenas de miles podríamos decir sin temor a equivocarnos, han llegado al Meiji Jingu desde cada rincón de Japón.

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

Los que han querido acercarse al templo han entregado allí a sus viejos compañeros. Compañeros que no podemos decir que sean inanimados, ya que en el día en el que se le agradecen sus servicios es cuando más salta a la vista que el animismo es algo que aún sigue dentro de cada japonés, lo que insufla vida a cada objeto que ellos consideren o sientan como vivo. La vida más allá de la biología.

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

Los visitantes, los que entregan sus antiguos juguetes, hacen una ofrenda en un rincón del muestrario interminable, escriben en láminas de papel con forma humana su plegaria, y luego se detienen a observar esta maravillosa colección de recuerdos individuales.

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

Por cada uno, una historia. Por cada juguete una infancia. Los encargados de colocar, siempre mirando hacia el pabellón principal del Meiji Jingu, a estos antiguos compañeros de batalla, lo hacen con sumo cuidado, incluso deteniéndose a comentar y a observar alguna muñeca extraordinaria, o extraña.

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

人形感謝祭 Thanks Dolls in Meiji Jingu

Y entre los que sólo han venido a mirar, cómo no, restalla como un látigo el sentimiento de nostalgia cuando encuentran entre la multitud alguna cara conocida de la infancia.

Todos estos muñecos luego serán retirados. Es el último adiós a aquellos viejos trozos de trapo, algodón, plástico, madera, tela… que dejaron de ser producto para convertirse en seres vivos, en confidentes, y en compañeros.

*Más fotos en mi cuenta de Flickr.

Agradeciendo a los muñecos su servicio, a la manera shintoista 人形感謝祭 (Ningyou kansha sai)